martes, 14 de septiembre de 2010

EL INFLUJO DE LA IGLESIA EN EL SIGLO XIX (SEGUNDA PARTE)

Dado el continuo aumento de la población, la más importante tarea de la Iglesia es atender al paralelo desarrollo de su aparato pastoral. Ésta ha sido, en efecto, una de sus mayores preocupaciones en el curso del siglo XIX. En Europa dicho desarrollo fue menos advertible, por cuanto el número de diócesis quedó casi invariable. Sólo en Inglaterra se organizó de nuevo la jerarquía.

A las once diócesis creadas en 1850 se han ido añadiendo hasta 1924 siete más en Inglaterra (Leeds, Middlesborough 1878, Portsmouth 1882, Menevia 1898, Cardiff 1916, Brentwood 1917, Lancaster 1924) y en 1878 seis más para Escocia. En el continente europeo fueron muy pocas las diócesis importantes de nueva creación: en Italia, Livorno 1806, Cuneo 1817, Foggia 1855; en Francia, Laval 1855, Lourdes 1912, Lille 1913. En Alemania, por la nueva regulación hecha a principios del siglo XIX, fueron suprimidos los obispados de Chiemsee, Constanza y Worms, substituidos por los de Limburgo, Friburgo y Rottenburgo (1821). Un aumento en el número de diócesis no lo hubo hasta el siglo XX con la constitución de las de Meissen (1921), Aquisgrán y Berlín (1929). En Polonia se crearon varias nuevas diócesis después de la primera guerra mundial, a saber: Lodz (1920), Czestochova, Kattowitz, Lomza y Pinsk (1925).

En los escalones inferiores de la jerarquía, fueron, en cambio, muy numerosos los puestos de nueva fundación. Se crearon centenares de nuevas parroquias, especialmente en las grandes ciudades, que habían iniciado su rápido desarrollo, y en los distritos industriales. Puede afirmarse sin exageración que en el siglo XIX se edificaron más Iglesias parroquiales que en todos los siglos anteriores juntos. Estas construcciones, las más de las veces en estilo neogótico, y con frecuencia muy monumentales, constituyen en muchas partes un rasgo característico del nuevo paisaje urbano.

Donde más impresionante fue el desarrollo experimentado por la cura de almas es en Norteamérica. Sirva como ejemplo la diócesis de Boston, que en el año 1844 abarcaba los estados de Massachusets, New Hampshire, Vermont y Maine, o sea, todo el ángulo nordeste de los Estados Unidos. En este extenso territorio había entonces treinta mil católicos, que disponían de treinta y dos iglesias servidas por veintiséis sacerdotes. Cien años más tarde la misma circunscripción estaba repartida en seis diócesis con un total de dos millones trescientos mil católicos, mil ciento cuarenta y cinco iglesias, dos mil setenta y seis sacerdotes seculares y ochocientos ocho regulares. La ciudad de Nueva York, con Brooklyn, tenía en 1800 una parroquia católica, hoy tiene cuatrocientas. La ciudad de Chicago, nacida a principios del siglo XIX, cuenta hoy con más de doscientas cincuenta parroquias católicas.

No hay que olvidar, con todo eso, que el número de sacerdotes no ha aumentado al mismo paso que la población católica. Contando en trescientos cuarenta mil el número total de sacerdotes de que dispone la Iglesia entera, dado un número de trescientos a cuatrocientos millones de fieles, corresponde apenas un sacerdote por mil fieles. La proporción es más favorable en muchas diócesis; así, por ejemplo, Westminster tiene un sacerdote por cuatrocientos veinte católicos, Baltimore uno por trescientos veinte. En cambio, hay países que sufren de una aguda escasez de sacerdotes, como el Brasil, que para más de treinta millones de católicos cuenta con menos de cinco mil sacerdotes.

En los siglos XVI y XVII el número relativo de sacerdotes era mayor. Pero en los siglos XIX y XX se ha hecho mucho más intensa la labor encomendada a cada sacerdote individual. Antiguamente, una parte considerable del clero secular y regular no intervenía en absoluto, o intervenía apenas, en la cura de almas. Hoy, los clérigos que no son más que beneficiados o celebrantes han casi desaparecido, incluso en Europa.

Las causas de este fenómeno deben buscarse no sólo en el mayor sentido de responsabilidad y celo por las almas que sin duda alguna posee el clero de nuestros días, sino también en los cambios sufridos por la Iglesia en su situación económica.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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