domingo, 04 de julio de 2010

LA REFORMA DE MARTÍN LUTERO (PRIMERA PARTE)

Martín Lutero había nacido en 1483 en Eisleben, hijo de un minero. A los veintidós años ingresó en la orden de eremitas de san Agustín, de Erfurt, y recibió las órdenes en 1507. En 1510 hizo un viaje a Roma para asuntos de su orden. Desde 1512 hasta su muerte fue profesor de teología en la universidad de Wittenberg. Como religioso era hombre devoto y escrupuloso, demasiado escrupuloso incluso; animado de un sincero afán de santidad, pero con una deficiente preparación escolástica y demasiado obstinado para atender a los consejos de los demás, tendía a la cavilosidad. El problema fundamental de toda su vida fue la cuestión de si, y cómo puede el hombre alcanzar la certeza de su salvación eterna. Ello no le parecía posible por el ejercicio de ciertos actos salvíficos y el cumplimiento de determinados preceptos, puesto que el hombre jamás podía saber si realmente había dado satisfacción; se inclinaba más bien a creer que la solución estaba en una fe incondicional en la gracia divina, confundiendo la doctrina de la confianza cristiana, fundamental en la teología católica, con el convencimiento personal de que esta esperanza había de verse cumplida. En consecuencia, las obras salvíficas, la observancia de los mandamientos, tanto positivos como negativos, habían de parecerle, si no superfluas, en todo caso menos necesarias, ya que por medio de determinados actos u omisiones no podía el hombre ganar derecho ninguno a su salvación, sino que ésta sólo podía obtenerse por medio de una firme fe en ella.
Estas ideas se encuentran ya en sus primeras lecciones. Pero no entró en conflicto con la autoridad eclesiástica hasta que Tetzel vino a predicar la indulgencia. Desde el año 1506 en que Julio II había empezado la construcción en Roma de la nueva iglesia de San Pedro, se había invitado a los fieles de todos los países a contribuir a sufragar los gastos, concediendo indulgencias a los que, además de otras buenas obras, aportaran una cantidad, cuyo importe se dejaba a su criterio. Para estimular las aportaciones y dirigir hacia Roma, a través de los obispos, el dinero así recaudado, se nombraron predicadores especiales, y uno de estos era en Turingia el dominico Tetzel. El procedimiento no era nuevo ni tenía nada
de chocante para la mentalidad medieval. Los fieles tampoco se preocupaban demasiado de si las limosnas recaudadas con las indulgencias eran administradas con la escrupulosidad que es lícito exigir a las autoridades eclesiásticas. Lo que les importaba era la buena obra en sí misma. No fue tampoco este punto lo que atrajo la protesta de Lutero, a pesar de lo mucho que sobre ello hubiera podido decirse, dada la irresponsabilidad que en asuntos económicos reinaba entonces en la corte papal; lo que Lutero hizo fue aprovechar la oportunidad de la predicación de las indulgencias, para dar a conocer al público su nueva doctrina sobre la justificación por la fe sola y con independencia de las buenas obras. Lo hizo fijando sus noventa y cinco tesis con las que, a la manera académica, invitaba a una discusión sobre diversas cuestiones teológicas, en especial sobre la indulgencia y el valor de las buenas obras en general. Las tesis de Lutero, aunque por su forma no constituían mas que un asunto puramente escolástico, se difundieron en seguida por toda Alemania y despertaron la mayor expectación. También en Roma se tuvo pronto noticia de ellas. Ya en 1518 León X citó a Lutero a Roma, aunque a petición suya le permitió que se justificara ante el legado papal, el cardenal Cayetano, que entonces residía en Augsburgo. Lutero no aceptó la retractación que le proponía Cayetano, y apeló a un concilio general. Esto significaba ya la rebelión abierta. En el año 1520 publicó León X la bula Exurge, en la que se condenaban como heréticas las doctrinas de Lutero y se le amenazaba a él mismo con la excomunión. Como Lutero no se sometió, sino que quemó públicamente la bula en Wittenberg, en 1521 se dictó contra él la excomunión solemne. En verdad que no puede decirse que León X tomara en un principio el asunto a la ligera.

 

Es difícil formarse un concepto justo sobre la personalidad de Lutero. No porque su carácter fuera particularmente complicado o difícil de entender, sino porque en la imaginación de mucha gente se ha convertido en una especie de figura mítica, en un símbolo de toda excelencia o de toda perversión. El Lutero real no era ni un santo ni un monstruo. Lo que humanamente más atrae en él es su vitalidad irresistible y su potente espontaneidad. Lástima que estas cualidades degeneren tan a menudo en desenfreno.

De una grosería y mal gusto increíbles, cuando se deja llevar por el odio es capaz de hablar como si no estuviera en sus cabales. Muchos de estos arrebatos pueden justificarse como producto de una tosca sinceridad, mas a veces se advierte un tono demoníaco que provoca espanto. Sería, por otra parte, injusto juzgarle sólo por estos apasionados pasajes de sus escritos, que si se separan de sus respectivos contextos suenan a pura insensatez. Lutero hablaba siempre con absoluta franqueza, a veces con la mayor imprudencia, diciendo todo lo que en aquel momento le pasaba por la mente.

Era todo lo contrario de un hipócrita, desconocía todas las picardías de la diplomacia, y sin embargo mintió muchas veces, con una naturalidad y candidez que con frecuencia nos desarman y tientan a reconciliarnos con sus tergiversaciones. Lutero era, sobre todo, piadoso. Creía ciegamente en la divinidad de Cristo y amaba al Redentor. Es casi enternecedor ver cómo, entre los ultrajes a cosas sagradas, irrumpe aquí y allá su ardiente amor a Dios. En él todo tomaba un carácter personal.

Miraba a todos sus adversarios teológicos como enemigos personales, a los que atribuía toda clase de bajezas. Muchas de sus proposiciones dogmáticas despiertan la impresión de no tener otro fin que el de irritar a los adversarios. Sobre todo, no era un pensador sistemático, y le importaba muy poco incurrir en contradicciones. Frente a los católicos predicaba la libertad en la interpretación de la Biblia, mas a sus adeptos no les toleraba la menor contradicción.

Es indudable que Lutero ha ejercido una gran influencia en la formación del carácter alemán. Pero este influjo, considerado en conjunto ha sido más bien perjudicial. Los rasgos que, ante los pueblos modernos, tanto han perjudicado a los alemanes, su orgullo, su bravuconería, su tendencia a confundir la energía con los puñetazos sobre la mesa, defectos que en vano buscaríamos en los alemanes medievales, remontan de un modo u otro a Lutero, y sobre todo aquel diletantismo en el tratamiento de los últimos problemas de la vida, en virtud del cual todo el mundo se cree capaz de construirse a su arbitrio su propia Weltanschauung.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti