LOS COMIENZOS DE LA APOSTASÍA Y LUTERO
Después de la excomunión de 1521 Lutero se encontraba en una
situación muy poco favorable. El emperador lo declaró proscrito, muchas
universidades, entre ellas la de París que seguía siendo una potencia
europea, se pronunciaron en contra de él, el rey de Inglaterra Enrique
VIII escribió contra él un libro. Pero entonces intervinieron los
príncipes alemanes, en especial el elector de Sajonia, del que Lutero
era súbdito. Para substraerlo a la proscripción dictada por el
emperador, le hizo ocultar en la fortaleza de Wartburg, donde empezó su
admirable traducción de la Biblia, y permitió que los amigos de Lutero
abolieran en Wittenberg el culto católico y que los sacerdotes se
casaran.
El propio Lutero no se casó hasta 1525. Como el emperador se había marchado a España, los príncipes católicos tomaron el asunto en sus manos y formaron una liga para proteger la religión. Los principales eran el archiduque Fernando, hermano de Carlos V, el duque de Baviera y los príncipes-obispos del sur. Los príncipes que estaban al lado de Lutero y del elector de Sajonia, contestaron con la liga de Torgau. Para evitar la guerra civil, la dieta de Espira decidió en 1526 que, por el momento, cada príncipe introdujera o conservara en sus dominios la forma de la religión que mejor le pareciera, hasta que el concilio general que se creía inminente resolviera definitivamente la cuestión. En aquel tiempo el conflicto era todavía considerado como una polémica entre católicos, y en la asamblea de todos los obispos católicos se veía la última instancia a la que todos deberían someterse.
En aquel mismo y fatal año de 1526, en que los príncipes luteranos formaron su liga y la Dieta les reconoció el derecho de reformar la religión» Clemente VII concertó la desdichada Liga de Cognac contra el emperador, prestando así a los príncipes luteranos el mejor servicio que éstos podían esperar.
Además de Sajonia, hicieron en seguida uso del derecho de reforma Hessen, Mecklemburgo y Brunswick, así como diversas ciudades imperiales. La Prusia Oriental, bajo la orden de los caballeros teutónicos, se había hecho ya luterana el año anterior, cuando el gran Maestre Alberto de Brandenburgo la transformó en un ducado secular puesto bajo la soberanía feudal del rey de Polonia. Los rápidos progresos realizados por la reforma alarmaron a los demás príncipes, y en una nueva dieta reunida en Espira en 1529 se acordó que no se hicieran más reformas hasta la reunión del concilio. Seis príncipes del Imperio y catorce ciudades protestaron contra este acuerdo, y de ahí les vino el nombre de «protestantes».
Carlos V, después de hacer la paz con el papa y de recibir la corona imperial, regresó a Alemania y convocó para 1530 una dieta en Augsburgo. En ella los protestantes presentaron un símbolo detallado de su fe, la famosa Confessio Augustana. Su autor había sido Melanchthon, fiel colaborador de Lutero y mejor teólogo que éste, a pesar de ser seglar. Carlos V no quiso entrar en negociaciones y se limitó a ordenar a todos que volvieran a la fe católica.
Los príncipes protestantes, cuyo número iba en aumento, formaron en
Esmalcalda una nueva liga contra el emperador. Vino en su apoyo una
nueva incidencia: los turcos, que ya en 1529 habían sitiado a Viena,
hacían progresos cada vez más inquietantes, y el emperador necesitaba la
ayuda de todos los príncipes alemanes para proteger el Imperio de este
peligro.
Los protestantes aprovecharon los apuros de Carlos V para
arrancarle concesiones: en el compromiso de Nuremberg de 1532 el
emperador tuvo que concederles, a cambio de su cooperación en la guerra
contra los turcos, el mantenimiento del status quo hasta la celebración
del concilio. Pero ya nadie pensaba seriamente en la celebración de
éste. Cuando finalmente el papa Paulo III, en el año 1536, convocó la
tan solicitada asamblea eclesiástica, los príncipes protestantes y el
propio Lutero se negaron a
participar en ella. Durante la ausencia del emperador los
rebeldes ganaron nuevos miembros para la Liga de Esmalcalda, en contra
de lo convenido en Nuremberg.
Entonces el emperador se resolvió a intervenir con las armas.
Volvió a Alemania y derrotó en 1547 a la Liga de Esmalcalda en la
batalla de Mühlberg. Lo único que exigió a los vencidos fue que se
sometieran al concilio que en el entretanto se había reunido en Trento.
Lutero había muerto el año anterior. De nuevo la causa
protestante/parecía perdida.
Pero sobrevino entonces un nuevo golpe teatral. Justamente mientras
Carlos V se aprestaba para la batalla de Mühlberg, Paulo III trasladó el
concilio de Trento a Bolonia. El emperador se sintió personalmente
ofendido por esta medida, adoptada contra sus expresos deseos; creía, en
efecto, que un concilio celebrado en el territorio del Estado
Pontificio no ofrecería a los protestantes las necesarias garantías de
independencia.
Por consiguiente, se desinteresó del concilio y determinó llegar por
su cuenta a un arreglo con los protestantes haciéndoles concesiones.
Era un proceder de lo más delicado: aquel mismo proceder que más de una
vez habían intentado los emperadores bizantinos para reconciliarse con
los herejes de la antigüedad y que siempre había terminado en fracaso.
Pero Carlos V no era un teólogo, y todo lo veía desde el punto de vista
del gobernante. Publicó, por tanto, en la dieta de Augsburgo el llamado
interim, una especie de fórmula de fe neutral con concesiones como el
cáliz de los laicos, el matrimonio de los sacerdotes y la secularización
de los bienes eclesiásticos.
