LOS PAPAS EN EL BARROCO
Los papas del siglo XVI, a partir de Paulo III, habían sido en su
mayoría hombres eminentes, caracteres de una pieza, muy distintos unos
de otros, pero casi todos hombres de acción que en pontificados
generalmente breves supieron llevar a término grandes cosas. En el siglo
XVI la voz del papa era siempre escuchada con respeto, en la Iglesia y
fuera de ella. A esta edad de gigantes le sigue ahora una edad, no de
enanos, pero sí de epígonos. Buena voluntad no les faltó; todos ellos
eran sacerdotes excelentes, y entre ellos no hubo ningún Alejandro VI.
Tampoco puede
decirse que fueran ciegos a los efectos y peligros propios de la
época. Pero los gobiernos católicos habían sabido tejer a su alrededor
una red tan tupida, que apenas les quedaba libertad para moverse. Entre
los soberanos no había ya ningún Felipe II, que por mucho que diera que
hacer a los papas con su caballeresca porfía, en el fondo perseguía los
mismos objetivos que ellos. Los monarcas católicos de la última época
barroca ya no querían aliarse con el papa para luchar por el
advenimiento del reino de Dios, sino que sólo se preocupaban de
humillarle, de hacerle sentir su impotencia. Resulta indignante para un
católico sensible ver cómo estos reyes y sus ministros trataban al papa,
como unos malos hijos que no pierden ocasión de recordar a su anciano
padre que el mendrugo que come lo deben a su caridad, y que aún debe
estar contento de que lo aguanten. Paulo V (1605-1621) fue un hombre
piadoso y un inteligente gobernante del Estado Pontificio. Durante su
pontificado la población de Roma pasó de las cien mil almas, cifra jamás
alcanzada desde los tiempos antiguos. Terminó la nave principal de San
Pedro, cuya fachada aún hoy ostenta su nombre en letras gigantescas.
Siguiendo la mala costumbre de su tiempo, enriqueció tanto a su familia,
los Borghese, que en lo sucesivo fue una de las más opulentas de Roma.
Los historiadores lo recuerdan como fundador del Archivo Vaticano.
Con la república de Venecia tuvo Paulo V un grave conflicto a
propósito de ciertos derechos eclesiásticos, que vino a ser un anticipo
de las ofensas y violaciones intencionadas con que, en el curso de los
siglos XVII y XVIII, gobiernos que pretendían ser católicos amargaron la
vida de los papas. El motivo era trivial, pero la Señoría estaba
decidida en llevar la cosa hasta el extremo. Con ayuda de su teólogo
oficial, Paulo Sarpi, un hipócrita que presumía de su condición de
sacerdote regular a pesar de que interiormente hacía tiempo que se había
separado de la Iglesia, montó una sensacional campaña de panfletos a la
que el papa respondió fulminando el entredicho contra todo el
territorio de la república. Al final ésta cedió lo suficiente para que
Paulo V pudiera al menos aceptar un compromiso honorable. Fue ésta la
última vez que un papa hizo uso de la práctica medieval de poner en
entredicho un territorio entero. El intento de Sarpi de hacer
protestante a Venecia, fracasó.
Gregorio XV (1621-1623), llamado en el siglo
Alejandro Ludovisi, fijó para las elecciones papales el reglamento que
aún hoy está en uso. Fundó la congregación «De Propaganda Fide», el
supremo organismo para las misiones, cuyo nombre se ha hecho famoso en
todo el mundo. Por sus canonizaciones de san Ignacio de Loyola, san
Francisco Javier, santa Teresa de Jesús y san Felipe Neri, vino en
cierto modo a dar la definitiva consagración al gran siglo de la
restauración católica.
Urbano VIII (1623-1644) cuidó también de
enriquecer desmedidamente a su familia, la de los Barberini. En su
pontificado llegó a
su apogeo el estilo barroco romano. Es la edad de Bernini y de
Borromini. Bajo Urbano VIII tuvo efecto la primera condenación del
jansenismo y el desdichado proceso contra Galileo. Hasta entonces los
teólogos apenas habían hecho objeciones al sistema copernicano, que
Galileo defendía. Sólo cuando la discusión empezó a afectar a la
autoridad de la sagrada Escritura, en parte por culpa del propio
Galileo, creyeron las autoridades eclesiásticas que había llegado el
momento de intervenir. El proceso fue conducido por los jueces romanos
de buena fe y en forma correcta, y Galileo se retractó. Pero en conjunto
constituyó un mal paso, que en lo sucesivo suministró materia para toda
clase de comentarios irónicos y malévolos contra la Iglesia; tuvo, sin
embargo, un efecto saludable: el de servir de escarmiento para las
autoridades eclesiásticas.
