EL COMIENZO DE TODO - FIN Y PRINCIPIO
Jesús era un judío y su mensaje inicial estuvo dirigido a los judíos. Pero muy pronto, sobre todo después de la acción misionera de un judío convertido, Pablo, el Evangelio se dirigió también a los gentiles y comenzó a difundirse rápidamente por el mundo mediterráneo. Inicialmente vinculado con el mundo de la Palestina rural, después de las misiones paulinas el cristianismo se convirtió en un movimiento urbano, que conseguía sus adeptos en las ciudades helenísticas del Imperio romano, no sólo entre los desheredados, sino también entre las capas sociales intermedias.
Tras la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70, llevada a cabo por Tito en respuesta a una revuelta judía, el cristianismo, que había mantenido su centro en Jerusalén, se distanció progresivamente de su origen judío y se estructuró en iglesias ordenadas jerárquicamente, gobernadas por un obispo. El término «iglesia» tiene un origen bíblico, que se remite al hebreo qahal, que en el Antiguo Testamento designaba al pueblo de Dios reunido para el culto o para la guerra.
Los primeros cristianos, queriendo subrayar su continuidad, en cuanto nuevo Israel, con el antiguo Israel del que se consideraban los herederos en virtud del nuevo pacto o testamento sellado gracias al sacrificio de la cruz, para denominar a sus propias comunidades recurrieron al término ekklesia, que en el griego helenístico designaba la «asamblea popular», pero que en el griego bíblico al que había sido traducida la Biblia (la llamada de los Setenta) se había utilizado para traducir precisamente el hebreo qahal (la reunión de los hebreos no convertidos al cristianismo fue designada en cambio con el término griego synagogé, del que procede sinagoga). «Iglesia» adquiere, pues, el significado de reunión, por iniciativa de Dios (y no, a diferencia de las asambleas de las ciudades helenísticas, por iniciativa de los hombres), de aquellos que profesan la fe cristiana.
Durante todo el siglo n estas iglesias (regidas por un obispo que tiende a asumir, a partir de Asia Menor, poderes monárquicos por debajo de los cuales operan ministerios —presbiterado, diaconado—, que se encargan del cuidado de las almas), tienen un funcionamiento autónomo, aunque progresivamente, en el transcurso del siglo m, se irá afirmando la «primacía» de la sede romana. Al difundirse por varias zonas del imperio y adaptarse a los usos y costumbres (y lenguas) locales, el cristianismo adquiere una multiformidad de tradiciones y de posturas, que no experimentarán un proceso de homogeneización doctrinal hasta la aparición en su propio seno de algunas formas de herejía. Progresivamente se irá estableciendo un canon de las escrituras cada vez más uniforme, un credo común y liturgias que giran en torno al bautismo y a la eucaristía.
El período que va hasta el Concilio de Nicea (325) se caracterizó por la intensidad de las controversias teológicas, centradas en torno al problema de las relaciones entre el único Dios, Señor y Creador, y el Hijo (la cuestión del Espíritu Santo no se Planteará hasta el siglo IV). La especial naturaleza del fundador, considerado por sus seguidores hombre y dios a la vez, muy pronto dio lugar a reflexiones sistemáticas sobre sus relaciones como Hijo de Dios con el Padre, a fin de salvaguardar tanto la unicidad de Dios como la existencia de un Padre y de un Hijo. El punto final a esta reflexión lo pone el Concilio de Nicea (325), convocado para combatir el arrianismo, un movimiento que para defender el monoteísmo sostenía que el Hijo no era de la sustancia del Padre, y convertía a Cristo en una criatura excelsa, pero, precisamente en cuanto criatura, un ser subordinado al Padre (subordinacionismo): el concilio ratificó la consustancialidad y, por tanto, la plena divinidad del Hijo.
En cuanto a las relaciones con el Imperio romano, el cristianismo —separado ya del judaísmo, que era un religión tolerada en el seno del imperio— entró en conflicto con el poder romano, puesto que su fe monoteísta le impedía reconocer la presunta naturaleza divina de los emperadores. De modo que fue víctima de una serie de persecuciones, que básicamente comienzan a mediados del siglo m y culminan en la gran persecución desencadenada por Diocleciano (303-304). Las cosas cambiaron con la llegada al poder de Constantino, que reconoció al cristianismo como religio licita (Edicto de Milán del año 313), otorgándole de hecho primacía frente al paganismo tradicional, que había sido la religión oficial de los emperadores anteriores.
Esta decisión tendrá consecuencias históricas de gran trascendencia, porque a partir de entonces la iglesia, gracias además a la cesión de posesiones por parte de Constantino, inicia la época de su poder temporal, ejerciendo a la vez directa o indirectamente el poder político. Finalmente, gracias a los distintos edictos promulgados por Teodosio entre los años 380 y 392, el cristianismo se convertirá en la religión oficial del imperio, sustituyendo al paganismo oficial.
Fuentes Consultadas: Varias Fuentes Fiables.
Fdo. Cristobal AGuilar.
