LA RESTAURACIÓN - HISTORIA DE LA IGLESIA
Paulo III empezó la reforma por el punto de donde había venido todo
el mal, o sea el colegio cardenalicio. Sus nombramientos de cardenales
causaron sensación. Ya en 1535 hizo cardenal a Juan Fisher, que
aguardaba en la cárcel el momento de subir al cadalso.
Este nombramiento de nada podía servir a la Iglesia, pero poseía una significación simbólica. Vinieron luego Simonetta, Caracciolo, el benedictino Cortese, hombres de espíritu profundamente eclesiástico y destacando entre todos el noble Gaspar Contarini, seglar y consejero de Venecia.
Al año siguiente obtuvieron el capelo el fundador de los
teatinos, el ascético Juan Pedro Carafa, cuyo sólo
nombre, como el de Contarini, equivalía a todo un programa; el
piadoso Sadoleto, destacado humanista; Reginaldo Pole, emparentado con
la casa real inglesa, amigo de Contarini, y espiritualmente afín a él;
Juan del Monte, el futuro papa Julio III; en 1538 el gran teólogo
español Juan Álvarez de Toledo, de la orden de santo Domingo; en 1539
Pedro Bembo, uno de los más grandes humanistas de su tiempo, que después
de una juventud ligera llevaba entonces una vida ejemplar; el
diligente, erudito y santo Marcelo Cervini, que había de ser el segundo
sucesor de Paulo III; en 1542 el eminente dominico Tomás Badía, al igual
que Contarini protector de san Ignacio de Loyola y de su orden; Juan
Morone, una de las mejores cabezas políticas que entonces poseía la
Iglesia; en 1544 el obispo de Augsburgo, Otón Truchsess de Waldburg, uno
de los primeros obispos alemanes que empeñaron todas sus energías
contra el movimiento herético.
Paulo III hizo además cardenales a toda una serie de otras
personalidades de importancia apenas inferior a los nombrados, con lo
que el colegio en pocos años volvió a ser lo que debía haber sido
siempre: un espejo de talento y méritos, de ciencia y santidad de vida,
de visión política y de afanes pastorales.
Con sus mejores cardenales formó Paulo III una comisión
encargada de elaborar proyectos de reforma. El alma de esta comisión
fue, hasta su prematura muerte (en 1542), el cardenal Contarini. Sus
trabajos constituyeron la base para los decretos de reforma del concilio
de Trento.
Mientras los protestantes alemanes se hacían todavía la ilusión de
pertenecer a la Iglesia universal, nadie reclamó la celebración del
concilio con mayor insistencia que ellos. A este deseo se unieron
después los católicos de todos los países. La convicción de que un
concilio y sólo un concilio podía poner remedio a la situación, procedía
del período conciliar del siglo XV.Pero el papa debía atender a que no
se repitieran los sucesos de Pisa, Constanza y Basilea, y a que el
concilio no acabara irrogándose la suprema autoridad en la Iglesia.
Poco después de su entrada en cargo, Paulo III llamó a Roma al
nuncio apostólico en Viena, Vergerio, para que le informara sobre la
situación en Alemania. Para que nadie le molestase, el papa se retiró
con él a la Villa Magliana. Vergerio quedó estupefacto al darse cuenta
de lo mal informada que la curia estaba de los asuntos alemanes.
Una vez el papa se hubo instruido a fondo, envió a Vergerio a
visitar a los príncipes alemanes para invitarles al concilio, que debía
celebrarse en Mantua. Vergerio fue a Berlín, donde se entrevistó con el
elector Hohenzollern Joaquín II, que aún no se había pasado
abiertamente al luteranismo; luego se trasladó a Wittenberg, para ver a
Lutero. El nuncio le halló arrogante, casi
demoníaco, pero obtuvo de él la promesa de presentarse en
Mantua. Poco sospechaba entonces Vergerio que, trece años más tarde, él
mismo se pasaría al protestantismo.
Es posible que la promesa de Lutero de asistir al concilio
hubiera sido hecha en serio; valor personal nunca le faltó. Pero los
príncipes de la Liga de Esmalcalda decidieron ya entonces no acudir al
concilio, ni siquiera reconocerlo. Los afianzó en su actitud Enrique
VIII, que había ya roto con la Iglesia, y también Francisco I, que,
aunque católico, deseaba el fracaso del concilio, porque temía que su
celebración redundara en un aumento de poder para su antiguo enemigo
Carlos V.
A la antigua rivalidad entre Francisco I y Carlos V vino a
añadirse, desde la muerte en 1535 del último Sforza, la cuestión de
Milán. Los dos soberanos hacían valer sus derechos sobre este ducado. A
Paulo III no le gustaba ninguno de los dos, pero se hubiera conformado
con un príncipe francés. Estalló la guerra, con lo que no había que
pensar en reunir un concilio. Al fin, Paulo III se trasladó
personalmente a Niza y negoció allí separadamente con ambos soberanos.
Consiguió al menos que cesaran las hostilidades.
Surgieron entonces nuevas dificultades por parte del duque de
Mantua. Para celebrar el concilio en su capital puso tales condiciones
que el papa tuvo que buscar otra ciudad. Ésta debía ser fácilmente
accesible a los alemanes, sin encontrarse, empero, ni en territorio
imperial ni dentro de los Estados de la Iglesia. Paulo se decidió por
Vicenza, que pertenecía a Venecia.
Los legados papales entraron solemnemente en Vicenza, pero
apenas compareció nadie más, y el papa tuvo que suspender el concilio
antes de que pudiera inaugurarse. En aquel momento ni el emperador ni su
hermano sentían el menor interés por el concilio. Lo único que les
importaba era llegar a la unión con los protestantes, y confiaban en
poder obtenerla con tratados y deliberaciones religiosas.
En el año 1542 Paulo III, que quería celebrar el concilio a
toda costa, dio un nuevo paso para acercarse a los alemanes: trasladó el
sínodo a territorio imperial, a Trento. Como legados envió a su mejor
diplomático, Morone, y al cardenal inglés Pole, cuya actitud
conciliadora era generalmente conocida. Sólo se presentaron unos pocos
prelados. El enviado del emperador, Granvela, no hizo sino poner
dificultades. En la participación de Francia no había que pensar,
mientras no estuviera resuelto el conflicto con el emperador. Así el
papa tuvo que suspender una vez más el concilio.
Finalmente, en el año 1544 Carlos V y Francisco I resolvieron sus
diferencias sobre la cuestión milanesa en el tratado de Crespy. Ambos se
declararon entonces en favor del concilio, y así el 13 de diciembre de
1545, más de diez años después de la primera convocación, pudo
inaugurarse solemnemente. Presidentes eran los cardenales legados Monte,
Cervini, Pole. Al principio sólo asistían veinticinco obispos, además
de cinco generales de órdenes, entre ellos el eminente Seripando,
general de los eremitas de san Agustín, la orden a la que había
pertenecido Lutero.
Inmediatamente surgieron dificultades a propósito del orden en
que debían tratarse las materias. El papa deseaba que ante todo se
dictaran definiciones dogmáticas para poner en claro los puntos
doctrinales discutidos. Carlos V quería dejar para más tarde las
cuestiones teológicas, para no excitar a los protestantes, y proponía
que se aprobaran primero los decretos de reforma, para demostrar ante
los protestantes la buena voluntad de la Iglesia. Al fin se convino que
en cada sesión se adoptaran contemporáneamente decretos dogmáticos y de
reforma.
En el año 1546 se celebraron dos sesiones. En la primera, que
es contada como la cuarta del concilio, se promulgó el decreto sobre el
canon de la sagrada Escritura, y en la quinta el decreto sobre la
doctrina del pecado original. El tiempo intermedio entre las dos se
llenó con deliberaciones teológicas. Había aumentado el número de
obispos asistentes, muchos de los cuales habían traído sus asesores
teológicos.
Al año siguiente se presentaron también los enviados del rey
de Francia. En la sexta sesión se aprobó el decreto sobre la
justificación, que era el punto central de toda la polémica doctrinal.
Este decreto dogmático es una obra maestra en su género, prudente y
claro. En la séptima sesión se decidió la doctrina católica sobre los
sacramentos en general y sobre el bautismo en particular. Entonces se
produjo una interrupción.
La desdichada cuestión de Milán había dado lugar a un nuevo
conflicto, esta vez entre el emperador y el papa. A Paulo III le hubiera
gustado hacer duque de Milán a su hijo Pedro Luis, que era ya señor de
Parma y Plasencia. Gonzaga, el gobernador imperial de Milán, creyó
prestar un buen servicio al emperador haciendo asesinar a Pedro Luis
Farnesio.
Paulo III, herido en lo más vivo por el crimen y sospechando,
no sin motivo, que éste no se había perpetrado sin connivencia del
emperador, cansado además, y ya de antes, de la excesiva presión que
Carlos V ejercía en Trento, trasladó el concilio a Bolonia, o sea, a
territorio de la Iglesia. Esto irritó sobremanera al emperador, el cual
se retiró del concilio, en el preciso momento en que infligía en
Mühlberg una decisiva derrota a la Liga de Esmalcalda. Antes de que
pudiera llegarse a una reconciliación entre el emperador y el papa,
murió Paulo III.
La conducta de Paulo III en la cuestión milanesa y el traslado
del concilio, que equivalía a su disolución, fueron sin duda errores
graves. Sin embargo, queda para Paulo III el mérito de haber llevado a
efecto el concilio, sobreponiéndose a todas las dificultades, y de
haberle fijado el método de trabajar más acertado. Sus sucesores
pudieron recoger, en mejores circunstancias, la cosecha que él había
sembrado.
Fdo. Cristobal Aguilar.
