EL AMOR AL PRÓJIMO COMO PRIMER FIN
Cuando decimos que hay que amar al prójimo como uno se ama a sí mismo, lo que afirmamos no es el «amor propio» (como premisa para establecer el modo de amar al prójimo) sino, más bien, nos estamos fijando en la intensidad y en la constancia que acompañan al amor propio.
Entonces, «amarás al prójimo como a ti mismo» significa que cada uno se ha de esforzar en amar a sus semejantes con la misma profundidad, con la misma intensidad y con la misma constancia con que se quiere uno a sí mismo.
La ética del amor cristiano está fundada en el amor de Cristo en la cruz. Cuando san Pablo habla de la cruz, nos habla esencialmente del amor de C risto, y sólo del amor. Cristo, entregando amorosa y dolorosamente su vida por los mismos que le crucifican, es paradigma definitivo del amor cristiano al prójimo, pues «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (en este caso «enemigos»).
Una ética cristiana, auténticamente evangélica, sólo es posible cuando el dolor, que conlleva el amor al hermano, es constante e intenso. Dice san Pablo: «Ale graos con los que se alegran, llorad con los que lloran...» (Rom 12,15); y «siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón (por mis hermanos)» (Rom 9,2).
El amor al prójimo —tan intensa y constantemente como el amor a uno mismo— psicológicamente es imposible con las solas fuerzas naturales. Sólo con la gracia de Cristo podemos amar al prójimo como a nosotros mismos. El amor a Cristo nos hace morir al hombre viejo, al hombre carnal y terreno.
Jesús en la cruz, perdonando, amando y abrazando a los que no merecían ser amados, a los pecadores que habían perdido todo título y derecho para ser amados, es el supremo modelo para nuestro amor al prójimo. Jesús es el auténtico y el solo maestro que nos enseñó legítimamente con su palabra y su vida el verdadero amor. Dijo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian...; al que te hiera en una mejilla...» (Lc 6,27-35). Amar sólo a los de la misma sangre, a los que nos caen bien, a los agradecidos, etc., no es la norma ética de amor al prójimo; es más bien lo que Cristo enseñó, y sobre todo practicó de una forma sublime en la cátedra universal de la cruz.
Fdo. Cristobal AGuilar.
