EL CAMBIO DEL PAPADO A AVIÑON Y EL GRAN CISMA
Bertrando de Got, que adoptó el nombre de Clemente V, no había estado presente al conclave. Tampoco se trasladó a Italia, sino que para su coronación convocó a los cardenales en Lyon. Esto no significaba todavía que la corte papal fuera trasladada a Francia. El tesoro pontificio seguía en Asís, en lugar seguro. Clemente abrigaba la intención de establecerse en Roma, en el momento oportuno; pero de momento sentó sus reales en diversas ciudades francesas, y desde 1309 en Aviñón.
Frente a la presión ejercida por el rey de Francia, el papa se encontraba en una situación muy difícil. Para eliminar una piedra de escándalo, derogó para Francia la bula Unam Sanctam, dando con ello a entender que no quería inmiscuirse en el poder temporal del rey. Pero a Felipe el Hermoso poco le importaba esta concesión: lo que él quería era que se emprendiera un proceso en toda forma para declarar la ilegitimidad de Bonifacio VIII, pretensión a la que ningún papa podía acceder. A esta exigencia se añadía, además, otra que revestía la mayor gravedad: el rey exigía del papa la supresión de la Orden de los templarios.
La orden de los templarios llevaba ya unos doscientos años de existencia. Fundada en Palestina por los cruzados, difundida luego por Europa y especialmente en Francia, no había aún perdido de vista el fin para el cual fue fundada, en el cual entraban por partes iguales la actividad guerrera y la práctica de la beneficencia.
Hacía sólo unos pocos años que había caído San Juan de Acre, el último punto de apoyo del cristianismo en Palestina. Pero aun cuando no hubiera de haber ya ninguna otra cruzada, lo cual entonces no podía preverse todavía, nada impedía que los templarios se buscaran un nuevo campo de acción, como hicieron los sanjuanistas, que prosiguieron la lucha contra los turcos en el Mediterráneo, o los caballeros teutónicos, que trasladaron al nordeste europeo su obra de conquista, y evangelización, o las órdenes militares españolas, que combatían contra los moros y rescataban esclavos cristianos.
De súbito, Felipe el Hermoso tuvo noticia de unas inauditas monstruosidades que los templarios practicaban en secreto: idolatría, una desenfrenada licencia y un sinfín de otros crímenes. En el año 1307 hizo encarcelar a todos los templarios franceses, en número de unos dos mil.
Las desatentadas acusaciones, cortadas sobre el mismo patrón de las monstruosas calumnias lanzadas por el propio rey contra Bonifacio, no merecían el menor crédito. Que algunos templarios hubieran faltado a sus deberes, era perfectamente posible, pero lo mismo hubiera podido decirse de miembros de cualquier otra orden religiosa; mas ni entonces ni más tarde pudo nadie presentar una prueba fehaciente de los crímenes que se le imputaban.
Lo malo era que la orden poseía muchas riquezas, y como el rey las ambicionaba, había que probar la culpabilidad de aquélla a cualquier precio. Las posesiones de los templarios tenían el carácter de fundaciones eclesiásticas de beneficencia, y para que el rey pudiera confiscárselas necesitaba que el papa disolviera las fundaciones. Para intimidar al papa, le presentó las confesiones de los reos, arrancadas bajo tormento.
El débil Clemente V se dejó acobardar, temeroso, además, de que, si irritaba a Felipe, éste le forzara a iniciar el proceso contra Bonifacio VIII. Al final se decidió a convocar un concilio ecuménico en Vienne (1311), para sacudirse sobre éste la responsabilidad. Sin embargo, los padres no se declararon convencidos por las pruebas y documentos que se les presentaron y se resistieron a sentenciar la culpabilidad de los templarios.
Muchos de éstos, en el entretanto, habían sido ya ajusticiados. El papa, acosado incesantemente por el rey, que asistía también al concilio, encontró finalmente la escapatoria de disolver la orden por un simple acto de provisión apostólica, sin necesidad de dictar sentencia formal, cosa para la cual el papa está siempre facultado con respecto a cualquier orden religiosa.
En cuanto a los bienes, para no defraudar la finalidad de las fundaciones, fueron atribuidos a los caballeros de Rodas y a otras órdenes militares, aunque muy poco fue lo que llegó realmente a sus manos. Prosiguieron las ejecuciones, que difícilmente pueden considerarse como actos de provisión administrativa. Finalmente, en 1314, el gran maestre Jacobo de Molay, que hasta el final defendió la inocencia de los suyos, pereció en la hoguera.
La extinción de los templarios es uno de los mayores escándalos de toda la historia eclesiástica, y pesa como una losa sobre la memoria de Clemente V, que en ello desempeñó el papel de Pilato.
Tras la muerte de Clemente V la sede quedó vacante durante más de dos años. Finalmente, en 1316 fue elegido en Lyon el cardenal Jacobo Duése (Deuze), obispo de Aviñón, que adoptó el nombre de Juan XXII.
Juan XXII es el papa más importante del siglo XIV. Igualmente destacado como jurista que como administrador, dotado de una incomparable capacidad de trabajo, en política más enérgico que Clemente V y más prudente y afortunado que Bonifacio VIII, hubiera podido figurar en el número de los papas más eminentes de todos los tiempos, si su visión hubiera sido más amplia, si hubiese pensado más como papa y como pastor de almas. Así como en teología se aferraba obstinadamente a sus propias convicciones, era también terco en política, lo cual tuvo consecuencias funestas sobre todo en Alemania.
Después de la muerte de Enrique VII, el luxemburgués (1314), la elección para la corona alemana había quedado indecisa. Ambos pretendientes, el duque Luis de Baviera y el duque Federico de Austria se dirigieron al papa pidiéndole que actuara de árbitro. Juan XXII aceptó el arbitraje, pero no se decidió en favor de ninguno, ni siquiera cuando Luis el Bávaro hubo derrotado a su rival (1322) y fue, en consecuencia, reconocido como rey en Alemania entera.
En lugar de Luis, para el tiempo que durara la vacancia del trono, el papa nombró un vicario imperial para Italia, basándose en un derecho caído en desuso hacía ya mucho tiempo, y por si esto fuera poco eligió para este cargo al antiguo enemigo del imperio alemán, el rey Roberto de Nápoles. Luis el Bávaro, que no era ningún gran estadista y mucho menos un teólogo, tenía razones para sentirse atacado injustamente. Por su parte nombró un vicario imperial para Italia, a lo que contestó el papa amenazándole con el entredicho eclesiástico.
Luis apeló a un concilio general, y como con este acto se había situado en un terreno falso, Juan XXII le excomulgó (1324). Afluyeron entonces a la corte de Luis todos los adversarios del papa y del papado en general: Miguel de Cesena, ministro general de los franciscanos, que había roto con su orden con motivo de la polémica sobre la pobreza, el inglés Guillermo de Occam, franciscano también y famoso como filósofo, los profesores de París Marsilio de Padua y Juan de Jandún. En la propaganda literaria que se difundió a partir de estos círculos, vino a ponerse en tela de juicio la doctrina entera del primado del papa. Fue la primera campaña antipapal de gran estilo emprendida en el campo teológico y jurídico.
Personalmente, Luis el Bávaro se mantuvo alejado de estas polémicas, y se hubiera alegrado mucho de poder hacer la paz con el papa. Pero los príncipes alemanes protestaron en Sachsenhausen (1324) contra la excomunión de su rey y declararon hereje a Juan XXII. Ante esto, el papa no podía ya ceder, y declaró el entredicho contra toda Alemania. Luis el Bávaro se dirigió a Roma, se hizo coronar por el antiguo enemigo de los papas Sciarra Colonna y erigió su propio antipapa.
Éste, sin embargo, tras la poco gloriosa retirada de Luis, se apresuró a comparecer en Aviñón para presentar sus excusas a Juan XXII. Así, al morir Juan XXII, los asuntos alemanes habían llegado a un grado de confusión difícilmente remediable. En casi todos sus actos el papa había obrado de acuerdo con el derecho formal, y sin embargo no es posible eximirle de toda culpa. Pues, en mayor grado aún que un príncipe secular, el papa debe pensar siempre, cuando interviene en un conflicto, que no basta con que en sus actos le asista el derecho, sino que además deben éstos poseer fuerza de persuasión.
Muy importante fue, en cambio, la labor de Juan XXII en el campo de la administración eclesiástica. Desde un punto de vista puramente exterior, la actividad burocrática en Aviñón fue mucho mayor de lo que nunca había sido en Roma. Entonces adquirió la curia papal aquel carácter de una administración centralizada de gran estilo, que hoy conserva todavía y en medida aún mayor.
