LA ROMA ANTIGUA - PRIMERA PARTE
Bueno en este artículo hemos querido cambiar un poco para no repetirnos tanto y hablar un poco de lo que fue la primitiva roma y su religiosidad antes de llegar la verdadera religión a sus entrañas, hasta absorverla por completo.
Antes de convertirse en dominadora, la que será la civilización romana
sufre, por una parte, la influencia de la cultura etrusca, que entre
los siglos VIII y VII a.C. experimenta un proceso de helenización, y,
por otra parte, de las colonias griegas de la Italia meridional. Las
ciudades de la Magna Grecia importaron al área itálica el panteón y la
rica mitología de la madre patria, con la que nunca dejaron de estar en
contacto. A su vez, las ciudades etruscas, en cuyo territorio se han
encontrado restos de actividad de cultos protohistóricos procedentes
del siglo x a.C., revelan formas de interferencia religiosa con el
mundo latino, umbro, samnita y falisco, mientras que, después del siglo
VIII a.C., cuando la estructura urbana evoluciona hacia formas
complejas, experimentan la fascinación por la cultura griega y también
por la púnico-fenicia. De modo que los etruscos tomaron del universo
latino, así como del umbro y sabino, divinidades como Maris (Marte),
Nethuns (Neptuno), Menerva (Minerva), Satre (Saturno)
y Uní (Juno). Posteriormente, este panteón se helenizó debido
a la acción de las castas dominantes y de los grupos sacerdotales
vinculados a ellas, que veían en la civilización griega un marco de
referencia ideal, y también debido a los continuos intercambios
comerciales. Se adoptó la rica mitología griega y las divinidades
etruscas fueron sometidas a una interpretatio graeca. Zeus
ofrece sus propias formas a Tinia, Hera a Uní, Afrodita
a Turan, Atenea a Menerva, Poseidón a Nethuns y
Deméter a Vei. Una parte del panteón etrusco conservó, no
obstante, sus rasgos originarios y, aunque el culto se helenizó, siguió
siendo típicamente etrusca la elaboración teórica de los auspicios,
aunque compartida con los otros pueblos italiotas, sobre todo en la
forma de la arus-picina, que los romanos incluían en la disciplina
etrusca.
En este escenario se inserta Roma, que en el transcurso de su formación
sufre tantas influencias que es imposible hablar de una «Roma
completamente romana en su origen». En cuanto se refiere a su origen,
tal vez ni siquiera es posible hablar de influencias. La presencia de
los etruscos helenizados, las colonias de la Magna Grecia, el hallazgo
de cerámica griega y algunas tradiciones «míticas» nos permiten pensar
en Roma como en una franja extrema de la expansión y difusión de la
cultura griega, en la que habrían estado inmersos los habitantes de la
ciudad. Esto no significa que Roma no elaborara su propia civilización y
su propio sistema religioso, adaptados a sus propias necesidades y
difundidos más tarde por las ciudades conquistadas. Pero Roma se
apropiaba incluso de los dioses «extranjeros» a través de la evocatio
(evocación), fórmula ritual de origen antiquísimo, conservada en
los archivos de los pontífices y perteneciente tal vez al sustrato
indoeuropeo, puesto que la practicaban también los hititas. El
comandante debía pronunciarla ante la ciudad enemiga para invitar a los
dioses a abandonarla y dirigirse, propicios, a Roma, donde recibirían
mayores honores. Una vez sacrificadas las víctimas y consultadas las
visceras, tras la evocación se pronunciaba, siguiendo un rígido
formulario, la maldición ante la ciudad enemiga y sus ejércitos. Puede
considerarse un ejemplo de evocatio la pronunciada en el año
146 a.C. por Escipión el Africano menor ante las murallas de Cartago:
Si hay un dios, si hay una diosa, bajo cuya tutela se hallen el pueblo y
la ciudad de Cartago, yo ruego, yo suplico sobre todo a ti, que has
acogido bajo tu protección a esta ciudad y a este pueblo, a vosotros os
pido: abandonad el pueblo y la ciudad de Cartago, abandonad sus
lugares, sus templos, sus ritos y su ciudad, alejaos de ellos, infundid
miedo, terror y olvido a ese pueblo y a esa ciudad, pasaos a Roma,
venid conmigo y con los míos, nuestros lugares, nuestros templos,
nuestros ritos, nuestra ciudad os serán más gratos y más queridos,
sedme propicios a mí, al pueblo romano, a mis soldados, haced que lo
sepamos y seamos conscientes. Si así lo hacéis, os prometo templos y la
celebración de juegos (Macrobio, Saturnales, III, 9.7-9).
Aunque sometida a continuos impulsos innovadores, desde la asimilación
de divinidades extranjeras hasta la institución de nuevos cultos y
ritos y la helenización de su panteón, que entre los siglos m y n a.C.
fue objeto de una evidente caracterización antropomórfica, Roma
presentaba al mismo tiempo una religión extremadamente conservadora,
que se manifestaba en una constante y obsesiva apelación al mos
maiorum (la costumbre de los antepasados). Estas dos tendencias
son perfectamente visibles en un panteón en el que, junto a figuras
divinas de personalidad compleja y articulada, como Júpiter o el propio
Marte, coexisten divinidades limitadas a una sola función, como Vesta,
Ceres o incluso la misma Juno. Estas divinidades, a veces dinámicas y a
veces estrictamente sectoriales, daban forma al mundo, establecían sus
límites espaciales y temporales, lo ordenaban y respondían a las
necesidades del pueblo romano.
Es un mundo en cuyos «inicios» aparece Jano, el dios bifronte, que en
la versión histórica evemerista de los poetas de la época de Augusto,
recogida también por los antiguos cronistas, es el «primero» de los
reyes del Lacio, que preceden a la llegada de Eneas a Italia. Recibía
los epítetos de Patulcius y de Clusius, porque
presidía la apertura y el cierre de las puertas, tanto las privadas
como las del templo dedicado en su honor; era el dios del umbral que
como ianitor presidía los pasos. Compartía con Juno los inicios
de cada mes, las calendas, y de él tomaba el nombre el primer mes del
año lunisolar, lanuarius, enero. Como divinidad que daba origen
al tiempo y a los dioses, Jano era el dios de los prima, es
decir, de todas las formas de principio. Los extrema, en
cambio, correspondían a Vesta, y sus fiestas, las Vestalia, se
celebraban el 9 de junio, un poco antes de que el sol entrara en su
fase decreciente dividiendo el año por la mitad y poniendo fin a un
período de seis meses, como seis eran las vestales. En las invocaciones
a los dioses durante los sacrificios había que pronunciar al principio
el nombre de Jano, y al final el de Vesta. Etimológicamente homologa a
la griega Hestia, con la que compartía la tutela de la morada privada y
de la pública del estado, equivalente al sánscrito vasija, habitación,
Vesta domina el espacio cerrado de la casa y del estado y concluye,
por oposición, la función innovadora periódicamente iniciada por Jano.
En cierto modo Vesta asumía el papel de una centralidad cósmica, que se
expresaba en sentido espacial, la casa, y en sentido temporal, la
mitad del año. Las summa, es decir, las supremas prerrogativas
divinas, correspondían en cambio a Júpiter, al que estaban reservados
todos los idus, a mediados de cada mes, cuando la luna alcanza su mayor
esplendor, en la «cima» del espacio temporal mensual. Su nombre,
Júpiter, está relacionado etimológicamente con el Dyaus pitar de
la India védica, con el que comparte el aspecto luminoso y la
dimensión uránica, aunque está situado en un cielo menos distante que
el del dios védico, más próximo al mundo de los hombres. Como herencia
del patrimonio indoeuropeo, Júpiter encarnaba el principio de la
realeza y más tarde el de la sacralidad, cuando el rey de Roma perdió
sus prerrogativas políticas. Divinidad común a todos los habitantes del
Lacio, era venerado con un culto común en los montes Albanos como
Júpiter Lacial, extendiendo su soberanía por encima de cualquier
posible división territorial y política de los latinos. Junto con
Marte, antigua divinidad itálica colocada al frente del ámbito militar,
y con Quirino, divinidad local de los romanos, constituía la «tríada
arcaica», perfectamente simétrica de la tríada divina que dominaba en
Gubbio (tríada iguvina), formada por Júpiter, Marte y Vofionus, este
último dios «local» de la ciudad de Gubbio. Estaban consagrados a su
servicio, así como al de Marte y de Quirino, los tres flámines mayores.
Esta tríada arcaica podría representar la pervivencia en la
civilización romana de la ideología tripartita de los indoeuropeos. Su
sede principal era el templo inaugurado en el Campidoglio en el año 509
a.C, donde Júpiter recibía el epíteto de Óptimo Máximo, superior a
cualquier otro Júpiter sectorial, por encima incluso de Júpiter Lacial.
Debido a su carácter uránico, Júpiter poseía un conocimiento
omnisciente que lo convertía en garante de los pactos y de los
juramentos, y en su nombre los feciales pactaban alianzas y declaraban
la guerra. También como dios uránico enviaba sus mensajes a través del
vuelo de los pájaros, cuya interpretación correspondía a los augures.
Marte, por su parte, ocupa los espacios exteriores de la ciudad, desde
donde se encarga de vigilarla. Era famoso el templo de Marte «fuera de
la puerta Capena», junto a la que se reunían los ejércitos que debían
actuar en el sur de Roma y desde donde partía una solemne procesión a
caballo (transvectio equitum), que llegaba hasta el
Campidoglio. Marte no es el señor del mundo exterior y salvaje, sino
que su función consiste en proteger a la ciudad de los peligros
externos. Antigua divinidad itálica, da nombre en Roma al primer mes
del calendario antiguo, marzo, con el que tradicionalmente se iniciaba
la estación de las campañas militares, que concluían en octubre. Y en
estos dos meses se concentraban las fiestas dedicadas a Marte,
relacionadas con el mundo de la guerra: el 19 de marzo, en el
transcurso de las Quin-quatrus tenía lugar una purificación (lustratio)
preliminar de las armas seguida de la de las trompetas de guerra
el 23 del mismo mes, durante el Tubilustrium\ el 15 de octubre
se celebraba el rito del «caballo de octubre» y el 19, la solemne
purificación de las armas (armilustriuni), al final de la
estación de guerra. El 14 de marzo, en la vigilia del plenilunio, se
celebraban los Equirria, una carrera de carros, a los que
precedía el 27 de febrero, al comienzo de la luna creciente, otra
fiesta que llevaba el mismo nombre y en la que también se celebraba una
carrera de carros en el Campo de Marte, que servía para introducir el
mes de Marte, precisamente marzo.
Fdo. Cristobal Aguilar.
