PENSAMIENTOS ESPIRITUALES DE JUAN PABLO II SOBRE LA PAZ
Aquí os traemos una serie de pensamientos y buenas citas sobre la paz en general y del mundo en partícular. Todos sabemos que hay diferentes tipos de paz, esta la espiritual, la vivencial, etc. EL AUTOR DEL BLOG.
La verdadera reconciliación entre hombres enfrentados y enemistados sólo es posible si se dejan reconciliar al mismo tiempo con Dios.
Juan Pablo II
La guerra nace en el corazón del hombre, porque es el hombre
quien mata y no su espada o, como diríamos hoy, sus misiles... Si los
sistemas actuales, engendrados en el corazón del hombre, se revelan
incapaces de asegurar la paz, es preciso renovar el corazón del hombre
para renovar los sistemas, las instituciones y los métodos de
convivencia.
No seremos capaces de perdonar, si antes no nos hemos dejado
perdonar por Dios, reconociéndonos objeto de su misericordia. Sólo
estaremos dispuestos a perdonar las faltas de los demás si tomamos
conciencia de la deuda enorme que se nos ha perdonado.
¿Cómo no detenerse aterrorizados ante la perspectiva de destrucción y
muerte que encierra hoy cualquier guerra, aunque sea combatida con las
armas llamadas convencionales, pero a las que la tecnología moderna ha
conferido mortíferas posibilidades de devastación y exterminio? Toda
persona responsable debe reflexionar seriamente acerca de tal
perspectiva, ante la que ya mi predecesor Pío XII, de venerada memoria,
pronunciaba aquella angustiada advertencia: «Nada se pierde con la paz,
todo puede perderse con la guerra.»
La única solución realista ante la amenaza de guerra
continúa siendo la negociación. En este punto deseo recordaros una frase
de san Agustín que ha sido citada ya otras veces: «Matad la guerra con
las palabras de las negociaciones, pero no matéis a los hombres con la
espada.» Hoy vuelvo a reafirmar ante vosotros mi confianza en la fuerza
de las negociaciones leales para llegar a soluciones justas y
equitativas. Estas negociaciones exigen paciencia y constancia y deben
orientarse claramente a una reducción de los armamentos equilibrada,
simultánea y controlada internacionalmente.
El cristianismo no nos manda que cerremos los ojos a los
difíciles problemas humanos. No nos permite o impide ver las injustas
situaciones sociales o internacionales. Lo que el cristianismo nos
prohibe es buscar soluciones a estas situaciones por caminos del odio,
del asesinato de personas indefensas, con métodos terroríficos. Y diría
más: el cristianismo comprende y reconoce la noble y justa lucha por la
justicia, pero se opone decididamente a fomentar el odio y a promover o
provocar la violencia o la lucha por sí misma. El mandamiento «no
matarás», debe guiar la conciencia de la humanidad, si no se quiere
repetir la terrible tragedia y destino de Caín.
sv. No os dejéis arrastrar por la tentación de responder a la
violencia con la violencia. Nuestra condición de cristianos no lo
permite. Oponed a la cultura de la violencia y del odio la del amor y la
paz.
Algunos podrán deciros que la elección de la no violencia es, a
fin de cuentas, una aceptación
pasiva de situaciones de injusticia. Podrían clamar que es una
cobardía no usar la violencia contra lo que es erróneo, o que para
refutar la opresión hay que defenderse con la violencia. Nada más lejos
de la verdad. No hay nada de pasivo en la no violencia cuando se escoge
por amor. No tiene nada que ver con la indiferencia. Tiene que ver
absolutamente con la búsqueda activa de «vencer el mal con el bien»,
como urge san Pablo. Escoger la no violencia significa hacer una
valiente elección que incluye la defensa activa de los derechos humanos y
el firme compromiso por la justicia y el desarrollo ordenado.
No podrá emprenderse nunca un proceso de paz si no madura en
los hombres una actitud de perdón sincero. Sin este perdón las heridas
continuarán sangrando y alimentando en las generaciones futuras un
hastío sin fin, que es fuente de venganza y causa de nuevas ruinas. El
perdón ofrecido y aceptado es premisa indispensable para caminar hacia
una paz auténtica y estable.
Un mundo, del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los demás.
La violencia es una mentira, porque va en contra de la verdad
de nuestra fe, de la verdad de nuestra humanidad... No confiéis en la
violencia. No apoyéis la violencia. No es éste el camino cristiano. No
es éste el camino de la Iglesia católica. Creed en la paz, en el perdón y
en el amor: éstos son de Cristo.
Todos debemos esforzarnos en pacificar los ánimos, moderar las
tensiones, superar las divisiones, sanar las heridas que se hayan podido
abrir entre hermanos, cuando se agudiza el contraste de las opciones en
el campo de lo opinable, buscando, por el contrario, estar unidos en lo
que es esencial para la fe y para la vida cristiana, según la antigua
máxima: En lo dudoso libertad, en lo necesario unidad, en todas las
cosas caridad.
Acerca de la importancia del perdón, conocéis
igualmente la respuesta de Jesús que aparece con tanta frecuencia en el
Evangelio: antes de presentar la ofrenda en el altar, ve primero a
reconciliarte con tu hermano; ponte de acuerdo con él, mientras que vais
de camino; pasa más allá de la estricta justicia. Es bueno ver también
en nosotros mismos lo que, con razón, pueda alejar al otro. Es preciso
hacer en nosotros mismos la renovación necesaria.
Pero a pesar de todo esto, sucede que el otro rechaza el
perdón, la propuesta de paz. Pues bien, según el Evangelio no debemos
esperar a que los otros vengan a reconciliarse con nosotros. Hemos de ir
a su encuentro. Hagamos lo que nos dice el viejo libro de los
Proverbios, en un texto utilizado por san Pablo: «Si tu enemigo tiene
hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, obrando así
derramarás carbones encendidos sobre su cabeza.» En resumen, que si el
otro adopta una actitud de rechazo, es asunto suyo; puede ser también
que nosotros ignoremos los obstáculos interiores que tiene. Nosotros
hagamos, con la paz, lo que está de nuestra parte. Y, sobre todo,
continuemos rezando por él y amándole, para ser dignos hijos del Padre
que está en el cielo. Éste es el riesgo que afrontan los discípulos de
Cristo; y cuando Dios quiera, este riesgo contribuirá a cambiar el
mundo, a semejanza de la actitud de Jesús.
¿No es precisamente así como vosotros buscáis ser artífices de
paz, viviendo la reconciliación con vosotros mismos, con vuestros
semejantes, en el seno de vuestras familias, de las Iglesias de las que
sois miembros, de las comunidades a las que pertenecéis?
¿A qué conduce este camino de la violencia? Sin lugar a dudas,
crecerá el odio y las distancias entre los grupos sociales, se ahondará
la crisis social de vuestro pueblo, aumentarán las tensiones y los
conflictos, llegando hasta el inaceptable derramamiento de sangre, como
de hecho ya ha sucedido. Con estos métodos, completamente contrarios al
amor de Dios, a las enseñanzas del Evangelio y de la Iglesia, haréis
imposible la realización de vuestras nobles aspiraciones. Y se
provocarán nuevos males de descomposición moral y social, con pérdida de
los más preciados valores cristianos.
Pedro plantea a Jesús esta pregunta: «Si mi hermano me ofende,
¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le
contestó: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
«Setenta veces siete.» Con esta respuesta el Señor quiere que Pedro
tenga claro, y nosotros también, que no debemos poner límites a nuestro
perdón a los demás. Al igual que el Señor está siempre dispuesto a
perdonarnos, también nosotros debemos estar prontos a perdonarnos
mutuamente. Y ¡qué grande es la necesidad de perdón y reconciliación en
nuestro mundo de hoy, en nuestras comunidades y familias, en nuestro
mismo corazón! Por esto, el sacramento específico de la Iglesia para
perdonar, el sacramento de la penitencia, es un don del Señor sumamente
preciado.
Y a vosotros, padres y madres, quiero decir: enseñad a vuestros niños cómo se perdona, haced de vuestros hogares lugar de amor y de perdón; haced de vuestras calles y vecindarios centros de paz y reconciliación. Sería un crimen contra la juventud y su futuro permitir que un niño crezca sin otra experiencia que la violencia y el odio.
Fdo. Cristobal AGuilar.