A lo que más atención dedicó Juan XXII fue al aspecto financiero. La base económica de la Santa Sede era el censo, o sea, los ingresos fiscales de los territorios papales, de los Estados de la Iglesia, así como el tributo feudal de los príncipes que tenían sus dominios como feudo del papa, entre los cuales figuraba en primer lugar el rey de Nápoles. Entraban también en el censo las tasas de Cancillería, que debían abonarse por la emisión de decretos de toda índole, desde la concesión del palio a los arzobispos hasta los privilegios y dispensas usuales. Todas estas fuentes de ingresos existían ya antes del período de Aviñón.
Tampoco era nueva la práctica de gravar con impuestos los beneficios eclesiásticos; pero los papas de Aviñón y en particular Juan XXII la ampliaron y sistematizaron. Entraban en este capítulo los fructus medii temporis, o sea, los ingresos devengados por un beneficio eclesiástico desde la muerte o renuncia de su titular hasta la entrada en posesión del siguiente; las «annatas», o frutos del primer año: aun después de la concesión de un beneficio, el nuevo titular debía entregar al tesoro pontificio una parte de la renta del primer año; las «expectativas»: el candidato de una prebenda que no estaba aún vacante podía hacerse inscribir por adelantado, satisfaciendo al efecto una especie de anticipo fiscal.
Estas y otras fuentes de ingresos semejantes, que en la época de Aviñón fueron introducidas por primera vez o explotadas con mayor eficacia que antes, poseían también, huelga decirlo, su aspecto discutible. Cuando se trataba de pingües fundaciones exentas de deberes pastorales, como ocurría con muchas canonjías, nada había que objetar a que para obtener una renta vitalicia hubiera que satisfacer una cantidad a la curia; distinto era, empero, el caso cuando se trataba de la provisión de cargos destinados a la cura de almas.
De todos modos, adolecen, por decir lo menos, de superficiales las descripciones que ciertos historiadores se complacen en trazar de las «técnicas financieras» y del tráfico de prebendas que estaban en uso en la curia de Aviñón. Como toda gran administración central, la curia necesitaba una base financiera. Las rentas procedentes de los Estados de la Iglesia eran, por aquel entonces, poco más que cero. Además, ¿por qué un pequeño territorio italiano había de cargar con todo el peso del gobierno de la Iglesia? Las «técnicas financieras» de Aviñón no fueron otra cosa que la imposición de un sistema de tributación sobre las posesiones eclesiásticas de los distintos países. Tales gravámenes no pesaban sobre el pueblo, sino sobre los prelados y demás usufructuarios de las propiedades de la Iglesia, y en cierto modo también sobre los príncipes, indirectamente al menos.
En los libros de historia corren muchas exageraciones acerca de las sumas así recaudadas. Sin cesar se repite, o con asombro o con indignación, la cifra de veinticinco millones de escudos de oro que, según el cronista florentino Villani, dejó al morir Juan XXII. Hoy sabemos que el tesoro papal, a la muerte de este pontífice, contaba sólo con tres cuartos de millón. Pero lo que más ha influido sobre el juicio de la posteridad, ha sido el testimonio de Petrarca, quien pintó con los más negros colores la codicia y sed de dinero de la curia aviñonesa. Sólo que Petrarca estuvo durante toda su vida a la caza de prebendas, sin que alcanzaran a satisfacerle las muchas que en Aviñón se le concedieron; de ahí su resentimiento.
La verdad es que semejantes cazadores de prebendas, que pululaban en Aviñón y más tarde en Roma, y no desaparecieron hasta después del concilio de Trento, constituyen uno de los más desagradables fenómenos de
la administración curialesca. Eran clérigos que a veces se pasaban años enteros en la curia, sin hacer otra cosa que aguardar a que quedara vacante algún beneficio. Lo cual indica, por otra parte, que la opresión financiera por parte de la curia no debía ser tan grave como la pintan, puesto que, a despecho de gabelas, impuestos y tasas, seguía mereciendo la pena el aspirar a un beneficio.
Sucesor de Juan XXII fue Benedicto XII (1334-1342), un cisterciense severo y piadoso. Su deseo hubiera sido terminar de una vez la desdichada querella con Luis el Bávaro, pero los reyes de Francia y de Nápoles supieron frustrar este deseo; temían, en efecto, que si el papa se reconciliaba con Alemania, ganaría en independencia y a lo mejor se decidía a trasladar la curia a Roma.
Por lo demás, no es probable que Benedicto XII pensara en el regreso a Roma, pues él fue quien empezó la construcción del imponente palacio que aún hoy domina la ciudad de Aviñón y es uno de los más grandiosos monumentos que nos quedan de la arquitectura gótica tardía. La interminable querella con Alemania tuvo por consecuencia que los príncipes electores, reunidos en el año 1338 en Rhens del Rin, dictaran una ley por la que se declaraba que la elección de emperador era independiente del papa. Con esto el papado perdió uno de sus más importantes privilegios políticos.
