Viernes, 09 de julio de 2010

LA APOSTAS?A EN LA IGLESIA ANTIGUA

As? fue como a mediados del siglo XVI una gran parte de Europa se separ? de la Iglesia: Inglaterra, todos los pa?ses ribere?os del B?ltico y muchos estados del centro de Alemania. A ellos se unieron pronto los Pa?ses Bajos. Estos pa?ses formaban un bloque hasta cierto punto unitario, de modo que ahora la Iglesia se encontraba con una frontera geogr?fica en el norte, que discurr?a hacia el este desde la desembocadura del Rin, del mismo modo como en el siglo VII el Islam hab?a establecido una frontera en el sur.

Pero aun dentro de estas fronteras la existencia de la Iglesia se ve?a amenazada en muchos puntos. Tambi?n en Alemania del sur y en Suiza se hab?an separado regiones enteras, y por doquier aparec?an islotes y centros luteranos o calvinistas: en la parte cat?lica de Alemania, en Austria, Hungr?a, Transilvania, Polonia, Francia y Escocia. Totalmente cat?licas s?lo segu?an si?ndolo Italia y Espa?a.

Num?ricamente, la mayor parte de la poblaci?n se manten?a fiel al catolicismo. A mediados del siglo XVI la poblaci?n europea, sin Rusia y los pa?ses balc?nicos, puede calcularse en unos sesenta millones de habitantes, de los cuales se hab?an separado de la Iglesia de quince a veinte millones, o sea casi un tercio. Nunca hab?a sufrido la Iglesia una p?rdida tan grande, ni siquiera en el siglo V, cuando se separaron de ella los nestorianos y los monofisitas, que en conjunto apenas contaban m?s de tres o cuatro millones. Tampoco puede compar?rsele el cisma de Bizancio, pues cuando se separ? la Iglesia bizantina hab?a menguado mucho el n?mero de cristianos en los antiguos territorios griegos, y las estepas rusas, comparadas con lo que hab?an de ser m?s tarde, estaban a?n casi despobladas.

?C?mo pudo ocurrir una apostas?a de tales proporciones, consumada adem?s, en unos pocos decenios y sin una conquista exterior? Desde antiguo, esta pregunta ha dado que hacer a los historiadores de todas las tendencias.
No puede decirse ?como a veces se hace? que en el seno de la Iglesia obraran fuerzas centr?fugas ya desde tiempo atr?s: desde el gran cisma, por no decir desde Avi??n. Justamente con ocasi?n del gran cisma la voluntad de unidad eclesi?stica que animaba a los pueblos europeos se hab?a manifestado como una especie de furor elemental. Esto fue lo que frustr? el s?nodo de Basilea, que nadie quer?a oir hablar de una nueva escisi?n de la Iglesia. Y desde entonces hasta Lutero hab?an pasado casi cien a?os.

La opini?n m?s difundida es que la corrupci?n de la Iglesia en el siglo XV y principios del XVI hab?a de conducir a la separaci?n por una especie de necesidad natural. Al decir esto se piensa en primer lugar en la mundanizaci?n de la corte pontificia. En cierto modo, Lutero hubiera sido la reacci?n contra Alejandro VI. Pero esto es dif?cilmente defendible. En la Historia, sirven de muy poco las f?rmulas simplistas como ?sta. Abusos y corrupciones los ha habido siempre en la Iglesia, unas veces m?s y otras menos.

La par?bola del trigo y la ciza?a es de aplicaci?n en todos los tiempos. Las irregularidades en el gobierno de la Iglesia han dado lugar a frecuentes pol?micas y actos de indisciplina, pero nunca a cambiar de religi?n, a la aparici?n de una herej?a. Las numerosas herej?as con que nos encontramos en el curso de la historia eclesi?stica, empezando con los gn?sticos y los arrianos para terminar con los jansenistas, ?viejos cat?licos? y modernistas, no fueron nunca reacciones contra abusos, nunca surgieron en tiempos y lugares en que la vida religiosa estuviera en decadencia, sino m?s bien fueron fruto de una atm?sfera de elevada tensi?n religiosa.

