S?bado, 04 de septiembre de 2010

LA IGLESIA Y LA ILUSTRACI?N

?C?mo tard? tanto en venir la Ilustraci?n, y por qu? no sigui? inmediatamente al humanismo? En parte ello se explica por las pol?micas religiosas del siglo XVI, que desviaron el inter?s de las cuestiones propiamente filos?ficas. La ilustraci?n fue preparada por los fil?sofos naturalistas y epistem?logos ingleses lord Herbert (? 1638), Tom?s Hobbes (? 1679), Juan Locke (? 1704); su definitiva configuraci?n como corriente ideol?gica y, al propio tiempo, su direcci?n marcadamente antirreligiosa, las recibi? en Francia.

Como su fundador puede considerarse al protestante Pedro Bayle (? 1706), cuyo Dictionnaire historique et critique, tantas veces editado en lo sucesivo, apareci? por primera vez en 1697. El rasgo poligr?fico caracter?stico de la Ilustraci?n francesa, aparece a?n m?s clara?mente en la Gran Enciclopedia (1751-1780), dirigida por D'Alambert (? 1783) y Diderot (? 1784). Pensadores independientes son Montesquieu (? 1755), que por su obra De l'esprit des Lois (1784) merece ser tenido como fundador del liberalismo pol?tico, y Rousseau (? 1778), el precursor filos?fico de la Gran Revoluci?n. Voltaire (? 1778), en el que la oposici?n a la religi?n se exacerb? hasta tomar los caracteres de un odio feroz, es m?s un poeta y un publicista que un fil?sofo.

Es propio de casi todos los pensadores de la Ilustraci?n, adem?s del caracter?stico esprit franc?s, una cierta superficialidad y falta de elevaci?n. En lugar de soluciones para los ?ltimos problemas de la vida, las m?s veces se contentan con ofrecer vulgaridades expuestas en forma ingeniosa. Su aportaci?n al acerbo de ideas filos?ficas es insignificante. Hay que aguardar hasta Kant (? 1804), que partiendo del racionalismo sigui? luego por caminos propios, para que pueda hablarse de un positivo enriquecimiento del pensar filos?fico.

Entre el p?blico culto, incluso en el ?mbito cat?lico, la Ilustraci?n, m?s que un sistema de ideas filos?ficas, pas? a ser un sistema de t?picos y consignas, una moda. La raz?n lo impregnaba todo, se predicaba la filantrop?a y la tolerancia religiosa. Por raz?n se entend?a incredulidad, por naturaleza, inmoralidad, de filantrop?a no se advert?a en la pr?ctica el menor vestigio, y la tolerancia religiosa se expresaba en un verdadero odio contra la Iglesia y sus instituciones, los conventos sobre todo.

El cambio sufrido por los esp?ritus era asombroso. En el siglo XVII hab?a sido de buen tono el tener por director espiritual a un religioso asc?tico y severo, y discutir en los salones sobre la eficacia de la gracia; en el siglo XVIII lo elegante era ser volteriano y disparar pullas contra el clero y los frailes. Lo ?nico que persist?a era la presunci?n de cultura.

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El nuevo esp?ritu necesita un campo donde ejercitarse, y lo hall? en la campa?a contra la orden de los jesuitas, a la que se consideraba como personificaci?n del catolicismo eclesi?stico. Se hab?a producido aqu? un singular espejismo, pues la Compa??a de Jes?s distaba mucho de poseer la fuerza y la influencia que se le atribu?an. A mediados del siglo XVIII la orden contaba con veintid?s mil miembros, la mitad de los cuales eran novicios, estudiantes y legos.

De los sacerdotes, una parte considerable resid?an en ultramar ocupados en obras misionales. Ni en sus peores momentos lleg? el peligro turco a obsesionar tanto la mente de ministros y diplom?ticos como ahora lo hac?a la campa?a contra esta orden, que no era sino una de tantas. Produce asombro ver c?mo en la propia Roma se celebraban regularmente conferencias con asistencia de encumbrados prelados, en las que se trazaban planes para la supresi?n de la Compa??a.

Los motivos y pretextos para combatir la Compa??a eran distintos seg?n los pa?ses. En Portugal se alegaba que los indios del sur del Brasil hab?an empu?ado las armas para defenderse contra la destrucci?n de sus reducciones; en Espa?a se hablaba de una conjuraci?n contra el rey, en la que nadie cre?a sinceramente; en Francia se tomaba pie del desfalco cometido por el procurador de la misi?n de los jesuitas en la Martinica, del cual se hizo responsable a la orden entera, sin darle, empero, la posibilidad de cubrir el d?ficit.

En Portugal, todos los jesuitas que no estaban encarcelados fueron embarcados y trasladados a los Estados de la Iglesia (1759). Los jesuitas espa?oles, ante la negativa del papa a admitirlos en sus estados, fueron desembarcados en C?rcega. En Francia la orden fue legalmente disuelta en 1762, aunque permitiendo a sus miembros que se quedaran en el pa?s como sacerdotes seculares.

La Compa??a de Jes?s segu?a existiendo en Alemania, Austria, parte de Europa oriental e Italia. La emperatriz Mar?a Teresa era adicta a la orden, y no hab?a que pensar en que procediera oficialmente contra ella. Por consiguiente, los gobiernos procedieron a hacer presi?n sobre el papa para obtener la disoluci?n general de la Compa??a.

Mar?a Teresa, que en 1770 hab?a casado a su hija Mar?a Antonieta con el heredero del trono franc?s, no quiso indisponerse con sus aliados de Occidente y dio su consentimiento. Seguidamente Clemente XIV orden? la disoluci?n can?nica y general de la orden (1773). El general de los jesuitas, Ricci, fue encarcelado , en el castillo de Sant?ngelo y muri? en su prisi?n (1775). Los bienes de la Compa??a, que resultaron menos valiosos de lo que se cre?a, fueron en gran parte malbaratados.

La extinci?n de los jesuitas constituy? una derrota moral del papado y ocasion? grandes lagunas en las misiones y en Europa mismo, especialmente en la educaci?n de la juventud. Con este paso Clemente XIV se hizo acreedor de acerbas censuras, tanto de sus contempor?neos como de la posteridad. Sin embargo, no es f?cil decir qu? otra cosa pod?a hacer.

Los gobiernos coaligados de Portugal, Espa?a, N?poles y Francia estaban realmente decididos a llegar hasta los peores extremos. Clemente XIV no era un profeta y no pod?a saber que dentro de pocos a?os todos estos gobiernos perecer?an en la tormenta revolucionaria. Para la Compa??a de Jes?s,su extinci?n fue, despu?s de todo, una suerte. En el siglo XIX pudo surgir de nuevo, coronada con la aureola del martirio. Las dem?s ?rdenes que en la general cat?strofe sufrieron da?os apenas menores, tuvieron tambi?n que empezar de nuevo, pero sin aquella aureola.

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Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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