lunes, 21 de febrero de 2011

LA COMPASIÓN VALUARTE DEL CRISTIANO Y SEÑA DE IDENTIDAD

Normalmente se entiende por compasión el sentimiento de ternura y pena que alguien tiene ante el sufrimiento o dolor de otro. En esta ocasión, vamos a tomar este valor en un sentido más amplio para interpretarlo como la capacidad de poner nuestros sentimientos en consonancia con los sentimientos del otro.

Pablo de Tarso (San Pablo, en el cristianismo) afirmaba que la compasión es "reír con los que ríen y llorar con los que lloran", enlazando el valor de la compasión con la idea de compartir.

En este sentido, compadecemos cuando los estados emocionales de los demás resuenan de tal forma en nuestro interior que, de alguna manera, también nosotros los experimentamos. Y decimos "de alguna manera" porque una identificación total es imposible; nuestra individualidad hace difícil que asumamos como propios los sentimientos y vivencias de los demás.

De todas formas, tenemos que enseñar a nuestros hijos a sentir, en la medida de lo posible, los estados de ánimo ajenos como propios. Esto les ayudará a mantener una buena relación afectiva con las personas que les rodeen a lo largo de sus vidas.

El proceso de aprender la compasión

• PRIMER PASO: conocer las emociones propias.

La educación de la compasión empieza cuando los niños aprenden a reconocer los sentimientos propios. Primero deben darse cuenta de las variaciones de su estado de ánimo y tomar conciencia de ellas para después poder dar nombre a los diferentes sentimientos y llegar a saber por qué han aparecido.

Todo el mundo siente, pero no todo el mundo es capaz de saber que siente ni qué siente. Sin este primer paso será muy difícil que lleguen a captar los sentimientos de los demás.

• SEGUNDO PASO: controlar nuestras emociones.

Nuestros hijos suelen tener poca capacidad para "aguantarse" y dejar pasar un tiempo antes de llevar a cabo sus deseos. La inmediatez y la urgencia están implícitas en sus peticiones. "Ordeno y mando, y que se haga pronto" parece ser su frase preferida.

Debemos ir acostumbrándoles a controlar la impulsividad de sus deseos para que sepan que no todo puede ser "dicho y hecho", sino que muchas veces hay que resistirse a los impulsos.

Se ha comprobado que los niños que desde muy pequeñitos saben controlar la urgencia de sus deseos y antojos, cuando llegan a mayores son mucho más aptos para unas buenas relaciones sociales.

 

Fdo. Cristobal AGuilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti