Mi?rcoles, 21 de julio de 2010

LA ANTIGUA ROMA? Y SUS CULTOS - SEGUNDA PARTE

En la antigua roma existian un conjunto muy elevado de dioses y diosas, pr?cticamente uno para cada cosa.

Junto a estos dioses personales, la religi?n romana contaba con colectivos de seres extrahumanos, como los lares, los penates y los manes. Estos ?ltimos, reconocidos ya como ?dioses? desde el siglo v a.C. e invocados siempre y solamente en plural, constitu?an un colectivo de culto con el que se identificaba el esp?ritu de los difuntos, una especie de divinidad de la condici?n de muerte. En los ?ltimos tiempos de la rep?blica, estas divinidades sufren un cambio y se convierten en una especie de doble del difunto, al que acaban sustituyendo.

Tambi?n los lares eran invocados generalmente en plural, mientras que con el singular se designaba exclusivamente al Larfamiliaris, el lar que deb?a tutelar a toda la familia, entendida como un conjunto de hombres libres y de siervos, y tambi?n como espacio f?sico definido territorialmente. El car?cter territorial de los lares, que como praestites proteg?an el suelo de Roma, aparec?a sobre todo en el campo, donde en calidad de agri custodes, protectores de los campos cultivados, recib?an un sacrificio purificador por parte de cada propietario en los compita, las encrucijadas donde se instalaban peque?as construcciones que marcaban los l?mites entre las distintas propiedades y marcaban tambi?n el l?mite frente a la ?naturaleza salvaje?.

Los lares eran honrados en los Compitalia, una fiesta m?vil (cf. p. 94, n. 2) que se celebraba generalmente a principios de enero y que no se fij? en el 4 de enero hasta ?poca tard?a; una? fiesta de renovaci?n parecida a la Gran Fiesta o A?o Nuevo. Otra fiesta tambi?n relacionada con los lares eran los Larentalia, que era la ?ltima del a?o y se celebraba el 23 de diciembre. En esta fecha el flamen de Quirino, en presencia de los pont?fices, ofrec?a un sacrificio a Acca Larencia en el Velabro, a los pies del Aventino. Acca Larencia expresa ideal y conceptualmente la unidad territorial de Roma, frente a la segmentaci?n y fragmentaci?n que impl?citamente representan los lares.

A diferencia de los lares, que nunca se mencionan como dioses, los penates y los manes son dioses, Di Penates (Cicer?n, La naturaleza de los dioses, II, 68). Son los dioses soberanos del coraz?n de la casa, del centro te?rico e ideol?gico de la existencia de los romanos, que se identificaba espacialmente con el hogar. Se encargaban de la tutela de los grupos familiares, m?s que del territorio que ocupaban, regido por los lares, y estaban incluidos en la herencia del pater familias', su posesi?n garantizaba la descendencia y el estatus social. En este sentido, los penates publici, o penates del pueblo romano, los antiguos dioses troyanos llevados por Eneas a Italia, cuya sede se hallaba en la parte m?s rec?ndita del templo de Vesta, el penus Vestae, garantizaban la legitimidad de la descendencia romana de Eneas. Su funci?n legitimadora revela su car?cter jur?dico-social, y por ellos, adem?s de por J?piter, juraban los magistrados romanos en el momento de asumir su cargo, despu?s de haber ofrecido un sacrificio a los penates de su propia familia y a los p?blicos.

Numen
Este sistema divino articulado era para los romanos tambi?n un conjunto de voluntades, sintetizado en la noci?n de numen que, al menos hasta la ?poca de Cicer?n, siempre es personal, es decir, es el numen de un divinidad perfectamente definida. Derivado del verbo nuo, hacer un gesto con la cabeza, se utiliza para designar la voluntad expresada por una divinidad o por una realidad institucional o social, de ah? que junto al numen de J?piter o de Juno encontramos, por ejemplo, el del senado o del pueblo de Roma.

En plural, numina, designa gen?rica y colectivamente a los dioses, pero siempre como expresi?n de voluntad; s?lo a partir de la ?poca de Augusto, y por obra de los poetas, numen se convierte en sin?nimo de ?dios? y de ?divinidad?, incluyendo y designando adem?s progresivamente el poder oscuro de un dios o incluso del mundo divino o, en t?rminos m?s gen?ricos, extrahumano.

Como expresi?n de la voluntad de una divinidad determinada, numen se inclu?a necesariamente en los indigitamenta, listas de los dioses invocados seg?n sus funciones, generalmente subordinados a una divinidad mayor y que deb?an expresar la especializaci?n de las esferas de competencia y de los numina, de las voluntades, sobre las que el dios ejerc?a su tutela.

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A diferencia de la religi?n griega y de otros sistemas religiosos, Roma carec?a de una mitolog?a. La ciudad destinada a dominar el mundo no ten?a pues cosmogon?a, ni teogonia ni antropogon?a. Tampoco ten?a poetas que, como en Grecia, actuaran de ?te?logos? o de polos de orientaci?n cosmol?gica, ni adivinos ni profetas.

El vates, t?rmino de origen celta, por lo menos hasta el siglo III a.C., ten?a connotaciones negativas. Desde muy antiguo exist?a conciencia de esta ausencia de mitos, y Dionisio de Halicarnaso la atribu?a a una decisi?n voluntaria de R?mulo, para que de los dioses ?s?lo se pensara y dijera lo mejor? (Historia antigua romana, II, 18). Cuando aparecen los relatos m?ticos dedicados a los dioses y a los h?roes, son el resultado del proceso de helenizaci?n y se refieren a divinidades consideradas afines a las griegas.

Hallamos, no obstante, en el patrimonio tradicional romano narraciones m?s o menos ?fant?sticas?, pero sus protagonistas son personajes que la tradici?n romana considera hist?ricos, como R?mulo y Numa, Mucio Esc?vola y Horacio Coclites; de ah? que estos relatos pasen a formar parte de la historia. Tambi?n es posible que Roma ?desmitificara? intencionadamente su propio patrimonio m?tico, coincidiendo con la expansi?n del culto de J?piter ?ptimo M?ximo, que supuso el eclipse de todo el pasado m?tico.

Sin embargo, tambi?n es cierto que en el siglo VII a.C. Roma realiz? una brusca transici?n a la civilizaci?n urbana y, como carec?a de artes pl?sticas y de poes?a, no pod?a fijar sus propios mitos. Adem?s, en la fase de su formaci?n, Roma se hallaba inserta en un clima cultural dominado por la civilizaci?n griega y por la etrusca, que dejaron sentir su influencia en la nueva formaci?n urbana.

En las historias de los primeros reyes se pueden reconocer rasgos y tipolog?as propios de los modelos mitol?gicos. En este sentido hay que entender la vinculaci?n de R?mulo al mundo divino, como hijo de Marte y rey de Roma por voluntad de J?piter; o bien la relaci?n de Numa con el propio J?piter. La aplicaci?n del modelo de la ideolog?a tripartita de los indoeuropeos a estos dos primeros reyes de Roma nos permitir?a reconocer en ellos la expresi?n del doble aspecto de la soberan?a, en sus manifestaciones jur?dica y sacra.

El rey Tulo Hostilio, por su parte, podr?a representar la 2? funci?n, debido a su relaci?n con el mundo de la guerra. El rey Anco Marzio podr?a encarnar parcialmente la 3? funci?n por su relaci?n con el comercio y por la exaltaci?n de los valores econ?micos. Asimismo, el relato de Livio de la guerra entre romanos y sabinos puede compararse con tradiciones del patrimonio indoeuropeo.

Pero aun admitiendo que los episodios de la Roma primitiva procedan de antiguos mitos pertenecientes al sustrato indoeuropeo, lo cierto es que Roma no se expres? ni se realiz? a trav?s de mitos, sino que se orient? hacia una actualidad hist?rica. A ello debi? de contribuir la actividad anal?stica de los pont?fices, memoria viva de la ciudad, que entre los siglos IV y III a.C. ordenaron y definieron el patrimonio de Roma.

La orientaci?n que impusieron a la tradici?n fue recogida y continuada luego por los posteriores analistas y por los poetas, que la perpetuaron. De este modo, el pasado m?tico, ?desmitificado?, se ?historificaba? y pasaba al presente, mientras que la orientaci?n ?tico-conductual que pod?a proceder del pasado conflu?a en el modelo ?tico del mos maiorum, la costumbre de los antepasados.

Si tuvi?ramos que interpretar ahora el proceso de historizaci?n del patrimonio m?tico en Roma en el sentido de la ?teolog?a tripartita? de Varr?n, que distingu?a tres clases de teolog?a, una m?tica, que correspond?a a los poetas, una f?sica, de la que se ocupaban los fil?sofos, y una c?vica o pol?tica, que determinaba el papel de los ciudadanos y de los sacerdotes en el estado, los dioses que hab?a que venerar y las formas de culto m?s beneficiosas para el estado, deber?amos admitir inevitablemente que la elecci?n romana se decantaba por la teolog?a c?vica.

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A esta ausencia de mitolog?a le corresponde, en cambio, una exaltaci?n y sobre-valoraci?n del rito. No es casual que ?mito? sea un t?rmino de origen griego y ?rito? sea de origen latino. Etimol?gicamente relacionado con el v?dico r?a, el t?rmino latino ritus significa la actuaci?n exacta y correcta seg?n un modelo tradicional rigurosamente establecido. La palabra se define en relaci?n con sus contrarias, el adjetivo in-ritus, no fijado, in?til, sin eficacia, y el adverbio in-rite, in?tilmente, sin eficacia, por lo que, en ?ltimo t?rmino, el rito es la acci?n eficaz. En una cultura como la romana orientada hacia la historia y, por tanto, hacia la acci?n humana, el rito deb?a ocupar necesariamente una posici?n privilegiada y convertirse en una gram?tica simb?lica, basada en signos y acciones, adem?s de en objetos y espacios.
El sacerdocio
Esto explica que en Roma, aunque no exist?a una casta sacerdotal cerrada, se creara un sistema ritual controlado por un complejo y articulado cuerpo sacerdotal p?blico, a cuyo frente se colocaba el colegio de los pont?fices. De este colegio formaban parte tambi?n el rey sacral o rey sacrif?culo (rex sacrorum o rex sacrificulo), los quince fl?mines y las seis -> vestales.
Pero el colegio pontifical s?lo proporcionaba las coordenadas de la acci?n ritual. Hab?a unos cuerpos encargados de ejecutarla y otros que contribu?an al mantenimiento del orden propio del rito, que solamente interven?an en determinados momentos de la vida religiosa, como los lupercios en los Lupercalia del 15 de febrero, o los salios, en marzo y en el Armilustrium del 19 de octubre, que danzaban llevando en procesi?n los sagrados escudos (ancilia) guardados en el templete de Marte. La congregaci?n de los Hermanos Arvales, por su parte, celebraba en mayo ritos destinados a la protecci?n de los campos cultivados, mientras que a la congregaci?n de los Feciales le correspond?a la tarea de proporcionar el fundamento sacro a los tratados de paz o a las declaraciones de guerra entre los romanos y otros pueblos.
Los pont?fices
Los pont?fices ?en un principio cinco, que pasaron a ser nueve, quince y finalmente diecis?is con la expansi?n de Roma y el aumento de sus funciones? lo eran Por cooptaci?n y no por elecci?n p?blica. Al frente del colegio estaba el pontifex maximus, cuyo cargo era vitalicio. Subordinado al rex sacrorum y al flamen dialis (= de J?piter) desde el punto de vista de la jerarqu?a religiosa, era superior a ellos en el terreno de las prerrogativas jur?dicas y jurisdiccionales. Era escoltado por los lictores, eleg?a al rex sacrorum, a los fl?mines y a las vestales.
Sin embargo, el cuerpo pontifical no era un cuerpo sacerdotal en sentido estricto; sus obligaciones se limitaban al sistema normativo, a la ley, y no inclu?an la ejecuci?n material de los actos religiosos. Era de su incumbencia el mantenimiento de la tradici?n. La religiosa estaba condensada en los elencos de los dioses, en los libros de los sacerdotes (libri sacerdotum), en los libros pontificales (pontificum libr?) y en los libros sagrados. La jur?dico-normativa ten?a que ser registrada en los Commen-tarii de los pont?fices. La tradici?n hist?rica estaba contenida en los Annali Massimi, donde se registraban los acontecimientos ocurridos en Roma a?o por a?o. Adem?s de los Annali, redactaban tambi?n los Fasti, donde aparec?an anotados los magistrados elegidos anualmente, lo que les serv?a para llevar un control del tiempo que desembocaba en la redacci?n del calendario. En este sentido, los pont?fices eran la memoria viva de Roma, y a sus registros se remitieron todos los historiadores posteriores. De todos modos, su ?mbito de acci?n quedaba circunscrito a la esfera de lo sagrado, y como depositarios del saber tradicional ten?an la obligaci?n de proporcionar una minuciosa y detallada informaci?n sobre cualquier ?mbito de la actuaci?n religiosa, tanto en el sentido amplio del culto como en el m?s restringido del rito. Como controladores supremos de todas las acciones rituales, su esfera de competencias se cerraba en torno al ius divinum, el derecho divino. En t?rminos m?s sencillos, de ellos se esperaba que definieran ?qu? era sagrado, qu? era profano, qu? era santo y qu? era religioso? (Macrobio, I, Saturnales, III, 3, 1).
Rex sacrorum y fl?mines.
Subordinados al pontifex maximus estaban el rex sacrorum y el flamen dialis, que pueden aparecer como un doble rec?proco. El rex sacrorum es como un resto de la monarqu?a, cuya crisis se renovaba simb?lica y ritualmente en el regifugium o huida del rey del 24 de febrero, a finales del a?o seg?n el antiguo calendario. Su cargo era vitalicio y estaba condicionado al hecho de que hubiera contra?do matrimonio solemne por confarreatio. Las obligaciones del rex sacrorum y de su mujer, que ostentaba el t?tulo de regina, eran exclusivamente religiosas. Si la regina, a comienzos de cada mes, ofrece un sacrificio a Juno, el rex sacrorum el mismo d?a hace un sacrificio a Jano y, en los Agonalia del 9 de enero, inaugura el a?o con el sacrificio de un carnero, con lo que aparece como el equivalente humano de Jano: dado que Jano es el dios de los or?genes en el plano c?smico, al rey corresponden los or?genes en el plano humano y, por lo tanto, los or?genes de la historia. El flamen dialis, seg?n la tradici?n romana, es el producto de una renuncia voluntaria del rey a una parte de sus funciones. Tambi?n era un cargo vitalicio, subordinado al hecho de que el elegido hubiera contra?do solemne matrimonio por confarreatio. La investidura no pod?a ser rechazada y esta pasividad marca toda la vida del flamen, condicionada por un elevad?simo n?mero de prohibiciones que configuran su funci?n como un ?no hacer?. Encarna la personalidad divina del rey, que en el plano metahist?rico es J?piter, el ?nico y aut?ntico rey de Roma tras la llegada de la rep?blica, y que en el plano hist?rico est? despojado de sus funciones reales y pol?ticas.
Junto con los fl?mines de Marte y de Quirino, el flamen de J?piter reproduc?a la tr?ada precapitolina en el plano del culto y del rito. Los tres constitu?an los fl?mines mayores, a los que segu?an como subalternos los doce fl?mines menores, consagrado cada uno de ellos expl?citamente al culto de una divinidad.
Augurios
Orientada en un sentido hist?rico, Roma excluy? de su horizonte cualquier previsi?n de futuro, pero, en cambio, impuls? la necesidad de sondear la voluntad divina, y especialmente de J?piter, que reg?a el presente ?hist?rico? y ritual de la ciudad. A tal fin se cre? un colegio de augures, desvinculados de la autoridad del pont?fice, que elaboraron una t?cnica adivinatoria espec?fica, la disciplina augural, compartida con los otros pueblos it?licos. Puesto que la vida de Roma se basaba y depend?a de la enunciaci?n de la voluntad de J?piter ?el fatum, que era la ?voz de J?piter??, la interpretaci?n de ese enunciado resultaba imprescindible para la existencia misma de Roma. Sin embargo, no se trataba tanto de una predicci?n de futuro como de una autorizaci?n para actuar en el caso de una acci?n ya programada, o una denegaci?n.
Los augurios, como las otras formas de adivinaci?n de las que Roma se hab?a apropiado, especialmente la Etrusca disciplina, cuyos depositarios eran los ar?spices y que se basaba en la estispicina y en la hepatoscopia, se traduc?an en una ?escritura? representada por los signos de los p?jaros y por los signos con los que el augur delimitaba su campo visual dentro del que deb?a leer el vuelo de los p?jaros; una escritura que se planteaba como complemento de la historia recogida en la redacci?n de los Annali y los Fasti por parte de los pont?fices.

Fdo. Cristobal AGuilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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