jueves, 17 de junio de 2010

LAS CRUZADAS Y LA IGLESIA (PRIMERA PARTE) - HISTORIA DE LA IGLESIA

Si algo nos permite medir la distancia que nos separa espiritualmente de la Edad Media, son las Cruzadas. Nos resulta casi más fácil penetrar en la psicología del tiempo de las persecuciones que en la de las expediciones militares a Tierra Santa, a pesar de estar éstas casi mil años más cerca de nosotros. Nos conviene, pues, por razón precisamente de esta dificultad, aplicar una gran reserva a nuestro juicio, tanto en el elogio como en la censura.


El impulso externo para las cruzadas lo procuró la conquista de Jerusalén por los seljúcidas en el año 1070. Las peregrinaciones a los santos lugares de Palestina, que habían florecido especialmente en los siglos IV y V, no habían sido interrumpidas por la conquista árabe de aquel país en 637. Los turcos seljúcidas, que en el siglo XI acabaron con el imperio de los califas, en comparación con los antiguos árabes eran unos bárbaros y desde un principio mostraron ser mucho más hostiles a los cristianos que aquéllos. Conquistaron Bagdad y Mosul en 1055, extendieron luego sus dominios hacia Siria por un lado y hacia Armenia por el otro, en 1076 tomaron Damasco y desde 1080 tuvieron en sus manos casi toda el Asia Menor, constituyendo, una amenaza directa contra lo que restaba del Imperio romano y contra la propia ciudad de Constantinopla.


Ya Gregorio VII en 1074 había concebido el plan de convocar a toda la cristiandad, con inclusión de los bizantinos, para hacer la guerra a este peligroso enemigo. La lucha de las investiduras impidió entonces la realización de este plan. Urbano II, a instancias del emperador Alejo Comneno (1081-1118), volvió a tomar el proyecto en sus manos y en los sínodos de Plasencia y Clermont en 1095 consiguió despertar un encendido entusiasmo por la empresa, de cuyas dificultades seguramente nadie se daba cuenta. Todos los que prometieron su concurso adoptaron como distintivo una cruz, que generalmente llevaban cosida sobre el hombro derecho, lo que les valió el nombre de cruciati, cruzados.

 

A los caballeros de los distintos países se les señaló, como punto de concentración, Constantinopla. Pero antes de que se congregaran apareció una figura no muy clara, Pedro de Amiens, que haciéndose pasar por un peregrino de Jerusalén sin jamás haber estado allí, reunió un ejército de campesinos franceses. La tropa pasó a Renania, donde recibió refuerzos, y por el momento ocuparon su celo de cruzados en perseguir a los judíos, lo que aportó un gran descrédito a la empresa. Una parte de estas indisciplinadas bandas llegó a Constantinopla, pero fue deshecha en cuanto tocó el suelo del Asia Menor.

Cuando los caballeros estuvieron reunidos en Constantinopla, con gran sorpresa de todos el emperador les exigió que le prestaran juramento de fidelidad. Los cruzados lograron cruzar toda el Asia Menor, siguiendo de victoria en victoria aproximadamente el camino marcado hoy por el ferrocarril de Anatolia. En 1098, estando ellos detenidos en Antioquía, la ciudad de Jerusalén, que antes de la conquista seljúcida había pertenecido al califato de El Cairo, fue reconquistada por los egipcios. No por ello alteraron los cruzados sus planes. Bajo la dirección del caballero valón Godofredo de Bouillon, en 15 de julio de 1099 tomaron al asalto Jerusalén. El primer objetivo de la cruzada estaba, pues, cubierto.


Los caballeros procedieron entonces a organizar, en las regiones conquistadas, estados feudales a la manera medieval. Se creó un principado de Antioquía regido por el normando Bohemundo, hijo de Roberto Guiscardo, y un principado de Edesa para Balduino de Bouillon, hermano de Godofredo. Del reino de Jerusalén debía hacerse cargo el propio Godofredo. Pero éste abdicó pronto, de su título real, y además falleció unos meses después de la conquista. Así, el primer rey de Jerusalén fue su hermano Balduino. También se instituyó una jerarquía latina, con patriarcas en Jerusalén y Antioquía, y diversos obispados sufragáneos. Los restos de la antigua población cristiana en Siria y Palestina eran aún más numerosos que hoy.


Los historiadores islámicos han considerado siempre las cruzadas como unas injustificadas guerras agresivas y de conquista. No deja de sorprender este juicio en boca de los musulmanes, habida cuenta de que ni los árabes, ni los egipcios ni los seljúcidas podían presentar otros títulos a la posesión de aquellas tierras que los derivados de su ocupación armada. Pero dejando de lado esta cuestión, la verdad es que ni el papa, ni los príncipes y caballeros cristianos abrigaban la menor duda sobre la justicia de su causa. No sólo les parecía evidente su derecho a dominar los Santos Lugares, sino que toda lucha contra los infieles les parecía justificada de suyo, cosa que, por lo demás, creían también por su parte los musulmanes.

 

En los años siguientes se sucedieron sin interrupción las oleadas de refuerzos procedentes de Occidente. En 1101 se creó un cuarto principado, el de Trípoli en Siria. Los cruzados establecidos en el país edificaron castillos e iglesias, de las que quedan aún hoy restos grandiosos. El primer revés ocurrió cuando en 1144 el emir turco de Mosul conquistó Edesa.


El hecho causó una gran impresión en Occidente, y san Bernardo, que estaba entonces en la cúspide de su prestigio, consiguió reunir una nueva cruzada, en la que participaron el emperador alemán Conrado III y el rey de Francia Luis VII. Los cruzados que viajaban por mar desde el norte de Europa, ayudaron, de paso, al rey de Portugal Alfonso I a arrebatar Lisboa a los moros (1147). Pero éste fue el único éxito de la empresa. Los alemanes sufrieron en Dorilea, en el Asia Menor, una severa derrota. Fracasó una expedición dirigida contra Damasco. San Bernardo tuvo que oir amargos reproches.

 

Si los estados cristianos se mantuvieron todavía en pie durante algún tiempo, fue sólo porque no les atacó ningún adversario poderoso. Pero no tardaron en hallarlo en la persona del gran Saladino, sultán de Egipto desde 1171, que en 1174 extendió su dominio sobre Damasco y en 1183 sobre Mesopotamia. Saladino no era sólo un poderoso guerrero, sino también un hombre de carácter noble y elevado, uno de los mejores que ha producido el Islam.

 

¡Qué pobre impresión hacen, frente a él, los cruzados cristianos, cuyas interminables rencillas interiores les habían hecho perder totalmente de vista su objetivo primitivo! Saladino infligió a los cristianos una aniquiladora derrota en la batalla de Hattin, cerca del lago de Genesaret. El rey de Jerusalén, Guido de Lusiñán, cayó prisionero. Todo el país, Jerusalén inclusive, se entregó al vencedor. Los cristianos quedaron reducidos a las plazas fuertes de Tiro, Trípoli, Antioquía.


Una vez más se aprestó la cristiandad a una tercera cruzada, convocada por Gregorio VIII (1187) y su sucesor Clemente III (1187­1191). Los alemanes acudieron por tierra, capitaneados por el anciano emperador Federico Barbarroja. Obtuvieron una victoria en Konia, y estaban ya cerca de Antioquía, cuando el emperador se ahogó al pasar un río. La mayor parte de los alemanes emprendieron el regreso.

 

Por mar acudieron Felipe II de Francia y Ricardo Corazón de León, de Inglaterra, el cual de camino conquistó Chipre. Guido de Lusiñán, que había sido puesto en libertad por Saladino, puso sitio al puerto de Acre, que como el resto de Palestina se había perdido después de la batalla de Hattin. Acre fue reconquistada con ayuda de los cruzados nuevamente llegados. Ricardo Corazón de León concertó un armisticio con Saladino: los cristianos quedaban en posesión de la franja costera, de Jaffa hasta Tiro, con Acre como puerto principal. Las peregrinaciones a Jerusalén debían hacerlas desarmados.

 

Así, el resultado obtenido por esta cruzada, la mayor de las emprendidas, fue también muy mísero. Todo lo estropeaban las eternas disensiones entre los príncipes y los caballeros, en las que se distinguía Ricardo Corazón de León, tan bravo como quisquilloso.

 

El duque de Austria, Leopoldo V, gravemente ofendido por Ricardo, se vengó de él tendiéndole una celada en el viaje de vuelta; habiéndole hecho prisionero, le entregó al emperador de Alemania, Enrique VI, el cual lo retuvo hasta que los ingleses pagaron un rescate. Este sacrílego atentado contra la persona inviolable de un rey cruzado constituyó un escándalo para toda Europa y contribuyó a apagar los entusiasmos, ya de suyo decaídos.


Fue un éxito, en cambio, la expedición que Enrique VI en 1197 envió a Oriente desde Apulia; la conquista de Beirut significó restablecer las comunicaciones entre la franja costera de Palestina y Antioquía.

 

El gran papa Inocencio III puso en pie una nueva cruzada. La república de Venecia estaba dispuesta a suministrar la flota. Mientras los caballeros, que esta vez procedían casi todos de Francia, se congregaban en Venecia, apareció en la ciudad el joven emperador Alejo, huido de Constantinopla en 1201, y solicitó el auxilio de los cruzados. Con esto se dio un nuevo giro, no sólo a la cruzada sino a toda la política oriental de Europa.


Desde el siglo XI Venecia, Bizancio y los normandos rivalizaban por la hegemonía del Adriático. A los venecianos les interesaba, antes que nada, que no se les cerrara la salida del mar. Mientras Roberto Guiscardo y su hijo Bohemundo estuvieron intentando sentar firmemente el pie en el Epiro y Albania, Venecia fue aliada de Bizancio contra los normandos. Pero cuando en 1149 los bizantinos ocuparon Corfú e incluso Ancona en 1151, la república se alió con los normandos contra el Imperio de Oriente. Desde entonces los griegos profesaron a los venecianos un creciente aborrecimiento.

 

El emperador Manuel I, de la dinastía de los Comnenos, en 1171 hizo encarcelar a todos los venecianos que se encontraban en Constantinopla. Después de su muerte, ocurrida en 1180, su viuda María de Antioquía, oriunda de Occidente, que desempeñaba la regencia durante la minoridad de su hijo Alejo II, inició una política filoveneciana, y esto dio pie a que estallara una revolución, instigada por otro príncipe de los Comnenos, Andrónico.

 

Se dio muerte al joven emperador Alejo y a todos los venecianos, y Andrónico subió al trono en 1183. Sin embargo, en 1185 fue asesinado por su yerno Isaac Angelos. Isaac gobernó hasta el año 1195, en que, derribado por su hermano Alejo III, fue cegado y encarcelado. Su hijo Alejo IV consiguió en 1201 evadirse de la prisión en que le tenía su tío, y así fue como llegó a Venecia en el momento en que se estaban congregando allí los cruzados.

 

El dux Enrique Dandolo no dejó que se le escapara esta oportunidad única. Tenía en sus manos a los cruzados, y dirigió la flota contra Constantinopla. Por el camino tuvieron los cruzados que conquistar Zara para los venecianos. Constantinopla fue tomada en 1203, y Alejo IV fue instalado en el trono. Los griegos se rebelaron en seguida y le asesinaron; los cruzados volvieron a tomar Constantinopla y procedieron ya sin contemplaciones de ninguna clase. El Imperio bizantino fue convertido en un estado feudal a la manera de los occidentales y se proclamó emperador a Balduino, conde de Flandes, aunque su territorio se reducía a Constantinopla y algunas islas.

 

Se estableció además un reino en Salónica, ducados en Filipópolis y Atenas y un principado en Morea. Los venecianos se quedaron también con muchas posesiones. Fue creada una nueva jerarquía encabezada por un patriarca latino en Constantinopla, del que dependían veintidós arzobispados y cincuenta y ocho obispados. Inocencio III no estaba en absoluto de acuerdo con el giro que los venecianos habían dado a su cruzada, pero ante el hecho consumado aprobó la nueva ordenación eclesiástica.


Desde el punto de vista político, los resultados no eran tan despreciables como pudiera parecer. Era inútil entretenerse en plantear cuestiones de derecho, dada la irremediable situación del Imperio bizantino y la atroz conducta de los Comnenos. Una de las principales causas de que los cruzados no hubieran podido conservar Palestina, había sido la falta de una base. Esta base es la que hubiera podido suministrar el Imperio latino establecido en la península balcánica, de haber sido viable. Pero no le resultó, entre otras cosas porque la conquista no había sido completa.

 

Los Comnenos resistían en Epiro y en Trebisonda, donde continuaron ostentando el título imperial, y frente a Constantinopla surgió otro estado griego, Nicea, gobernado por Teodoro Láscaris, que también tomó el título de emperador. No había, pues, que hablar de establecer una línea de comunicaciones con Palestina; a mayor abundamiento, el Imperio franco languidecía por efecto de su economía feudal y de la incapacidad o minoridad de sus soberanos.
Inocencio III intentó aún poner en marcha una cruzada auténtica, pero murió antes de que en 1217 el rey de Hungría Andrés II y el duque de Austria, Leopoldo VI, llegaran a Acre.

 

Éstos no hicieron nada de provecho. Al año siguiente el rey titular de Jerusalén, Juan de Brienne, con el legado pontificio atacó a Egipto y conquistó el puerto, entonces muy importante, de Damieta. También ésta era una idea acertada, pues la historia enseña que a la larga el dominio de Palestina no puede mantenerse sin el de Egipto. No olvidemos que de Egipto había salido también Saladino. Sin embargo, la expedición acabó mal, cuando los egipcios perforaron los diques del Nilo e inundaron todas las tierras en torno a Damieta.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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