domingo, 11 de julio de 2010

LA RESTAURACIÓN - HISTORIA DE LA IGLESIA

Paulo III empezó la reforma por el punto de donde había venido todo el mal, o sea el colegio cardenalicio. Sus nombramientos de cardenales causaron sensación. Ya en 1535 hizo cardenal a Juan Fisher, que aguardaba en la cárcel el momento de subir al cadalso.

Este nombramiento de nada podía servir a la Iglesia, pero poseía una significación simbólica. Vinieron luego Simonetta, Caracciolo, el benedictino Cortese, hombres de espíritu profundamente eclesiástico y destacando entre todos el noble Gaspar Contarini, seglar y consejero de Venecia.

Al año siguiente obtuvieron el capelo el fundador de los teatinos, el ascético Juan Pedro Carafa, cuyo sólo nombre, como el de Contarini, equivalía a todo un programa; el piadoso Sadoleto, destacado humanista; Reginaldo Pole, emparentado con la casa real inglesa, amigo de Contarini, y espiritualmente afín a él; Juan del Monte, el futuro papa Julio III; en 1538 el gran teólogo español Juan Álvarez de Toledo, de la orden de santo Domingo; en 1539 Pedro Bembo, uno de los más grandes humanistas de su tiempo, que después de una juventud ligera llevaba entonces una vida ejemplar; el diligente, erudito y santo Marcelo Cervini, que había de ser el segundo sucesor de Paulo III; en 1542 el eminente dominico Tomás Badía, al igual que Contarini protector de san Ignacio de Loyola y de su orden; Juan Morone, una de las mejores cabezas políticas que entonces poseía la Iglesia; en 1544 el obispo de Augsburgo, Otón Truchsess de Waldburg, uno de los primeros obispos alemanes que empeñaron todas sus energías contra el movimiento herético.

Paulo III hizo además cardenales a toda una serie de otras perso­nalidades de importancia apenas inferior a los nombrados, con lo que el colegio en pocos años volvió a ser lo que debía haber sido siempre: un espejo de talento y méritos, de ciencia y santidad de vida, de visión política y de afanes pastorales.

Con sus mejores cardenales formó Paulo III una comisión encargada de elaborar proyectos de reforma. El alma de esta comisión fue, hasta su prematura muerte (en 1542), el cardenal Contarini. Sus trabajos constituyeron la base para los decretos de reforma del concilio de Trento.

Mientras los protestantes alemanes se hacían todavía la ilusión de pertenecer a la Iglesia universal, nadie reclamó la celebración del concilio con mayor insistencia que ellos. A este deseo se unieron después los católicos de todos los países. La convicción de que un concilio y sólo un concilio podía poner remedio a la situación, procedía del período conciliar del siglo XV.Pero el papa debía atender a que no se repitieran los sucesos de Pisa, Constanza y Basilea, y a que el concilio no acabara irrogándose la suprema autoridad en la Iglesia.

Poco después de su entrada en cargo, Paulo III llamó a Roma al nuncio apostólico en Viena, Vergerio, para que le informara sobre la situación en Alemania. Para que nadie le molestase, el papa se retiró con él a la Villa Magliana. Vergerio quedó estupefacto al darse cuenta de lo mal informada que la curia estaba de los asuntos alemanes.

Una vez el papa se hubo instruido a fondo, envió a Vergerio a visitar a los príncipes alemanes para invitarles al concilio, que debía celebrarse en Mantua. Vergerio fue a Berlín, donde se entrevistó con el elector Hohenzollern Joaquín II, que aún no se había pasado abiertamente al luteranismo; luego se trasladó a Wittenberg, para ver a Lutero. El nuncio le halló arrogante, casi demoníaco, pero obtuvo de él la promesa de presentarse en Mantua. Poco sospechaba entonces Vergerio que, trece años más tarde, él mismo se pasaría al protestantismo.

Es posible que la promesa de Lutero de asistir al concilio hubiera sido hecha en serio; valor personal nunca le faltó. Pero los príncipes de la Liga de Esmalcalda decidieron ya entonces no acudir al concilio, ni siquiera reconocerlo. Los afianzó en su actitud Enrique VIII, que había ya roto con la Iglesia, y también Francisco I, que, aunque católico, deseaba el fracaso del concilio, porque temía que su celebración redundara en un aumento de poder para su antiguo enemigo Carlos V.

A la antigua rivalidad entre Francisco I y Carlos V vino a añadirse, desde la muerte en 1535 del último Sforza, la cuestión de Milán. Los dos soberanos hacían valer sus derechos sobre este ducado. A Paulo III no le gustaba ninguno de los dos, pero se hubiera conformado con un príncipe francés. Estalló la guerra, con lo que no había que pensar en reunir un concilio. Al fin, Paulo III se trasladó personalmente a Niza y negoció allí separadamente con ambos soberanos. Consiguió al menos que cesaran las hostilidades.

Surgieron entonces nuevas dificultades por parte del duque de Mantua. Para celebrar el concilio en su capital puso tales condiciones que el papa tuvo que buscar otra ciudad. Ésta debía ser fácilmente accesible a los alemanes, sin encontrarse, empero, ni en territorio imperial ni dentro de los Estados de la Iglesia. Paulo se decidió por Vicenza, que pertenecía a Venecia.

Los legados papales entraron solemnemente en Vicenza, pero apenas compareció nadie más, y el papa tuvo que suspender el concilio antes de que pudiera inaugurarse. En aquel momento ni el emperador ni su hermano sentían el menor interés por el concilio. Lo único que les importaba era llegar a la unión con los protestantes, y confiaban en poder obtenerla con tratados y deliberaciones religiosas.

En el año 1542 Paulo III, que quería celebrar el concilio a toda costa, dio un nuevo paso para acercarse a los alemanes: trasladó el sínodo a territorio imperial, a Trento. Como legados envió a su mejor diplomático, Morone, y al cardenal inglés Pole, cuya actitud conciliadora era generalmente conocida. Sólo se presentaron unos pocos prelados. El enviado del emperador, Granvela, no hizo sino poner dificultades. En la participación de Francia no había que pensar, mientras no estuviera resuelto el conflicto con el emperador. Así el papa tuvo que suspender una vez más el concilio.

Finalmente, en el año 1544 Carlos V y Francisco I resolvieron sus diferencias sobre la cuestión milanesa en el tratado de Crespy. Ambos se declararon entonces en favor del concilio, y así el 13 de diciembre de 1545, más de diez años después de la primera convocación, pudo inaugurarse solemnemente. Presidentes eran los cardenales legados Monte, Cervini, Pole. Al principio sólo asistían veinticinco obispos, además de cinco generales de órdenes, entre ellos el eminente Seripando, general de los eremitas de san Agustín, la orden a la que había pertenecido Lutero.

Inmediatamente surgieron dificultades a propósito del orden en que debían tratarse las materias. El papa deseaba que ante todo se dictaran definiciones dogmáticas para poner en claro los puntos doctrinales discutidos. Carlos V quería dejar para más tarde las cuestiones teológicas, para no excitar a los protestantes, y proponía que se aprobaran primero los decretos de reforma, para demostrar ante los protestantes la buena voluntad de la Iglesia. Al fin se convino que en cada sesión se adoptaran contemporáneamente decretos dogmáticos y de reforma.

En el año 1546 se celebraron dos sesiones. En la primera, que es contada como la cuarta del concilio, se promulgó el decreto sobre el canon de la sagrada Escritura, y en la quinta el decreto sobre la doctrina del pecado original. El tiempo intermedio entre las dos se llenó con deliberaciones teológicas. Había aumentado el número de obispos asistentes, muchos de los cuales habían traído sus asesores teológicos.

Al año siguiente se presentaron también los enviados del rey de Francia. En la sexta sesión se aprobó el decreto sobre la justificación, que era el punto central de toda la polémica doctrinal. Este decreto dogmático es una obra maestra en su género, prudente y claro. En la séptima sesión se decidió la doctrina católica sobre los sacramentos en general y sobre el bautismo en particular. Entonces se produjo una interrupción.

La desdichada cuestión de Milán había dado lugar a un nuevo conflicto, esta vez entre el emperador y el papa. A Paulo III le hubiera gustado hacer duque de Milán a su hijo Pedro Luis, que era ya señor de Parma y Plasencia. Gonzaga, el gobernador imperial de Milán, creyó prestar un buen servicio al emperador haciendo asesinar a Pedro Luis Farnesio.

Paulo III, herido en lo más vivo por el crimen y sospechando, no sin motivo, que éste no se había perpetrado sin connivencia del emperador, cansado además, y ya de antes, de la excesiva presión que Carlos V ejercía en Trento, trasladó el concilio a Bolonia, o sea, a territorio de la Iglesia. Esto irritó sobremanera al emperador, el cual se retiró del concilio, en el preciso momento en que infligía en Mühlberg una decisiva derrota a la Liga de Esmalcalda. Antes de que pudiera llegarse a una reconciliación entre el emperador y el papa, murió Paulo III.

La conducta de Paulo III en la cuestión milanesa y el traslado del concilio, que equivalía a su disolución, fueron sin duda errores graves. Sin embargo, queda para Paulo III el mérito de haber llevado a efecto el concilio, sobreponiéndose a todas las dificultades, y de haberle fijado el método de trabajar más acertado. Sus sucesores pudieron recoger, en mejores circunstancias, la cosecha que él había sembrado.

Fdo. Cristobal Aguilar.

 


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti