Mi?rcoles, 23 de junio de 2010

EL CAMBIO DEL PAPADO A AVI?ON Y EL GRAN CISMA

Bertrando de Got, que adopt? el nombre de Clemente V, no hab?a estado presente al conclave. Tampoco se traslad? a Italia, sino que para su coronaci?n convoc? a los cardenales en Lyon. Esto no significaba todav?a que la corte papal fuera trasladada a Francia. El tesoro pontificio segu?a en As?s, en lugar seguro. Clemente abrigaba la intenci?n de establecerse en Roma, en el momento oportuno; pero de momento sent? sus reales en diversas ciudades francesas, y desde 1309 en Avi??n.


Frente a la presi?n ejercida por el rey de Francia, el papa se encontraba en una situaci?n muy dif?cil. Para eliminar una piedra de esc?ndalo, derog? para Francia la bula Unam Sanctam, dando con ello a entender que no quer?a inmiscuirse en el poder temporal del rey. Pero a Felipe el Hermoso poco le importaba esta concesi?n: lo que ?l quer?a era que se emprendiera un proceso en toda forma para declarar la ilegitimidad de Bonifacio VIII, pretensi?n a la que ning?n papa pod?a acceder. A esta exigencia se a?ad?a, adem?s, otra que revest?a la mayor gravedad: el rey exig?a del papa la supresi?n de la Orden de los templarios.

La orden de los templarios llevaba ya unos doscientos a?os de existencia. Fundada en Palestina por los cruzados, difundida luego por Europa y especialmente en Francia, no hab?a a?n perdido de vista el fin para el cual fue fundada, en el cual entraban por partes iguales la actividad guerrera y la pr?ctica de la beneficencia.

Hac?a s?lo unos pocos a?os que hab?a ca?do San Juan de Acre, el ?ltimo punto de apoyo del cristianismo en Palestina. Pero aun cuando no hubiera de haber ya ninguna otra cruzada, lo cual entonces no pod?a preverse todav?a, nada imped?a que los templarios se buscaran un nuevo campo de acci?n, como hicieron los sanjuanistas, que prosiguieron la lucha contra los turcos en el Mediterr?neo, o los caballeros teut?nicos, que trasladaron al nordeste europeo su obra de conquista, y evangelizaci?n, o las ?rdenes militares espa?olas, que combat?an contra los moros y rescataban esclavos cristianos.


De s?bito, Felipe el Hermoso tuvo noticia de unas inauditas monstruosidades que los templarios practicaban en secreto: idolatr?a, una desenfrenada licencia y un sinf?n de otros cr?menes. En el a?o 1307 hizo encarcelar a todos los templarios franceses, en n?mero de unos dos mil.

Las desatentadas acusaciones, cortadas sobre el mismo patr?n de las monstruosas calumnias lanzadas por el propio rey contra Bonifacio, no merec?an el menor cr?dito. Que algunos templarios hubieran faltado a sus deberes, era perfectamente posible, pero lo mismo hubiera podido decirse de miembros de cualquier otra orden religiosa; mas ni entonces ni m?s tarde pudo nadie presentar una prueba fehaciente de los cr?menes que se le imputaban.


Lo malo era que la orden pose?a muchas riquezas, y como el rey las ambicionaba, hab?a que probar la culpabilidad de aqu?lla a cualquier precio. Las posesiones de los templarios ten?an el car?cter de fundaciones eclesi?sticas de beneficencia, y para que el rey pudiera confisc?rselas necesitaba que el papa disolviera las fundaciones. Para intimidar al papa, le present? las confesiones de los reos, arrancadas bajo tormento.

El d?bil Clemente V se dej? acobardar, temeroso, adem?s, de que, si irritaba a Felipe, ?ste le forzara a iniciar el proceso contra Bonifacio VIII. Al final se decidi? a convocar un concilio ecum?nico en Vienne (1311), para sacudirse sobre ?ste la responsabilidad. Sin embargo, los padres no se declararon convencidos por las pruebas y documentos que se les presentaron y se resistieron a sentenciar la culpabilidad de los templarios.

