Martes, 15 de febrero de 2011

HECHOS DE PEDRO Y LOS DOCE AP?STOLES - AP?CRIFO

Bueno aqu? transcribimos los llamados HECHOS DE PEDRO Y LOS DOCE AP?STOLES, que aunque es un texto ap?crifo (es decir no reconocido como verdadero por la Iglesia) si que puede ser una fuente de riqueza, que a los que tenemos la F? un poco ya madura, ning?n mal pueden hacer aunque s? abrir nuevos puntos de vista. EL AUTOR DEL BLOG.

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Introducci?n

1 [...] nos hicimos a la mar. Nos sent?amos unidos en nuestros corazones. Est?bamos todos dispuestos a ejecutar el ministerio que el Se?or nos hab?a encargado, y llegamos a un acuerdo entre nosotros. Bajamos al mar en un momento oportuno, dispuesto por el Se?or. Encontramos un nav?o fondeado en la costa preparado para partir, y hablamos con los marineros si podr?amos embarcarnos con ellos. Mostraron con nosotros una gran amabilidad, seg?n lo dispuesto por el Se?or. Y ocurri? que cuando partimos, navegamos un d?a y una noche. Luego sopl? sobre la nave un viento contrario que nos arrastr? hacia una peque?a ciudad (en una isla) situada en medio del mar. Yo, Pedro, pregunt? el nombre de la ciudad a algunas personas del lugar que se hallaban en el muelle.

2 Nos respondi? [un hombre] de aquellos [y nos dijo el nombre] de la ciudad que era [?Inhabitaci?n?], es decir, ?Fundamento? [...] paciencia. Su alcalde se hallaba [en el muelle, portando] una palma (en la mano). Y ocurri? que cuando desembarcamos en tierra [con] el equipaje, entr? en la ciudad buscando [consejo?] sobre un alojamiento.

Primer encuentro con Litargoel

Sali? un hombre que llevaba una vestidura ce?ida sobre sus lomos y un cintur?n dorado que la ajustaba. (Llevaba) un blanco sudario recogido alrededor del pecho, que le llegaba hasta los hombros y que cubr?a su cabeza y sus manos. Yo contemplaba a ese hombre porque era hermoso en su forma y figura. Cuatro zonas de su cuerpo miraba: las plantas de sus pies, una parte de su pecho, las palmas de sus manos y su rostro. Esto es lo que pude ver. Hab?a en su mano izquierda una caja de las que suelen emplearse para libros y un bast?n de estoraque en su derecha. Su voz resonaba pausadamente mientras gritaba en el ciudad: ?Perlas, perlas?. Yo pens? que era un habitante de aquella villa. Le habl? as?: ?Hermano m?o y compa?ero.

3 Me respondi?:? ?[Bie]n has dicho ?[hermano] m?o [y c]ompa?ero?. ?Qu? [deseas] de m??.

Le respond?: ?[Busco] un alojamiento para m? [y] para mis hermanos, ya que somos forasteros.

A?adi?: ?Por eso tambi?n yo me he apresurado a decir? ?hermano m?o y compa?ero?, porque soy un extranjero como t?.

Cuando hubo dicho estas palabras, grit?: ?Perlas, perlas.

Oyeron su voz los ricos de aquella ciudad. (Unos) salieron de sus habitaciones m?s ocultas; otros, por el contrario, lo contemplaron desde las habitaciones de sus casas; y otros miraban desde las ventanas superiores. Pero vieron que no (pod?an conseguir) nada de ?l, porque no llevaba alforja ninguna sobre sus espaldas, ni envoltorio ninguno entre su vestidura o sudario. A causa de su desprecio ni siquiera le preguntaron, y ?l, por su parte, no se revel? a ellos. Los ricos se volvieron a sus aposentos mientras dec?an: ??ste se burla de nosotros?.

4 Los pobres [de la ciudad] escucharon [su voz, y salieron hacia] el hombre que [vend?a las perlas. Le dijeron]: ?Por favor, [mu?stranos una] perla, para que al menos [podamos verla] con nuestros ojos, ya que somos [pobres], y no tenemos el dinero de su precio para entreg?rtelo. [Ens??anosla], sin embargo, para que podamos decir a nuestros camaradas que [hemos visto] una perla con nuestros propios ojos.

Les respondi? as?: ?Si os es posible, venid a mi ciudad. No s?lo la mostrar? ante vuestros ojos, sino que os la dar? de balde.

Los pobres de aquella ciudad escucharon sus palabras y replicaron: ?Puesto que somos mendigos, sabemos que nadie acostumbra a regalar una perla a los mendigos, quienes suelen recibir alimentos y calderilla. Ahora bien, lo que deseamos obtener de tu bondad es que nos muestres la perla ante nuestros ojos. As? podremos decir con orgullo a nuestros camaradas: ?Hemos visto una perla con nuestros ojos?, ya que (tal cosa) no sucede entre los pobres, especialmente mendigos (como nosotros).

