RELIGIOSIDAD EN EL BARROCO
El episcopado francés puede presentar en ésta época una abundantísima serie de grandes pastores de almas, muchos de los cuales destacaron también como escritores. A la cabeza de todos está el santo doctor de la Iglesia Francisco de Sales († 1622), obispo de Ginebra Annecy, uno de los escritores ascéticos más leídos de la Edad Moderna. Además, el cardenal Duperron, que desempeñó un relevante papel en la conversión de Enrique IV, muerto en 1618 siendo arzobispo de Sens; los famosos oradores sagrados Bossuet, obispo de Meaux († 1704), Fléchier, obispo de Nîmes († 1710), Fénelon, obispo de Cambrai († 1715).
Fueron también activos pastores de almas el obispo Godeau de Vence († 1672), uno de los primeros miembros de la Academia francesa, y el obispo Huet de Avranches († 1721), en cuyos escritos filosóficos se advierte ya una fuerte tendencia hacia el escepticismo. Algunas de estas personalidades se dejaron contaminar algo por el jansenismo, lo cual no les impidió ser excelentes pastores de almas a su manera, como Gilberto Choiseul du Plessis († 1689), obispo de Comminges y después de Tournai, Esteban Le Camus († 1707), arzobispo de Grenoble y cardenal.
Fuera del episcopado fue también rico este tiempo en santos y escritores religiosos. El mayor de todos es san Vicente de Paúl († 1660), uno de los santos más populares de hoy como fundador de las formas modernas de la caridad. Otras grandes figuras son: el cardenal Bérulle, capellán de Enrique IV y luego presidente del Consejo de Estado († 1629), fundador de los oratorianos franceses e importante escritor ascético; el santo párroco de San Sulpicio de París, Olier († 1657), fundador de los sulpicianos; san Juan Eudes († 1680), junto con Olier y Vicente de Paúl uno de los grandes educadores del clero.
San Juan Bautista de la Salle († 1719), fundador de los Hermanos de las escuelas cristianas; san Pedro Fourier († 1640), canónigo de San Agustín y fundador de una congregación de hermanas de la enseñanza; san Francisco Regis S.I. († 1640), misionero del Languedoc; el famoso predicador de Nôtre Dame, Bourdaloue († 1704). Entre las mujeres que destacaron por su santidad, merecen citarse: Luisa de Marillac, viuda Le Gras, que con san Vicente de Paúl fundó las Hermanas de la caridad; santa Francisca de Chantal, fundadora con san Francisco de Sales de la orden de la Anunciación. A esta orden pertenecía santa Margarita Alacoque, que al hacer revivir la devoción al Corazón de Jesús dio un fuerte impulso a la moderna piedad católica.
No cabe duda que en este período Francia enriqueció la Iglesia con valores permanentes, en no menor medida de lo que había hecho en el siglo XIII, la época de la escolástica y de las órdenes mendicantes. Ello no es obstáculo, sin embargo, para que en la espiritualidad de entonces haya muchos rasgos que nos choquen, por estar demasiado ligados a su tiempo. Uno de ellos es el intenso carácter cortesano y elegante de la vida eclesiástica. La piedad se había puesto de moda. Obispos y santos se movían con gran naturalidad en los salones y en la corte real. Bossuet, Huet, Fénelon eran preceptores de príncipes. Bérulle y Vicente de Paúl tenían asiento en el consejo del rey. Hasta los más celosos obispos diocesanos tenían siempre asuntos que despachar en París.
Otra peculiaridad era la dirección de las almas individuales, convertida en un verdadero arte. No se paraba de hablar a las conciencias, de palabra o por escrito. No es que esta actividad fuera inútil; había realmente mucha virtud auténtica y mucha santidad, pero era una santidad que gustaba demasiado de tocarse con pelucas empolvadas.
Fdo. Cristobal AGuilar.
