Martes, 06 de julio de 2010

LOS COMIENZOS DE LA APOSTAS?A Y LUTERO

Despu?s de la excomuni?n de 1521 Lutero se encontraba en una situaci?n muy poco favorable. El emperador lo declar? proscrito, muchas universidades, entre ellas la de Par?s que segu?a siendo una potencia europea, se pronunciaron en contra de ?l, el rey de Inglaterra Enrique VIII escribi? contra ?l un libro. Pero entonces intervinieron los pr?ncipes alemanes, en especial el elector de Sajonia, del que Lutero era s?bdito. Para substraerlo a la proscripci?n dictada por el emperador, le hizo ocultar en la fortaleza de Wartburg, donde empez? su admirable traducci?n de la Biblia, y permiti? que los amigos de Lutero abolieran en Wittenberg el culto cat?lico y que los sacerdotes se casaran.

El propio Lutero no se cas? hasta 1525. Como el emperador se hab?a marchado a Espa?a, los pr?ncipes cat?licos tomaron el asunto en sus manos y formaron una liga para proteger la religi?n. Los principales eran el archiduque Fernando, hermano de Carlos V, el duque de Baviera y los pr?ncipes-obispos del sur. Los pr?ncipes que estaban al lado de Lutero y del elector de Sajonia, contestaron con la liga de Torgau. Para evitar la guerra civil, la dieta de Espira decidi? en 1526 que, por el momento, cada pr?ncipe introdujera o conservara en sus dominios la forma de la religi?n que mejor le pareciera, hasta que el concilio general que se cre?a inminente resolviera definitivamente la cuesti?n. En aquel tiempo el conflicto era todav?a considerado como una pol?mica entre cat?licos, y en la asamblea de todos los obispos cat?licos se ve?a la ?ltima instancia a la que todos deber?an someterse.

En aquel mismo y fatal a?o de 1526, en que los pr?ncipes luteranos formaron su liga y la Dieta les reconoci? el derecho de reformar la religi?n? Clemente VII concert? la desdichada Liga de Cognac contra el emperador, prestando as? a los pr?ncipes luteranos el mejor servicio que ?stos pod?an esperar.

Adem?s de Sajonia, hicieron en seguida uso del derecho de reforma Hessen, Mecklemburgo y Brunswick, as? como diversas ciudades imperiales. La Prusia Oriental, bajo la orden de los caballeros teut?nicos, se hab?a hecho ya luterana el a?o anterior, cuando el gran Maestre Alberto de Brandenburgo la transform? en un ducado secular puesto bajo la soberan?a feudal del rey de Polonia. Los r?pidos progresos realizados por la reforma alarmaron a los dem?s pr?ncipes, y en una nueva dieta reunida en Espira en 1529 se acord? que no se hicieran m?s reformas hasta la reuni?n del concilio. Seis pr?ncipes del Imperio y catorce ciudades protestaron contra este acuerdo, y de ah? les vino el nombre de ?protestantes?.

Carlos V, despu?s de hacer la paz con el papa y de recibir la corona imperial, regres? a Alemania y convoc? para 1530 una dieta en Augsburgo. En ella los protestantes presentaron un s?mbolo detallado de su fe, la famosa Confessio Augustana. Su autor hab?a sido Melanchthon, fiel colaborador de Lutero y mejor te?logo que ?ste, a pesar de ser seglar. Carlos V no quiso entrar en negociaciones y se limit? a ordenar a todos que volvieran a la fe cat?lica.

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Los pr?ncipes protestantes, cuyo n?mero iba en aumento, formaron en Esmalcalda una nueva liga contra el emperador. Vino en su apoyo una nueva incidencia: los turcos, que ya en 1529 hab?an sitiado a Viena, hac?an progresos cada vez m?s inquietantes, y el emperador necesitaba la ayuda de todos los pr?ncipes alemanes para proteger el Imperio de este peligro.

Los protestantes aprovecharon los apuros de Carlos V para arrancarle concesiones: en el compromiso de Nuremberg de 1532 el emperador tuvo que concederles, a cambio de su cooperaci?n en la guerra contra los turcos, el mantenimiento del status quo hasta la celebraci?n del concilio. Pero ya nadie pensaba seriamente en la celebraci?n de ?ste. Cuando finalmente el papa Paulo III, en el a?o 1536, convoc? la tan solicitada asamblea eclesi?stica, los pr?ncipes protestantes y el propio Lutero se negaron a participar en ella. Durante la ausencia del emperador los rebeldes ganaron nuevos miembros para la Liga de Esmalcalda, en contra de lo convenido en Nuremberg.

Entonces el emperador se resolvi? a intervenir con las armas. Volvi? a Alemania y derrot? en 1547 a la Liga de Esmalcalda en la batalla de M?hlberg. Lo ?nico que exigi? a los vencidos fue que se sometieran al concilio que en el entretanto se hab?a reunido en Trento. Lutero hab?a muerto el a?o anterior. De nuevo la causa protestante/parec?a perdida.

Pero sobrevino entonces un nuevo golpe teatral. Justamente mientras Carlos V se aprestaba para la batalla de M?hlberg, Paulo III traslad? el concilio de Trento a Bolonia. El emperador se sinti? personalmente ofendido por esta medida, adoptada contra sus expresos deseos; cre?a, en efecto, que un concilio celebrado en el territorio del Estado Pontificio no ofrecer?a a los protestantes las necesarias garant?as de independencia.

Por consiguiente, se desinteres? del concilio y determin? llegar por su cuenta a un arreglo con los protestantes haci?ndoles concesiones. Era un proceder de lo m?s delicado: aquel mismo proceder que m?s de una vez hab?an intentado los emperadores bizantinos para reconciliarse con los herejes de la antig?edad y que siempre hab?a terminado en fracaso. Pero Carlos V no era un te?logo, y todo lo ve?a desde el punto de vista del gobernante. Public?, por tanto, en la dieta de Augsburgo el llamado interim, una especie de f?rmula de fe neutral con concesiones como el c?liz de los laicos, el matrimonio de los sacerdotes y la secularizaci?n de los bienes eclesi?sticos.

No comprend?a que por este camino no se podr?a nunca evitar la divisi?n religiosa, tan avanzada ya. De todos modos, pudo arrancar a los pr?ncipes protestantes la promesa de asistir al concilio, una vez que el sucesor de Paulo III hubo vuelto a trasladar la asamblea a Trento; pero un nuevo golpe vino a frustrar definitivamente sus intentos de pacificaci?n, ya de suyo poco prometedores.

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El elector de Sajonia hab?a concertado una secreta alianza con Francia y se preparaba para dar un golpe de estado. Su plan consist?a en sorprender al emperador en Innsbruck y apoderarse de su persona. Carlos V pudo escapar en el ?ltimo momento, pero no estando en situaci?n de luchar al mismo tiempo con los turcos, con Francia y con los pr?ncipes protestantes, concert? con estos ?ltimos una especie de armisticio, el tratado de Passau de 1552. El resto lo dej?, cansado ya del gobierno, a su hermano Fernando, a quien ya en 1531 hab?a hecho elegir como rey de Alemania. Fernando en 1555 concluy? en Augsburgo la paz definitiva con los protestantes sobre las bases siguientes:

1.? A la nueva religi?n surgida con arreglo a la Confessio Augustana de 1530, se le reconoce en el Imperio la igualdad de derechos con la cat?lica.

2.? Qu? religi?n debe prevalecer en cada territorio, lo decidir?n los pr?ncipes, no los s?bditos, los cuales empero podr?n emigrar, si no quieren amoldarse a la fe de su pr?ncipe.

3.? Los pr?ncipes espirituales (obispos, abades) que quieran abrazar la nueva religi?n, podr?n hacerlo a t?tulo personal, pero perder?n su territorio, puesto que no lo poseen por herencia.

De este modo se restableci? la paz en Alemania, al menos exteriormente. El principio de que el se?or pueda decidir la fe de sus s?bditos, hoy nos parece todo lo contrario de justo, pero sirvi? al menos para delimitar las fronteras de la apostas?a.

