martes, 17 de agosto de 2010

LOS COMIENZOS DE LA IGLESIA EN AMÉRICA (PRIMERA PARTE)

En su primer viaje de 1492 Colón llevaba en su carabela como capellán a Pedro de Arenas, el cual fue, por consiguiente, el primer sacerdote que pisó tierra americana. Hoy, en cambio, se considera comúnmente que el primer misionero que llegó al Nuevo Mundo fue el catalán Bernardo Boil, mínimo y discípulo de san Francisco de Paula, el cual tomó parte en el segundo viaje. Muy pronto aumentó el número de los misioneros.

El cardenal Cisneros ordenó en 1516 que todo navío español llevara un sacerdote; en 1526 Carlos V dispuso que todas las flotas españolas llevaran a América clérigos regulares en calidad de misioneros. Así el aflujo de clérigos a América fue considerable desde un principio; en primera línea figuraban franciscanos, dominicos, agustinos y mercedarios.

En Haití los franciscanos habían fundado ya en 1509 tres conventos con quince frailes. En 1510 desembarcaron en la isla dominicos. En 1511 llegaron a Puerto Rico veinticuatro franciscanos.

Ya en 1504 fue decidida la organización de una jerarquía para las Antillas, antes aún de que los españoles sentaran pie en el continente. Los primeros obispados efectivamente establecidos no aparecen, empero, hasta 1511: Santo Domingo y Concepción de la Vega en Haití, San Juan en Puerto Rico, y poco después Baracoa y Santiago en Cuba.

MEXICO

Aun antes de la conquista por Cortés, cuando eran muy pocas las noticias que se tenían del país, se había proyectado establecer un obispado en la península del Yucatán. Sin embargo, su primer obispo, Julián Garcés OP, hasta 1521 no se presentó en su diócesis, la cual en el entretanto había sido trasladada a Tlaxcala, en Méjico propiamente dicho.

Esta sede episcopal, que más tarde fue trasladada a Puebla, es, por tanto, la más antigua del continente americano. Pero el auténtico fundador de la iglesia mejicana es el franciscano Juan de Zumárraga, hombre notable que fue nombrado en 1527 primer obispo de la ciudad de Méjico y murió en 1548. Organizó curatos, escuelas, instituciones benéficas e incluso una imprenta de la que salió en 1535 el primer libro impreso en América: la Scala Spiritualis del padre de la Iglesia griego san Juan Clímaco, entonces muy leído en los claustros; en 1546 se imprimió también el primer catecismo en lengua india. Muy importantes fueron las conferencias convocadas por Zumárraga para discutir problemas misionales y sociales, a las que asistían prelados y superiores de todo Méjico.

En vida aún de Juan de Zumárraga se establecieron tres nuevos obispados: en 1535 Oaxaca (hoy Antequera), en 1536 Michoacán (hoy Morelia) y en 1546 Chiapa, de la cual fue durante un tiempo obispo el célebre Bartolomé de las Casas. El obispado de Chiapa fue suprimido más tarde, como también el de Vera Paz, fundado en 1561. Se crearon en cambio, en el mismo siglo XVI, los de Guadalajara (1548) y Veracruz (1561). Todos estos obispados estaban concentrados en un territorio relativamente pequeño. Sólo más tarde se crearon tres obispados más en la poco poblada región del norte de Méjico: Nueva Vizcaya (Durango) en 1620, Linares (Monterrey) en 1777 y Sonora en 1779.

Hasta 1545 los obispados mejicanos pertenecían a la provincia eclesiástica de Sevilla. En dicho año la ciudad de Méjico fue elevada a arzobispado y conservó su condición de sede metropolitana para Nueva España hasta el siglo XIX.

Las diócesis mejicanas no carecían de brillo exterior. Todas tenían sus capítulos catedralicios con muchas dignidades y canónigos, beneficios bien dotados, escuelas superiores y elementales, fundaciones pías, instituciones de beneficencia y un gran número de conventos. Los edificios religiosos de aquel tiempo, sobre todo los del siglo XVII, tanto conventos como catedrales, poco tienen que envidiar en magnificencia y valor artístico a los mejores de España; ellos son los que aún hoy imprimen al paisaje mejicano el sello de una arraigada y antigua cultura católica.

El país de Méjico propiamente dicho, a los pocos decenios de la conquista había dejado de ser una tierra de misión. A fines del siglo XVI había cuatrocientas setenta parroquias. Las parroquias rurales, dirigidas en gran parte por clérigos regulares, cuando eran muy extensas, tenían varios curatos que eran visitados regularmente por el párroco. La población, españoles, indios y mestizos, prácticamente era toda ella católica. Campo para las misiones solamente lo había en el norte del territorio.


Un inconveniente era el que casi todos los obispos debían venir de España, aun mucho tiempo después de que Méjico poseyera un suficiente número de sacerdotes nacidos en el país. Se ha calculado que en el siglo XVII, de noventa y dos obispos, los cuatro quintos venían de Europa. Eran prelados perfectamente dignos, pero en cierto modo extraños al país, no conocían ninguna de las lenguas indígenas, aún muy vivas, y muchas veces suspiraban por regresar a la patria.

A ello se añadía que, por la extraordinaria lentitud del procedimiento administrativo seguido en los nombramientos de obispos, todos los cuales tenían que pasar por el Con­sejo de Indias en Sevilla, las sedes quedaban a veces vacantes durante largos años. Así en el siglo XVII Oaxaca estuvo sin obispo durante veintinueve años, Guadalajara treinta y dos, Michoacán treinta y cinco, y el arzobispado de Méjico cuarenta y seis.

