Lunes, 02 de agosto de 2010

LOS PAPAS EN EL BARROCO

Los papas del siglo XVI, a partir de Paulo III, hab?an sido en su mayor?a hombres eminentes, caracteres de una pieza, muy distintos unos de otros, pero casi todos hombres de acci?n que en pontificados generalmente breves supieron llevar a t?rmino grandes cosas. En el siglo XVI la voz del papa era siempre escuchada con respeto, en la Iglesia y fuera de ella. A esta edad de gigantes le sigue ahora una edad, no de enanos, pero s? de ep?gonos. Buena voluntad no les falt?; todos ellos eran sacerdotes excelentes, y entre ellos no hubo ning?n Alejandro VI. Tampoco puede decirse que fueran ciegos a los efectos y peligros propios de la ?poca. Pero los gobiernos cat?licos hab?an sabido tejer a su alrededor una red tan tupida, que apenas les quedaba libertad para moverse. Entre los soberanos no hab?a ya ning?n Felipe II, que por mucho que diera que hacer a los papas con su caballeresca porf?a, en el fondo persegu?a los mismos objetivos que ellos. Los monarcas cat?licos de la ?ltima ?poca barroca ya no quer?an aliarse con el papa para luchar por el advenimiento del reino de Dios, sino que s?lo se preocupaban de humillarle, de hacerle sentir su impotencia. Resulta indignante para un cat?lico sensible ver c?mo estos reyes y sus ministros trataban al papa, como unos malos hijos que no pierden ocasi?n de recordar a su anciano padre que el mendrugo que come lo deben a su caridad, y que a?n debe estar contento de que lo aguanten. Paulo V (1605-1621) fue un hombre piadoso y un inteligente gobernante del Estado Pontificio. Durante su pontificado la poblaci?n de Roma pas? de las cien mil almas, cifra jam?s alcanzada desde los tiempos antiguos. Termin? la nave principal de San Pedro, cuya fachada a?n hoy ostenta su nombre en letras gigantescas. Siguiendo la mala costumbre de su tiempo, enriqueci? tanto a su familia, los Borghese, que en lo sucesivo fue una de las m?s opulentas de Roma. Los historiadores lo recuerdan como fundador del Archivo Vaticano.

Con la rep?blica de Venecia tuvo Paulo V un grave conflicto a prop?sito de ciertos derechos eclesi?sticos, que vino a ser un anticipo de las ofensas y violaciones intencionadas con que, en el curso de los siglos XVII y XVIII, gobiernos que pretend?an ser cat?licos amargaron la vida de los papas. El motivo era trivial, pero la Se?or?a estaba decidida en llevar la cosa hasta el extremo. Con ayuda de su te?logo oficial, Paulo Sarpi, un hip?crita que presum?a de su condici?n de sacerdote regular a pesar de que interiormente hac?a tiempo que se hab?a separado de la Iglesia, mont? una sensacional campa?a de panfletos a la que el papa respondi? fulminando el entredicho contra todo el territorio de la rep?blica. Al final ?sta cedi? lo suficiente para que Paulo V pudiera al menos aceptar un compromiso honorable. Fue ?sta la ?ltima vez que un papa hizo uso de la pr?ctica medieval de poner en entredicho un territorio entero. El intento de Sarpi de hacer protestante a Venecia, fracas?.

Gregorio XV (1621-1623), llamado en el siglo Alejandro Ludovisi, fij? para las elecciones papales el reglamento que a?n hoy est? en uso. Fund? la congregaci?n ?De Propaganda Fide?, el supremo organismo para las misiones, cuyo nombre se ha hecho famoso en todo el mundo. Por sus canonizaciones de san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, santa Teresa de Jes?s y san Felipe Neri, vino en cierto modo a dar la definitiva consagraci?n al gran siglo de la restauraci?n cat?lica.

Urbano VIII (1623-1644) cuid? tambi?n de enriquecer desmedidamente a su familia, la de los Barberini. En su pontificado lleg? a su apogeo el estilo barroco romano. Es la edad de Bernini y de Borromini. Bajo Urbano VIII tuvo efecto la primera condenaci?n del jansenismo y el desdichado proceso contra Galileo. Hasta entonces los te?logos apenas hab?an hecho objeciones al sistema copernicano, que Galileo defend?a. S?lo cuando la discusi?n empez? a afectar a la autoridad de la sagrada Escritura, en parte por culpa del propio Galileo, creyeron las autoridades eclesi?sticas que hab?a llegado el momento de intervenir. El proceso fue conducido por los jueces romanos de buena fe y en forma correcta, y Galileo se retract?. Pero en conjunto constituy? un mal paso, que en lo sucesivo suministr? materia para toda clase de comentarios ir?nicos y mal?volos contra la Iglesia; tuvo, sin embargo, un efecto saludable: el de servir de escarmiento para las autoridades eclesi?sticas.

