Martes, 29 de junio de 2010

LOS ESTADOS PONTIFICIOS - HISTORIA DE LA IGLESIA

En los ?ltimos tiempos de la edad media se consuma en todos los pa?ses de Europa el paso del r?gimen feudal al estado territorial moderno. En lugar de los se?ores feudales, m?s o menos independientes, en cuyas manos estaba el poder efectivo dejando a la corona muy pocas atribuciones, apareci? ahora una jerarqu?a de funcionarios al frente de una administraci?n rigurosamente centralizada. Semejante transformaci?n lleg? a su t?rmino, en primer lugar, en Francia, seguida luego en el siglo XV por Espa?a e Inglaterra.

El resultado fue la aparici?n de grandes potencias en el sentido moderno. En Alemania el mismo proceso hab?a conducido al resultado inverso: en lugar de los antiguos feudos imperiales surgieron otros tantos principados territoriales, algunos de muy peque?a extensi?n, pero organizados como estados soberanos al modo que hoy lo entendemos. El rey en Alemania no ten?a m?s poder que el que pudiera recibir de sus propios dominios familiares.

El mismo peligro de disolverse en peque?os estados individuales corr?a el Estado Pontificio. Haber evitado este peligro constituye, en gran parte, un m?rito de Alejandro VI. Por su encargo, C?sar someti? en una sucesi?n de rapid?simas campa?as Imola, Faenza, Urbino, Camerino, Sinigaglia y otras peque?as ciudades y dominios, expuls? a los dinastas o los redujo a la obediencia y ocup? todas las ciudadelas con sus guarniciones.

Las crueldades de que en estas operaciones se hizo culpable C?sar, son tan inexcusables como los medios que ?l y su padre usaron para agenciarse los recursos financieros exigidos por las campa?as militares. Al viejo y riqu?simo cardenal Michiel, sobrino de Paulo II, en vista de que tardaba en morirse m?s de lo esperado, C?sar lo hizo eliminar para quedarse con su patrimonio, parece que a sabiendas de Alejandro.

Muchos historiadores sostienen que el prop?sito de C?sar no era en absoluto el de restablecer el Estado de la Iglesia, sino el de crearse para s? mismo un reino en el centro de Italia. Es una opini?n dif?cilmente sostenible. Aunque C?sar era hombre capaz de concebir los m?s descabellados planes, no pod?a ocult?rsele que su padre no vivir?a eternamente y que el estado que ?l creara jam?s podr?a ser reconocido por ninguno de sus sucesores.

Nada demuestra, en todo caso, la circunstancia de que Alejandro VI le concediera, en recompensa de sus servicios, el t?tulo de duque de la Romana y de Urbino. Pero sea como fuere, el hecho es que tal cosa no se produjo, pues cuando C?sar se encontraba en la cumbre de su poder?o, muri? Alejandro a la edad de setenta y tres a?os, de malaria y no por envenenamiento, como seguidamente se afirm?, y asistido con los sacramentos de la Iglesia.

Ya es elocuente, que trat?ndose de un papa haya que hacer hincapi? sobre este ?ltimo detalle. Mucho tiempo despu?s de su muerte se erigi? a Alejandro VI un sepulcro muy modesto en la peque?a iglesia espa?ola de Santa Mar?a de Montserrat, donde sus restos reposan junto a los de su t?o Calixto III.

Alejandro VI y su hijo han suministrado abundante material a la fantas?a de toda suerte de literatos. Se ha inventado una ?edad de los Borjas?, dominada por el pu?al, el veneno y el adulterio. En manos de estos autores, Alejandro VI y a?n m?s sus hijos C?sar y Lucrecia, se han convertido en personajes de novelas de misterio y de pel?culas terror?ficas. El propio Pastor, a pesar de atenerse rigurosamente a los hechos documentados, no pudo resistir a la tentaci?n de dar un fuerte tinte melodram?tico a su brillante exposici?n del pontificado de Alejandro VI, en contraste con la sobriedad que impera en todo el resto de su historia.


Tampoco han faltado apologistas que han intentado reivindicar la memoria de Alejandro VI. Tiempo perdido. Pero no se equivocan menos los adversarios de la fe cat?lica que piensan que con sus elocuentes declamaciones, encendidas de moral indignaci?n, hacen mella en la Iglesia o en el papado como tal. Justamente su indignaci?n es prueba de que su opini?n acerca de la Iglesia es mucho m?s alta de lo que ellos mismos reconocen.

Pues si Alejandro VI, en lugar de papa, hubiera sido un rey o un emperador o el presidente de un estado, no habr?a inconveniente en contarlo entr? los pol?ticos y gobernantes m?s eminentes de su ?poca, haciendo caso omiso de las mancillas de su vida privada y de su falta de escr?pulos en la elecci?n de sus medios. Pero a un papa se le exige mucho m?s, y con toda justicia.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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