Desde aquel momento Alemania qued? dividida en un gran n?mero de territorios, grandes, medianos y peque?os, pertenecientes a distintas religiones. Pues que se trataba de dos distintas religiones, ya nadie pod?a dudarlo. Los protestantes rechazaban la autoridad del papa y de los concilios, el magisterio eclesi?stico, la ordenaci?n de obispos y sacerdotes, el sacrificio de la misa, el culto a la Madre de Dios y a los santos, la doctrina de la justificaci?n por los sacramentos y las buenas obras, el sacramento de la penitencia, la inspiraci?n de ciertas partes de la Biblia y muchas otras doctrinas, de modo que del catecismo cat?lico no quedaba apenas m?s que la fe en la Trinidad y en la divinidad de Cristo. No pertenec?an ya a la Iglesia cat?lica ni quer?an pertenecer a ella.

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La vida de Carlos V fue una vida tr?gica, como la de su hijo Felipe II y la de tantos otros grandes monarcas. Era un gran se?or de cuerpo entero, un soberano de ese noble y viril tipo del que hoy apenas quedan ejemplos. D?bil de cuerpo y atormentado ya muy pronto por la gota, era sin embargo un maestro en todas las artes de la caballer?a, un consumado jinete y afortunado caudillo.

Por su temperamento era un melanc?lico. Nunca re?a. Ya a su abuelo, el siempre jovial emperador Maximiliano, le desagradaba la excesiva seriedad del muchacho. En su madurez, esta seriedad degeneraba a menudo en hipocondr?a, herencia quiz? de su madre, la desdichada Juana la Loca, y paralizaba la voluntad. Contribu?a a agravar su gravedad innata el alto sentimiento que ten?a de su responsabilidad.

No conoc?a la vanidad ni el orgullo, pero ser rey significaba para ?l ser un vicario de Dios. Se sent?a responsable del destino de la Iglesia y de la salvaci?n de las almas que poblaban el Imperio a ?l confiado. Y estos deberes procuraba cumplirlos con el papa o sin el papa, y en caso necesario contra el papa.

Esto ?ltimo es tanto m?s compresible si recordamos con qu? pont?fices tuvo principalmente que tratar: el fr?volo Le?n X y el incapaz Clemente VII. En cuestiones eclesi?sticas Carlos V cometi? frecuentes y graves errores. No era te?logo y, a pesar de sus muchos consejeros, eclesi?sticos y seculares, fue siempre un solitario. Pero incluso cuando se equivocaba, cre?a cumplir con su deber. Carlos V estaba por encima de las naciones.

Sus consejeros m?s ?ntimos pod?an ser belgas, como Granvela, o piamonteses, como Gattinara, o espa?oles, como Loaysa. Al principio se portaba m?s bien como un holand?s ?era un Habsburgo nacido en Gante?, pero su lengua materna era el franc?s; m?s tarde se inclin? m?s hacia Espa?a, aunque nunca lleg? a ser del todo espa?ol como su hijo Felipe II. Profundamente piadoso, dedicaba mucho tiempo a la oraci?n y a la penitencia; pero tambi?n pag? su tributo a la humana flaqueza.

Del tiempo de su matrimonio con Isabel de Portugal tuvo una hija natural, Margarita, y del tiempo de su viudez, un hijo, el famoso vencedor de Lepanto don Juan de Austria. La manera como termin? su vida demostr? cu?n poco ambicionaba el poder. Ya en 1521 hab?a cedido a su hermano Fernando la herencia austriaca, y en 1531 le dio adem?s la corona real alemana; en 1555 cedi? los Pa?ses Bajos y Borgo?a a su hijo Felipe, y al a?o siguiente le pas? tambi?n la corona de Espa?a y N?poles.

Finalmente, abdic? tambi?n como emperador y se retir? a una casa junto al monasterio de Jer?nimos de Yuste, no como monje sino como un particular piadoso. All? muri? en 1558, a la edad de s?lo cincuenta y ocho a?os.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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