lunes, 21 de junio de 2010

PENSAMIENTOS ESPIRÍTUALES DE JUAN PABLO II SOBRE LA FAMILIA

En esta ocasión os traemos un conjunto de pensamientos y citas de Juan Pablo sobre la familia cristiana y no cristiana. EL AUTOR DEL BLOG.

 

A todos vosotros, parejas cristianas —esposos y padres— os ofrezco esta invitación: ¡Caminad con
Cristo! Él es quien os descubre la dignidad del compromiso que habéis contraído, Él es quien confiere un valor inmenso a vuestro amor conyugal; es Él, Jesucristo, quien puede llevar a cabo en vosotros mucho más de lo que vosotros podéis pedir o imaginar.

 

Juan Pablo II

 

 

 


También la llamada al matrimonio es una vocación, un don de Dios. Nunca olvidaré a un muchacho, estudiante del politécnico de Cracovia, del que todos sabían que aspiraba con decisión a la santidad. Ése era el programa de su vida; sabía que había sido «creado para cosas grandes», como dijo una vez san Estanislao de Kostka. Y al mismo tiempo ese muchacho no tenía duda alguna de que su vocación no era ni el sacerdocio ni la vida religiosa; sabía que tenía que seguir siendo laico. Le apasionaba el trabajo profesional, los estudios de ingeniería. Buscaba una compañera para su vida y la buscaba de rodillas, con la oración. No podré olvidar una conversación en la que, después de un día especial de retiro, me dijo: «Pienso que ésta debe ser mi mujer, es Dios quien me la da.» Como si no siguiera las voces del propio gusto, sino en primer lugar la voz de Dios. Sabía que de Dios viene todo bien, e hizo una buena elección.

 

 

Porque el matrimonio es una experiencia que colma el corazón, pero también una tarea que cumplir. El tiempo de relaciones, de noviazgo, es ese tiempo maravilloso del aprendizaje. No lo estropeéis. Tened cuidado de prepararos desde ahora a ese compromiso. No confundáis la experiencia prematura del placer con la donación de sí en el amor lúcidamente consentido para siempre.


 


Queridos esposos, queridas familias: os habéis prometido el amor de Cristo, os pertenecéis en este amor de Cristo. No es sólo obligación, no es sólo un ideal lejano, es presente. Cuando os unís en el Señor, cuando oráis juntos, cuando os abandonáis cada vez más en sus manos, cuando vais siempre de nuevo uno al encuentro del otro, perdonándoos mutuamente como Él os quiere perdonar, cuando en el momento presente decís sí a su voluntad, cuando en el presente le invocáis y pedís: Sé Tú más fuerte en nosotros y entre nosotros de lo que nosotros lo somos, entonces Él cumplirá su promesa y os dirá: «No temáis. Soy yo»; entonces Él se hará presente en medio de vosotros; entonces podréis experimentar en vuestra situación particular lo que Él ha prometido a la Iglesia y a sus discípulos en general: «Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo.» El Dios del amor está con vosotros.

 

 


En su diálogo confiado, los esposos pueden dar razón de su amor, sin pretender juzgar al otro y sin temor de ser juzgados a su vez, en una preocupación legítima de transparencia interior y con un espíritu de ternura y perdón, propicios para el intercambio y el desarrollo de las personas, y fuente de felicidad. Así se manifiesta concretamente la responsabilidad conyugal, que cada uno recibe en el sacramento: preocuparse por el otro y «ser testigos, el uno para el otro y ambos para sus hijos, de la fe y del amor de Cristo».

 

El Papa os pide que continuéis rezando juntos. Rezad juntos como una sola familia por vuestra familia y por las otras. Padres: enseñad a vuestros hijos a rezar con confianza amorosa en el Padre del cielo. Jóvenes matrimonios: os pido especialmente que cultivéis esta costumbre de la oración familiar. La estabilidad, la felicidad y la seguridad de vuestras familias depende, en gran manera, de vuestras relaciones con Dios en la oración.

 

El camino de la vida familiar no está exento de dificultades ni riesgos. Vosotros, los cónyuges, lo sabéis bien. Pero, si tenéis fe, también sabéis que no estáis solos. Dios está con vosotros y no permite que le falte la ayuda de la gracia a quien lo invoca con confianza en la oración y en la práctica constante de los sacramentos. Pero debéis estar convencidos de esto: si es necesario empeñarse en los diferentes cometidos materiales, más necesario aún es crecer espiritualmente en contacto con Cristo, escuchando su Palabra y sin abandonar jamás su ley. Los intereses terrenos y las aspiraciones espirituales no se excluyen recíprocamente; antes bien, tienen necesidad de armonizarse e integrarse. El Evangelio os exhorta a no dejaros absorber totalmente por las actividades materiales.

 

La unión matrimonial y la estabilidad familiar comportan el empeño, no sólo de mantener, sino de acrecentar constantemente el amor y la mutua donación. Se equivocan quienes piensan que al matrimonio le es suficiente un amor cansinamente mantenido; es más bien lo contrario: los casados tienen el grave deber —contraído en sus esponsales— de acrecentar continuamente ese amor conyugal y familiar.

 


Por medio del sacramento, Cristo establece una presencia permanente en toda relación conyugal, por lo cual, los esposos deberán instaurar con Cristo redentor un coloquio ininterrumpido, amplio y sincero, que los abra a su gracia medicinal, restauradora y siempre santificante. Sin esta puerta abierta al Redentor que «ha venido a ser sabiduría, justicia, santificación y redención» no es posible construir un matrimonio cristiano, esto es, «esa unión íntima de vida, complemento entre un hombre y una mujer», que sea al mismo tiempo canal efectivo de vida sobrenatural.

 

 

Comprendo esas dificultades y los sufrimientos que implican. Pero no debéis renunciar a la grandeza y a la belleza del matrimonio. Con san Pablo, yo os digo: «Soportaos unos a otros.» No se trata solamente de ser pacientes; se trata de amar tanto al otro como para prestarle una ayuda, un apoyo. En el matrimonio no terminaréis de descubrir las cualidades y los defectos de vuestro cónyuge, y le ayudaréis a aumentar las primeras y a disminuir las segundas. Y además: «perdonaos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros». Teneos amor como para reconciliaros si una crisis amenaza vuestra unión. Porque quebrar vuestra mutua fidelidad es también romper con Dios, que es siempre fiel, que nunca deja de amar.


 

Hay quienes se atreven a negar, e incluso a ridiculizar, la idea de un compromiso fiel para toda la vida. Esas personas —podéis estar bien seguros— desgraciadamente no saben lo que es amar: quien no se decide a querer para siempre, es difícil que pueda amar de veras un solo día. El amor verdadero —a semejanza de Cristo— supone plena donación, no egoísmo; busca siempre el bien del amado, no la propia satisfacción egoísta.

 

Vosotras, familias que podéis disfrutar del bienestar, no os cerréis dentro de vuestra felicidad;
abrios a los otros para repartir lo que os sobra y a otros les falta. Familias oprimidas por la pobreza, no os desaniméis y, sin tener el lujo por ideal ni la riqueza como principio de felicidad, buscad con la ayuda de todos superar los pasos difíciles en la espera de días mejores. Familias visitadas y angustiadas por el dolor físico o moral, probadas por la enfermedad o la miseria, no acrecentéis a tales sufrimientos la amargura o la desesperación, sino sabed amortiguar el dolor con la esperanza.

 

 

Mi oración llega asimismo a todos los hogares y familias que atraviesan dificultades, y hacen múltiples esfuerzos por salvar el vínculo que los une y educar a sus hijos. ¡Ojalá que encuentren en la Iglesia matrimonios que estén cerca de ellos para ayudarlos! Asimismo, encomiendo al Señor a todos los que se han separado, o divorciado, y a los divorciados que se han vuelto a casar. Ojalá, que, acogiendo en la fe la concepción auténtica del matrimonio enseñada por la Iglesia, acepten proseguir su vida cristiana dentro de la comunidad, para su crecimiento espiritual, cultivando un espíritu de perdón y penitencia, y ejerzan conjunta mente sus responsabilidades familiares, en particular la educación de sus hijos.


 


Este amor ha de llevaros a la generosa comunicación de la vida, porque es de esa forma como el amor de los cónyuges se despliega y hace fecundo. ¡No tengáis miedo a los hijos que puedan venir; ellos son el don más precioso del matrimonio! Si queréis hacer de vuestro matrimonio un testimonio de verdadero amor y construir una nación próspera, no os neguéis a traer muchos invitados al banquete de la vida.

 


¡Con cuánta frecuencia os sentís impotentes en vuestras familias frente a las situaciones dolorosas y aparentemente insolubles! ¡Cuántas personas consideran un esfuerzo constante el perdonar resentimientos pasados arraigados de ira, hostilidad, celos o rencor! ¡Cuántas personas anhelan desesperadamente que algún ser querido abandone un modo de vivir o de manera de actuar que ellas saben que sólo los conducirá a la frustración y a la infidelidad! Y, ¡con cuánta frecuencia nuestro corazón se dirige hacia alguien que está atrapado en las redes de la angustia o de un amargo tormento que no encuentra consuelo! En momentos así, ¿no deberíamos confiar en que la más desesperada de las situaciones humanas puede ser transformada por el poder salvador de Jesús que, como respuesta a su petición, convirtió el agua en vino, que murió en la cruz para que pudiéramos vivir eternamente?.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti