LOS PENSAMIENTOS ESPIRITUALES DE JUAN PABLO II SOBRE LA CRUZ
Os traemos hoy una serie de citas y pensamientos de este buen papa, sobre la cruz de Cristo. EL AUTOR DEL BLOG.
No tengáis miedo a la cruz de Cristo. La cruz es el árbol de la vida. Es la fuente de toda alegría y de toda paz. Eue el único modo por el que Jesús alcanzó la resurrección y el triunfo. Es el único modo por el que nosotros participamos en su vida, ahora y para siempre.
Juan Pablo II
Pedid a Dios la gracia de poder llevar vuestra cruz. Nuestra
vida está amenazada por múltiples peligros; muchos de nuestros planes
fracasan. No son pocos los hombres —incluso en vuestro país— que en ese
caso dejan de encontrar sentido a la vida.
La cruz es también el camino. Cristo afirmó: «Si alguno quiere venir en pos de Mí... tome su cruz cada día, y sígame.» La cruz es, pues, el sendero de la vida de cada día. Es, en cierta manera, la compañera de nuestra vida. ¡De cuántas maneras la experiencia de tomar la cruz de cada día se nos presenta a cada uno de nosotros! Se la puede llamar de varios modos y con nombres diversos. Con frecuencia, el hombre se estremece y no quiere pronunciar este nombre: la cruz. Busca otras expresiones, otros apelativos.
No tengáis miedo a la cruz de Cristo. La cruz es el árbol de la vida. Es la fuente de toda alegría y de toda paz. Fue el único modo por el que Jesús alcanzó la resurrección y el triunfo. Es el único modo por el que nosotros participamos en su vida, ahora y para siempre.
La cruz ha venido a ser para nosotros la cátedra suprema de
la verdad de Dios y del hombre. Todos debemos ser alumnos de esta
cátedra.
Ante la cruz, puede haber dos posibles actitudes, ambas peligrosas. La primera consiste en tratar de ver en la cruz lo que tiene de oprimente y penoso hasta el punto de deleitarse en el dolor y en el sufrimiento como si tuviesen valor en sí mismos. La segunda, es la de quien, tal vez por reacción contra la precedente, rechaza la cruz y sucumbe a la mística del hedonismo o de la gloria, del placer o del poder. Un gran autor espiritual, Fulton Sheen, hablaba, a este respecto, de aquellos que se adhieren a una cruz sin Cristo, en oposición a quienes parecen querer un Cristo sin cruz. Ahora bien, el cristianismo sabe que el Redentor del hombre es un Cristo en la cruz y, por tanto, ¡sólo es redentora la cruz con Cristo!
Hay que aprender a medir los problemas del mundo, y sobre
todo los problemas del hombre, con el metro de la cruz y de la
resurrección de Cristo.
En el centro de vuestra vida actual está la cruz. Muchos huyen
de ella. Pero quien pretende escapar de la cruz no encuentra la
verdadera alegría. Los jóvenes no pueden ser fuertes ni los adultos
permanecer fieles si no han aprendido a aceptar una cruz. A vosotros,
queridos enfermos, os ha sido puesta sobre los hombros. Nadie os ha
preguntado si la queréis. Enseñadnos a nosotros, los sanos, a aceptar a
su debido tiempo y a cargar valientemente con ella, cada cual a su modo.
Es siempre una parte de la cruz de Cristo. Lo mismo que Simón de
Cirene, también nosotros hemos de cargarla con Él un trecho del camino.
Cristo no escondía a sus oyentes la nesecidad de sufrimiento. decía muy claramente: " Si alguno quiere venir en pos de Mí... tome su cruz cada día", y a sus discípulos ponía unas exigencias de naturaleza moral, cuya realización es posible sólo a condición de que «se nieguen a sí mismos». La senda que lleva al Reino de los Cielos es «estrecha y angosta», y Cristo la contrapone a la senda «ancha y espaciosa» que, sin embargo, «lleva a la perdición». Varias veces dijo Cristo que sus discípulos y confesores encontrarían múltiples persecuciones; esto —como se sabe— se verificó no sólo en los primeros siglos de la vida de la Iglesia bajo el Imperio romano, sino que se ha realizado y se realiza en diversos períodos de la historia y en diferentes lugares de la tierra aun en nuestros días.
Si la vida se vacía de la cruz no tiene ya sentido, sabor ni
valor. Quien intentase cerrar las páginas del Evangelio que documentan
el trágico epílogo de la vida terrena de Jesús, anhelando un Evangelio
más fácil, más cómodo, más conforme con un modo acomodaticio de la vida,
reduciría el Evangelio de Jesús a un documento del pasado, a una
palabra inerte, a una narración sin vida y sin capacidad de salvación.
El Señor ha salvado al mundo con la cruz; ha devuelto a la humanidad la
esperanza y el derecho a la vida con su muerte. No se puede
honrar a Cristo si no se le reconoce como Salvador, si no se reconoce el
misterio de su santa cruz.
El escándalo de la cruz sigue siendo la clave para la interpretación del gran misterio del sufrimiento, que pertenece de modo tan integral a la historia del hombre.
Hay que vencer una grave tentación: la de quitar del Evangelio la página de la cruz.
La cruz con Cristo es la gran revelación del significado del
dolor y del valor que tiene en la vida y en la historia. El que
comprende la cruz, el que la abraza, comienza un camino muy distinto del
camino del proceso y de la contestación a Dios: encuentra, más bien, en
la cruz el motivo de una nueva ascensión a Él por la senda de Cristo,
que es precisamente el vía crucis, el camino de la cruz.
La cruz significa: entregar la vida por el hermano para
poder salvarla junto con la suya.
La cruz significa: el amor es más fuerte que el odio y la
venganza; es mejor dar que recibir; la entrega es más eficaz que la
exigencia.
La cruz significa: no hay fracaso sin esperanza, sombras sin
luz, tormenta sin puerto de salvación.
La cruz significa: el amor no tiene fronteras: sal al
encuentro de tu prójimo y no olvides al que está lejos.
La cruz significa: Dios es siempre más grande que nosotros los
hombres; más grande incluso que nuestro fracaso; la vida es más fuerte
que la muerte.
La cruz de Cristo tiene el poder de transformar la vida de
todos y cada uno de vosotros en una gran victoria sobre la debilidad
humana. Las limitaciones físicas que vosotros experimentáis pueden ser
transformadas por el amor de Cristo en algo bueno y bello; pueden ser
dignas del destino por el que habéis sido creados. El mandato que
encontramos en otro pasaje de san Pablo, que dice «glorificad a Dios en
vuestro cuerpo», no se aplica
sólo a la conducta moral de los que estamos físicamente bien.
Lo mismo que Cristo glorificó al Padre abrazando la cruz con amor
perfecto, también vosotros, a través del poder de ese mismo amor, podéis
glorificar a Dios en vuestro cuerpo sin dejaros vencer por las
dificultades y el dolor, y sin caer en el desánimo o en otras
limitaciones.
Podemos poner nuestra mirada en Él, precisamente en el
sufrimiento, en la enfermedad y en la fragilidad de la vejez. Y puesto
que Él tomó sobre Sí el sufrimiento a causa de nuestros pecados, podemos
incluso volver nuestra mirada hacia Él cuando experimentamos nuestros
fallos, nuestra debilidad y nuestros pecados. Quien ponga su mirada en
Él escuchará su voz: ¡Sigúeme! ¡Ven!, «toma parte con tu sufrimiento en
esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi
sufrimiento. Por medio de mi cruz. A medida que el hombre toma su cruz,
uniéndose espiritualmen-te a la cruz de Cristo, se revela ante él el
sentido salvífico del sufrimiento».
Fdo. Cristobal Aguilar.
