EL AUMENTO DE LA IGLESIA CATÓLICA DESPUES DE LA REFORMA
Después del caos religioso del siglo XVI, en la primera mitad del XVII volvió a implantarse la tranquilidad. Los países protestantes se habían separado de los católicos, como la tierra y el agua en el tercer día de la creación. Es cierto que los países protestantes ofrecían entre sí muchas diferencias en lo referente a doctrina y organización religiosa, pero todos tenían una cosa en común, y es que indudablemente habían dejado de formar parte de la Iglesia católica.
La separación había sido de carácter territorial. En los siglos XVII y XVIII era posible hacer un mapa exacto de las distintas confesiones, mientras que ahora la confusión es tan grande, que no hay que pensar en fijar geográficamente la extensión de los distintos credos. Estado, dinastía y confesión eran entonces conceptos poco menos que coincidentes. Incluso en Alemania, donde el mapa religioso de los siglos XVII y XVIII hace el efecto de una mezcla inextricable, la distinción era muy clara, y cada territorio constaba o sólo de católicos o sólo de protestantes, lo mismo que ocurría con los cantones suizos.
Existía, sí, una diáspora protestante en algunos países católicos, sobre todo en Francia, Hungría y Polonia, y a la inversa, una diáspora católica en Inglaterra, Holanda y parte de la Alemania protestante; pero estas minorías eran numéricamente tan insignificantes, que apenas pueden tomarse en cuenta. El único país de alguna extensión que se mantenía casi totalmente católico bajo un dominio protestante, era Irlanda.
En el mapa, la frontera septentrional de la Iglesia en los siglos XVII y XVIII está formada por una línea que a lo largo de la costa meridional de Inglaterra corre por el centro de Europa hasta el ángulo noroeste de Bohemia. La católica Irlanda quedaba al norte de esta línea. En la Alemania occidental Westfalia formaba, en la línea descrita, un saliente hacia el norte, y en Alemania central el territorio protestante describía una inflexión hacia el sur en Turingia y Franconia. Luego, a partir del lado norte de Bohemia, la frontera católica torcía al norte hasta Lituania, para terminar en la muralla del cisma ruso bizantino, que discurría de norte a sur.
En cuanto a cifras de población, no disponemos de estadísticas fidedignas hasta fines del siglo XVIII. Las estimaciones de los contemporáneos, y las de los historiadores modernos, presentan grandes discrepancias, sobre todo en lo referente a Francia, Alemania y España. Según un reciente estudio (Jos. Grisar, en Studi e Testì, 125, Città del Vaticano 1946), hacia 1700 Europa debía de contar con unos noventa millones de habitantes. De ellos de quince a dieciocho millones corresponden a la Rusia europea y a la península balcánica, entonces en poder de los turcos, países todos ellos ortodoxos en su mayoría; los protestantes de todas las denominaciones contarían unos veintidós millones, y los restantes cincuenta millones serían católicos. Así, pues, en los siglos siguientes a la Reforma, la población católica gracias a su crecimiento natural había vuelto a alcanzar la cifra anterior a la escisión religiosa.
Hay que contar, además, la cifra de católicos establecidos ya entonces en las colonias, especialmente las americanas, que puede estimarse entre cinco y diez millones; de este modo, el número total de católicos sería de unos sesenta millones, o sea el doble de lo que es verosímil calcular para el siglo XIII.
Con mucho, el número más importante de católicos correspondía a Francia, con diecinueve o veinte millones, un tercio de la Iglesia entera. En segundo lugar venía España. La población de España había descendido en el siglo XVII, pero era aún superior a los diez millones. La de las colonias, en cambio, había crecido. Alemania estaba casi tan poblada como Francia, pero los católicos eran allí sólo ocho o diez millones, con lo que Alemania venía a tener aproximadamente tantos católicos como Italia. Para Polonia y Lituania podemos calcular unos cinco millones de católicos, y unos dos millones en los Países Bajos. Portugal no llegaba entonces a los dos millones. Irlanda, los cantones católicos de Suiza, la diáspora inglesa y otros islotes, debían arrojar en conjunto algo más de un millón de almas.
En los países católicos los fieles seguían viviendo entre sus iguales, como siempre habían hecho. Pero se advertía una gran diferencia respecto a la Edad Media. En los tiempos medievales, haciendo abstracción del Oriente cismático, con el cual se tenían muy pocas relaciones, Europa formaba una única familia de pueblos cristianos. Europa era la Iglesia católica, y al exterior quedaba el mundo de los paganos. Ahora había surgido dentro de la propia Europa un territorio extranjero, una Europa no católica. En la Edad Media habían menudeado los conflictos entre reyes y papas, pero nadie había discutido a la Iglesia como tal. Ningún mérito tenía entonces ser católico, mientras que ahora la cosa se había hecho más difícil. Se había constituido dentro del continente europeo un amplio frente que luchaba contra la Iglesia, echándole en cara todos los pecados que pudiera haber cometido, en el pasado y en el presente.
Por otra parte, la Iglesia había empezado a extenderse fuera de Europa. Mucho le faltaba para ser la Iglesia universal que es hoy, pero ya no era tampoco la Iglesia medieval, estrictamente encerrada en sus angostas fronteras territoriales. Disponía, pues, de reservas para el futuro.
En los países que se conservaron católicos, la vida de la Iglesia se desarrolló en condiciones muy favorables, demasiado casi. Casi todos ellos volvieron a conocer un período de gran esplendor en el siglo XVII y principios del XVIII. Nadie sospechaba las graves crisis que el destino reservaba para fines de este periodo.
Fdo. Cristobal Aguilar.
