LA IGLESIA Y EL ECUMENÍSMO
Otra tendencia que después de la primera guerra mundial alcanzó las proporciones de una especie de movimiento, es la que propugna la paz o la reconciliación con las iglesias separadas. Las Iglesias orientales cismáticas fueron objeto de una comprensión y una simpatía crecientes, a lo cual contribuyó también mucho el movimiento litúrgico. No sólo se estudiaba la teología oriental, que desde 1931 fue introducida en los seminarios como disciplina obligatoria, sino que no pocos sacerdotes y clérigos adoptaron voluntariamente el rito bizantino para poder trabajar más eficazmente en pro de la unión.
Particularmente vivo se hizo en muchos el deseo de entrar en más íntimo contacto con los protestantes de todas las denominaciones. Cuanto más se agravaban los síntomas de una progresiva descristianización de la vida pública, más deseable parecía a los ojos de algunos la unión de todos los que, en uno u otro sentido, se sentían todavía cristianos.
En el campo protestante, se celebraron gran número de conferencias y congresos para conseguir al menos una más estrecha colaboración de los protestantes entre sí, y a ser posible entre éstos y la Iglesia oriental. La organización Life and Work, cuya alma era el arzobispo sueco Nathan Söderblom († 1931), celebró conferencias en Estocolmo (1925) y Oxford (1927). El propósito de Life and Work era, ante todo, coordinar los esfuerzos dirigidos a un fin común, sin distinción de confesiones en lo social, económico y político. La organización Faith and Order ambiciona la concordia teológica de las distintas confesiones sobre la base de la sagrada Escritura. Celebró asambleas en Lausana (1927) y en Oxford y Edimburgo (1937). Fruto del clima de cooperación creado, ambas organizaciones constituyeron en 1938 un Comité provisional, con sede en Utrecht, que unos años más tarde (1946) creaba el Consejo ecuménico de las Iglesias (World Council of Churches), cuyo primer congreso se celebró en Amsterdam (1948) y ha sido seguido por un segundo congreso en Evanston (1954) y un tercer congreso en Nueva Delhi (1961). A este último, asistieron 625 delegados de 175 iglesias cristianas y 370 observadores (entre los cuales figuraban ya cinco católicos).
Los dos congresos siguientes se celebraron en Upsala (1968) y Nairobi (1975). El Comité central ha celebrado asimismo varias reuniones importantes (Toronto 1950, New Haven 1957, Ginebra 1958, St. Andrews 1960...). Por su parte, Faith and Order ha proseguido con cierta autonomía sus trabajos en el orden teológico y doctrinal, que se reflejaron públicamente en una segunda asamblea celebrada en Lund (1952) y una tercera asamblea en Montreal (1963). A esta última asistieron asimismo cinco observadores católicos con carácter oficial además de otros muchos teólogos y publicistas católicos que acudieron privadamente. Desde 1968 (Upsala), nueve teólogos católicos son miembros de pleno derecho de Faith and Order.
La Iglesia había adoptado al comienzo una actitud de franco repudio frente al movimiento ecuménico. En la encíclica Mortalium animos (1928), Pío XI señalaba que las palabras de Cristo «un solo rebaño y un solo pastor» no aludían al futuro. La unidad ecuménica de los cristianos está ya realizada en la Iglesia católica. Todo el que quiera entrar en ella será bien venido. No existe, pues, una unidad superior, una cristiandad general a la que pueda adherirse la Iglesia.
En su encíclica Humani generis (1950), Pío XII reiteraba la prohibición de la commumcatio in sacris y ponía en guardia frente a un falso irenismo que podía desfigurar las verdades dogmáticas o caer en frívolas concesiones ante las exigencias y puntos de los protestantes. Sin embargo, la Iglesia no llegó nunca a condenar los conatos de acercamiento en el plano oficioso. Así, nada objetó a las conversaciones que el cardenal Mercier, arzobispo de Malinas, celebró con el anglicano lord Halifax en 1921. Tampoco se opuso a los coloquios de los eslavos católicos con los ortodoxos que a partir del año 1907 hasta 1936 se fueron celebrando en Velehrad (Moravia).
Fdo. Cristobal Aguilar.
