lunes, 14 de junio de 2010

LA VIDA DE LA IGLESIA EN LA EDAD MEDIA - SEGUNDA PARTE

El sínodo de Letrán de 1059 vino a dar un nuevo impulso en este mismo sentido, del que surgió un auténtico movimiento en pro de la vida en comunidad. En muchas catedrales e iglesias se fundaron en lo sucesivo verdaderos monasterios de clérigos, en los que se practicaba la vida en comunidad a la manera monacal, con exclusión de la propiedad privada. Así vino a nacer, sin que tal fuera el propósito inicial de los legisladores eclesiásticos, una nueva orden, la de los canónigos regulares, o como se les llamó más tarde, los «canónigos regulares de san Agustín».


Originariamente se daba el nombre de canónigos a todos los clérigos que estaban inscritos en la matrícula (en griego canon) de una iglesia. Más tarde la designación fue generalmente entendida en el sentido de los clérigos que están obligados a la observancia de los cánones. En ambos casos el título podía darse a todos los religiosos. Jurídicamente, un clérigo no canónico no podía existir. Por consiguiente, la reforma del siglo XI se dirigió a la totalidad del clero. Todos debían vivir canónicamente, sólo que al decir «canónicamente» se entendía ahora: a la manera de los monjes. Las antiguas reglas canonicales exigían la vida en común, pero aún permitían la propiedad privada.

 

El sínodo de Letrán celebrado por Nicolás II, cuyos decretos fueron repetidos en 1063 por Alejandro II, recomendaba que todos los clérigos observaran la pobreza evangélica. Ello estaba de acuerdo con las tendencias monásticas de los tiempos. Por algo afirmaba san Pedro Damián con la mayor seriedad que los apóstoles y sus primeros sucesores habían sido en realidad monjes (Opusc. 28, c. 24). Es uno de los rasgos más característicos de la reforma cluniacense-gregoriana, proponer ideales casi irrealizables, con la esperanza de verlos realizados por lo menos en parte.


Así se hizo también en este punto. No todos los clérigos seculares se hicieron monjes, pero una gran parte de ellos se decidió a llevar una vida verdaderamente claustral. Como la regla de san Benito no se adaptaba a las necesidades de un sacerdote ocupado en tareas pastorales, eligieron la regla de san Agustín, concebida en términos mucho más generales y que en su origen había sido escrita para comunidades de vírgenes consagradas a Dios. A principios del siglo XII fue introducida en la mayor parte de los nuevos canonicatos, y a no tardar éstos se agruparon en congregaciones, de la misma manera que los benedictinos tenían las congregaciones de Cluny, Cava, Hirsau, Camáldula.

 

Entre las congregaciones de canónigos de san Agustín alcanzaron una especial importancia, en el siglo XII, la de san Víctor en París, en el XV la de Windesheim en Holanda y Norte de Alemania, y la más famosa de todas, la de los premonstratenses, fundada por san Norberto. La bula de confirmación de 1126 enumera nueve abadías premonstratenses, entre ellas la de Kappenberg en Westfalia. Vinieron a añadírseles luego la de Wilten cerca de Innsbruck, existente aún hoy, y la de Tongerloo en Bélgica; en 1140 la de Strahov-Praga; en 1160 eran cosa de un centenar, y en 1230 pasaban de mil. Norberto murió en 1134 siendo arzobispo de Magdeburgo.

 

En muchas diócesis eran premonstratenses el obispo y el capítulo catedralicio, sobre todo en el nordeste de Alemania, en Brandenburgo, Havelberg, Ratzeburgo, Riga. Ello estaba perfectamente de acuerdo con la idea de los canónigos regulares, que no querían ser otra cosa que clero diocesano reformado. De ahí que no estuvieran exentos de la jurisdicción episcopal, como los benedictinos.


Hoy quedan muy pocos institutos de canónigos regulares. Pero en su época desempeñaron una importante misión. Desde fines del siglo XI volvió a haber una clase de sacerdotes con cura de almas prestigiosa y a la altura de su cometido.

 

La historia de la vida monástica no fluye uniformemente, como un río tranquilo, sino que más bien procede a empellones, como en las periódicas inundaciones del Nilo en Egipto, patria del monacato. Se explica este fenómeno porque la personalidad desempeña aquí un importantísimo papel, como en ninguna otra esfera de la vida eclesiástica. La historia de las órdenes religiosas es la historia de los grandes fundadores y de los grandes reformadores. No es que cada nueva oleada desaloje a la anterior, al contrario: casi todas las grandes órdenes han conservado perpetuamente su especial cometido dentro de la Iglesia, aun después de haber pasado su época de esplendor.


Oleadas de éstas o, como antes decíamos, nuevas voces en el coro, fueron Cluny, la Camáldula y los canónigos regulares. A partir de ellas, en los siglos XII y XIII, se sucedieron los movimientos, oleada tras oleada, muchos de ellos casi simultáneamente. Los primeros fueron los cistercienses.


A fines del siglo XI estaba Cluny en el apogeo de su poder. No poder en el sentido de dominio o imperialismo, sino que Cluny venía a ejercer una especie de monopolio religioso dentro de la Iglesia. Cinco cluniacenses ocuparon sucesivamente la silla de san Pedro. Apenas había monasterios que observaran prácticas distintas de las cluniacenses. La reacción no podía hacerse esperar. No es que Cluny hubiera degenerado, pero era demasiado unilateral. Era una de las formas ideales de la vida monástica, pero no la forma ideal. Así, a fin de siglo, aparecieron casi simultáneamente monasterios que seguían otros caminos que los marcados por Cluny: en Francia Fontévrault, cerca de Poitiers; Savigny en Normandía, en Italia Montevergine y Pulsano.

