LA ECONOMÍA FINANCIERA DE LA IGLESIA EN EL SIGLO XIX
La gran oleada de secularizaciones de fines del siglo XVIII y
principios del XIX había tenido por efecto una profunda transformación
de la base económica de la Iglesia en la mayor parte de los países de
Europa. Hasta entonces la gran mayoría de las instituciones
eclesiásticas tenían el carácter de fundaciones y se sostenían en buena
parte con las rentas de su patrimonio inmobiliario. Se calcula que en
Francia antes de la Revolución una décima parte del suelo pertenecía a
instituciones eclesiásticas.
Al proceder a la secularización, en la mayoría de países, el Estado tomó a su cargo, cuando menos al principio, una parte de las cargas que pesaban sobre los bienes confiscados, o sea al menos el sustento del clero y la conservación de los edificios religiosos. El importe de estas obligaciones, fijado ya desde un principio con gran mezquindad, se redujo aún más a consecuencia de la devaluación monetaria efectuada en el curso del siglo XIX.
Por consiguiente, la Iglesia tuvo que acudir en medida creciente a las aportaciones voluntarias de los fieles, y de un modo especial en los países donde los bienes de la Iglesia o habían desaparecido por completo o no habían existido nunca, como en Inglaterra y Norteamérica, y también en aquellos cuyos gobiernos se negaron a cumplir con sus obligaciones, como en muchos países sudamericanos sometidos antes al régimen español del patronato. Estas contribuciones voluntarias podían adoptar formas diversas, desde las pequeñas limosnas dominicales hasta las donaciones y legados.
En los Estados Unidos la principal fuente de ingresos de las iglesias consistía en el alquiler de las sillas en las funciones religiosas. Aún hoy son las limosnas recogidas en los cepillos lo que subviene el enorme coste del ministerio pastoral y de la beneficencia parroquial en Norteamérica. Los estipendios por misas contribuyen también en todo el mundo a cubrir las necesidades del clero.
Desde el punto de vista patrimonial, la Iglesia había sufrido un gran empobrecimiento. Pero en las nuevas circunstancias disponía, en cambio, de mayores ingresos y un giro más activo. Es verdad que los cambios económicos sufridos no bastaron para introducir la centralización en las finanzas eclesiásticas, y cada una de las instituciones (diócesis, parroquias, escuelas, obras de beneficencia, asociaciones, conventos) siguieron siendo desde este punto de vista independientes unas de otras; pero no lo es menos que tanto los organismos centrales como las unidades económicas inferiores, al no estar vinculadas a sus respectivas fundaciones y patrimonios, ganaron en fluidez y, por tanto, en capacidad de rendimiento.
Además, desde el momento en que vivían al día, estaban menos expuestas a los ataques exteriores. Los numerosos daños materiales sufridos en tantas partes durante todo el siglo XIX, pudieron ser reparados de un modo relativamente rápido y fácil.
Fdo. Cristobal Aguilar.
