miércoles, 07 de julio de 2010

LA REFORMA EN SUIZA - HISTORIA DE LA IGLESIA

En Suiza el sacerdote secular Ulrico Zuinglio provocó, a partir de 1519, un movimiento de apostasía, independiente del promovido en Sajonia aunque en sus doctrinas fuertemente influido por Lutero.

De todos modos, Zuinglio discrepa de Lutero en puntos esenciales, sobre todo en la doctrina del sacramento del altar. Lutero afirmaba tajantemente la presencia de Cristo en la comunión, aunque negaba la transubstanciación del pan y el vino y despojaba a la santa misa de su carácter de sacrificio, declarándola un acto de idolatría; Zuinglio negaba en cambio la presencia real de Cristo.

Ello dio lugar a vehementes disputas entre luteranos y zuinglianos, y aun más tarde continuaron separadas la confesión de Augsburgo y la confesión helvética.

Pronto se llegó en Suiza a una guerra civil entre los cantones zuinglianos y los que se habían mantenido católicos.

Los católicos vencieron en la batalla de Kappel, en la que cayó el propio Zuinglio, pero en la paz subsiguiente se reconoció la igualdad de derechos de ambas religiones, la helvética y la católica, con lo que vino a establecerse en Suiza una situación análoga a la que la paz de Augsburgo había creado en Alemania.

 

Mucha mayor importancia que Zuinglio, puesto que su influjo rebasó ampliamente las fronteras de Suiza, tuvo Juan Calvino, nacido en la ciudad francesa de Noyon, el cual en su obra dogmática Institutio christianae religionis, publicada en 1536, propuso la doctrina de la inmutable predestinación del hombre, sea para su salvación, sea para su condenación.

Era una doctrina a la que también Lutero se había a veces aproximado peligrosamente, y no podía ser de otro modo, desde el momento en que negaba el libre albedrío; pero Lutero no había osado ir hasta las últimas consecuencias. Esto es lo que ahora hizo Calvino, con una dialéctica implacable.

Como bajo el gobierno de Francisco I no se toleraba en Francia la presencia de no católicos, Calvino se estableció en Ginebra. Esta ciudad pertenecía entonces al Imperio alemán, y su señor nominal era el obispo, que desde 1535 residía en Annecy, bajo la soberanía del duque de Saboya en calidad de vicario imperial. De hecho, la ciudad era independiente.

Calvino instauró allí una especie de república teocrática que él mismo rigió con gran rigor hasta su muerte ocurrida en 1564. En 1556 fundó la academia teológica en la que eran educados los maestros de la nueva doctrina, destinados andando el tiempo a difundirla por muchos países, en Francia, Inglaterra, Escocia, parte de los Países Bajos y Alemania, y hasta Hungría.

El calvinismo era una teología en mayor grado que el luteranismo, al cual mejor podría designársele como un método. De ahí que el calvinismo se difundiera sobre todo por obra de teólogos aislados y no conquistara como el luteranismo territorios enteros, sino sólo individuos y grupos, en los que echaba muy profundas raíces.

 

En el siglo XV Inglaterra había pasado por crisis muy graves. La guerra llamada de los Cien años, aunque en realidad fue mucho más larga, en la que Inglaterra conquistó temporalmente la mitad de Francia, había terminado con la pérdida de todas las posesiones continentales y con un completo agotamiento del país.

La guerra de las Dos rosas, que la siguió inmediatamente, o sea, la guerra entre las dos líneas de la casa real, Lancaster y York, universalmente conocida gracias a los dramas históricos de Shakespeare, acarreó la ruina de las dos dinastías.

Finalmente, en 1485 Enrique VII, de la casa de los Tudor, un político de dotes poco comunes, reunió en sus manos todo el poder, y como la antigua nobleza feudal había quedado prácticamente eliminada en las guerras dinásticas, pudo introducir la monarquía absoluta con una administración centralizada y una jerarquía de funcionarios, con lo que vino a producirse en Inglaterra el mismo proceso que contemporáneamente ocurría en Francia y en España.

El país se repuso con sorprendente rapidez. Aun hoy son característicos de Inglaterra los numerosos edificios procedentes de esta época y construidos en aquella forma del gótico tardío que conocemos con el nombre de estilo Tudor.

A Enrique VII le sucedió en 1509 su hijo Enrique VIII, de dieciocho años, gobernante no menos capaz que su padre, pero aún más despótico, de carácter inconstante y desprovisto de principios morales. Su canciller era el cardenal Wolsey. Wolsey ambicionaba llegar a papa, y de hecho gobernaba como un papa la Iglesia inglesa, sobre todo desde que Adriano VI le nombró legado vitalicio, con muy extensos poderes.

La tutela de Wolsey, de la que es aún hoy testimonio el famoso Christ Church College de Oxford, hubiera podido ser muy beneficiosa para la Iglesia inglesa, de haber sido aquél una personalidad como Cisneros, que justamente entonces ocupaba en España una situación análoga.

Después de la aparición de Lutero, Enrique VIII publicó un escrito contra él, por lo cual León X le concedió el título de «defensor de la Fe», título que aún hoy ostentan los reyes de Inglaterra. Lo que decidió a Enrique VIII a separarse de la Iglesia no fueron sus convicciones doctrinales, sino la cuestión de su matrimonio.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.

 


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti