Martes, 30 de noviembre de 2010

LA IGLESIA EN LA ALEMANIA DEL BARROCO - HISTORIA DE LA IGLESIA

Los territorios cat?licos de Alemania se repusieron con asombrosa celeridad de los da?os de la guerra de los treinta a?os. Se hac?a sentir por doquier una nueva y sana alegr?a de vivir, que hall? su expresi?n en las innumerables construcciones y esculturas religiosas y profanas del estilo barroco, que aun hoy dan su sello caracter?stico al paisaje austriaco y alem?n del sur.

Casi todas ellas surgieron en los decenios de antes y despu?s de 1700. Son iglesias y conventos de gran monumentalidad, como el incomparable de Melk en el Danubio, San Flori?n en Linz, Ottobeuren en el Allgau b?varo, Weingarten en W?rttemberg, Einsiedeln en Suiza, los Catorce Santos en Bamberg, un incalculable n?mero de peque?as iglesias y ermitas rurales, a veces escondidas en remotos valles, las columnas dedicadas a la Virgen o a la Trinidad que adornan las plazas ciudadanas, y las humildes im?genes en las encrucijadas solitarias. Para esta riqueza art?stica, que en aquel tiempo s?lo ten?a rival en Italia, las generaciones del siglo XIX han sido por completo ciegas y en su desencaminado entusiasmo por el arte han destruido muchas obras de valor. Hoy se vuelve a tener ojos para apreciar el m?rito art?stico del barroco alem?n y para estimar su sincero sentimiento religioso.

Sin embargo, tampoco conviene sobreestimar la profundidad de estos valores religiosos. No se trataba de una espiritualidad llameante, de una m?stica encendida. Los cat?licos de la ?poca barroca no se planteaban problemas. Se sent?an en la posesi?n segura de la verdad, estaban contentos de Dios y del mundo, y el cielo era una perspectiva que les alegraba. Era una religiosidad del terru?o, profundamente arraigada, que impregnaba la vida entera; pero era el pan de cada d?a, no un manjar exquisito. No ha producido grandes santos, aunque tampoco era terreno abonado para jansenistas e iluminados.

Entre los religiosos de aquel tiempo hallamos magn?ficas figuras locales, pero apenas ninguna de la talla suficiente para hacerse conocer fuera de las fronteras de Alemania. Tenemos, por ejemplo, el venerable Bartolom? Holzhauser, can?nigo de Tittmoning sobre el Inn, luego de?n en San Juan en el Tirol, finalmente p?rroco de Bingen (? 1658), que form? comunidades dedicadas a la cura de almas y ejerci? una saludable influencia sobre la formaci?n del clero; el santo misionero Felipe Jeningen S.I. de Eichst?tt (? 1704 en Ellwangen); el badense Ulrico Megerle, un agustino que se hizo famoso en Viena bajo el nombre religioso de Abraham de santa Clara, predicador y escritor popular de ingenio chispeante y algo r?stico, que no ten?a empacho en cantar las verdades m?s rudas a la sociedad cortesana vienesa (? 1709); el excelente poeta Federico von Spee S.I., uno de los primeros que se alz? contra la abominaci?n de los procesos de brujer?a (? 1635 en Tr?veris).

Escritores populares muy le?dos fueron el piadoso capuchino Mart?n de Cochem (? 1712) y el premonstratense de Colonia Leonardo Goffine (? 1719), cuya Handpostille, explicaci?n de los evangelios dominicales, publicado por primera vez en 1687, fue hasta muy entrado el siglo XIX, una de las lecturas familiares m?s difundidas. Si queremos apreciar toda la distancia que media entre la vida religiosa en la Alemania de entonces y la contempor?nea religiosidad de Francia, no tenemos m?s que comparar a Bartolom? Holzhauser con Olier, el fundador de los sulpicianos, o a Mart?n de Cochem con su piadoso correligionario Jos? de Par?s, el exaltado colaborador pol?tico de Richelieu (? 1638), o a la beata Crescencia de Kaufbeuren (? 1744) con santa Margarita Alacoque. Ambos pa?ses eran cat?licos de pies a cabeza, pero a la religiosidad alemana, por pura y aut?ntica que fuera, la faltaba aquella grandeza que sin duda alguna la francesa pose?a.

La influencia religiosa de la Alemania cat?lica se extend?a entonces hasta muy al Este, hacia Bohemia, Silesia, Polonia, Hungr?a, Yugoslavia. Pero en el aspecto religioso la ?poca barroca ten?a tambi?n sus facetas obscuras. La vida era demasiado f?cil para el clero, para los obispos y los conventos. Aunque no vivieran en la opulencia ni se entregaran al vicio, adoptaban unos aires en exceso se?oriales y eran poco dados a las cosas del esp?ritu. Se constru?an palacios y castillos por el puro placer de construir.

Cualquier pr?ncipe-obispo, cualquier pr?ncipe-abad pretend?a ser un peque?o Luis XIV y tener su peque?o Versalles, siguiendo el ejemplo de los pr?ncipes seculares del tiempo. La causa de ello no es s?lo, como muchas veces se dice, el hecho de que la mayor?a de los prelados alemanes procedieran de la nobleza. Un noble puede ser tan buen obispo como cualquier otro, y los abades, que a menudo eran de muy humilde procedencia, eran tan dados al boato como los grandes se?ores espirituales de las di?cesis feudales. Tampoco puede decirse que los pr?ncipes religiosos oprimieran al pueblo y olvidaran sus deberes para con los menesterosos.

El viejo dicho de que se vive bien a la sombra del b?culo, se acredit? hasta fines del siglo XVIII. La caridad y la asistencia social estaban a?n en gran parte en manos del clero, y ello no constitu?a ninguna desventaja para los pobres. Lo malo era que el clero se sent?a demasiado seguro. Se hab?a perdido todo sentido de responsabilidad para el porvenir. A nadie se le ocurrir?a pensar que estaban viviendo sobre un volc?n, mejor dicho, que vivir sobre un volc?n es el constante destino de la Iglesia.

Fdo. Cristobal Aguilar.


Image Hosted by ImageShack.us
By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
 
¡Recomienda esta página a tus amigos!
Powered by miarroba.com Contador de visitas y estadísitcas
In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti