Sábado, 26 de junio de 2010

EL PAPADO EN AVIÑÓN Y EL GRAN CISMA II - HISTORIA DE LA IGLESIA

Los antiguos historiadores eclesiásticos consideraron unánimemente la residencia de los papas en Aviñón como un período funesto para la Iglesia. Aún hoy reaparecen en los manuales las expresiones en que se expresa este juicio, «exilio», «destierro» «cautiverio de Babilonia», términos usados ya por los contemporáneos. Sin embargo, hace tiempo que se ha impuesto entre los historiadores un juicio más sereno y objetivo.


En primer lugar, las expresiones como «exilio» o «cautiverio» son totalmente engañosas. En Aviñón los papas estaban más seguros y más dignamente alojados que en Roma. Junto al Ródano no había Orsinis ni Colonnas, güelfos ni gibelinos, motines callejeros ni «tribunos del pueblo». Por algo tantos papas del siglo XIII, mejor dicho, ya desde Gregorio VII, habían tenido que buscar refugio fuera de Roma.

Algunos de ellos no habían podido pisar el suelo de la urbe en todo el tiempo de su pontificado. Tampoco puede negarse que justamente Aviñón estaba admirablemente situada para la curia papal. Hacía tiempo que Roma había dejado de representar el centro geográfico de la cristiandad. Desde el fracaso de las cruzadas, perdida toda esperanza de poder abrir brecha en la barrera islámica por el sur y el sureste, el centro de gravedad de la cristiandad había vuelto a desplazarse hacia el noroeste.

La gran potencia hegemónica, incluso en el campo intelectual, era Francia; otros países que ascendían en poder y prestigio eran Inglaterra, Escocia, Flandes, Aragón y Castilla, y todos ellos estaban más cerca de Aviñón que de Roma; Bohemia, otro país en progreso, y el norte de Italia, tan importante económicamente, no quedaban más lejos de una ciudad que de la otra. Casi desde todos los lados se podía llegar a Aviñón sin pasar montañas; no estaba aislada del norte, como Roma, por los Alpes y los Apeninos.

Desde un punto de vista puramente administrativo, el emplazamiento geográfico de Aviñón era francamente más favorable. Sólo que la Iglesia no se limita a ser un aparato administrativo, ni el papa un simple jefe de administración, y ahí es donde tocamos el punto flaco de Aviñón. Lo que faltaba a la ciudad del Ródano era el apóstol san Pedro, los sepulcros de los mártires, la tradición milenaria. El papa es la cabeza de la Iglesia por ser sucesor de san Pedro en su calidad de primer obispo de Roma, y es obispo de Roma porque es cabeza de la Iglesia.


El hecho de que en Aviñón reinaran sucesivamente siete papas franceses, no puede en modo alguno considerarse como un abuso; a menos que se demuestre que los franceses son menos indicados que otros para ocupar la más alta dignidad de la Iglesia. El abuso real no radicaba en las personas de los papas, sino en la circunstancia de que el papado como tal se había convertido en una institución nacional, o al menos así lo parecía. Del mismo modo que el papado no es una institución italiana, ni debe aparecer como tal, tampoco ha de serlo francesa.

Pero si los papas y casi todos los cardenales y curiales eran franceses, si la Santa Sede estaba rodeada de territorio francés, y Francia era entonces la única gran potencia europea, era inevitable que los demás países, y no menos los propios franceses, consideraran al papado como una institución nacional y desde este punto de vista juzgaran todas las acciones de los papas.

En conjunto y todo bien considerado, no hay motivo para decir que los papas aviñonenses hayan gobernado mal la Iglesia. Más bien realzaron considerablemente el prestigio del papado, que había sufrido los más duros golpes cuando la elección de Celestino V y con el atentado de Anagni. Cuando la curia regresó a Roma, estaban sentados los presupuestos para un nuevo período de esplendor. La culpa de que tal esperanza se viera defraudada la tuvo el cisma que seguidamente estalló, aunque no puede desconocerse que la ocasión del cisma fue a su vez, al menos de un modo indirecto, la larga ausencia de Roma.

Urbano V murió a poco de su regreso a Aviñón. Después de su partida estallaron en Italia disturbios por todas partes, fomentados sobre todo por la república de Florencia. Los italianos no han acabado de comprender nunca una cosa que para los católicos de otros países es la evidencia misma, a saber, que el papa sigue siendo el jefe supremo de la Iglesia incluso cuando no sirve a los intereses locales de Italia. El nuevo papa Gregorio XI envió a Italia soldados bretones que se hicieron odiosos por su salvajismo. Su caudillo era el cardenal Roberto de Ginebra, el futuro antipapa Clemente VII. En 1376 se lanzó el entredicho contra Florencia.


Vivía entonces en Siena una piadosa virgen, Catalina Benincasa, que además de mística era extraordinariamente prudente, dotada de una rara amplitud de visión. Lo que le importaba no eran las naciones, sino la Iglesia y las almas. No era religiosa profesa, sino sólo terciaria de la orden dominicana. Personalmente y por medio de cartas, se empeñó en reconciliar al papa con la república de Florencia, haciendo así posible el regreso del primero a Roma. Aunque por entonces no había cumplido aún los treinta años, su prestigio era tan grande, que el papa, los florentinos y otros aún escuchaban sus consejos con el mayor respeto y en cierto modo la reconocían como una especie de mediadora diplomática. En el año 1376 emprendió el viaje a Aviñón.


No fueron, naturalmente, sólo las exhortaciones de santa Catalina lo que movió a Gregorio XI a emprender el definitivo regreso a Roma. Pero ya los contemporáneos le atribuyeron el mérito principal. El 13 de septiembre de 1376 Gregorio XI abandonó Aviñón para siempre. En Génova le aguardaba Catalina, que entretanto se había trasladado a Florencia. Los cardenales no cesaban de importunar al papa, aconsejándole que se volviera atrás. Catalina puso en juego toda su influencia y dijo al papa con gran franqueza que tenía que superar su pusilanimidad y poner fin a su indecisión.

El 5 de diciembre desembarcó el pontífice en Corneto, en la costa de los estados de la Iglesia. Desde allí tuvo todavía que entrar en negociaciones con la ciudad de Roma, y hasta el 17 de enero de 1377 no pudo entrar en la Ciudad Eterna.

En cierto modo, el regreso resultaba casi prematuro. Toda Italia estaba todavía en fermentación, y justamente entonces Roberto de Ginebra con sus bretones organizó en Cesena una matanza que volvió a estropearlo todo. Sin embargo, con su prudente conducta el papa consiguió calmar los ánimos y hasta indicar el camino de la reconciliación con Florencia. Antes de que se instaurara la paz, murió en Roma el 27 de marzo de 1378.

 

Para la cristiandad resultaba extremadamente difícil decidir de qué lado estaba el derecho. La elección de Urbano VI se había celebrado en circunstancias anormales. Los testigos más autorizados, o sea, los propios electores, afirmaban haber obrado bajo la coacción y la violencia. Clemente VII, elegido unánimemente por los cardenales, se estableció en Aviñón, que desde hacía dos generaciones pasaba ante la cristiandad como la residencia habitual de los papas.

No es, pues, de extrañar que anduvieran divididas las opiniones, aun las de los mejores. La escrupulosa investigación de las incidencias de la elección de Urbano VI ha demostrado, sin lugar a dudas, su validez. El temor a los tumultos populares no hizo más que precipitar la elección, pero no la decidió.

La comedia cuyo protagonista fue Tibaldeschi demuestra con toda claridad que los cardenales temían haber elegido a un candidato impopular. Menos peso tiene el hecho de que más tarde prestaran obediencia a Urbano VI, recibieran la comunión de sus manos y solicitaran de él diversas gracias; pues tal conducta no puede ya explicarse por temor al pueblo, y sí, en cambio, por temor al propio Urbano VI.