Viaje de Pedro y sus compa?eros a la ciudad de Litargoel

Les respondi? as?:? ?Si os es posible, venid a mi ciudad. No s?lo os ense?ar? la perla, sino que os la dar? de balde.

Los pobres y los mendigos se alegraron a causa de 5 el [dadivoso] mercader. [Los hombres] (de la ciudad) [preguntaron a Pedro] sobre las penalidades [del camino]. Pe[dr]o respondi? [cont?ndoles] lo que hab?an o?do de [las dificultades] del camino, puesto que [experimentar?n?] (esas) penalidades en su ministerio. (Luego) dijo (Pedro) al hombre que vend?a la perla: ?Deseo conocer tu nombre y las penalidades del camino hasta tu ciudad, porque somos forasteros y siervos de Dios, y nos es necesario extender la palabra de Dios en toda ciudad pac?ficamente.

Respondi? as? (el vendedor de perlas): ?Si preguntas por mi nombre, es Litargoel, que significa ?piedra liviana (que brilla como los ojos de) una gacela?. Y la v?a hacia la ciudad sobre la que me has preguntado, te la mostrar? (tambi?n). Cualquier hombre no puede ir por ese camino, salvo el que haya renunciado a todo lo que posee, y ayune diariamente de estaci?n en estaci?n. Porque son numerosos los ladrones y las fieras salvajes en esa v?a. Al que lleva pan consigo para el camino, perros negros lo devoran a causa de ese pan. El que lleva un vestido precioso de este mundo lo matan los ladrones 6 [a causa del] vestido. [Al que lleva] agua [lo destrozan] los lobos [por el agua], ya que tienen sed. [Al que] se preocupa de la [carne] y las verduras, lo desgarran loe leo[nes] a causa de la carne. [Si] escapa de los leones, lo cornean los toros a causa de las verduras.

Cuando termin? de decirme [estas] cosas, suspir? en mi interior diciendo: ??Qu? grandes son las penalidades del camino! ?Ojal? nos diera Jes?s fuerza para caminar por ?l!?.

Me mir? mientras suspiraba y se entristec?a mi rostro. Me dijo: ??Por qu? suspiras si conoces ese nombre, ?Jes?s?, y crees en ?l? ?l es el Gran Poder y lo concede. Porque yo tambi?n creo en el Padre que lo envi?.

Volv? a preguntarle: ??Cu?l es el nombre del lugar al que te vas, tu ciudad?

Me respondi?: ?El nombre de mi ciudad es ?Nueve Puertas?. Alabemos a Dios mientras nos ejercitamos pensando que la d?cima es la cabeza.

Dspu?s de esto me apart? de ?l en paz para llamar a mis compa?eros. (Entonces) vi unas olas, y grandes y elevados muros que rodeaban los l?mites de la ciudad. Me admir? de las grandezas que vi. Y observ? a un anciano que estaba sentado. Le pregunt? el nombre de la ciudad, si en verdad (su nombre) era 7 ?Inhabi[taci?n?] [...]. Me dijo: ?[Has dicho] verdad, pues [habitamos] aqu?, porque soportamos con paciencia.

[Respond?] as?: ?Justamente [...] los hombres la han llamado [...] porque las ciudades son habitadas por quienes soportan con paciencia sus tentaciones. Un reino noble saldr? de ellas, pues resisten en medio de las olas y de las angustias de las tormentas. De modo que la ciudad de aquellos que soportan el peso del yugo de la fe ser? habitada. Y ?l, (cada uno de sus habitantes), ser? computado en el reino de los cielos.

Transici?n a la segunda narraci?n

Me march? apresuradamente y llam? a mis compa?eros para entrar en la ciudad de la que nos hab?a hablado Litargoel. Ligados por la fe, abandonamos todas las cosas como ?l nos hab?a dicho. Nos libramos de los ladrones, puesto que no encontraron sus vestiduras sobre nosotros. Nos escapamos de los lobos, porque no hallaron en nosotros el agua de la que estaban sedientos. Nos libramos de los leones, porque no encontraron en nosotros el deseo de carne. 8 [Nos escapamos de los perros] y de [los toros, porque no encontraron ni pan] ni verduras. [Sentimos una] gran alegr?a, [con] (ausencia) de preocupaciones en la paz de nuestro Se?or. Tomamos un poco de descanso ante la puerta y comentamos entre nosotros cosas que no supon?an distracci?n en este mundo, sino una pr?ctica continuada de la fe.

Segundo encuentro con Litargoel

Mientras habl?bamos de los ladrones del camino, de quienes hab?amos escapado, he aqu? que sali? Litargoel. Se hab?a transformado ante nosotros y hab?a tomado la apariencia de un m?dico. Llevaba bajo su brazo un ung?ento de nardo medicinal, y un disc?pulo le segu?a portando una cajita llena de medicinas. Nosotros no lo reconocimos. Pedro respondi? y le dijo: ?Nos gustar?a que nos hicieras un favor, ya que somos extranjeros. Cond?cenos a la casa de Litargoel antes de que se haga tarde.

Nos respondi?: ?Os la mostrar? con rectitud de coraz?n. Pero me admira que conozc?is a ese hombre bueno, pues no se revela a cualquiera, ya que es el hijo de un gran rey. Descansad un poco mientras voy, curo a ese hombre y vengo (de nuevo).

Se dio prisa y volvi? 9 r?pidamente. (El hombre) dijo a Pedro: ?Pedro.

?ste se atemoriz? (pregunt?ndose) c?mo hab?a llegado a saber que su nombre era Pedro. Pedro respondi? al Salvador: ??De d?nde me conoces, puesto que has pronunciado mi nombre?

Respondi? Litargoel: ?Deseo preguntarte qui?n te ha dado el nombre de Pedro.

D?jole ?l: ?Jes?s, el Cristo, el hijo del Dios viviente, ?l me dio este nombre.

Respondi? (Litargoel) con estas palabras: ?Yo soy (ese). Recon?ceme, Pedro.

Desanud? el vestido que le cubr?a, con el que se hab?a disfrazado ante nosotros, y se nos revel? en verdad como era ?l. Nos postramos en tierra y lo adoramos nosotros, los once ap?stoles. Extendi? su mano, nos hizo levantar (y) hablamos con ?l humildemente. Mientras nuestras cabezas estaban inclinadas hacia el suelo con respeto, le dijimos: ??Qu? quieres que hagamos? Mas ot?rganos la fuerza para que cumplamos tu voluntad en todo momento.

?l (Jes?s) les entreg? el ung?ento de nardo curativo y la cajita que estaba en las manos del dic?pulo, y les imparti? la orden 10 siguiente: ?Volved a la ciudad de la que hab?is salido que es llamada ?Inhabitaci?n?. Continuad ense?ando pacientemente a los que han cre?do en mi nombre, puesto que yo he tenido paciencia en los sufrimientos de la fe. Yo os otorgar? vuestra recompensa. Dad a los pobres de la ciudad lo que necesiten para que vivan de ello, hasta que yo les d? lo que es superior, lo que os dije que os iba a dar de balde.

Pedro respondi? con estas palabras: ?Se?or, T? nos has ense?ado a renunciar al mundo y a lo que en ?l hay. Hemos dejado todo por ti. Nos preocupamos (ahora solamente) del alimento de cada d?a. ?D?nde podremos encontrar las cosas necesarias que nos pides entregar a los pobres?

El Se?or respondi? con estas palabras: ??Oh Pedro!, era necesario que comprendieras la par?bola que te he contado. ?No sabes t? que mi nombre, que t? ense?as, es m?s valioso que cualquier riqueza y que la sabidur?a de Dios es superior al oro, la plata y las piedras preciosas?

La misi?n universal

Les entreg? (la cajita con) los remedios medicinales y les dijo (de nuevo): ?Curad a todos los enfermos de la ciudad que han cre?do 11 [en] mi nombre.

Pedro tuvo miedo de responderle por segunda vez. Se dirigi? al que estaba a su lado, que era Juan, (y le dijo): ?Habla t? esta vez.

Juan respondi? con estas palabras: ?Se?or: tenemos miedo de pronunciar ante ti multitud de palabras. Pero eres t? el que nos exige que practiquemos esta t?cnica, aunque nadie nos ha instruido para ser m?dicos. ?C?mo, pues, sabremos curar los cuerpos, como t? nos has ordenado?

Le respondi? (Jes?s): ?Has hablado bien, Juan, pues yo s? que los m?dicos de este mundo acostumbran a curar (las enfermedades) que pertenecen al mundo. (Pero) los m?dicos del alma sanan los corazones. Curad, pues, los cuerpos primero, de modo que gracias a la potencia curativa que hay en vosotros para curaci?n de los cuerpos sin medicinas de este mundo puedan creer que os es posible tambi?n sanar las enfermedades del coraz?n. Con los ricos de la ciudad, (sin embargo,) esos que no consideran digno saber de m?, sino que se regocijan en su riqueza y en su orgullo, con ?sos, pues, 12 no com?is en [sus] casas, ni os amigu?is con ellos, no sea que os hagan part?cipes de su parcialidad. Pues muchos toman partido por los ricos en las iglesias, porque son pecadores (tambi?n) y proporcionan la ocasi?n a otros hombres de hacer (lo mismo). Mas vosotros juzgadlos con sabidur?a, de modo que vuestro ministerio sea glorificado, y para que Yo y mi nombre sean glorificados tambi?n en las iglesias.

Los disc?pulos respondieron as?: ?S?. En verdad esto es lo que conviene hacer.

Se postraron en tiera y lo adoraron. (Pero) ?l los hizo levantar y se apart? de ellos en paz. Am?n.

Hechos de Pedro y los Doce Ap?stoles.

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Fuente: Textos Gn?sticos - Biblioteca Nag Hammadi II, por Antonio Pi?ero. Editorial Trotta www.trotta.es
Transcrito: Cristobal AGuilar.

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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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