HISTORIA RECIENTE DE LA IGLESIA EN EL MUNDO
La crisis provocada por la Reforma fue afrontada por la iglesia romana en el Concilio de Trento (1545-1563). La aceptación de las normas establecidas por el concilio sirvió de referencia para medir la adhesión del creyente al cristianismo en su versión católica. Se intentó poner fin a los abusos existentes renovando la vida eclesial mediante una buena formación de los sacerdotes (creación de los seminarios), visitas pastorales que los obispos estaban obligados a realizar periódicamente en sus propias diócesis para controlar las prácticas y creencias de los fieles, promoviendo manifestaciones más controladas de culto a los santos, favoreciendo nuevas formas de devoción, etc. En esta labor disciplinaria resultó decisiva la contribución de nuevas órdenes religiosas, como los jesuitas; tampoco hay que olvidar la importancia creciente que, como consecuencia del descubrimiento de nuevos mundos, fue adquiriendo progresivamente la «conquista» misionera.
En el ámbito protestante, a lo largo del siglo XVII, la institucionalización de las iglesias luteranas favoreció la aparición de manifestaciones de protesta, que deseaban el retorno al «verdadero cristianismo» que había caracterizado el comienzo de la Reforma. Estas tendencias cristalizaron en un movimiento, el pietismo, que influiría con sus ideas y prácticas en toda la historia posterior del protestantismo, especialmente en el alemán. El pietismo nace en Alemania en la segunda mitad del siglo XVII, al término de la sangrienta guerra de los Treinta Años, como reacción a la escolástica de la ortodoxia, a la que se opone la «viva experiencia» de una fe renovada. Según el fundador del movimiento, Philipp Jakob Spener (1635-1705), cuya obra Pía desideria (1675) se considera el «manifiesto» y carta fundacional del movimiento, la renovación de la iglesia luterana, a la que pertenece Spener, debe incluir: 1) una mayor difusión y un mejor conocimiento de la palabra de Dios; 2) la promoción y el ejercicio efectivo del sacerdocio universal de los creyentes, cosa que implica una mayor participación de los laicos; 3) la comprensión por parte de los fieles de que el cristianismo no es sólo un conocimiento, sino también y sobre todo una práctica y que, por lo tanto, el rasgo distintivo del verdadero cristiano es el amor fraterno; 4) el rechazo de las guerras de religión; 5) una mejor formación, incluso en el plano espiritual, de los estudiantes de teología; 6) la conciencia de que el objeto principal de la predicación debe ser el hombre nuevo: el objetivo del cristianismo es la formación del verdadero cristiano a través de un renacimiento espiritual. Para conseguir este objetivo, Spener funda los collegia pietatis, cenáculos de creyentes motivados que siguen las propuestas que les hace y pretenden convertirse en núcleos propulsores de la renovación espiritual promovida por el pietismo.
Para las iglesias cristianas en general, la Ilustración representó una época de profunda crisis. Mientras que las iglesias protestantes aceptaron, en formas y grados diversos, el desafío planteado por la cultura moderna, en el seno del catolicismo la Ilustración tuvo grandes dificultades para afirmarse. Frente a las nuevas ideas, que ponían en crisis la concepción tradicional de que la organización de la sociedad era de origen divino, porque estaba basada en reglas que los hombres habían acordado libremente y que, por tanto, el estado podía y debía obtener el consenso político incluso sin actuar como brazo secular del poder religioso, la iglesia católica se encerró en una rígida postura defensiva, que más tarde se vio reforzada por la Revolución francesa y por los procesos de laicización que le siguieron. La posterior Restauración pareció darle momentáneamente la razón. Se propuso de nuevo a los fieles el retorno a una mitificada Edad Media cristiana: la historia moderna se presentaba como una cadena de errores, iniciada con la Reforma y seguida por todos los intentos del pensamiento moderno de alejar al hombre de Dios. Mientras que la corriente liberal de la teología protestante intentó establecer un difícil diálogo con la cultura moderna, la cultura católica de la época, bajo el impulso del magisterio (Syllabus de 1864), se mantuvo por lo general en una cerrada defensa de la tradición y en un despreciativo rechazo del liberalismo y de sus valores.
Con el Concilio Vaticano I (1869-1870) la iglesia romana —que ya con la proclamación del dogma de la inmaculada concepción de María (1854) había querido subrayar su propia especificidad doctrinal, profundizada más tarde por Pío XII con el nuevo dogma de la asunción de la Virgen a los cielos (1950)— acentuó más su distancia respecto de las otras confesiones cristianas, definiendo como verdad de fe la infalibilidad y el primado del papa. Fue una decisión dolorosa, puesto que algunos obispos se negaron a aceptar este nuevo dogma, que no estaba en la línea de la tradición católica; de ahí nació el cisma de los Viejos Católicos.
Fdo. Cristobal Aguilar.