El papa siguiente, Clemente VI (1342-1352), compró la ciudad de Aviñón y su comarca, que hasta entonces había sido un feudo napolitano, en el que el papa había residido, por así decir, en calidad de huésped; desde aquel momento Aviñón pasó, pues, a constituir un pequeño estado eclesiástico. La residencia de los papas en la ciudad del Ródano iba adquiriendo un carácter definitivo. En la lucha con el emperador, Clemente VI volvió a las medidas de violencia; renovó la excomunión de Luis el Bávaro y emplazó a los príncipes electores a que designaran un nuevo emperador.
En realidad, el Bávaro iba perdiendo en Alemania sus partidarios, y así se explica que los electores, a pesar de haber repudiado no hacía mucho toda ingerencia papal, se allanaran a la orden del pontífice y eligieran rey de Alemania al nieto de Enrique VII, Carlos de Luxemburgo, rey de Bohemia. Luis murió antes de que tuviese tiempo de estallar la guerra entre los dos rivales, y Carlos IV fue reconocido por todos. Así vino a resolverse por sí mismo el desdichado conflicto. No fue tan fácil reparar sus daños: éstos pesaron, en primer lugar, sobre la vida eclesiástica alemana, que había estado veinte años bajo el entredicho, y en último término sobre el mismo papado, pues costó no poco convencer a los alemanes de que habían sido, tratados equitativamente por los papas franceses.
En la elección del papa siguiente, Inocencio VI (1352-1362), los cardenales convinieron en una capitulación electoral, la primera conocida en la historia. Se entiende bajo este término un contrato subscrito bajo juramento por todos los cardenales, por el que éstos se obligan, caso de salir elegidos para el solio pontificio, a admitir determinadas limitaciones de su poder espiritual o temporal. En las elecciones episcopales, tales convenios eran ya conocidos de antiguo.
También en las elecciones imperiales se introdujo más tarde (desde 1519) la costumbre de establecer una capitulación. Luego estas prácticas fueron rigurosamente prohibidas en todas las elecciones eclesiásticas; en cuanto a las papales, eran nulas ya desde un principio, puesto que el papa poseía siempre la plenitud del poder y no puede obligarse válidamente a sí mismo. De todos modos, no dejaba de constituir una presión moral y era, cuando menos, un indicio del creciente poder de los cardenales, que empezaban a considerar al papa como a uno de los suyos; constituyó, en todo caso, una desagradable secuela de la época de Aviñón.
Inocencio VI no tuvo más remedio que prestar atención a los asuntos de la ciudad de Roma, donde reinaba la más completa anarquía.
Las interminables pendencias entre los Colonna y los Orsini daban ocasión a frecuentes levantamientos populares. El notario romano Cola di Rienzo (1353) consiguió dos veces hacerse con el poder con el título de «tribuno del pueblo»; la segunda vez (1353) fue incluso reconocido por el papa, mas perdió la vida en un nuevo levantamiento popular. El papa envió a Italia en calidad de legado, al cardenal español Gil de Albornoz para poner las cosas en orden. No hubiera podido encontrar un hombre mejor.
Albornoz era un eminente político, tan recto como enérgico, y supo organizar el Estado pontificio todo lo bien que permitían las condiciones medievales. A partir de entonces, ningún obstáculo se oponía ya al regreso de los papas a Roma. Que tarde o temprano el papa tendría que trasladar su sede a Roma, saltaba a la vista de todos, incluso en Aviñón. Al sucesor de Inocencio VI, el piadoso y santo Urbano V (1362-1370), le apremiaban de todas partes a que se decidiera a dar este paso, no sólo Petrarca, a quien acaso movieran razones nacionales más que eclesiásticas, sino también santa Brígida de Suecia, que después de mucho peregrinar, se había establecido junto a los santuarios romanos, y el emperador alemán Carlos IV. Al fin Urbano V se resolvió a hacer siquiera un viaje a la ciudad.
Los italianos, que no veían a ningún papa desde hacía sesenta y tres años, lo recibieron en todas partes con gran entusiasmo, pero el estado de cosas que encontró en Roma no respondió a sus esperanzas y pronto emprendió el regreso a Aviñón. Con todo, este viaje había servido para romper el hechizo y poner las cosas en movimiento. El destierro de Aviñón tocaba a su fin.
(Continuará...)
Fdo. Cristobal AGuilar.
