Jueves, 16 de septiembre de 2010

LA ECONOM?A FINANCIERA DE LA IGLESIA EN EL SIGLO XIX

La gran oleada de secularizaciones de fines del siglo XVIII y principios del XIX hab?a tenido por efecto una profunda transformaci?n de la base econ?mica de la Iglesia en la mayor parte de los pa?ses de Europa. Hasta entonces la gran mayor?a de las instituciones eclesi?sticas ten?an el car?cter de fundaciones y se sosten?an en buena parte con las rentas de su patrimonio inmobiliario. Se calcula que en Francia antes de la Revoluci?n una d?cima parte del suelo pertenec?a a instituciones eclesi?sticas.

Al proceder a la secularizaci?n, en la mayor?a de pa?ses, el Estado tom? a su cargo, cuando menos al principio, una parte de las cargas que pesaban sobre los bienes confiscados, o sea al menos el sustento del clero y la conservaci?n de los edificios religiosos. El importe de estas obligaciones, fijado ya desde un principio con gran mezquindad, se redujo a?n m?s a consecuencia de la devaluaci?n monetaria efectuada en el curso del siglo XIX.

Por consiguiente, la Iglesia tuvo que acudir en medida creciente a las aportaciones voluntarias de los fieles, y de un modo especial en los pa?ses donde los bienes de la Iglesia o hab?an desaparecido por completo o no hab?an existido nunca, como en Inglaterra y Norteam?rica, y tambi?n en aquellos cuyos gobiernos se negaron a cumplir con sus obligaciones, como en muchos pa?ses sudamericanos sometidos antes al r?gimen espa?ol del patronato. Estas contribuciones voluntarias pod?an adoptar formas diversas, desde las peque?as limosnas dominicales hasta las donaciones y legados.

En los Estados Unidos la principal fuente de ingresos de las iglesias consist?a en el alquiler de las sillas en las funciones religiosas. A?n hoy son las limosnas recogidas en los cepillos lo que subviene el enorme coste del ministerio pastoral y de la beneficencia parroquial en Norteam?rica. Los estipendios por misas contribuyen tambi?n en todo el mundo a cubrir las necesidades del clero.

Desde el punto de vista patrimonial, la Iglesia hab?a sufrido un gran empobrecimiento. Pero en las nuevas circunstancias dispon?a, en cambio, de mayores ingresos y un giro m?s activo. Es verdad que los cambios econ?micos sufridos no bastaron para introducir la centralizaci?n en las finanzas eclesi?sticas, y cada una de las instituciones (di?cesis, parroquias, escuelas, obras de beneficencia, asociaciones, conventos) siguieron siendo desde este punto de vista independientes unas de otras; pero no lo es menos que tanto los organismos centrales como las unidades econ?micas inferiores, al no estar vinculadas a sus respectivas fundaciones y patrimonios, ganaron en fluidez y, por tanto, en capacidad de rendimiento.

Adem?s, desde el momento en que viv?an al d?a, estaban menos expuestas a los ataques exteriores. Los numerosos da?os materiales sufridos en tantas partes durante todo el siglo XIX, pudieron ser reparados de un modo relativamente r?pido y f?cil.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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