EL DIVORCIO DE ENRIQUE VIII y LA FIGURA DE TOMÁS MORO
Su esposa era Catalina, hija de los Reyes Católicos Fernando e
Isabel, hermana menor de Juana la Loca, la madre de Carlos V. El
matrimonio fue feliz en sus primeros tiempos; luego Enrique VIII empezó a
ser infiel a su mujer y al final concibió el proyecto de casarse con su
amante del momento, Ana Bolena, y hacerla reina. Acudiendo a los más
sutiles sofismas, intentó entablar un proceso de divorcio, en lo que le
ayudó Wolsey.
Éste creía al principio que sólo se trataba de separarse de Catalina, y cuando salió de su error no tuvo ya ánimos para volverse atrás. Ante las apremiantes instancias del rey, Clemente VII, que después del saco de Roma estaba en Orvieto como un miserable refugiado, le concedió una especie de dispensa para el caso de que su matrimonio con Catalina fuera declarado inválido. Clemente VII sabía muy bien que tal cosa no ocurriría nunca, pero con ésta y otras actitudes creía poder ganar tiempo; lo que en realidad hizo fue dar la impresión de que el rey tenía aún posibilidades de salirse con la suya.
Entre estas infructuosas negociaciones pasaron algunos años.
Wolsey murió en desgracia. En su lugar Enrique nombró al arzobispo de
Canterbury, Tomás Cranmer, hombre dúctil y sin escrúpulos, el cual cortó
por lo sano y declaró sin más ni más la nulidad del matrimonio con
Catalina. Enrique VIII ni siquiera había esperado eso para declarar
públicamente reina a Ana Bolena.
Clemente VII vio que nada podía esperarse ya de las
dilaciones, y cumplió con su deber al declarar inválido el nuevo
matrimonio con Ana Bolena mientras viviera Catalina; al propio tiempo
excomulgó al rey. Ante eso Enrique VIII declaró ante el parlamento del
año 1534 que la Iglesia inglesa quedaba separada de la romana y
substituyó la jurisdicción papal por la supremacía del rey.
Esta separación no implicaba ni un nuevo culto ni una nueva
doctrina. A los ojos de muchos no se trataba de otra cosa que de uno de
esos conflictos entre el rey y el papa, que habían sido tan frecuentes
en la Edad Media y que hasta el emperador Carlos V, con toda su adhesión
a la Iglesia, había tenido recientemente con Clemente VII. Así fue muy
escasa la resistencia despertada por la innovación en la Iglesia
inglesa, habituada a la más estricta sumisión por el régimen de Wolsey.
Algunos recalcitrantes, como el obispo de Rochester, Juan Fisher, que
defendió los derechos de la reina Catalina, y el jurista y político
Tomás Moro, fueron ajusticiados.
Tomás Moro es una de las figuras más nobles de toda la historia inglesa. Precoz y cultísimo, un humanista de fama europea, ganada sobre todo por su libro Utopía, descripción de una especie de estado ideal cuyo nombre ha pasado a todas las lenguas modernas, además un padre de familia modelo, siempre jovial e ingenioso en sociedad, había hecho una brillante carrera como speaker del Parlamento y en diversos cargos oficiales, hasta que Enrique VIII lo nombró lord canciller en substitución de Wolsey.
Moro había abrigado la esperanza de poder reconducir al rey, que lo tenía en gran aprecio, por el camino recto, y cuando se convenció de que esto no era posible, se retiró a la vida privada.
Se negó rotundamente a prestar el juramento por el que se reconocía la supremacía eclesiástica del rey, y esto le costó la vida. En 1886 fue beatificado por León XIII junto con otros cincuenta y tres mártires ingleses, y Pío XI lo canonizó al mismo tiempo que a Juan Fisher.
Fdo. Cristobal Aguilar.