Pero en aquellos momentos, las cosas no estaban tan claras como ahora. En favor del antipapa se pronunciaron incluso grandes santos, como el dominico san Vicente Ferrer. En cambio, Catalina de Siena, se mantuvo fiel a Urbano, y dirigió a los cardenales un escrito inflamado de indignación, aunque tampoco se abstuvo de reconvenir con la mayor franqueza al obstinado pontífice.


Desde el principio se mantuvieron al lado de Urbano VI el em­perador Carlos IV, aunque éste murió en 1378, y su sucesor Venceslao (1378-1400), Italia excepto Nápoles, Inglaterra, Hungría y Escandinavia. A la obediencia del papa aviñonés pertenecían Francia, España, Sicilia, Nápoles, Saboya, Escocia, Portugal y parte de Alemania. De todos modos, las obediencias se alternaban. A menudo las propias diócesis estaban divididas, lo mismo que las órdenes. Huelga decir que en ello influían también razones politicas, como la enemiga entre Francia e Inglaterra.

La universidad de París después de unas vacilaciones iniciales se había pronunciado por Clemente VII, pero siguió manteniendo una cierta neutralidad. Para la Iglesia, la situación era, naturalmente, tristísima y a la larga no podía menos que resultar funesta.

De todos modos, no hay que exagerar la importancia de los daños inmediatos. Entre los fieles no existía en aquel momento ninguna herejía, ni movimiento alguno de rebeldía contra la autoridad eclesiástica. Nadie dudaba de que la unidad de la Iglesia se basaba en la comunión con el sucesor de Pedro; sólo que no estaba seguro de cuál de los dos rivales era el auténtico sucesor del apóstol.

La labor pastoral seguía su curso habitual, al menos en los países en que la división no alcanzaba a las diócesis. Pero andando el tiempo era inevitable que los daños salieran a la superficie. De momento, el cisma no provocó indiferencia, antes al contrario, un estado de hipersensibilidad religiosa. Por así decir, la Iglesia entera fue presa de una excitación nerviosa, que se manifestaba en la aparición de los más descabellados planes de reforma.

 

El desdichado Urbano VI, en lugar de ocuparse de allanar el cisma, empeñaba todas sus fuerzas, con una especie de monomanía, en luchar contra Nápoles. Excomulgó a la reina Juana, predicó una cruzada contra ella, llamó a las armas al primo de la reina, Carlos de Durazzo, y cuando éste hubo conquistado Nápoles, rompió también con él y lo excomulgó. Sus propios cardenales se le rebelaron y Urbano hizo ejecutar a algunos.

Murió en Roma en 1389, y pocos fueron los que le lloraron. Su sucesor Bonifacio IX, (1389-1404) hizo la paz con el rey de Nápoles Ladislao, hijo de Carlos de Durazzo, y fue así reconocido en toda Italia. Pero Ladislao presentó a su vez reivindicaciones contra el rey Segismundo de Hungría, y éste se pasó al antipapa. Después del breve pontificado de Inocencio VII (1404-1406) fue elegido el veneciano Gregorio XII (1406-1415).


En Aviñón, a Clemente VII siguió el español Pedro de Luna, con el nombre de Benedicto III (1394-1423). Entretanto, por todas partes se formulaban planes para resolver el cisma, y en ello destacaba especialmente la universidad de París. Una de las posibilidades hubiera sido que uno de los papas, y aun ambos, abdicara voluntariamente. Otra era que ambos papas eligieran un árbitro y prometieran someterse a su sentencia.

Pero la idea que mayor número de partidarios encontraba, era la de convocar un concilio general, que depusiera a uno de los papas o a los dos, aunque fuera mal de su grado.

En 1407 Benedicto XIII y Gregorio XII sostuvieron negociaciones en Marsella, a través de legados, con objeto de preparar una entrevista personal. Pero el proyecto fracasó, y este fracaso perjudicó mucho el prestigio moral de los dos papas, pues la gente empezó a dudar de su buena voluntad. Finalmente, los dos colegios cardenalicios y la mayoría de soberanos les retiraron la obediencia a ambos y convocaron una asamblea general en Pisa por el año 1409.

 

Fdo. Cristobal AGuilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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