LA APOSTASÍA EN LA IGLESIA ANTIGUA
Así fue como a mediados del siglo XVI una gran parte de Europa se
separó de la Iglesia: Inglaterra, todos los países ribereños del Báltico
y muchos estados del centro de Alemania. A ellos se unieron pronto los
Países Bajos. Estos países formaban un bloque hasta cierto punto
unitario, de modo que ahora la Iglesia se encontraba con una frontera
geográfica en
el norte, que discurría hacia el este desde la desembocadura del
Rin, del mismo modo como en el siglo VII el Islam había establecido una
frontera en el sur.
Pero aun dentro de estas fronteras la existencia de la Iglesia se veía amenazada en muchos puntos. También en Alemania del sur y en Suiza se habían separado regiones enteras, y por doquier aparecían islotes y centros luteranos o calvinistas: en la parte católica de Alemania, en Austria, Hungría, Transilvania, Polonia, Francia y Escocia. Totalmente católicas sólo seguían siéndolo Italia y España.
Numéricamente, la mayor parte de la población se mantenía fiel al catolicismo. A mediados del siglo XVI la población europea, sin Rusia y los países balcánicos, puede calcularse en unos sesenta millones de habitantes, de los cuales se habían separado de la Iglesia de quince a veinte millones, o sea casi un tercio. Nunca había sufrido la Iglesia una pérdida tan grande, ni siquiera en el siglo V, cuando se separaron de ella los nestorianos y los monofisitas, que en conjunto apenas contaban más de tres o cuatro millones. Tampoco puede comparársele el cisma de Bizancio, pues cuando se separó la Iglesia bizantina había menguado mucho el número de cristianos en los antiguos territorios griegos, y las estepas rusas, comparadas con lo que habían de ser más tarde, estaban aún casi despobladas.
¿Cómo pudo ocurrir una apostasía de tales proporciones,
consumada además, en unos pocos decenios y sin una conquista exterior?
Desde antiguo, esta pregunta ha dado que hacer a los historiadores de
todas las tendencias.
No puede decirse —como a veces se hace— que en el seno de la
Iglesia obraran fuerzas centrífugas ya desde tiempo atrás: desde el gran
cisma, por no decir desde Aviñón. Justamente con ocasión del gran cisma
la voluntad de unidad eclesiástica que animaba a los pueblos europeos
se había manifestado como una especie de furor elemental. Esto fue lo
que frustró el sínodo de Basilea, que nadie quería oir hablar de una
nueva escisión de la Iglesia. Y desde entonces hasta Lutero habían
pasado casi cien años.
La opinión más difundida es que la corrupción de la Iglesia en el siglo XV y principios del XVI había de conducir a la separación por una especie de necesidad natural. Al decir esto se piensa en primer lugar en la mundanización de la corte pontificia. En cierto modo, Lutero hubiera sido la reacción contra Alejandro VI. Pero esto es difícilmente defendible. En la Historia, sirven de muy poco las fórmulas simplistas como ésta. Abusos y corrupciones los ha habido siempre en la Iglesia, unas veces más y otras menos.
La parábola del trigo y la cizaña es de aplicación en todos los tiempos. Las irregularidades en el gobierno de la Iglesia han dado lugar a frecuentes polémicas y actos de indisciplina, pero nunca a cambiar de religión, a la aparición de una herejía. Las numerosas herejías con que nos encontramos en el curso de la historia eclesiástica, empezando con los gnósticos y los arrianos para terminar con los jansenistas, «viejos católicos» y modernistas, no fueron nunca reacciones contra abusos, nunca surgieron en tiempos y lugares en que la vida religiosa estuviera en decadencia, sino más bien fueron fruto de una atmósfera de elevada tensión religiosa.
Si la corrupción de la Iglesia hubiera sido la causa de la separación, entonces la línea de ruptura hubiera discurrido en muy distinto sentido. Los que hubieran vuelto la espalda a la Iglesia hubieran sido justamente los mejores elementos, al no encontrar en la vieja Iglesia posibilidad de satisfacer sus ansias ideales; y se hubieran separado para fundar una Iglesia nueva, más ideal y pura.
Pero nadie dirá que fuera éste el caso. Cierto es que aun entre los reformadores que apostataron entonces había muchos idealistas; pero lo que ocurrió no fue en modo alguno una escisión del mundo en dos campos, el de los buenos y el de los malos. La línea de separación corría más bien a través de la masa, cortándola a capricho, dejando cosas buenas y malas a ambos lados.
Tampoco es acertado decir que la separación tuviera un carácter nacional y que en ella se expresara la índole de los pueblos, como si el catolicismo estuviera mejor adaptado al modo de ser latino y el protestantismo al germánico. La apostasía de Inglaterra nada tuvo que ver con el carácter germánico; que Francia volviera al seno de la Iglesia después de estar a punto de separarse, no dependió en absoluto de su espíritu latino. En Alemania tan germanos eran los de un lado como los de otro de la línea. Además, si se pretende hacer del luteranismo una creación germánica, hay que conceder al menos el carácter latino del calvinismo.
Es también totalmente desacertado decir que el catolicismo se aviniera poco con el carácter alemán. Toda la Edad Media alemana es prueba de lo contrario. El alemán que así hable, debería renegar de todo el pasado de su nación, de sus emperadores católicos, de sus caballeros y cruzados, de sus pensadores y místicos, de las catedrales alemanas y de los santos alemanes. La más católica de todas las devociones, la devoción al santo sacramento y el culto a la Virgen echaron en Alemania raíces más tenaces que en ninguna otra parte. La fiesta del Corpus Cristi es casi una fiesta alemana, nacida en Lieja, entonces ciudad imperial, y difundida en los Países Bajos antes de que el papa la estableciera en toda la Iglesia.
Poco ayudan estos tópicos para acercarse al núcleo de la verdad histórica. La historia es obra de los individuos. No obra en ella ningún fatum, no obedece a leyes necesarias ni sigue una evolución ciega. De no haber aparecido Lutero, o de haber éste procedido de otro modo, la historia de Alemania hubiera tomado un rumbo distinto, y si Enrique VIII hubiera podido dominar sus pasiones, Inglaterra no hubiese sucumbido a la apostasía. La responsabilidad auténtica incumbe a los príncipes individuales, a los electores de Sajonia y Brandenburgo, al landgrave de Hessen, al gran maestre de la orden teutónica, a los reyes de Suecia, Dinamarca e Inglaterra.
Si la corrupción de la Iglesia hubiera debido conducir necesariamente a la separación, entonces el resultado habría sido el mismo en todas partes. Pero la tan decantada corrupción existía tanto en los países y estados que al final quedaron fieles al catolicismo, como en los otros. También aquí la cosa dependió de los individuos singulares. Allí donde el príncipe se mantuvo católico, como en Baviera, o donde hubo personas que opusieron resistencia, como en Colonia, también la población siguió siendo católica.
En lo que afecta a Alemania, apenas habrá hoy un solo alemán que no lamente la división religiosa de su país. El católico lamentará que se produjera la Reforma, el protestante que ésta no consiguiera imponerse del todo. Pero todo el mundo lamenta la partición, pues representó para Alemania una desgracia peor que la derrota en dos guerras mundiales.
Fdo. Cristobal Aguilar.