Inocencio X (1644-1655) contaba ya setenta a?os cuando fue elegido: era un car?cter dif?cil, desconfiado e insoportable, pero inteligente. Sus rasgos son conocidos de todos los amantes del arte por el incomparable retrato que pint? Vel?zquez y que se exhibe en la Galer?a Doria. Tambi?n ?l enriqueci? desconsideradamente a su familia, los Pamfili, y permiti? que su cu?ada Olimpia Maidalchini ejerciera en su corte una influencia del todo impropia. De todos modos, rompi? con la arraigada costumbre de nombrar secretario de estado a un nepote, designando para este cargo al eminente Fabio Chigi, hasta entonces nuncio en Alemania. Desde entonces, en el colegio cardenalicio, que anteriormente hab?a estado dividido en partidos pol?ticos dirigidos por los nepotes de los ?ltimos pont?fices, hubo un partido neutral y puramente eclesi?stico, el llamado squadrone volante, que ejerci? una saludable influencia sobre los conclaves siguientes. No se puede reprochar a Inocencio X que protestara contra la paz de Westfalia, que tantos perjuicios acarre? a la Iglesia. Bajo su pontificado prosigui? la espl?ndida floraci?n del barroco romano. A?n hoy a la entrada de los me?jores edificios de la Ciudad Eterna puede verse el escudo con la paloma de los Pamfili. Bernini cre? entonces su obra m?s famosa, la columnata de San Pedro.

Alejandro VII (1655-1667), Fabio Chigi, hab?a sido secretario de estado de su predecesor. En su pontificado empezaron los rozamientos con Luis XIV, el cual ocup? Avi??n y envi? tropas contra Roma. El tratado de Pisa (1664) puso fin al conflicto con un compromiso soportable. Caus? una gran sensaci?n en la sociedad romana la llegada de Cristina, reina de Suecia, hija de Gustavo Adolfo. Despu?s de su abdicaci?n en 1655 se hab?a convertido al catolicismo y estableci? en Roma su residencia. Alejandro VII y sus sucesores la trataron con refinada cortes?a, a pesar de que no siempre era c?modo su trato; muri? en 1689.
Despu?s de Alejandro VII volvi? a elegirse al anterior secretario de estado, Rospigliosi, con el nombre de Clemente IX, pero muri? a los dos a?os de su elecci?n. Su sucesor, Emilio Altieri, Clemente X (1670-1676) ten?a ya ochenta a?os al ser elegido. Una vez m?s se advirti? el funesto influjo de los gobiernos cat?licos, que ve?an muy a gusto que la sede de san Pedro estuviera ocupada por un anciano decr?pito.

Inocencio XI (1676-1689) fue un papa notable, menos por sus dotes y su ciencia que por su car?cter. Era un asceta, enemigo del mundo, concienzudo hasta la escrupulosidad, a veces extravagante en sus ideas, pero entregado por entero a sus deberes. A su familia, los Odescalchi, no les concedi? nada, y aunque los gobiernos los abrumaron con t?tulos y rentas para ganarse el favor del papa, ?ste no les concedi? la menor influencia. A los esfuerzos y al apoyo de este papa se debe en gran parte la liberaci?n de Viena del asedio turco en 1683. A?n hoy lo recuerdan las banderas turcas colgadas en Santa Mar?a de la Victoria, que los agradecidos vencedores enviaron a Roma. Inocencio XI tuvo un grave conflicto con Luis XIV, quien con gran dolor del papa apoyaba a los turcos; la ocasi?n del conflicto era en s? trivial, pero degener? en una demostraci?n de fuerza entre el pont?fice y el rey. Las numerosas embajadas extranjeras en Roma, al correr de los a?os, hab?an ido extendiendo sus derechos de extraterritorialidad a la totalidad de los barrios en que radicaban sus respectivos palacios, con lo que la mitad de la ciudad se hab?a convertido en terreno prohibido para la polic?a romana. Inocencio XI, de acuerdo con los gobiernos, puso t?rmino a este abuso; s?lo Luis XIV no quiso ceder, por razones de prestigio. El papa se neg? a reconocer a su nuevo embajador, y como ?ste, siguiendo sus instrucciones, se portara del modo m?s insolente, lo excomulg? y puso en entredicho la iglesia nacional francesa. Luis XIV contest? encarcelando al nuncio en Par?s, pero el papa no cej?. Al fin el rey tuvo que retirar su embajador y renunciar a la extraterritorialidad. Inocencio XI fue beatificado por el papa P?o XII el 7 de octubre de 1956.

El papa siguiente, Alejandro VIII (1689-1691), contaba casi ochenta a?os cuando su elecci?n y muri? muy pronto. Tambi?n su sucesor, Inocencio XII (1691-1700) fue designado a los setenta y seis a?os. Obtuvo de Luis XIV la revocaci?n de los art?culos galicanos y dict? una constituci?n contra el nepotismo, con la que, al menos en principio, se puso fin a un abuso que tanto hab?a perjudicado al prestigio de la Santa Sede. Durante el conclave estall? la guerra de sucesi?n espa?ola (1700-1713). El nuevo papa, Clemente XI (1700-1721), s?lo a rega?adientes acept? el cargo, para cuyo desempe?o no se sent?a con fuerzas. En efecto, las riendas se le escaparon totalmente de las manos, y en los tratados de paz no se tuvo la menor consideraci?n al papa ni a la Iglesia. Los siguientes pontificados de Inocencio XIII (1721-1724) y Benedicto XIII (1724-1730) han dejado muy pocos rastros en la historia. Benedicto XIII hab?a sido un santo var?n y un excelente obispo de Benevento, pero cuando fue elegido contaba ya setenta y cinco a?os y se dej? dominar totalmente por sus favoritos. Clemente XII (1730-1740) fue elegido a los setenta y ocho a?os; era, adem?s, ciego y ten?a que guardar cama casi todo el tiempo. El papado parec?a estar destinado a caer en el m?s profundo olvido.

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Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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