Otra rémora eran los interminables litigios y procesos que los obispos tenían que sostener con sus capítulos, con los conventos, con el virrey, con la audiencia real, sobre cuestiones de límites territoriales, jurisdicciones, atribuciones, incluso pormenores del ceremonial. Era como una enfermedad de los tiempos, que afectaba no sólo la América Latina, sino también España y otros países europeos. Un historiador mejicano reciente se pregunta admirado cómo podían los obispos hallar tiempo para visitar sus diócesis, absorbidos como estaban en sus constantes procesos.

La cura de almas propiamente dicha solía estar en manos de las órdenes religiosas. Los franciscanos a mediados del siglo XVI tenían ya trescientos miembros en Méjico, y a principios del siglo XVII poseían en este país ciento setenta y cuatro conventos. Menos numerosos eran los dominicos, aunque a comienzos del siglo XVII tenían seiscientos miembros en tres provincias.

Los agustinos contaban por este tiempo unos ochocientos miembros; su convento principal en la ciudad de Méjico había sido fundado por doña Isabel Moctezuma, hija del último emperador. Los primeros jesuitas llegaron en 1572. En vida aún de san Ignacio, los francis­canos habían escrito a Felipe II solicitando que les enviara jesuitas, pues más importa la virtud que el hábito». Los jesuitas eran en Méjico menos numerosos que las órdenes más antiguas; permanentes, unos trescientos cincuenta; pero en todas las ciudades de alguna importancia habían fundado colegios para la educación de la juventud, tres de ellos sólo en la ciudad de Méjico.

PERÚ

Mientras en Méjico el territorio propiamente colonial formaba una llanura continua y densamente poblada, de menor extensión que la madre España, el virreinato del Perú se extendía sobre territorios inmensos, en los que las llanuras colonizadas formaban como islas, separadas unas de otras por amplios espacios casi vacíos.

Los principales centros culturales eran cuatro: uno en la costa del Caribe, alrededor de Cartagena, y tres en las altas mesetas de los Andes: Bogotá en la actual Colombia, Quito en el actual Ecuador y la región del lago Titicaca, hoy partida entre Perú y Bolivia. Lima, situada solitaria en la costa, venía en cierto modo a constituir la capital de esta última. Venían luego dos centros más, muy hacia el sur, uno a cada lado de la cordillera andina: Santiago de Chile al oeste y Tucumán al este.

Las primeras sedes episcopales surgieron en América Central: Panamá en 1520 y Nicaragua en 1521. Siguieron las diócesis ribereñas del Caribe, Santiago de Venezuela (Caracas) en 1530, Santa Marta en 1531, Cartagena en 1534. La diócesis de Lima fue fundada en 1543, y dos años después elevada a arzobispado.

El segundo arzobispado fue el de Bogotá, al que quedaron sometidas las diócesis nórdicas de la vertiente atlántica, mientras que la costa del Pacífico, desde Panamá a Chile pertenecía a Lima. La tercera sede metropolitana fue la de Charcas, instituida en 1609 en el alto Perú, hoy capital de Bolivia con el nombre de Sucre. A Charcas pertenecían las diócesis andinas de Santa Cruz de la Sierra, La Paz, Ayacucho, y además Tucumán, Buenos Aires y Asunción. Esta organiza­ción eclesiástica perduró hasta el fin de la época colonial. No fue afectada ni por la creación de dos nuevos virreinatos, el de Nueva Granada (Colombia) en 1710 y el de La Plata en 1776.

Durante la era colonial, el centro eclesiástico más importante fue Lima. Su universidad poseía a fines del siglo XVI veinte cátedras y ciento ochenta doctores y maestros con mil doscientos estudiantes. El cabildo catedralicio constaba de cinco dignidades, veintidós canónigos y treinta capellanes. El prestigio de la sede arzobispal de Lima aumentó especialmente por obra de su segundo titular, santo Toribio Alfonso Mogrovejo (1581-1606), el san Carlos Borromeo de América.

Celebró tres concilios provinciales y trece sínodos diocesanos. En el primer concilio de 1582 se elaboraron dos catecismos, uno mayor y otro menor, directrices para los confesores y un libro de sermones; todas estas obras fueron impresas en español y en dos lenguas indígenas. Tres veces recorrió santo Toribio en visita pastoral su diócesis entera, que abarcaba aproximadamente lo que hoy es república del Perú, y murió durante la cuarta. Se dice que administró un millón de confirmaciones.

En tiempos de santo Toribio la ciudad de Lima tenía cinco parroquias, diez hospitales y otras instituciones benéficas, ocho conventos femeninos y dieciséis masculinos. De éstos cada una de las órdenes de franciscanos, dominicos, agustinos y mercedarios poseía tres. Los jesuitas tenían cuatro, entre ellos una escuela superior para jóvenes indios. El geógrafo inglés W. Burck se sorprendió, a principios del siglo XVIII, de la gran cantidad de instituciones religiosas que había en Lima. Contó cincuenta y cuatro iglesias, veinte conventos masculinos y doce femeninos, y muchas fundaciones de beneficencia.

Como en Méjico, también en Sudamérica se han conservado magníficas construcciones religiosas de la era colonial, en Lima, Cuzco y sobre todo en Quito.

Fdo. Cristobal AGuilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti