EL PODER DE CRISTO DESTRUYE EL MAL
Al final del padrenuestro se pide globalmente a Dios que nos libre del
mal, de todo mal. Y el primer mal del que le pedimos a Dios que nos
libere es el de caer en la tentación de abandonar el seguimiento de
Cristo. El vivir sin Cristo —cosa que tanto temía san Pablo— es el mal
por antonomasia. Nos pone en el precipicio de todos los males. Con
Cristo, en cambio, podemos vencer los tres grandes males que se dan en
la vida del nombre.
¿Cuáles son esos males?
Primero: el mal del pecado. El pecado grave nos hace perder la
vida divina que se nos regaló en el bautismo; además de perder, por el
pecado, la filiación divina, la amistad con Dios y otros bienes..., nos
deja como muertos en el espíritu y en el camino del bien. Jesús vence el
mal del pecado, destruyéndolo con el perdón y la misericordia. Este
ministerio de vida y salvación lo continúa Cristo en su Iglesia
especialmente con el sacramento de la reconciliación.
Segundo: el mal del dolor y el sufrimiento. No es malo del
todo el dolor. Lo que es definitiva y radicalmente malo es sufrir sin
Cristo o incluso enfrentados a Dios llegando a pedirle cuentas a Dios
mismo de por qué permite (pudiendo cortarlo) ese o aquel sufrimiento en
mi vida. El sufrimiento sin Cristo es un terrible «absurdo» y cerrado
«misterio». Cristo vence e ilumina el sufrimiento si lo vivimos unidos a
El. De desvalor para los no creyentes, Cristo lo convierte en un valor
con su vida, muerte y resurrección. Con sufrimientos pasajeros ganaré un
inmenso peso de gloria, dice san Pablo. Mas, como cristianos, hemos de
emplear todas nuestras fuerzas por aminorar e incluso erradicar todo
sufrimiento vencible, sobre todo el del otro.
Canta Ana Belén: «Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea
indiferente,/ que la reseca muerte no me encuentre vacía y sola/ sin
haber hecho lo suficiente».
Tercero: el mal de la muerte. Por naturaleza somos finitos y
mortales. «Por temor a la muerte —dice la Escritura— muchos pasan la
vida acongojados». Mas, inyectados por la fe en la resurrección de
Cristo, participamos de su vida eterna resucitada. Dice el prefacio de
difuntos: «La vida de los que en ti creemos no termina, se transforma.
Fdo. Cristobal Aguilar.
