LA TENTACIÓN DE CRISTO Y LA ADORACIÓN DEL MUNDO
«Llevándole a una altura, le mostró en un instante todos los reinos
de la tierra y le dijo el diablo: "de daré todo el poder y la gloria de
estos reinos, porque me lo han entregado a mí y se lo doy a quien
quiero. Si me adoras, todo será tuyo". Jesús le respondió: "Está
escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto"» (Le 4,5-8).
La tentación de la idolatría . «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos...». Respondió Jesús: «Adorarás al Señor y sólo a él darás culto» (Mt 4,7).
Es la tentación de la idolatría, que consiste en sustituir a Dios como absoluto bien por ídolos de tres al cuarto, por el ídolo de turno, esto es, cualquiera que se te ofrezca.
El nombre ha suplantado a Dios al sentirse dueño y dominador de la naturaleza por medio de la ciencia y la técnica moderna. Dios es como si no existiera para él. Se prescinde de Dios y de sus normas éticas. Se manipula al antojo del nombre la misma naturaleza.
Para el cristiano, Dios es sustituido por los valores de eficacia, el poder del mundo, la riqueza y el fácil deslizamiento a la sensualidad, la vida cómoda rodeada de los artilugios y cachivaches de la técnica moderna sobrevalorada en exceso. Todo esto es una gravísima tentación a la ñora de tener como único valor, y valor absoluto, a Dios encarnado en el Cristo pobre y humilde «varón de dolores». Sólo en el crucificado está la salvación del mundo. «Shemá (escucha, Israel: amarás a Dios con todo tu corazón...)» (Dt 5,1.6-10).
Cristo experimentó la tentación como algo sustancial con la naturaleza humana, al ser frágil y débil como la de todo nombre. La tentación nos sitúa en una encrucijada. Cristo acudió al desierto para orar y ayunar y para clarificar su misión, dejándose guiar por el Espíritu.
Nosotros necesitamos fortalecernos ante la tentación de los ídolos del mundo: sus riquezas, sus poderes, el deslumbramiento de la técnica. Necesitamos ir al desierto para sustituir nuestro aran de dominio por la obediencia, nuestra ceguera por la luz de Dios, nuestra debilidad e inconstancia por la fuerza del Espíritu.
Fdo. Cristobal AGuilar.
