LA IGLESIA Y LA REFORMA PROTESTANTE
La historia del cristianismo está plagada de exigencias de reforma, que constituyen uno de sus factores más dinámicos. Estas exigencias eran, por diversos motivos, especialmente intensas a comienzos del siglo XVI. No obstante, desde el punto de vista historiográfico, se conoce comúnmente con el nombre de «Reforma» el movimiento de renovación evangélica surgido en Alemania en la segunda década del siglo XVI y promovido por el monje agustino Martín Lutero (1483-1546).
Para ser más precisos, se aplica este término a todo el período comprendido entre 1517 (fecha tradicional de la fijación de las noventa y cinco tesis en la víspera de Todos los Santos) y la muerte de Juan Calvino (1509-1564), incluyendo así no sólo el pensamiento y obra de los reformadores clásicos —Lutero, Calvino, Zuinglio (1484-1531) y Bucero (1491-1551)—, sino también la de los reformadores radicales, representados sobre todo por Thomas Müntzer (1468-1525) y por los dirigentes del movimiento anabaptista.
En cuanto al término «protestante» con el que se califica, hay que tener en cuenta que en su origen no tenía el significado que posee hoy en día, cargado de connotaciones críticas y polémicas. De hecho, cuando se aplicó por primera vez a los seguidores y defensores de la reforma, significaba «queja» hecha mediante una declaración pública y solemne. Esa protesta, formulada en la segunda dieta de Spira (1529) por cinco príncipes electores alemanes y los representantes de catorce ciudades libres, iba dirigida contra la anulación decretada por el partido católico de la decisión unánimemente tomada tres años antes, en la anterior dieta de Spira, de dejar entera libertad a las autoridades políticas locales para que aplicaran según su criterio en sus respectivos territorios el edicto de Worms de 1521, por el que Lutero era declarado hereje y expulsado del imperio.
La «protesta» era en parte de carácter político y en parte de carácter confesional, en cuanto testimonio positivo y profesión del Evangelio; por otra parte, era obra de laicos. Se afirmaba así una de las características originales del protestantismo (término más moderno, que no está atestiguado hasta el siglo XVIII): la libertad de conciencia de cada individuo en materia de fe, partiendo de la base de las Escrituras.
Al promover esta forma de protesta contra el papado y la iglesia de su tiempo —cuyo efecto será incluso la ruptura de la unidad de la iglesia occidental—, Lutero califica sus posturas de catholica fides, y reivindica la continuidad de sus concepciones teológicas con las de la iglesia primitiva. Los puntos clave de su doctrina son dos: el hombre se justifica por la fe y, por lo tanto, se salva no por las obras, sino por la gracia misteriosa de Dios mediante el sacrificio expiatorio del Hijo; la autoridad de la Biblia es superior a la autoridad de la iglesia y, por lo tanto, a la del papa, puesto que sólo la Biblia contiene la palabra de Dios.
En general, quedaba reducida drásticamente la autoridad de la jerarquía como mediadora de lo sagrado y se consideraba obligación del creyente escuchar directamente el anuncio de la palabra divina contenido en las Escrituras (que eran leídas directamente, sin la mediación de las interpretaciones eclesiásticas).
Se simplificaron los sacramentos y el culto, se atacaron las formas tradicionales de la piedad popular como el culto a los santos, se revalorizó la situación del laico, es decir, del creyente no ordenado, según la concepción del sacerdocio de todos los fieles que aparece en algunos pasajes del Nuevo Testamento, y perdieron prestigio el monacato y otras formas similares de piedad. Casi al mismo tiempo que Lutero, Zuinglio reformó aún más radicalmente la iglesia de Zurich; en Ginebra tuvo una actuación decisiva en la generación siguiente Juan Calvino, otro de los padres de la Reforma.
Desde su inicio, la Reforma fue un movimiento de amplia difusión en Europa. Sus principales centros de irradiación fueron cuatro: Wittenberg, donde actuaban Lutero y su amigo y colaborador Felipe Melanchton; Zurich, donde actuó Zuinglio y, tras la muerte de éste en combate, Bullinger; Estrasburgo, con Martín Bucero; finalmente, Ginebra, con Guillermo Farel y, sobre todo, con Juan Calvino. Desde estos centros la Reforma se extendió por toda Europa; en algunos países como Italia (donde desde 1542 actuaba el tribunal de la Inquisición) fue seguida por una minoría que en su mayoría se vio obligada a emigrar, mientras que en otros se consolidó y se convirtió en la confesión mayoritaria e incluso oficial (como en el norte de Europa en el caso de los luteranos o en Escocia en el caso de los reformados).
Un rasgo distintivo de la Reforma, consecuencia del principio de defensa de la libertad de conciencia que la caracterizaba, fue su pluriformidad. Lutero y Zuinglio, los padres fundadores, estaban de acuerdo en las cuestiones básicas de la fe evangélica y de sus principios constitutivos, pero no lo estaban en puntos importantes como la eucaristía.
En las conversaciones de Marburgo de 1529, promovidas con objeto de llegar a un acuerdo, ambos se mantuvieron firmes en sus respectivas posiciones: tanto Lutero como Zuinglio rechazaban la doctrina medieval de la transustanciación, pero, mientras que Lutero vinculaba la presencia de Cristo al pan y al vino (sin materializarla en ellos, sino afirmando la presencia simultánea, real pero distinta, del pan y del cuerpo, del vino y de la sangre de Cristo), Zuinglio consideraba la eucaristía un memorial y atribuía a la presencia de Cristo un valor puramente simbólico: la presencia de Cristo no está en los elementos o juntamente con ellos, sino en el Espíritu que vivifica en las iglesias la memoria de la cruz.
Fuentes: Consultadas Diversas fuentes.
Fdo. Cristobal AGuilar.