Inocencio X (1644-1655) contaba ya setenta años
cuando fue elegido: era un carácter difícil, desconfiado e insoportable,
pero inteligente. Sus rasgos son conocidos de todos los amantes del
arte por el incomparable retrato que pintó Velázquez y que se exhibe en
la Galería Doria. También él enriqueció desconsideradamente a su
familia, los Pamfili, y permitió que su cuñada Olimpia Maidalchini
ejerciera en su corte una influencia del todo impropia. De todos modos,
rompió con la arraigada costumbre de nombrar secretario de estado a un
nepote, designando para este cargo al eminente Fabio Chigi, hasta
entonces nuncio en Alemania. Desde entonces, en el colegio cardenalicio,
que anteriormente había estado dividido en partidos políticos dirigidos
por los nepotes de los últimos pontífices, hubo un partido neutral y
puramente eclesiástico, el llamado squadrone volante, que ejerció una
saludable influencia sobre los conclaves siguientes. No se puede
reprochar a Inocencio X que protestara contra la paz de Westfalia, que
tantos perjuicios acarreó a la Iglesia. Bajo su pontificado prosiguió la
espléndida floración del barroco romano. Aún hoy a la entrada de los
mejores edificios de la Ciudad Eterna puede verse el escudo con la
paloma de los Pamfili. Bernini creó entonces su obra más famosa, la
columnata de San Pedro.
Alejandro VII (1655-1667), Fabio Chigi, había
sido secretario de estado de su predecesor. En su pontificado empezaron
los rozamientos con Luis XIV, el cual ocupó Aviñón y envió tropas contra
Roma. El tratado de Pisa (1664) puso fin al conflicto con un compromiso
soportable. Causó una gran sensación en la sociedad romana la llegada
de Cristina, reina de Suecia, hija de Gustavo Adolfo. Después de su
abdicación en 1655 se había convertido al catolicismo y estableció en
Roma su residencia. Alejandro VII y sus sucesores la trataron con
refinada cortesía, a pesar de que no siempre era cómodo su trato; murió
en 1689.
Después de Alejandro VII volvió a elegirse al anterior secretario
de estado, Rospigliosi, con el nombre de Clemente IX, pero murió a los
dos años de su elección. Su sucesor, Emilio Altieri, Clemente X
(1670-1676)
tenía ya ochenta años al ser elegido. Una vez más se advirtió el
funesto influjo de los gobiernos católicos, que veían muy a gusto que la
sede de san Pedro estuviera ocupada por un anciano decrépito.
Inocencio XI (1676-1689) fue un papa notable,
menos por sus dotes y su ciencia que por su carácter. Era un asceta,
enemigo del mundo, concienzudo hasta la escrupulosidad, a veces
extravagante en sus ideas, pero entregado por entero a sus deberes. A su
familia, los Odescalchi, no les concedió nada, y aunque los gobiernos
los abrumaron con títulos y rentas para ganarse el favor del papa, éste
no les concedió la menor influencia. A los esfuerzos y al apoyo de este
papa se debe en gran parte la liberación de Viena del asedio turco en
1683. Aún hoy lo recuerdan las banderas turcas colgadas en Santa María
de la Victoria, que los agradecidos vencedores enviaron a Roma.
Inocencio XI tuvo un grave conflicto con Luis XIV, quien con gran dolor
del papa apoyaba a los turcos; la ocasión del conflicto era en sí
trivial, pero degeneró en una demostración de fuerza entre el pontífice y
el rey. Las numerosas embajadas extranjeras en Roma, al correr de los
años, habían ido extendiendo sus derechos de extraterritorialidad a la
totalidad de los barrios en que radicaban sus respectivos palacios, con
lo que la mitad de la ciudad se había convertido en terreno prohibido
para la policía romana. Inocencio XI, de acuerdo con los gobiernos, puso
término a este abuso; sólo Luis XIV no quiso ceder, por razones de
prestigio. El papa se negó a reconocer a su nuevo embajador, y como
éste, siguiendo sus instrucciones, se portara del modo más insolente, lo
excomulgó y puso en entredicho la iglesia nacional francesa. Luis XIV
contestó encarcelando al nuncio en París, pero el papa no cejó. Al fin
el rey tuvo que retirar su embajador y renunciar a la
extraterritorialidad. Inocencio XI fue beatificado por el papa Pío XII
el 7 de octubre de 1956.
El papa siguiente, Alejandro VIII (1689-1691), contaba casi
ochenta años cuando su elección y murió muy pronto. También su sucesor,
Inocencio XII (1691-1700) fue designado a los setenta y seis años.
Obtuvo de Luis XIV la revocación de los artículos galicanos y dictó una
constitución contra el nepotismo, con la que, al menos en principio, se
puso fin a un abuso que tanto había perjudicado al prestigio de la Santa
Sede. Durante el conclave estalló la guerra de sucesión española
(1700-1713). El nuevo papa, Clemente XI (1700-1721), sólo a
regañadientes aceptó el cargo, para cuyo desempeño no se sentía con
fuerzas. En efecto, las riendas se le escaparon totalmente de las manos,
y en los tratados de paz no se tuvo la menor consideración al papa ni a
la Iglesia. Los siguientes pontificados de Inocencio XIII (1721-1724) y
Benedicto XIII (1724-1730) han dejado muy pocos rastros en la historia.
Benedicto XIII había sido un santo varón y un excelente obispo de
Benevento, pero cuando fue elegido contaba ya setenta y cinco años y se
dejó dominar totalmente por sus favoritos. Clemente XII (1730-1740) fue
elegido a los setenta y ocho años; era,
además, ciego y tenía que guardar cama casi todo el tiempo. El
papado parecía estar destinado a caer en el más profundo olvido.
Fdo. Cristobal Aguilar.
