LA ESPAÑA DEL CATOLICISMO - HISTORIA DE LA IGLESIA
Desde el retroceso de los árabes en el siglo XII y principios del
XIII existían en la península ibérica cuatro reinos: Portugal (reino
desde 1139), Castilla, Aragón y, al nordeste, la pequeña Navarra. En
Castilla y Aragón reinaban en el siglo XV dos líneas de la misma
dinastía: Enrique III († 1406) era rey de Castilla, y su hermano
Fernando († 1416) lo era de Aragón y Sicilia. La nieta de Enrique,
Isabel, casó en 1469 con el nieto de Fernando de Aragón, Fernando II, y a
partir de entonces quedaron unidos ambos reinos.
El último resto del dominio moro, el reino de Granada, fue
conquistado en 1492; en 1515 Navarra se juntó también a Castilla, de
modo que la península entera, con la única excepción de Portugal, quedó
unida en una sola monarquía.
Al mismo tiempo que la unión dinástica tuvo efecto la
transformación de un estado feudal de tipo medieval en un estado
territorial administrado por una jerarquía de funcionarios. Ésta fue la
obra de la extraordinaria pareja de soberanos Fernando e Isabel, que
hicieron de España una gran potencia europea y la elevaron también a una
gran potencia militar gracias a su Gran Capitán, Gonzalo Fernández de
Córdoba.
Fernando era un hombre tan falto de escrúpulos como los demás
príncipes del renacimiento, pero los superaba en dotes de gobernante;
Isabel era una figura ideal, la mujer fuerte de la Escritura, educada en
el humanismo, profundamente piadosa, virtuosa y de costumbres
intachables. Mérito suyo fue que el auge político de España fuera de la
mano con el religioso.
Dos grandes príncipes de la Iglesia dirigieron uno después de
otro la vida eclesiástica española. El primero fue don Pedro González de
Mendoza, hijo del famoso poeta marqués de Santillana. En 1473 fue
nombrado cardenal y canciller de Fernando e Isabel, en 1482 arzobispo de
Toledo y primado de España. Fue un gran pastor de almas, compuso un
catecismo y fundó muchas instituciones pías y magníficos edificios
religiosos. Era el tiempo del primer renacimiento español, conocido con
el nombre de estilo plateresco por la finura de sus elementos
decorativos.
A su muerte en 1495 Mendoza tuvo por sucesor al franciscano
Jiménez de Cisneros, confesor de Isabel, que aún había de superarle en
importancia. Ante todo, Cisneros fue un gran promotor de los estudios.
En 1500 fundó la universidad de Alcalá. En la ciencia bíblica es
conocido como editor de la primera políglota (1514).
La preocupación por mantener la unidad y la pureza de la fe
llegó algunas veces a la dureza. En el año 1492 fueron expulsados del
territorio español los judíos. Parte de ellos emigró a los Países Bajos,
y parte al Oriente, donde aún hoy se encuentran judíos que hablan
español. Los judíos y mahometanos que habían aceptado el bautismo,
siguieron siendo vigilados con desconfianza por la Inquisición.
Si afortunados fueron Fernando e Isabel en las tareas políticas de
su largo reinado, les persiguió en cambio la desdicha en su vida de
familia. De su descendencia sólo dos hijas llegaron a la madurez. La más
joven, Catalina, se casó, para su desgracia, con Enrique VIII de
Inglaterra; la mayor, heredera de la corona española, poco después de su
matrimonio con Felipe de Habsburgo, hijo del emperador Maximiliano, fue
víctima de una incurable perturbación mental.
Felipe murió ya en 1506, y así, a la muerte de Fernando el Católico, ocurrida en 1516, el hijo de Juana la Loca y nieto del emperador, Carlos V, que entonces contaba dieciséis años, heredó las coronas de Castilla, Navarra, Aragón, Sicilia y Nápoles, y al morir Maximiliano tres años después, recibió también todos los dominios austriacos, más los Países Bajos y la corona imperial alemana.
España, que desde 1492 había también adquirido amplias posesiones en América, se había convertido en un imperio mundial. La cultura y las costumbres españolas imprimieron su sello especial a todo el siglo XVI europeo, desde el arte militar hasta la moda en el vestir y el «ceremonial cortesano español», el cual, empero, era de origen borgoñón y no había entrado en España hasta Carlos V.
A principios del siglo XVI la población española debía ser de unos diez millones de almas, y parece que siguió aumentando durante un tiempo a despecho de la emigración a América, aunque la cifra de diecisiete millones que últimamente se ha dado para fines del siglo XVI es probablemente exagerada. La floración religiosa, iniciada bajo el gobierno de Fernando e Isabel, persistió todavía durante todo el siglo XVI.
La teología española ocupó el lugar que en la Edad Media había tenido París. Fueron sobre todo los dominicos los que destacaron en este campo: Francisco de Vitoria († 1546) y su discípulo Melchor Cano († 1560), el fundador de aquella rama de la ciencia teológica que hoy llamamos teología fundamental; Domingo de Soto († 1560); Bartolomé de Medina († 1581), fundador del sistema probabilista en la moral; finalmente el pugnaz Domingo Báñez († 1604). Hacia fines del siglo los jesuitas pudieron presentar también importantes figuras: el discutido Luis Molina († 1600), el agudo Gabriel Vázquez († 1604) y el más famoso de todos, Francisco Suárez († 1617). Entre los escritores ascéticos hay que nombrar el dominico Luis de Granada († 1588) y el jesuita Alfonso Rodríguez († 1616).
Mas ante todo España era en aquel tiempo una tierra de santos. Estrellas de primera magnitud son, además de san Ignacio de Loyola († 1556) y san Francisco Javier († 1552), los dos reformadores de la orden carmelita, santa Teresa de Jesús († 1582) y el doctor de la Iglesia san Juan de la Cruz (†1591). Junto a ellos se alinean los franciscanos san Pedro de Alcántara († 1562) y san Pascual Bailón († 1592), el agustino santo Tomás de Villanueva († 1555, siendo arzobispo de Valencia), san Francisco de Borja, duque de Gandía antes de su ingreso en la Compañía de Jesús († 1572), el beato Juan de Ávila, apóstol de Andalucía († 1569).
Fdo. Cristobal Aguilar.
