EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO Y LA CONVERSIÓN INTERNA
«Convertíos, porque está cerca el reino de Dios» (Mt 3,2; 4,17).
Los evangelios nos recuerdan frecuentemente el tema de la
conversión, tema que está asimismo presente en todo el Antiguo
Testamento.
¿Qué significa convertirse? Significa cambiar sustancialmente
el rumbo de nuestra vida. Dejar de ser lo que éramos para adquirir nueva
personalidad. Dejar el pecado y el reino de las tinieblas, para
adentrarnos en el reino de la luz y las buenas obras.
Triple conversión
• Del pecado original a la gracia por el santo bautismo.
• De una vida de pecado a una vida de gracia.
• De una vida tibia a una vida de entrega y santidad.
Triple visión de la cruz: hay tres maneras de ver la cruz de Cristo:
• Visión judía: «Es maldito de Dios el que cuelga de un árbol»... (Dt 21,23).
• Visión pagana greco-romana: la crucifixión era un suplicio reservado a los esclavos.
• Visión cristiana: «En la cruz está clavada la salvación del
mundo»... Esta visión implica una verdadera conversión en cuanto a la
visión que podemos tener de la cruz. «Dios me libre de gloriarme más que
de la cruz de nuestro Señor Jesucristo»... (Gál 6,14).
¿Qué necesitamos para convertirnos?
1. La gracia. Dice el profeta: «Conviérteme, Señor, y me convertiré»...
2. Conocernos a nosotros mismos. Hacer una introspección para
ver nuestra situación espiritual. Hoy tenemos aparatos que aceleran
inmensamente los medios del conocimiento, pero ¿conocemos la verdad
interior de nuestra realidad? Conócete a ti mismo. Nadie se conoce bien
si no conoce a Dios. Por eso san Agustín, gran convertido, pedía a Dios:
«Que te conozca a ti y me conozca a mí».
3. Adherirnos a la vida de Jesucristo: «Vivid como hijos de la
luz», «tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2,5).
Fdo. Cristobal AGuilar.
