Lunes, 14 de junio de 2010

LAS PROFEC?AS DE FANNY MOISSEIEVA

Vendr? el d?a del juicio - t?, testimonio vivo -, mira de nuevo atentamente, recuerda todo. ?Qu? pasar? en los d?as del Juicio Universal? El esp?ritu del mal apagar? en los corazones humanos el ?ltimo destello de la fe, colmar? las mentes de in?tiles vanidades y cambiar? los sentimientos en piedras inanimadas. Los pueblos, disolutos, estar?n descontentos de todo, no tendr?n ya confianza uno del otro, no existir? ya verdadero amor y perecer?n los que dirigen el mundo. ?Lev?ntate y mira!".
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Y yo vi una gran ciudad en la que ten?a lugar una gran batalla. Los hombres romp?an todo, destru?an y con odio feroz se mataban entre s?. De pronto, un terrible aullido rompi? el aire y recorri? por el espacio, mientras un repentino, fort?simo terremoto sacudi? la tierra. La gente se ech? a las calles y el tumulto call? tanto como fuerte y terrible hab?a sido antes; el trueno continuaba zumbando con siniestro presagio, el cielo se hab?a oscurecido y uno a uno todos los ruidos se confundieron con el silbar del viento.
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Los hombres miraban el cielo tempestuoso, silenciosos y inquietos, con el coraz?n pr?sago de terribles desgracias, mientras el hurac?n destrozaba y transportaba por las calles sus trofeos.
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As? hab?a llegado la hora terrible, llenando de espanto a todas las almas, mientras el cielo se hab?a vuelto sanguinoso y llameante por los rojos resplandores de los rel?mpagos. Despu?s la purp?rea b?veda se oscureci?. Negras nubes envolvieron todo y descendi? sobre todo una sombra impenetrable. Las estrellas perdieron su luz. Todo estaba lleno de un misterioso espanto y de inquietud. No se o?a el m?s m?nimo soplo de viento, todo estaba inm?vil, sobre la tierra muda, como un gigantesco toldo, cay? la noche negra y el silencio era pavoroso.
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Pero no pas? ni siquiera una hora y ya los hombres se hab?an habituado al amenazador aspecto de la naturaleza. Sobre la tierra reanud? la vida su ritmo apresurado: los restaurantes, los teatros y todos los otros lugares del jolgorio estaban llenos de una multitud fr?vola. En las bolsas se jugaba febrilmente y se creaban riquezas para perderlas una hora despu?s. Los vicios m?s innobles, los placeres m?s perversos y m?s imp?os alegraban la vida. S?lo en las catedrales severas, pensativas, pero desiertas, se cumpl?an los ritos.
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Lanzada a la vana vor?gine de las pasiones y de las preocupaciones, la gente olvidaba la salvaci?n del alma; y mientras las calles estaban llenas de mil rumores, reinaba en los tiemplos un silencio solemne y piadoso.
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De pronto un fuerte rel?mpago rompi? nuevamente las tinieblas y todo el cielo, rodeado de mil llamas, se encendi? otra vez. Ardieron las casas y en todas partes llamas altas surg?an. Todo el mundo era un inmenso incendio, todo destru?a el hurac?n y el viento con su torbellinos quemaba y dispersaba escombros y hombres como mezquinas plumas. La gente buscaba en vano salvaci?n, rogando y suplicando temblorosa se lamentaban las selvas descuajadas. Y la enorme vor?gine en su carrera arrancaba a las madres, locas de espanto, sus hijos y los levantaba en alto, entre las nubes...
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Y yo vi c?mo Cristo mismo conduc?a a aquellos ni?os al cielo y c?mo ellos sub?an lentamente y lo alto sin que nadie los viese de la tierra; hab?a ni?os de todo pueblo y toda raza y todos cantaban un himno de gloria al divino Cristo.
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Despu?s que Cristo subi?, cay? sobre la tierra una lluvia de sangre; rios y mares se cubrieron de olas espumosas y chocaron contra los escollos las naves a las que no ce conced?a ninguna salvaci?n. Palacios y casas crujieron por todas partes y de los escombros sal?an voces y gritos que invocaban lastimosamente ayuda. Y del mar, como enemigos ansioso de estragos, llegaban las olas que romp?an con el hervor de las aguas tumultuosas los diques y los puentes.
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Toda la gente fue arrastrada por este hurac?n y reunida en un solo lugar, sobre los continentes reunidos, all? donde Dios deb?a descender del Cielo para el gran juicio. Pero el gran cataclismo no confundi? a pueblos e idiomas; toda la gente conserv? su sitio.

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Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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