lunes, 13 de septiembre de 2010

EL INFLUJO DE LA IGLESIA EN EL XIX (PRIMERA PARTE)

Una afirmación que muy a menudo se oye, y justamente en boca de católicos, es que en el siglo XIX la Iglesia perdió una gran parte del influjo que antaño ejercía sobre las grandes masas populares. Tal aseveración se funda sobre una observación que es, en sí misma, cierta: desde la mitad de aquel siglo, si no antes, en casi todos los países, incluso en los que antes eran totalmente católicos, aparecen amplias capas de población que se mantienen interior y exteriormente alejadas de la Iglesia: gentes que probablemente han sido bautizadas y que se dejan apuntar como católicos en las estadísticas, aunque a menudo ni siquiera eso, pero que en todo lo demás observan frente a la Iglesia una actitud de completa indiferencia, que las más veces se trueca en una franca hostilidad. Con razón se habla de la aparición de un nuevo paganismo.

Dicha impresión se ve aún corroborada por el estudio de la historia política. En casi todos los países los católicos aparecen como una minoría, a veces como una minoría oprimida y perseguida, que con frecuencia se ve empujada a oponer una viril resistencia con la que obtiene notables triunfos, pero sin perder su carácter minoritario.

Antes de ponernos a investigar las causas que puedan haber obligado a la Iglesia a retirarse así en toda la línea, con abandono de su antigua influencia sobre las masas, conviene cerciorarnos de si aquella observación coincide realmente con los hechos.

En efecto, ateniéndonos al crecimiento puramente numérico de la Iglesia, vemos que los ciento treinta millones de miembros que tenía en 1800 han pasado a más de trescientos cincuenta millones. En cuanto a su vida interior, difícilmente podrá negarse que a fines del siglo XIX era, en todos los campos, incomparablemente más activa e intensa que en su principio. Por consiguiente sería igualmente correcto decir: en el siglo XIX la Iglesia no ha perdido las masas, sino que se ha ganado las masas.

La Iglesia no dispone de una población fija que se perpetúe a través de los siglos; carece, por decirlo así, de un capital humano. Uno a uno debe ganarse a cada hombre individual, a cada nueva generación. En una época de extraordinario incremento demográfico, como fue el siglo XIX, puede ocurrir que la actividad de los organismos pastorales de la Iglesia no alcance a ganar un número suficiente de nuevos adeptos, es decir, que un creciente número de nuevas personas quede fuera de la Iglesia y que ésta no pueda, o no pueda aún, entrar en contacto con ellas.

Desde este punto de vista, sería tan impropio decir que la Iglesia ha perdido los neopaganos de Europa o América, como afirmar que ha perdido los negros del África o los cuatrocientos millones de chinos; no los ha perdido, por la simple razón de que nunca los tuvo. Por consiguiente, la tarea de la historia debe consistir en investigar por dentro y por fuera el crecimiento extraordinariamente rápido de la Iglesia, para poder luego preguntarse por qué tal crecimiento no se ha hecho aún con mayor rapidez.

El siglo XIX es, en toda la superficie del globo, una época de inaudito aumento numérico de la población. Este incremento afecta también al África, y sobre todo al Asia, pero en estos continentes se substrae en gran parte a todo control estadístico, mientras que sobre América y Europa poseemos información suficiente para hacer unos cálculos aproximados.

Hacia 1800 Europa tenía de ciento ochenta a ciento noventa millones de habitantes, y hoy tiene cerca de quinientos millones. A principios del siglo XIX en toda América debía haber poco más de veinte millones de almas, y hoy cuenta con unos trescientos millones. La mayor parte de éstos son de procedencia europea, lo cual significa que no sólo ha habido aumento demográfico, sino también un desplazamiento de población de unas proporciones desconocidas en la historia. De todos modos, no es que estos trescientos millones hayan emigrado realmente de Europa, pues el aumento mayor ha sido debido al crecimiento natural. Desde 1820 a 1920 el número de emigrantes europeos que han entrado en Estados Unidos ha sido de 34 millones, mientras la población total ha crecido en este lapso de tiempo en unos ciento veinte millones.

La tarea de la Iglesia consistía en crear los adecuados organismos pastorales dentro de estas masas de población en continuo aumento y movimiento, y no sólo en las nuevas naciones americanas, sino también en Europa; pues también aquí aparecían por doquier nuevas aglomeraciones humanas para las que no bastaban ya las antiguas instituciones, sobre todo en las grandes ciudades.

Hacia 1800 no había en absoluto ningún centro urbano que llegara al millón de habitantes. Las ciudades mayores eran entonces Londres, con algo menos de un millón, y París con quinientos cuarenta y siete mil habitantes. Hoy, repartidas en todo el mundo, hay unas cuarenta ciudades «millonarias», entre ellas unas cuantas de población predominantemente católica: en América, Buenos Aires, Río, Sao Paulo, Méjico, la Habana, Montreal; en Europa, Barcelona, Madrid, París, Viena, Varsovia, Budapest, Milán, Roma, Nápoles, a las que hay que añadir otras ciudades preponderantemente, si no del todo, católicas que se aproximan al millón, como Bruselas, Praga, Colonia, Munich.

Han pasado modernamente a esta categoría otras localidades que a principios del siglo XIX tenían muy pocos habitantes católicos, y donde hoy existen comunidades de cientos de miles de miembros, como Londres, Berlín, pero especialmente en América: Nueva York, Filadelfia, Chicago. Boston, ciudadela un tiempo del puritanismo, hoy tiene setecientos mil habitantes, de los cuales tres cuartas partes son católicos.

No todo es sano en este crecimiento. Las ciudades se han desarrollado a costa de la población rural, que ha retrocedido casi en todas partes. Pero, sobre todo, este extraordinario incremento numérico no procede de un correspondiente aumento de la natalidad, sino que en gran parte es debido a la disminución del número de defunciones. Las ciencias médicas han obtenido auténticos triunfos a lo largo de todo el siglo XIX.

El descubrimiento de los gérmenes patógenos y de los medios para combatirlos ha permitido sanear las ciudades, prevenir epidemias, introducir la higiene en la vida individual, disminuir la mortalidad infantil, hallar métodos curativos para enfermedades que antes eran mortales. Como resultado de todo ello, el promedio de vida se ha casi doblado en el siglo pasado, lo cual constituye un acontecimiento de primer orden y de gran trascendencia en la historia de la cultura, pero que no deja también de tener sus lados obscuros. Muchos conflictos sociales, una gran parte del descontento y despecho dominantes en nuestra sociedad vienen menos del aumento numérico de la humanidad que del envejecimiento de la población.

No es misión de la Iglesia ocuparse de la higiene social y de los problemas demográficos. El Estado puede hasta cierto punto interesarse por un auge puramente numérico de su población, aunque sólo sea por consideraciones militares. Pero el concepto de «material humano» es completamente ajeno a la Iglesia. Los hombres no son, para ella, un medio para la consecución de un fin, sino objeto de su atención y tutela.

Fdo. Cristobal Aguilar.


Image Hosted by ImageShack.us
By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
 
¡Recomienda esta página a tus amigos!
Powered by miarroba.com Leer mi libro de visitas Firmar el libro de visitas
In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti