Martes, 15 de junio de 2010

LA VIDA ECLESI?STICA EN LA EDAD MEDIA (3 PARTE) - LAS GRANDES FIGURAS DE LA IGLESIA

Sobre la vida de san Francisco de As?s estamos mejor informados que sobre la de la mayor parte de los santos medievales. Naci? en 1182 en As?s, hijo de un rico comerciante. Recibi? una buena educaci?n. Poco a poco fue abrazando la vida piadosa: en 1206 renunci? a la herencia y emprendi? una especie de vida erem?tica. Aunque seglar, a partir de 1208 actu? p?blicamente como predicador penitencial, y empezaron a un?rsele los primeros compa?eros. Hasta este momento su vida hab?a discurrido seg?n cauces an?logos a la de Valdo y otros iluminados contempor?neos.

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Pero Francisco no era un so?ador enemigo de la Iglesia. Se traslad? a Roma y fue presentado al papa Inocencio III por el cardenal benedictino Juan Colonna. Aquel gran papa le dio oralmente permiso para continuar sus predicaciones, acept? sus votos de obediencia y le concedi? la tonsura como s?mbolo del estado clerical. Desde ese momento no cesaron de afluir adeptos, de las m?s variadas procedencias. El d?a de pentecost?s de 1219 se celebr? en As?s un cap?tulo que dio una especie de organizaci?n a la naciente orden. Se nombraron ministros provinciales y se enviaron los primeros grupos a los pa?ses extranjeros.

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La expedici?n a Marruecos termin? con el martirio de los cinco primeros misioneros, cuyos cad?veres fueron transportados a Portugal. El hecho produjo tal impresi?n sobre el joven can?nigo de Coimbra, Femando, que sin perder momento se dirigi? a Italia y se reuni? con san Francisco. Recibi? el nombre de Antonio y bajo el de Antonio de Padua ha sido hasta hoy uno de los m?s venerados santos de la Iglesia.


Al cap?tulo de pentecost?s de 1220 asisti? el cardenal Hugolino, el futuro Gregorio IX, que desde entonces fue el gran protector de san Francisco y su orden. A prop?sito de la organizaci?n surgieron diferencias de criterio: los ministros provinciales deseaban una legislaci?n m?s en?rgica. Francisco llevaba ya alg?n tiempo mal de salud, y su vista sobre todo se iba debilitando progresivamente. En consecuencia, renunci? a dirigir la orden e hizo elegir un vicario.

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Sin embargo, obedeciendo a los deseos del cap?tulo, se encarg? de redactar la regla. Al a?o siguiente, en 1221, los hermanos asistentes al cap?tulo eran ya cerca de tres mil. Como tuvieron que acampar al aire libre, la asamblea es conocida en la historia de la orden con el nombre de ?cap?tulo de las esteras?. En el monte La Verna, cerca de Arezzo, a cuyas soledades se hab?a retirado Francisco, recibi? ?ste los estigmas el 14 de septiembre de 1224. Su enfermedad se fue agravando, y el 3 de octubre de 1226 muri? en el convento de la Porci?ncula, en As?s, a los 44 a?os de edad.

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Sobre la personalidad de San Francisco circulan muchas ideas err?neas. No era ni un iluso entusi?stico ni un ni?o so?ador que jugara con florecillas y rayos de sol. Era, al contrario, en todos los aspectos un hombre de cuerpo entero, sencillo, natural, sensato. No era un te?logo, pero pose?a la fe sana y acendrada del pueblo cat?lico. Era persona de pocas palabras y muy modesto. No ten?a celos de que otros colaboraran en su fundaci?n. En algunas de las an?cdotas transmitidas aparece como un so?ador carente de sentido pr?ctico, pero en realidad era un hombre inteligente y cauto, un realista. Se entendi? bien con las autoridades eclesi?sticas.

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Era muy riguroso en sus exigencias asc?ticas, tanto en las que se impon?a a s? mismo como en las que exig?a de sus disc?pulos, sobre todo en lo que toca a la pobreza. Pero no era un esp?ritu triste y obscuro, sino iluminado de bondad y mansedumbre, aunque no poseyera el ingenio chispeante o la gracia de un san Felipe Neri o un san Juan Bosco. A despecho de no ser ni un jurista ni un organizador, el movimiento popular que ?l despert? a la vida ?pues se trataba de un aut?ntico movimiento del pueblo? nada tiene del desenfre?nado entusiasmo de masas que caracteriza a tantos fundadores de religiones no cristianas.

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Este hombre modesto, de escasa apariencia f?sica, cuenta sin duda alguna entre las m?s grandes personalidades de la historia universal. Se encuentra en ?l un grado de aproximaci?n y vinculaci?n a Dios, como nadie o muy pocos antes de ?l alcanzaron. Casi todos los santos tienen sus adversarios: los tuvieron en vida y siguen teni?ndolos despu?s. Pero hasta hoy no ha aparecido ning?n enemigo de san Francisco. No todos lo comprenden, pero todo el mundo le ama, incluso los no cat?licos.

Completamente distinta de la de san Francisco es la figura del otro gran fundador del siglo XIII, santo Domingo de Guzm?n. No ha alcanzado, ni de lejos, la popularidad del Pobrecillo de As?s, pero no es inferior su obra, dentro de la historia de la Iglesia.


Domingo naci? en 1170 en Caleruega, Castilla la Vieja. Estudi? Teolog?a en la escuela de Palencia, que pronto hab?a de obtener rango de universidad, y en 1195 fue nombrado can?nigo en Osma. En 1201 llev? a cabo, junto con el obispo, la conversi?n del cap?tulo catedralicio en una congregaci?n de can?nigos regulares seg?n la regla de san Agust?n. Luego acompa?? a su obispo en un viaje al sur de Francia, donde entonces hac?a estragos la guerra de los albigenses.

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Domingo se qued? all?, empez? a predicar y pronto se convenci? de que no era mucho lo que se hab?a ganado con la derrota militar de los rebeldes herejes. Determin?, pues, fundar una orden especial de maestros predicadores, para la cual encontr? un decidido protector en el arzobispo de Tolosa, Fulco, que era cisterciense. Con ?l asisti? en 1215 al cuarto concilio de Letr?n, en Roma. Inocencio III aprob? su plan, pero recomendando se adoptara una de las reglas ya aprobadas.

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Santo Domingo eligi? la regla que hasta entonces hab?a observado, la de san Agust?n, a?adi?ndole constituciones inspiradas en muchos puntos en las de los premonstratenses, que eran tambi?n can?nigos regulares. Obtuvo la confirmaci?n definitiva en 1216, de Honorio III. El primer convento de la orden fue la iglesia de san Rom?n, en Tolosa, cedida por el arzobispo Fulco. No tardaron en a?ad?rsele otros. Santo Domingo muri? en Bolonia en 1221. La labor organizadora fue terminada por su sucesor, el gran Jord?n de Sajonia.

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Las constituciones de la orden de los dominicos han sido siempre admiradas con raz?n, y sirvieron de modelo para todas las fundaciones posteriores, especialmente para la de san Ignacio de Loyola. Los dominicos fueron la primera orden gobernada seg?n un r?gimen centralizado. El poder legislativo radica en el cap?tulo general, mientras el ejecutivo est? en manos del maestro general. Se hace un especial hincapi? en la obediencia que es prestada al maestro general, como ?nico voto que abarca a todos los dem?s deberes de la orden.


Los dominicos no fueron tan radicales como los franciscanos en cuanto a pobreza y ascetismo. El fin que preside toda su actividad es el ministerio pastoral, la ense?anza de la doctrina y la predicaci?n. Desde un principio fueron una orden de sacerdotes y dedicaron especial atenci?n al estudio, como base para su predicaci?n al pueblo. A?n en vida de santo Domingo (1218) empezaron los dominicos a ense?ar en la universidad de Par?s, donde alcanzaron la cumbre de su prestigio con san Alberto Magno y santo Tom?s de Aquino. Por su s?lida preparaci?n teol?gica Gregorio IX los crey? particularmente apropiados para hacerse cargo del tribunal de la fe, la inquisici?n, que era entonces una necesidad en las regiones infestadas de herej?a, como el sur de Francia y el norte de Italia. En lo sucesivo los dominicos se ganaron muchos enemigos con la actividad como inquisidores, pero no puede negarse que contribuyeron a mantener la pureza de la fe.

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Los dominicos obtuvieron su aprobaci?n en 1216, los franciscanos en 1223. La fundaci?n siguiente fue la de los carmelitas. Nacida en Tierra Santa, aunque no como orden militar, sino como comunidad de eremitas, su primera regla fue aprobada por Honorio III en 1226. Cuando se les hizo insostenible la situaci?n en Palestina, los carmelitas emigraron en 1238 a Chipre y de all? a Europa. Organizador de la orden en Europa fue el ingl?s Sim?n Stock. ?ste convirti? a los carmelitas de anacoretas en mendicantes, y la transformaci?n fue aprobada en 1247 por Inocencio IV. Pero su gran importancia dentro de la Iglesia no empez? hasta el siglo XVI.


Gregorio IX confirm? en 1239 la segunda orden de san Francisco, las clarisas, y en 1235 los mercedarios. Pas? tambi?n a los mendicantes otra orden que hab?a empezado como congregaci?n de anacoretas y a la que aguardaba un gran futuro: la de los ermita?os de san Agust?n. En 1243 Inocencio IV hab?a agrupado en una congregaci?n diversas asociaciones de eremitas establecidas en Toscana; Alejandro IV la ampli? en 1256 con otras, y de este modo vino a surgir una gran orden que, an?logamente a los dominicos, que ten?an en com?n con ella la obediencia a la regla de san Agust?n, se dedic? con especial ahinco al estudio.

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Las ?rdenes mendicantes fundadas o aprobadas despu?s del concilio de Letr?n se distinguen por la extraordinaria rapidez de su crecimiento. Cien a?os apenas despu?s de su fundaci?n, los dominicos contaban ya con veintiuna provincias y quinientas sesenta y dos casas. Aunque los franciscanos se ve?an frenados en su expansi?n por la pol?mica acerca de la pobreza y las disensiones internas que de ello nacieron, a mediados del siglo XV su rama principal, la de los observantes, contaba con m?s de veinte mil miembros, repartidos en mil cuatrocientos conventos.

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A fines del siglo XV los m?s numerosos debieron de ser los ermita?os de san Agust?n, con unos treinta mil profesos. Esta orden, a la que, como es sabido, pertenec?a Lutero, fue la m?s duramente afectada por la Reforma.

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Lo esencialmente nuevo que aportaban las ?rdenes mendicantes, no era en realidad la pobreza personal de los miembros individuales. Todas las ?rdenes anteriores hab?an observado una vida rigurosamente austera con renuncia a la propiedad privada, y en ello se hab?an distinguido, no hac?a mucho, los cistercienses.

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Lo nuevo consist?a en que tampoco el convento deb?a poseer nada. El convento de los mendicantes no es ya una abad?a con bosques, pesquer?as, campos de labor, colonos y aparceros, sino un asilo que s?lo proporciona el m?nimo de cosas indispensables para la vida: unas celdas en torno a una iglesia, acaso un peque?o huerto, y nada m?s. Para los mendicantes, la patria ya no es el monasterio, sino la orden. Desaparece aquella estabilidad, aquel enraizamiento en el suelo, que desde san Benito hab?a constituido la base de la vida mon?stica. Pero esto s?lo era posible a condici?n de que los miembros redujeran tambi?n al m?nimo sus necesidades personales.


De este modo vino a la luz el tipo de orden que mejor respond?a a las exigencias de la nueva ordenaci?n social que ya se anunciaba. Los mendicantes no viv?an ya entre la gente como unos se?ores espirituales, an?logos a los feudales, sino como unos hermanos que conviv?an con sus iguales. Practicaban la cura de almas, no vali?ndose de unos derechos, sino en virtud de una confianza mutua. Los hombres no ten?an que ir a ellos, sino que eran ellos los que iban a los hombres. De ah? que desde un principio la predicaci?n ocupe en estas ?rdenes un lugar tan destacado: su prop?sito no es forzar, sino convencer, ense?ar. De ah? tambi?n la multiplicidad de los medios empleados en el ministerio pastoral.

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Los mendicantes se aproximan a los campesinos, a los ni?os, a los soldados, a los presos, a los herejes y paganos. De este modo empieza con ellos un cap?tulo totalmente nuevo en la historia del ministerio pastoral. Hasta entonces el pastor de almas hab?a inspirado respeto, acaso tambi?n temor; ahora se le ama.

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Uno de los principales instrumentos de que se valieron los mendicantes para la cura de almas fueron las llamadas ?rdenes terceras para seglares, con las que, en la Iglesia, empieza propiamente la historia de las asociaciones religiosas, sin las cuales hoy no podemos imaginar siquiera una acci?n pastoral eficaz. Las ?rdenes terceras fueron para los seglares una escuela de santidad. Entre los primeros terciarios franciscanos figuran santa Isabel de Turingia y el rey de Francia san Luis. Hoy los terciarios seglares se cuentan por millones.

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Fdo. Cristobal AGuilar.


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