Muchos de ?stos, en el entretanto, hab?an sido ya ajusticiados. El papa, acosado incesantemente por el rey, que asist?a tambi?n al concilio, encontr? finalmente la escapatoria de disolver la orden por un simple acto de provisi?n apost?lica, sin necesidad de dictar sentencia formal, cosa para la cual el papa est? siempre facultado con respecto a cualquier orden religiosa.

En cuanto a los bienes, para no defraudar la finalidad de las fundaciones, fueron atribuidos a los caballeros de Rodas y a otras ?rdenes militares, aunque muy poco fue lo que lleg? realmente a sus manos. Prosiguieron las ejecuciones, que dif?cilmente pueden considerarse como actos de provisi?n administrativa. Finalmente, en 1314, el gran maestre Jacobo de Molay, que hasta el final defendi? la inocencia de los suyos, pereci? en la hoguera.

La extinci?n de los templarios es uno de los mayores esc?ndalos de toda la historia eclesi?stica, y pesa como una losa sobre la memoria de Clemente V, que en ello desempe?? el papel de Pilato.

Tras la muerte de Clemente V la sede qued? vacante durante m?s de dos a?os. Finalmente, en 1316 fue elegido en Lyon el cardenal Jacobo Du?se (Deuze), obispo de Avi??n, que adopt? el nombre de Juan XXII.
Juan XXII es el papa m?s importante del siglo XIV. Igualmente destacado como jurista que como administrador, dotado de una incomparable capacidad de trabajo, en pol?tica m?s en?rgico que Clemente V y m?s prudente y afortunado que Bonifacio VIII, hubiera podido figurar en el n?mero de los papas m?s eminentes de todos los tiempos, si su visi?n hubiera sido m?s amplia, si hubiese pensado m?s como papa y como pastor de almas. As? como en teolog?a se aferraba obstinadamente a sus propias convicciones, era tambi?n terco en pol?tica, lo cual tuvo consecuencias funestas sobre todo en Alemania.


Despu?s de la muerte de Enrique VII, el luxemburgu?s (1314), la elecci?n para la corona alemana hab?a quedado indecisa. Ambos pretendientes, el duque Luis de Baviera y el duque Federico de Austria se dirigieron al papa pidi?ndole que actuara de ?rbitro. Juan XXII acept? el arbitraje, pero no se decidi? en favor de ninguno, ni siquiera cuando Luis el B?varo hubo derrotado a su rival (1322) y fue, en consecuencia, reconocido como rey en Alemania entera.

En lugar de Luis, para el tiempo que durara la vacancia del trono, el papa nombr? un vicario imperial para Italia, bas?n?dose en un derecho ca?do en desuso hac?a ya mucho tiempo, y por si esto fuera poco eligi? para este cargo al antiguo enemigo del imperio alem?n, el rey Roberto de N?poles. Luis el B?varo, que no era ning?n gran estadista y mucho menos un te?logo, ten?a razones para sentirse atacado injustamente. Por su parte nombr? un vicario imperial para Italia, a lo que contest? el papa amenaz?ndole con el entredicho eclesi?stico.

Luis apel? a un concilio general, y como con este acto se hab?a situado en un terreno falso, Juan XXII le excomulg? (1324). Afluyeron entonces a la corte de Luis todos los adversarios del papa y del papado en general: Miguel de Cesena, ministro general de los franciscanos, que hab?a roto con su orden con motivo de la pol?mica sobre la pobreza, el ingl?s Guillermo de Occam, franciscano tambi?n y famoso como fil?sofo, los profesores de Par?s Marsilio de Padua y Juan de Jand?n. En la propaganda literaria que se difundi? a partir de estos c?rculos, vino a ponerse en tela de juicio la doctrina entera del primado del papa. Fue la primera campa?a antipapal de gran estilo emprendida en el campo teol?gico y jur?dico.

Personalmente, Luis el B?varo se mantuvo alejado de estas pol?micas, y se hubiera alegrado mucho de poder hacer la paz con el papa. Pero los pr?ncipes alemanes protestaron en Sachsenhausen (1324) contra la excomuni?n de su rey y declararon hereje a Juan XXII. Ante esto, el papa no pod?a ya ceder, y declar? el entredicho contra toda Alemania. Luis el B?varo se dirigi? a Roma, se hizo coronar por el antiguo enemigo de los papas Sciarra Colonna y erigi? su propio antipapa.

?ste, sin embargo, tras la poco gloriosa retirada de Luis, se apresur? a comparecer en Avi??n para presentar sus excusas a Juan XXII. As?, al morir Juan XXII, los asuntos alemanes hab?an llegado a un grado de confusi?n dif?cilmente remediable. En casi todos sus actos el papa hab?a obrado de acuerdo con el derecho formal, y sin embargo no es posible eximirle de toda culpa. Pues, en mayor grado a?n que un pr?ncipe secular, el papa debe pensar siempre, cuando interviene en un conflicto, que no basta con que en sus actos le asista el derecho, sino que adem?s deben ?stos poseer fuerza de persuasi?n.

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Muy importante fue, en cambio, la labor de Juan XXII en el campo de la administraci?n eclesi?stica. Desde un punto de vista puramente exterior, la actividad burocr?tica en Avi??n fue mucho mayor de lo que nunca hab?a sido en Roma. Entonces adquiri? la curia papal aquel car?cter de una administraci?n centralizada de gran estilo, que hoy conserva todav?a y en medida a?n mayor.

A lo que m?s atenci?n dedic? Juan XXII fue al aspecto financiero. La base econ?mica de la Santa Sede era el censo, o sea, los ingresos fiscales de los territorios papales, de los Estados de la Iglesia, as? como el tributo feudal de los pr?ncipes que ten?an sus dominios como feudo del papa, entre los cuales figuraba en primer lugar el rey de N?poles. Entraban tambi?n en el censo las tasas de Canciller?a, que deb?an abonarse por la emisi?n de decretos de toda ?ndole, desde la concesi?n del palio a los arzobispos hasta los privilegios y dispensas usuales. Todas estas fuentes de ingresos exist?an ya antes del per?odo de Avi??n.

Tampoco era nueva la pr?ctica de gravar con impuestos los beneficios eclesi?sticos; pero los papas de Avi??n y en particular Juan XXII la ampliaron y sistematizaron. Entraban en este cap?tulo los fructus medii temporis, o sea, los ingresos devengados por un beneficio eclesi?stico desde la muerte o renuncia de su titular hasta la entrada en posesi?n del siguiente; las ?annatas?, o frutos del primer a?o: aun despu?s de la concesi?n de un beneficio, el nuevo titular deb?a entregar al tesoro pontificio una parte de la renta del primer a?o; las ?expectativas?: el candidato de una prebenda que no estaba a?n vacante pod?a hacerse inscribir por adelantado, satisfaciendo al efecto una especie de anticipo fiscal.

Estas y otras fuentes de ingresos semejantes, que en la ?poca de Avi??n fueron introducidas por primera vez o explotadas con mayor eficacia que antes, pose?an tambi?n, huelga decirlo, su aspecto discutible. Cuando se trataba de ping?es fundaciones exentas de deberes pastorales, como ocurr?a con muchas canonj?as, nada hab?a que objetar a que para obtener una renta vitalicia hubiera que satisfacer una cantidad a la curia; distinto era, empero, el caso cuando se trataba de la provisi?n de cargos destinados a la cura de almas.


De todos modos, adolecen, por decir lo menos, de superficiales las descripciones que ciertos historiadores se complacen en trazar de las ?t?cnicas financieras? y del tr?fico de prebendas que estaban en uso en la curia de Avi??n. Como toda gran administraci?n central, la curia necesitaba una base financiera. Las rentas procedentes de los Estados de la Iglesia eran, por aquel entonces, poco m?s que cero. Adem?s, ?por qu? un peque?o territorio italiano hab?a de cargar con todo el peso del gobierno de la Iglesia? Las ?t?cnicas financieras? de Avi??n no fueron otra cosa que la imposici?n de un sistema de tributaci?n sobre las posesiones eclesi?sticas de los distintos pa?ses. Tales grav?menes no pesaban sobre el pueblo, sino sobre los prelados y dem?s usufructuarios de las propiedades de la Iglesia, y en cierto modo tambi?n sobre los pr?ncipes, indirectamente al menos.


En los libros de historia corren muchas exageraciones acerca de las sumas as? recaudadas. Sin cesar se repite, o con asombro o con indignaci?n, la cifra de veinticinco millones de escudos de oro que, seg?n el cronista florentino Villani, dej? al morir Juan XXII. Hoy sabemos que el tesoro papal, a la muerte de este pont?fice, contaba s?lo con tres cuartos de mill?n. Pero lo que m?s ha influido sobre el juicio de la posteridad, ha sido el testimonio de Petrarca, quien pint? con los m?s negros colores la codicia y sed de dinero de la curia avi?onesa. S?lo que Petrarca estuvo durante toda su vida a la caza de prebendas, sin que alcanzaran a satisfacerle las muchas que en Avi??n se le concedieron; de ah? su resentimiento.


La verdad es que semejantes cazadores de prebendas, que pululaban en Avi??n y m?s tarde en Roma, y no desaparecieron hasta despu?s del concilio de Trento, constituyen uno de los m?s desagradables fen?menos de
la administraci?n curialesca. Eran cl?rigos que a veces se pasaban a?os enteros en la curia, sin hacer otra cosa que aguardar a que quedara vacante alg?n beneficio. Lo cual indica, por otra parte, que la opresi?n financiera por parte de la curia no deb?a ser tan grave como la pintan, puesto que, a despecho de gabelas, impuestos y tasas, segu?a mereciendo la pena el aspirar a un beneficio.

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Sucesor de Juan XXII fue Benedicto XII (1334-1342), un cisterciense severo y piadoso. Su deseo hubiera sido terminar de una vez la desdichada querella con Luis el B?varo, pero los reyes de Francia y de N?poles supieron frustrar este deseo; tem?an, en efecto, que si el papa se reconciliaba con Alemania, ganar?a en independencia y a lo mejor se decid?a a trasladar la curia a Roma.

Por lo dem?s, no es probable que Benedicto XII pensara en el regreso a Roma, pues ?l fue quien empez? la construcci?n del imponente palacio que a?n hoy domina la ciudad de Avi??n y es uno de los m?s grandiosos monumentos que nos quedan de la arquitectura g?tica tard?a. La interminable querella con Alemania tuvo por consecuencia que los pr?ncipes electores, reunidos en el a?o 1338 en Rhens del Rin, dictaran una ley por la que se declaraba que la elecci?n de emperador era independiente del papa. Con esto el papado perdi? uno de sus m?s importantes privilegios pol?ticos.


El papa siguiente, Clemente VI (1342-1352), compr? la ciudad de Avi??n y su comarca, que hasta entonces hab?a sido un feudo napolitano, en el que el papa hab?a residido, por as? decir, en calidad de hu?sped; desde aquel momento Avi??n pas?, pues, a constituir un peque?o estado eclesi?stico. La residencia de los papas en la ciudad del R?dano iba adquiriendo un car?cter definitivo. En la lucha con el emperador, Clemente VI volvi? a las medidas de violencia; renov? la excomuni?n de Luis el B?varo y emplaz? a los pr?ncipes electores a que designaran un nuevo emperador.

En realidad, el B?varo iba perdiendo en Alemania sus partidarios, y as? se explica que los electores, a pesar de haber repudiado no hac?a mucho toda ingerencia papal, se allanaran a la orden del pont?fice y eligieran rey de Alemania al nieto de Enrique VII, Carlos de Luxemburgo, rey de Bohemia. Luis muri? antes de que tuviese tiempo de estallar la guerra entre los dos rivales, y Carlos IV fue reconocido por todos. As? vino a resolverse por s? mismo el desdichado conflicto. No fue tan f?cil reparar sus da?os: ?stos pesaron, en primer lugar, sobre la vida eclesi?stica alemana, que hab?a estado veinte a?os bajo el entredicho, y en ?ltimo t?rmino sobre el mismo papado, pues cost? no poco convencer a los alemanes de que hab?an sido, tratados equitativamente por los papas franceses.

En la elecci?n del papa siguiente, Inocencio VI (1352-1362), los cardenales convinieron en una capitulaci?n electoral, la primera conocida en la historia. Se entiende bajo este t?rmino un contrato subscrito bajo juramento por todos los cardenales, por el que ?stos se obligan, caso de salir elegidos para el solio pontificio, a admitir determinadas limitaciones de su poder espiritual o temporal. En las elecciones episcopales, tales convenios eran ya conocidos de antiguo.

Tambi?n en las elecciones imperiales se introdujo m?s tarde (desde 1519) la costumbre de establecer una capitulaci?n. Luego estas pr?cticas fueron rigurosamente prohibidas en todas las elecciones eclesi?sticas; en cuanto a las papales, eran nulas ya desde un principio, puesto que el papa pose?a siempre la plenitud del poder y no puede obligarse v?lidamente a s? mismo. De todos modos, no dejaba de constituir una presi?n moral y era, cuando menos, un indicio del creciente poder de los cardenales, que empezaban a considerar al papa como a uno de los suyos; constituy?, en todo caso, una desagradable secuela de la ?poca de Avi??n.
Inocencio VI no tuvo m?s remedio que prestar atenci?n a los asuntos de la ciudad de Roma, donde reinaba la m?s completa anarqu?a.

Las interminables pendencias entre los Colonna y los Orsini daban ocasi?n a frecuentes levantamientos populares. El notario romano Cola di Rienzo (1353) consigui? dos veces hacerse con el poder con el t?tulo de ?tribuno del pueblo?; la segunda vez (1353) fue incluso reconocido por el papa, mas perdi? la vida en un nuevo levantamiento popular. El papa envi? a Italia en calidad de legado, al cardenal espa?ol Gil de Albornoz para poner las cosas en orden. No hubiera podido encontrar un hombre mejor.

Albornoz era un eminente pol?tico, tan recto como en?rgico, y supo organizar el Estado pontificio todo lo bien que permit?an las condiciones medievales. A partir de entonces, ning?n obst?culo se opon?a ya al regreso de los papas a Roma. Que tarde o temprano el papa tendr?a que trasladar su sede a Roma, saltaba a la vista de todos, incluso en Avi??n. Al sucesor de Inocencio VI, el piadoso y santo Urbano V (1362-1370), le apremiaban de todas partes a que se decidiera a dar este paso, no s?lo Petrarca, a quien acaso movieran razones nacionales m?s que eclesi?sticas, sino tambi?n santa Br?gida de Suecia, que despu?s de mucho peregrinar, se hab?a establecido junto a los santuarios romanos, y el emperador alem?n Carlos IV. Al fin Urbano V se resolvi? a hacer siquiera un viaje a la ciudad.

Los italianos, que no ve?an a ning?n papa desde hac?a sesenta y tres a?os, lo recibieron en todas partes con gran entusiasmo, pero el estado de cosas que encontr? en Roma no respondi? a sus esperanzas y pronto emprendi? el regreso a Avi??n. Con todo, este viaje hab?a servido para romper el hechizo y poner las cosas en movimiento. El destierro de Avi??n tocaba a su fin.

(Continuar?...)

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Fdo. Cristobal AGuilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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