LAS RENACER DE LA CIENCIA EN EL SENO DE LA IGLESIA
En el cultivo de las ciencias eclesiásticas durante los siglos XVII y
XVIII, el primer plano lo ocupa la historia. La historia eclesiástica,
la patrística, la arqueología y la liturgia alcanzaron el rango de
disciplinas independientes. También en este campo el papel conductor
correspondió a Francia.
La congregación benedictina de San Mauro inició la famosa edición de los Santos Padres que aún hoy constituye la base de toda biblioteca dedicada a la teología científica. Son familiares a todos los investigadores los nombres de los grandes eruditos maurinos, d'Achéry († 1685), Ruinart († 1709), Martène († 1739), Montfaucon († 1741) y el mayor de todos, Mabillon († 1707). Contrajeron también grandes méritos en la crítica textual el jesuita Sirmond († 1651) y el seglar Enrique de Valois, llamado Valesius († 1676). Un valor perenne para la ciencia de la antigüedad cristiana poseen los trabajos de Tillemont († 1698). Dionisio Petau S. I. (Petavius, † 1652) es considerado el fundador de la historia de los dogmas.
En Bélgica surgió un instituto especial para el estudio de los textos hagiográficos, fundado por el jesuita Bollandus († 1665). El más importante de los «bolandistas» que siguieron fue Daniel Papebroch († 1714), que junto con Mabillon merece ser considerado como el verdadero fundador de la moderna crítica histórica.
Entre los historiadores eclesiásticos italianos merecen citarse el cisterciense Ughelli († 1670), el dominico Mamachi († 1792), que polemizó contra Febronio, el teatino cardenal Thomasius († 1713), importante como liturgista, y el incansable Muratori († 1750). El estudio de las catacumbas fue elevado a la condición de una ciencia especial por Bosio († 1629).
Trabajaron además en Roma el historiador de la orden franciscana Lucas Wadding, irlandés († 1657), el converso Lucas Holstenius de Hamburgo († 1661 siendo bibliotecario de la Vaticana), y los hermanos Assemani, oriundos del Líbano († 1768 y 1782), que desarrollaron también en la Vaticana sus importantes estudios de orientalística. Pertenece asimismo al cuadro de los científicos que entonces trabajaban en Roma, el polígrafo Atanasio Kircher S.I., de Fulda, imposible de clasificar en ninguna categoría († 1680).
En conexión con la historia eclesiástica floreció también la
historia del derecho. Las extensas complicaciones de Labbé († 1670),
Hardouin († 1729) y Mansi († 1769) constituyen aún hoy la base para el
estudio de los concilios. Brillaron también en la historia del derecho
el oratoriano francés Thomassin († 1695) y el boloñés Próspero
Lambertini († 1758, papa Benedicto XIV).
Caracteriza a la ciencia eclesiástica de la época barroca, como también a la profana, su índole erudita, el gozo en hallar y clasificar, más que la necesidad de exponer ideas capaces de abrir caminos nuevos. En este incansable recopilar y escudriñar, aun en los más abstrusos campos del saber, se manifiesta el optimismo del tiempo: la Iglesia nada tiene que temer del descubrimiento de la verdad, y la crítica más acerada de sus principios científicos no podrá nunca irrogarle daño alguno.
Fdo. Cristobal AGuilar.
