LA TEOLOGÍA EN EL SIGLO XIX Y SUS EFECTOS EN LA IGLESIA
El siglo XIX no ha producido quizá ningún teólogo de gran talla, ningún santo Tomás de Aquino y ningún san Agustín. Enrique Newman (nac. en 1801, convertido en 1851, cardenal en 1879, † 1890), acaso la figura más grande de este siglo, es más filósofo que teólogo. En cambio se trabajó mucho y en serio. Expresada en cifras, la producción científica ha aumentado considerablemente desde mediados de siglo, sobre todo gracias a la aparición de revistas teológicas en casi todos los países de importancia, muchas de las cuales se han convertido, al correr de los años, en auténticas bibliotecas de Teología.
La más antigua de las hoy existentes es Tübinger Quartalschrift, fundada en 1819. Aparecieron, además, publicaciones dirigidas a un público más extenso que muy a menudo trataban temas teológicos. Una de las primeras de esta categoría fue Der Katholik (Maguncia 1821); luego, La Civiltà Cattolica (Roma 1850), Eludes (París 1856), Stimmen aus Maria Laach (1871, hoy Stimmen der Zeit) y otras análogas en casi todos los países. Para el trabajo propiamente teológico se crearon numerosos centros, generalmente adscritos a una universidad: Tubinga, Munich, Maguncia, Bonn, Münster, Innsbruck, Friburgo de Suiza, Lovaina, París, Toulouse, Roma. En la esfera editorial alcanzaron una especial importancia casas católicas como Herder (Friburgo de Brisgovia), Pustet (Ratisbona), Bachem (Colonia), Benzinger (sobre todo en Norteamérica), Desclée (Malinas), Burns Oates (Londres) y las editoriales parisienses Lethielleux, Beauchesne, etc.
El trabajo teológico durante el siglo XIX movióse en el campo de la apologética, entendida ésta en su sentido más amplio, o sea que se ocupó sobre todo de los problemas que suelen llamarse «ideológicos» (Weltanschauungsfragen), aunque el teólogo católico evita este término, por los elementos de relativismo y subjetivismo que parece encerrar. Se trataba del antiquísimo problema de fe y ciencia, de revelación y razón, que en consonancia con el aumento de conocimientos en ambas esferas, no cesa de adoptar formas siempre nuevas. En Alemania el profesor de teología de Bonn, Jorge Hermes († 1831), partiendo de Kant y rechazando la escolástica, pretendió dar una demostración racional de los misterios de la fe. En Francia, los llamados tradicionalistas De Bonald († 1840), Bautain, profesor en Estrasburgo († 1867), Bonnetty († 1879) buscaron la solución en el extremo opuesto, por cuanto, rechazando igualmente la escolástica, establecían una total separación entre conocimiento racional y conocimiento de fe y declaraban la imposibilidad de demostrar filosóficamente los fundamentos de ésta. Ambos sistemas fueron condenados por la Iglesia, el hermesianismo en 1835, el tradicionalismo en 1855.
Caminos totalmente originales siguió el sacerdote italiano Rosmini († 1855), hombre piadoso y fundador de una congregación de sacerdotes: según su sistema, el sujeto pensante colabora en cierto modo en la plasmación del conocimiento, tanto filosófico como teológico. También él era antiescolástico, aunque quizá sería más exacto decir que prescindía de la escolástica, y por medio de una arbitraria interpretación de la terminología de esta escuela llegó a formular algunas proposiciones insostenibles que después de su muerte fueron también censuradas (1887). En el entretanto, se había iniciado un intenso movimiento de renovación de la filosofía escolástica, iniciado especialmente en las escuelas romanas, donde el dominico Zigliara († 1893 siendo cardenal) y los jesuitas Perrone († 1876), el tirolés Franzelin († 1886 siendo cardenal), Liberatore († 1892) y otros, restituyeron el conocimiento filosófico a su lugar debido dentro del sistema doctrinal de la teología. El jesuita José Kleutgen, de Dortmund († 1883), que trabajaba también en Roma, fue el precursor del renacimiento escolástico en Alemania con sus obras Theologie der Vorzeit (1853) y Philosophie der Vorzeit (1860). En su encíclica Aeterni Patris (1879) León XIII señaló expresamente a santo Tomás como luz y guía del pensamiento católico. En el fundamental problema apologético arrojó abundante luz la definición del concilio Vaticano de que la razón natural puede conocer a Dios con seguridad partiendo de las criaturas.
Sin embargo, hacia fines de siglo se formó entre los teólogos una corriente muy ramificada, extendida sobre todo en Francia, Alemania, Italia e Inglaterra, que bajo la impresión producida por la Crítica bíblica no católica y la teoría de la evolución de los dogmas, volvió a dudar de que fueran realmente conciliables la fe y la razón e intentó hallar nuevas soluciones por el lado del inmanentismo kantiano. Los caudillos espirituales de esta orientación eran, en Francia, el crítico bíblico Alfredo Loisy, en Inglaterra el escritor apologético Jorge Tyrrell S.I., en Italia Rómulo Murri y más tarde Ernesto Buonaiuti. Los numerosos escritos de este grupo, realzados por una deslumbrante erudición y cuidadosamente redactados en un tono victoriosamente apologético, apenas despertaron la menor suspicacia en la mayoría de los católicos. El decreto Lamentabili de la congregación del Santo Oficio en 1907 y la subsiguiente encíclica Pascendi operaron como una súbita revelación. En esta última Pío X hacía ver cómo todas estas tendencias, aparentemente diversas, surgían de una raíz común y se habían apartado ya considerablemente de las verdades fundamentales de la fe católica. Aplicó a la nueva herejía el nombre de «modernismo» y procedió con gran rigor contra sus representantes. Las apostasías fueron, empero, escasas. Tyrrell, expulsado de su orden, murió sin reconciliarse (1909), lo mismo que Buonaiuti (1946). Murri se retractó antes de su muerte (1944). Loisy († 1940) se apartó totalmente de la fe católica. Pero no se llegó a la formación de una secta. Apenas hay otro caso en la historia eclesiástica en que una herejía haya sido extirpada de un modo tan rápido y radical.
Fdo. Cristobal Aguilar.