Si la corrupci?n de la Iglesia hubiera sido la causa de la separaci?n, entonces la l?nea de ruptura hubiera discurrido en muy distinto sentido. Los que hubieran vuelto la espalda a la Iglesia hubieran sido justamente los mejores elementos, al no encontrar en la vieja Iglesia posibilidad de satisfacer sus ansias ideales; y se hubieran separado para fundar una Iglesia nueva, m?s ideal y pura.

Pero nadie dir? que fuera ?ste el caso. Cierto es que aun entre los reformadores que apostataron entonces hab?a muchos idealistas; pero lo que ocurri? no fue en modo alguno una escisi?n del mundo en dos campos, el de los buenos y el de los malos. La l?nea de separaci?n corr?a m?s bien a trav?s de la masa, cort?ndola a capricho, dejando cosas buenas y malas a ambos lados.

Tampoco es acertado decir que la separaci?n tuviera un car?cter nacional y que en ella se expresara la ?ndole de los pueblos, como si el catolicismo estuviera mejor adaptado al modo de ser latino y el protestantismo al germ?nico. La apostas?a de Inglaterra nada tuvo que ver con el car?cter germ?nico; que Francia volviera al seno de la Iglesia despu?s de estar a punto de separarse, no dependi? en absoluto de su esp?ritu latino. En Alemania tan germanos eran los de un lado como los de otro de la l?nea. Adem?s, si se pretende hacer del luteranismo una creaci?n germ?nica, hay que conceder al menos el car?cter latino del calvinismo.

Es tambi?n totalmente desacertado decir que el catolicismo se aviniera poco con el car?cter alem?n. Toda la Edad Media alemana es prueba de lo contrario. El alem?n que as? hable, deber?a renegar de todo el pasado de su naci?n, de sus emperadores cat?licos, de sus caballeros y cruzados, de sus pensadores y m?sticos, de las catedrales alemanas y de los santos alemanes. La m?s cat?lica de todas las devociones, la devoci?n al santo sacramento y el culto a la Virgen echaron en Alemania ra?ces m?s tenaces que en ninguna otra parte. La fiesta del Corpus Cristi es casi una fiesta alemana, nacida en Lieja, entonces ciudad imperial, y difundida en los Pa?ses Bajos antes de que el papa la estableciera en toda la Iglesia.

Poco ayudan estos t?picos para acercarse al n?cleo de la verdad hist?rica. La historia es obra de los individuos. No obra en ella ning?n fatum, no obedece a leyes necesarias ni sigue una evoluci?n ciega. De no haber aparecido Lutero, o de haber ?ste procedido de otro modo, la historia de Alemania hubiera tomado un rumbo distinto, y si Enrique VIII hubiera podido dominar sus pasiones, Inglaterra no hubiese sucumbido a la apostas?a. La responsabilidad aut?ntica incumbe a los pr?ncipes individuales, a los electores de Sajonia y Brandenburgo, al landgrave de Hessen, al gran maestre de la orden teut?nica, a los reyes de Suecia, Dinamarca e Inglaterra.

Si la corrupci?n de la Iglesia hubiera debido conducir necesariamente a la separaci?n, entonces el resultado habr?a sido el mismo en todas partes. Pero la tan decantada corrupci?n exist?a tanto en los pa?ses y estados que al final quedaron fieles al catolicismo, como en los otros. Tambi?n aqu? la cosa dependi? de los individuos singulares. All? donde el pr?ncipe se mantuvo cat?lico, como en Baviera, o donde hubo personas que opusieron resistencia, como en Colonia, tambi?n la poblaci?n sigui? siendo cat?lica.

En lo que afecta a Alemania, apenas habr? hoy un solo alem?n que no lamente la divisi?n religiosa de su pa?s. El cat?lico lamentar? que se produjera la Reforma, el protestante que ?sta no consiguiera imponerse del todo. Pero todo el mundo lamenta la partici?n, pues represent? para Alemania una desgracia peor que la derrota en dos guerras mundiales.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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