No comprendía que por este camino no se podría nunca evitar la
división religiosa, tan avanzada ya. De todos modos, pudo arrancar a los
príncipes protestantes la promesa de asistir al concilio, una vez que
el sucesor de Paulo III hubo vuelto a trasladar la asamblea a Trento;
pero un nuevo golpe vino a frustrar definitivamente sus intentos de
pacificación, ya de suyo poco prometedores.
El elector de Sajonia había concertado una secreta alianza con Francia y se preparaba para dar un golpe de estado. Su plan consistía en sorprender al emperador en Innsbruck y apoderarse de su persona. Carlos V pudo escapar en el último momento, pero no estando en situación de luchar al mismo tiempo con los turcos, con Francia y con los príncipes protestantes, concertó con estos últimos una especie de armisticio, el tratado de Passau de 1552. El resto lo dejó, cansado ya del gobierno, a su hermano Fernando, a quien ya en 1531 había hecho elegir como rey de Alemania. Fernando en 1555 concluyó en Augsburgo la paz definitiva con los protestantes sobre las bases siguientes:
1.° A la nueva religión surgida con arreglo a la Confessio
Augustana de 1530, se le reconoce en el Imperio la igualdad de derechos
con la católica.
2.° Qué religión debe prevalecer en cada territorio, lo
decidirán los príncipes, no los súbditos, los cuales empero podrán
emigrar, si no quieren amoldarse a la fe de su príncipe.
3.° Los príncipes espirituales (obispos, abades) que quieran
abrazar la nueva religión, podrán hacerlo a título personal, pero
perderán su territorio, puesto que no lo poseen por herencia.
De este modo se restableció la paz en Alemania, al menos
exteriormente. El principio de que el señor pueda decidir la fe de sus
súbditos, hoy nos parece todo lo contrario de justo, pero sirvió al
menos para delimitar las fronteras de la apostasía.
Desde aquel momento Alemania quedó dividida en un gran número de territorios, grandes, medianos y pequeños, pertenecientes a distintas religiones. Pues que se trataba de dos distintas religiones, ya nadie podía dudarlo. Los protestantes rechazaban la autoridad del papa y de los concilios, el magisterio eclesiástico, la ordenación de obispos y sacerdotes, el sacrificio de la misa, el culto a la Madre de Dios y a los santos, la doctrina de la justificación por los sacramentos y las buenas obras, el sacramento de la penitencia, la inspiración de ciertas partes de la Biblia y muchas otras doctrinas, de modo que del catecismo católico no quedaba apenas más que la fe en la Trinidad y en la divinidad de Cristo. No pertenecían ya a la Iglesia católica ni querían pertenecer a ella.
La vida de Carlos V fue una vida trágica, como la de su hijo Felipe II y la de tantos otros grandes monarcas. Era un gran señor de cuerpo entero, un soberano de ese noble y viril tipo del que hoy apenas quedan ejemplos. Débil de cuerpo y atormentado ya muy pronto por la gota, era sin embargo un maestro en todas las artes de la caballería, un consumado jinete y afortunado caudillo.
Por su temperamento era un melancólico. Nunca reía. Ya a su abuelo, el siempre jovial emperador Maximiliano, le desagradaba la excesiva seriedad del muchacho. En su madurez, esta seriedad degeneraba a menudo en hipocondría, herencia quizá de su madre, la desdichada Juana la Loca, y paralizaba la voluntad. Contribuía a agravar su gravedad innata el alto sentimiento que tenía de su responsabilidad.
No conocía la vanidad ni el orgullo, pero ser rey significaba para él ser un vicario de Dios. Se sentía responsable del destino de la Iglesia y de la salvación de las almas que poblaban el Imperio a él confiado. Y estos deberes procuraba cumplirlos con el papa o sin el papa, y en caso necesario contra el papa.
Esto último es tanto más compresible si recordamos con qué pontífices tuvo principalmente que tratar: el frívolo León X y el incapaz Clemente VII. En cuestiones eclesiásticas Carlos V cometió frecuentes y graves errores. No era teólogo y, a pesar de sus muchos consejeros, eclesiásticos y seculares, fue siempre un solitario. Pero incluso cuando se equivocaba, creía cumplir con su deber. Carlos V estaba por encima de las naciones.
Sus consejeros más íntimos podían ser belgas, como Granvela, o piamonteses, como Gattinara, o españoles, como Loaysa. Al principio se portaba más bien como un holandés —era un Habsburgo nacido en Gante—, pero su lengua materna era el francés; más tarde se inclinó más hacia España, aunque nunca llegó a ser del todo español como su hijo Felipe II. Profundamente piadoso, dedicaba mucho tiempo a la oración y a la penitencia; pero también pagó su tributo a la humana flaqueza.
Del tiempo de su matrimonio con Isabel de Portugal tuvo una hija natural, Margarita, y del tiempo de su viudez, un hijo, el famoso vencedor de Lepanto don Juan de Austria. La manera como terminó su vida demostró cuán poco ambicionaba el poder. Ya en 1521 había cedido a su hermano Fernando la herencia austriaca, y en 1531 le dio además la corona real alemana; en 1555 cedió los Países Bajos y Borgoña a su hijo Felipe, y al año siguiente le pasó también la corona de España y Nápoles.
Finalmente, abdicó también como emperador y se retiró a una casa junto al monasterio de Jerónimos de Yuste, no como monje sino como un particular piadoso. Allí murió en 1558, a la edad de sólo cincuenta y ocho años.
Fdo. Cristobal Aguilar.
