Jueves, 09 de septiembre de 2010

LA NUEVA IGLESIA RENOVADA EN EL SIGLO XIX

El gobierno de la Iglesia ha ido creciendo tanto en el curso de los siglos y ha dado lugar a la creaci?n de un aparato administrativo tan imponente, que habr?a motivos para pensar que la personalidad de los papas individuales no desempe?a ya el decisivo papel que le incumb?a a?n en los siglos XVI y XVII. La verdad es que la labor propiamente pastoral no se ejerce desde el centro, o sea, desde Roma, sino que en los distintos pa?ses corre a cargo de los obispos, los p?rrocos y las ?rdenes religiosas.

Pero as? fue siempre. Tambi?n es cierto que el gobierno central, la curia romana en todas sus ramas, ha desarrollado un procedimiento administrativo rigurosamente ordenado que no sufre la menor perturbaci?n por un cambio de pont?fice. Sin embargo, la historia de los ?ltimos cien a?os nos demuestra bien a las claras que la personalidad del papa reinante sigue ejerciendo a?n hoy una grand?sima influencia sobre los destinos de la Iglesia.

La serie de papas decimon?nicos empieza con P?o VII (1800-1823), el noble paciente que pilot? la nave de la Iglesia por entre las tormentas de la era napole?nica, hasta sacarla a aguas m?s tranquilas. Los dos pont?fices siguientes, Le?n XII (1823-1829) y P?o VIII (1829-1830), prosiguieron su obra, pero reinaron poco tiempo para dejar huellas profundas.

Gregorio XVI (1831-1846) pasaba, para muchos de sus contempor?neos, como desconocedor del mundo y reaccionario; lo primero porque proced?a de la orden de los camaldulenses, y lo segundo porque se opon?a con todas sus fuerzas a la creciente marea del liberalismo y pol?ticamente se apoyaba en el sistema de la Santa Alianza. Hoy resulta dif?cil subscribir este desfavorable juicio.

El hecho de haber condenado formalmente una serie de ideas liberales que empezaban incluso a penetrar en la teolog?a, s?lo puede merecerle elogios. Es verdad que como gobernante del peque?o Estado Pontificio se ve?a impotente frente a la creciente fermentaci?n pol?tica, pero en el gobierno de la Iglesia demostr? poseer una gran clarividencia. Su nombre est? vinculado, entre otras cosas, al incipiente desarrollo de la Iglesia en Am?rica y al nacimiento de la moderna obra de las misiones.

A la muerte de Gregorio XVI subi? a la Silla de san Pedro un hombre totalmente fuera de lo com?n: Juan Mar?a Mastai-Ferretti, bajo el nombre de P?o IX. No fue s?lo extraordinaria la duraci?n de su pontificado ?treinta y un a?os?, sino tambi?n las consecuencias que ?ste ha tenido para la historia de la Iglesia. Podr?a preguntarse, a este prop?sito, si P?o IX estaba de suyo calificado para desempe?ar un papel de semejante trascendencia universal. Acaso sus dotes fueron menos brillantes que las de algunos de sus predecesores. En pol?tica es indiscutible que cometi? errores. No era un conocedor de hombres, como Paulo III, y en las cuestiones personales se equivoc? a menudo.

Se le ha tachado de vanidad. Es verdad que deseaba y celebraba sus ?xitos y triunfos; pero no hay que olvidar que cuando un papa triunfa, su ?xito personal es al mismo tiempo un ?xito de la Iglesia. El car?cter singular y ?nico de su posici?n lleva consigo la imposibilidad de retirarse modestamente detr?s de su obra. En todo caso, P?o Nono ejerci? un gran hechizo personal, y apenas hubo nunca un papa que fuera tan querido de los cat?licos del mundo entero, y tan respetado por los no creyentes.

Los inauditos golpes que tuvo que aguantar en su pontificado, y que culminaron en la inicua expoliaci?n del Estado Pontificio, le confirieron una aureola incomparable, y los ?ltimos siete a?os que pas? en el Vaticano como un soberano despose?do, se parecieron m?s a un triunfo permanente que a un encarcelamiento.

El desarrollo territorial de la Iglesia se refleja en la actividad desarrollada en su pontificado. En 1850 P?o IX cre? la jerarqu?a eclesi?stica inglesa, en 1853 la holandesa y, en total, fund? veintinueve arzobispados y ciento treinta y dos obispados. Los grandes progresos realizados en los medios de locomoci?n desde mediados del siglo, hicieron que las relaciones de cada una de las Iglesias con el centro fueran haci?ndose cada vez m?s ?ntimas, y que la afluencia de creyentes a la Ciudad Eterna alcanzara proporciones jam?s vistas hasta entonces. Ya en 1854, cuando la proclamaci?n del dogma de la inmaculada

Concepci?n, y en 1862, con motivo de la canonizaci?n de los primeros m?rtires de la Iglesia japonesa, P?o IX se encontr? rodeado de un n?mero de prelados superior al congregado con ocasi?n de la mayor?a de los concilios ecum?nicos del pasado. Cuando en 1867 celebr? el papa el MDCCC aniversario de la muerte de los ap?stoles Pedro y Pablo, se reunieron en Roma unos quinientos obispos.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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