PENSAMIENTOS ESPIRÍTUALES DE JUAN PABLO II SOBRE LA FAMILIA
En esta ocasión os traemos un conjunto de pensamientos y citas de Juan Pablo sobre la familia cristiana y no cristiana. EL AUTOR DEL BLOG.
A todos vosotros, parejas cristianas —esposos y padres— os ofrezco
esta invitación: ¡Caminad con
Cristo! Él es quien os descubre la dignidad del
compromiso que habéis contraído, Él es quien confiere
un valor inmenso a vuestro amor conyugal; es Él,
Jesucristo, quien puede llevar a cabo en vosotros
mucho más de lo que vosotros podéis pedir o imaginar.
Juan Pablo II
También la llamada al matrimonio es una vocación, un don de
Dios. Nunca olvidaré a un muchacho, estudiante del politécnico de
Cracovia, del que todos sabían que aspiraba con decisión a la santidad.
Ése era el programa de su vida; sabía que había sido «creado para cosas
grandes», como dijo una vez san Estanislao de Kostka. Y al mismo tiempo
ese muchacho no tenía duda alguna de que su vocación no era ni el
sacerdocio ni la vida religiosa; sabía que tenía que seguir siendo
laico. Le apasionaba el trabajo profesional, los estudios de ingeniería.
Buscaba una compañera para su vida y la buscaba de rodillas, con la
oración. No podré olvidar una conversación en la que, después de un día
especial de retiro, me dijo: «Pienso que ésta debe ser mi mujer, es Dios
quien me la da.» Como si no siguiera las voces del propio gusto, sino
en primer lugar la voz de Dios. Sabía que de Dios viene todo bien, e
hizo una buena elección.
Porque el matrimonio es una experiencia que colma el
corazón, pero también una tarea que cumplir. El tiempo de relaciones, de
noviazgo, es ese tiempo maravilloso del aprendizaje. No lo estropeéis.
Tened cuidado de prepararos desde ahora a ese compromiso. No confundáis
la experiencia prematura del placer con la donación de sí en el amor
lúcidamente consentido para siempre.
Queridos esposos, queridas familias: os habéis prometido el
amor de Cristo, os pertenecéis en este amor de Cristo. No es sólo
obligación, no es sólo un ideal lejano, es presente. Cuando os unís en
el Señor, cuando oráis juntos, cuando os abandonáis cada vez más en sus
manos, cuando vais siempre de nuevo uno al encuentro del otro,
perdonándoos mutuamente como Él os quiere perdonar, cuando en el momento
presente decís sí a su voluntad, cuando en el presente le invocáis y
pedís: Sé Tú más fuerte en nosotros y entre nosotros de lo que nosotros
lo somos, entonces Él cumplirá su promesa y os dirá: «No temáis. Soy
yo»; entonces Él se hará presente en medio de vosotros; entonces podréis
experimentar en vuestra situación particular lo que Él ha prometido a
la Iglesia y a sus discípulos en general: «Yo estaré con vosotros
siempre hasta la consumación del mundo.» El Dios del amor está con
vosotros.
En su diálogo confiado, los esposos pueden dar razón de su
amor, sin pretender juzgar al otro y sin temor de ser juzgados a su vez,
en una preocupación legítima de transparencia interior y con un
espíritu de ternura y perdón, propicios para el intercambio y el
desarrollo de las personas, y fuente de felicidad. Así se manifiesta
concretamente la responsabilidad conyugal, que cada uno recibe en el
sacramento: preocuparse por el otro y «ser testigos, el uno para el otro
y ambos para sus hijos, de la fe y del amor de Cristo».
El Papa os pide que continuéis rezando juntos. Rezad juntos como una sola familia por vuestra familia y por las otras. Padres: enseñad a vuestros hijos a rezar con confianza amorosa en el Padre del cielo. Jóvenes matrimonios: os pido especialmente que cultivéis esta costumbre de la oración familiar. La estabilidad, la felicidad y la seguridad de vuestras familias depende, en gran manera, de vuestras relaciones con Dios en la oración.
El camino de la vida familiar no está exento de dificultades ni riesgos. Vosotros, los cónyuges, lo sabéis bien. Pero, si tenéis fe, también sabéis que no estáis solos. Dios está con vosotros y no permite que le falte la ayuda de la gracia a quien lo invoca con confianza en la oración y en la práctica constante de los sacramentos. Pero debéis estar convencidos de esto: si es necesario empeñarse en los diferentes cometidos materiales, más necesario aún es crecer espiritualmente en contacto con Cristo, escuchando su Palabra y sin abandonar jamás su ley. Los intereses terrenos y las aspiraciones espirituales no se excluyen recíprocamente; antes bien, tienen necesidad de armonizarse e integrarse. El Evangelio os exhorta a no dejaros absorber totalmente por las actividades materiales.
La unión matrimonial y la estabilidad familiar comportan el
empeño, no sólo de mantener, sino de acrecentar constantemente el amor y
la mutua donación. Se equivocan quienes piensan que al matrimonio le es
suficiente un amor cansinamente mantenido; es más bien lo contrario:
los casados tienen el grave deber —contraído en sus esponsales— de
acrecentar continuamente ese amor conyugal y familiar.
Por medio del sacramento, Cristo establece una presencia
permanente en toda relación conyugal, por lo cual, los esposos deberán
instaurar con Cristo redentor un coloquio ininterrumpido, amplio y
sincero, que los abra a su gracia medicinal, restauradora y siempre
santificante. Sin esta puerta abierta al Redentor que «ha venido a ser
sabiduría, justicia, santificación y redención» no es posible construir
un matrimonio cristiano, esto es, «esa unión íntima de vida, complemento
entre un hombre y una mujer», que sea al mismo tiempo canal efectivo de
vida sobrenatural.
Comprendo esas dificultades y los sufrimientos que implican. Pero
no debéis renunciar a la grandeza y a la belleza del matrimonio. Con
san Pablo, yo os digo: «Soportaos unos a otros.» No se trata solamente
de ser pacientes; se trata de amar tanto al otro como para prestarle una
ayuda, un apoyo. En el matrimonio no terminaréis de descubrir las
cualidades y los defectos de vuestro cónyuge, y le ayudaréis a aumentar
las primeras y a disminuir las segundas. Y además: «perdonaos
mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó,
perdonaos también vosotros». Teneos amor como para reconciliaros si una
crisis amenaza vuestra unión. Porque quebrar vuestra mutua fidelidad es
también romper con Dios, que es siempre fiel, que nunca deja de amar.
Hay quienes se atreven a negar, e incluso a ridiculizar, la idea de un compromiso fiel para toda la vida. Esas personas —podéis estar bien seguros— desgraciadamente no saben lo que es amar: quien no se decide a querer para siempre, es difícil que pueda amar de veras un solo día. El amor verdadero —a semejanza de Cristo— supone plena donación, no egoísmo; busca siempre el bien del amado, no la propia satisfacción egoísta.
Vosotras, familias que podéis disfrutar del bienestar, no os cerréis
dentro de vuestra felicidad;
abrios a los otros para repartir lo que os sobra y a otros les falta.
Familias oprimidas por la pobreza, no os desaniméis y, sin tener el lujo
por ideal ni la riqueza como principio de felicidad, buscad con la
ayuda de todos superar los pasos difíciles en la espera de días mejores.
Familias visitadas y angustiadas por el dolor físico o moral, probadas
por la enfermedad o la miseria, no acrecentéis a tales sufrimientos la
amargura o la desesperación, sino sabed amortiguar el dolor con la
esperanza.
Mi oración llega asimismo a todos los hogares y familias que
atraviesan dificultades, y hacen múltiples esfuerzos por salvar el
vínculo que los une y educar a sus hijos. ¡Ojalá que encuentren en la
Iglesia matrimonios que estén cerca de ellos para ayudarlos! Asimismo,
encomiendo al Señor a todos los que se han separado, o divorciado, y a
los divorciados que se han vuelto a casar. Ojalá, que, acogiendo en la
fe la concepción auténtica del matrimonio enseñada por la Iglesia,
acepten proseguir su vida cristiana dentro de la comunidad, para su
crecimiento espiritual, cultivando un espíritu de perdón y penitencia, y
ejerzan conjunta mente sus responsabilidades familiares, en particular
la educación de sus hijos.
Este amor ha de llevaros a la generosa comunicación de la
vida, porque es de esa forma como el amor de los cónyuges se despliega y
hace fecundo. ¡No tengáis miedo a los hijos que puedan venir; ellos son
el don más precioso del matrimonio! Si queréis hacer de vuestro
matrimonio un testimonio de verdadero amor y construir una nación
próspera, no os neguéis a traer muchos invitados al banquete de la vida.
¡Con cuánta frecuencia os sentís impotentes en vuestras familias
frente a las situaciones dolorosas y aparentemente insolubles! ¡Cuántas
personas consideran un esfuerzo constante el perdonar resentimientos
pasados arraigados de ira, hostilidad, celos o rencor! ¡Cuántas personas
anhelan desesperadamente que algún ser querido abandone un modo de
vivir o de manera de actuar que ellas saben que sólo los conducirá a la
frustración y a la infidelidad! Y, ¡con cuánta frecuencia nuestro
corazón se dirige hacia alguien que está atrapado en las redes de la
angustia o de un amargo tormento que no encuentra consuelo! En momentos
así, ¿no deberíamos confiar en que la más desesperada de las situaciones
humanas puede ser transformada por el poder salvador de Jesús que, como
respuesta a su petición, convirtió el agua en vino, que murió en la
cruz para que pudiéramos vivir eternamente?.
Fdo. Cristobal Aguilar.
