martes, 03 de agosto de 2010

LA IGLESIA EN AMÉRICA - HISTORIA DE LA IGLESIA

El espacio geográfico de la Iglesia había sido, en la antigüedad, la cuenca del Mediterráneo. Los países mediterráneos, encuadrados políticamente en el Imperio romano ya antes de la era cristiana, constituían la más avanzada y probablemente también la más densamente poblada de las tres grandes culturas entonces existentes. Con las dos restantes, la India y China, el mundo clásico apenas tenía contacto, aunque de un lado y otro se hubieran establecido algunas líneas de comunicación.

En el siglo VII surgió una nueva cultura, la islámica, que como un pólipo se extendió desde Arabia en todas direcciones y en forma totalmente irregular, aunque obedeciendo a internas leyes geográficas. El mundo indio, que ocupaba una posición central entre los de la antigüedad, fue, si no absorbido por el Islam, sí al menos conquistado en gran parte, mientras que en Occidente la cultura cristiana fue expulsada de la costa meridional del Mediterráneo y de toda la cuenca oriental. De este modo, la cultura occidental, y con ella la Iglesia, se vio reducida a la península europea propiamente dicha, y su misión en la Edad Media consistió en ocuparla totalmente hasta su extremo norte y muy hacia el este, en tierras donde jamás había llegado el Imperio romano.

Desde antiguo, la historia de la humanidad se ha centrado, en sus grandes rasgos, en la posesión del Asia. Hablando con mayor precisión — puesto que el Asia consta de dos partes, los países monzónicos del sur y el sudeste, populosos y civilizados, y los casi despoblados desiertos, estepas y bosques del centro y del norte—, lo que se ha discutido siempre ha sido la posesión del Asia monzónica. Europa ha aspirado a conquistar el Asia, cuando menos, desde los tiempos de Alejandro Magno. También el Islam dirigió su expansión principal en esta dirección. Las cruzadas habían sido un ataque frontal de Europa contra Asia, y se habían estrellado
contra el baluarte islámico del Asia Menor. Su consecuencia fue que la vía natural que conduce de Europa al Asia monzónica, la que pasa por el mar Rojo, quedó más herméticamente cerrada que nunca. Quedaba sólo el camino del Asia Central, que el Islam no había conseguido obstruir todavía. En los últimos tiempos de la Edad Media, Europa siguió este camino. Mercaderes y misioneros se adentraron por él y llegaron hasta el Lejano Oriente.

En el siglo XIV hubo durante un tiempo un obispado católico en Pekín. Finalmente, este tenue hilo se rompió también, después que a fines del siglo XIV y principios del XV los mongoles hubieron transformado todo el ámbito central del Asia, y sobre todo después que los turcos en 1475 aniquilaron las últimas colonias genovesas en el mar Negro. Europa había quedado totalmente aislada del Asia monzónica por la interposición de la muralla islámica.

Pero los países cristianos no cejaron en su empeño de penetrar en Asia. En 1415 empezaron los tanteos de los portugueses a lo largo de la costa occidental africana, y en 1486 alcanzaron el extremo meridional del continente negro. Habían contorneado el bloque islámico, abriendo la vía marítima conducente al Asia del monzón.

Los españoles creyeron por su parte poder alcanzar más directamente el mismo objetivo navegando en línea recta desde Europa hacia el oeste, para atacar así el Asia «por la espalda», ahorrándose la larga y penosa circunnavegación del África. La esfericidad de la tierra era ya conocida de los antiguos geógrafos, sólo que se le atribuían dimensiones mucho menores que las reales. Esta fue la suerte de Colón. El geógrafo veneciano Toscanelli había calculado en 104 grados ecuatoriales la distancia desde Lisboa a Cipango, como entonces se llamaba a la más oriental de las islas asiáticas (el Japón). La cifra real es más del doble. Colón jamás se hubiera aventurado al viaje, si no se hubiera fiado de los cálculos de Toscanelli.

Nadie sospechaba que a una relativa proximidad de Europa un gigantesco continente se extendía de polo a polo, tras del cual empezaba el mayor de todos los océanos. Así fue como Colón, que no iba en busca de nuevas tierras, sino que sólo pretendía abrir una nueva ruta marítima, hizo el más trascendental de todos los descubrimientos geográficos, destinado a imprimir un giro decisivo a la historia de la humanidad.

La historia universal no conoce nada más grandioso que los viajes de estos navegantes —portugueses, españoles e italianos— que se lanzaban a ciegas por el mar desconocido, sin conocimientos geográficos y con los más rudimentarios medios; ellos mismos no tenían idea de lo temerario de sus empresas.
El primer objetivo de los viajes de exploración era obtener riquezas con las que aumentar el poderío político de los países que los emprendían; pero ya desde el principio apareció otro objetivo: la predicación del cristianismo. No podían pensar de otro modo los españoles y los portugueses. Lucha contra los infieles, conquista y extensión del cristianismo era para ellos una misma cosa. Una consecuencia inevitable de esta amalgama de evangelización y conquista fue que no todo se hiciera según el espíritu del Evangelio, como ya había ocurrido en la Edad Media cuando se cristianizó el centro y norte de Europa.

Pero el resultado final fue abrir a la Iglesia inmensos territorios que encerraban las mayores posibilidades para el futuro. El gran mérito de españoles y portugueses consiste en haber dado el primer paso para universalizar la cultura europea y para convertir la Iglesia europea en una Iglesia mundial. En este sentido, es doblemente de lamentar que en el preciso momento en que la Iglesia se disponía a romper las barreras geográficas que hasta entonces la habían contenido, para extenderse por la superficie entera del globo, tantos y tan importantes países se hubieran separado de ella en Europa.

Cuatro grandes potencias europeas han intervenido, en el curso del tiempo, en la conquista de América, estampando su sello en este continente: España, Portugal, Francia e Inglaterra.
Además de éstas, durante un tiempo intentaron también tomar parte en la empresa, Suecia, Dinamarca y Holanda. Suecia y Dinamarca nunca consiguieron posesiones de importancia en el suelo americano y pronto desaparecieron de la escena. Holanda a mediados del siglo XVII estuvo a punto de fundar un imperio colonial, pero sus posesiones estaban demasiado dispersas y distantes entre sí. A la larga no pudieron conservar ni Nueva Amsterdam, la actual Nueva York, ni Pernambuco, que habían arrebatado a los portugueses, y al final sólo les quedó un pequeño resto en las Antillas y en la Guayana.

Portugal pudo disfrutar sin inquietudes de la posesión del Brasil, aparte del breve dominio holandés en Pernambuco (1630-1654). Los portugueses no intentaron extender sus posesiones americanas; por otra parte estaban libres de disputas fronterizas, ya que entre sus dominios y las colonias españolas, que eran su único vecino, se interponía una ancha tierra de nadie. Sólo en el sur, en la región del Plata, chocaron los dos imperios coloniales en el siglo XVIII, lo que obligó a fijar las fronteras por medio de tratados. Así, pues, la lucha por la posesión del continente americano se desarrolló sólo entre España, Francia e Inglaterra. Durante largo tiempo pudo parecer dudoso cuál de los tres países se quedaría con la soberanía definitiva; pero al final no la obtuvo ninguno de los tres.

España llevaba una gran ventaja sobre sus dos adversarios, por haber sido la primera en poner pie en el Nuevo Mundo. Desde el principio nadie le discutió sus derechos sobre Méjico y los países andinos hasta el río de la Plata. Pero luego extendió también su dominio hacia el continente septentrional, más allá del actual Méjico, hasta Texas y California, y ya muy pronto hasta Florida. En esta parte era de prever que con el tiempo entrara en conflicto con la potencia que adquiriera la hegemonía en Norteamérica, fuera ésta Francia o Inglaterra.

Hasta un siglo después que los españoles, no empezaron Inglaterra y Francia a establecer posesiones en el Nuevo Mundo. En su origen se trataba sólo de empresas comerciales, iniciadas casi simultáneamente en tres distintos puntos: en Quebec por los franceses, y en Boston y Virginia-Maryland por los ingleses. No faltaron los rozamientos, ya desde el principio, sobre todo en la desembocadura del San Lorenzo, donde los dominios francés e inglés entraban en contacto.

Los conflictos se agravaron al intentar los ingleses poner pie en el territorio extendido al norte de las posesiones rivales, en dirección a la bahía de Hudson. La compañía inglesa de la bahía de Hudson había sido fundada por el príncipe Roberto del Palatinado, el aventurero hijo de Federico V del Palatinado. La tensión se hizo insostenible cuando los franceses avanzaron profundamente hacia el interior, en la región de los Grandes Lagos, alcanzaron en 1673 el Misisipí y, descendiendo por él hasta el Golfo de Méjico, fundaron en su desembocadura la ciudad de Nueva Orleáns.

Esto significaba envolver por la espalda a las colonias inglesas, y en el efecto, partiendo del curso medio del Misisipí y remontando el Ohio, los franceses empezaron a avanzar hacia el este. Allí, en curso superior del Ohio, se desarrolló la lucha decisiva, sin que ninguno de los dos contendientes sospechara que bajo el suelo que pisaban se ocultaban los inagotables yacimientos carboníferos sobre los que un día habría de montarse la industria pesada norteamericana.

La gran guerra colonial franco-británica duró de 1754 hasta 1760, año en que el ejército francés capituló en Montreal. En la paz de París de 1763 Francia cedió a Inglaterra todo el Canadá y el territorio al este del Misisipí. El resto de las colonias francesas, todas las tierras situadas a occidente del Misisipí, una extensión inmensa, pero apenas poblada y casi inexplorada, había perdido todo interés para Francia y fueron cedidas voluntariamente a los españoles que tomaron posesión de ellas en 1769.

En el continente americano no quedaban, pues, más que dos potencias, Inglaterra y España, de las cuales ésta poseía la parte más extensa y aquélla la más valiosa. Pero antes de que pudiera estallar un conflicto entre ellas, las colonias se hicieron independientes, primero las inglesas y luego las españolas, y América dejó de ser un territorio europeo.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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