 

Uno de estos cenobios era el de Cistercium o Cîteaux, fundado en 1098 cerca de Dijon. Sus comienzos fueron modestos. En el año 1111 una parte de los monjes cayó víctima de una epidemia, y el abad, un inglés llamado Esteban Harding, pensó en la conveniencia de abandonar el monasterio. Pero al año siguiente ingresó como novicio el joven noble borgoñés Bernardo, con treinta compañeros. Desde entonces la corriente de nuevos adeptos ya no cesó. Ya en 1113 se fundó la primera filial, la Ferté; en 1114 Pontigny; en 1115 Clairvaux (Claraval), que fue confiada al joven Bernardo (no tenía más que veinticinco años) en calidad de abad. En el capítulo general de 1119, Bernardo y Esteban Harding elaboraron los estatutos de la nueva orden, que llamaron la carta caritatis, «la constitución del amor». Fueron inmediatamente confirmados oralmente por Calixto II y más tarde en forma definitiva y solemne por Eugenio III, cisterciense.


Las características de la orden cisterciense eran: rigurosa conducta de la vida y pobreza del monje singular; sencillez también en las iglesias. A las antiguas iglesias cistercienses se las conoce aún hoy por el coro cuadrangular en lugar del rosario de capillas, y en la falta de campanario. Ni siquiera debían tener ventanas adornadas. Pero el monasterio poseía fincas agrícolas, que los propios monjes trabajaban. Los cistercienses desempeñaron un gran papel en la agricultura medieval. A ellos se debe la puesta en valor de muchos distritos de la Europa central y oriental. Nombres como Zistersdorf («aldea del Cister») lo recuerdan aún hoy. La organización de la orden estaba basada, al estilo benedictino, sobre la abadía autónoma y vinculada al suelo. Una novedad consistía en que los abades debían reunirse anualmente en un capítulo general, y también el abad de Cîteaux enviaba todos los años visitadores que luego presentaban sus informes al capítulo. Esta medida se reveló tan saludable, que el concilio de Letrán de 1215 la prescribió a todas las demás órdenes. La piedad de los cistercienses se distinguía sobre todo por su devoción a María. Todas sus iglesias estaban dedicadas a la Virgen.


La expansión de la orden del Cister procedió con extraordinaria rapidez. Hasta 1350 surgieron más de seiscientas abadías, además de las que ya existían antes y adoptaron la nueva regla. Además de Francia y Alemania, uno de los países en que más se difundió fue Irlanda, donde fue introducida por san Malaquías, arzobispo de Armagh y amigo de san Bernardo († 1148 en Clairvaux). En Alemania los cistercienses se jactaban de poder viajar por todo el reino sin tener que alojarse en un albergue extraño. Una de las principales razones del prestigio y rápida difusión de la orden fue, además de la excelencia de sus estatutos, la poderosa personalidad de san Bernardo.


San Bernardo personifica la Edad Media y el espíritu nacional francés en lo que ambos tienen de mejor. En sus escritos había una
profunda piedad, una heroica entrega a los más altos ideales, agudeza de pensamiento y amplitud de horizontes. El latín de san Bernardo lo es todo menos una lengua muerta. No es el lenguaje de Cicerón, pero sí un medio de expresión extraordinariamente vivo, chispeante de espíritu e ingenio, y siempre armonioso y musical.

 

Al mismo tiempo que los cistercienses y en parte bajo su impulso, entre las filas de los cruzados en Palestina surgió una nueva oleada de vida religiosa, que se concretó en las órdenes militares, las cuales, replantadas en Europa, gozaron durante un tiempo de gran popularidad.


En el año 1119 el cruzado francés Hugo de Payns con otros siete caballeros prestó juramento de obediencia al patriarca de Jerusalén, junto con el voto de asumir la defensa y protección de los peregrinos contra los infieles. Los juramentados llevaban vida en común, según el modelo de los canónigos regulares. El rey Balduino II les cedió una parte de su palacio, no lejos del templo, por lo cual recibieron el nombre de templarios. Hugo de Payns partió para Europa y en 1128 obtuvo en el sínodo de Troyes la aprobación de su fundación por los legados papales. San Bernardo compuso para él la regla de la orden y escribió un libro, «En elogio de la nueva caballería», que hizo la orden conocida en toda Europa. Los templarios adoptaron de los cistercienses sus hábitos blancos. Eugenio III les permitió ostentar una cruz roja sobre el blanco manto. La organización definitiva fue aprobada por Inocencio II en 1139. La orden comprendía tres categorías: los caballeros, célibes pero no sacerdotes, entre los que era elegido el maestre general, los capellanes y los hermanos que hacían servicio de armas y atendían a los enfermos. La gran popularidad adquirida por los templarios, en Francia sobre todo, les aportó grandes riquezas, las cuales fueron causa en 1312 de su trágico fin.


Aún más famosa que la de los templarios fue otra orden, nacida también en Jerusalén, en el hospital de peregrinos, del que tomó su nombre primitivo de orden del hospital o de san Juan Bautista, aunque es más conocida por su designación posterior de caballeros de Rodas o de Malta, por los lugares que más tarde ocuparon. Su primera regla fue redactada por Raimundo de Puy en 1125. Su constitución era análoga a la de los templarios. Esta orden en el siglo XVI atrajo sobre sí la atención de la cristiandad entera por su heroica defensa de la isla de Malta.


Algo más tarde, los cruzados de Brema y Lübeck constituyeron, en el hospital de Acre, la orden teutónica. Su verdadero fundador fue el duque Federico de Suabia, quien adoptó la regla de los templarios. Clemente III aprobó la orden en 1191, y el emperador Enrique VI le dio en 1197 el primer monasterio que tuvo en suelo europeo, en Palermo. Los caballeros buscaron en seguida un nuevo campo de acción en el nordeste de Europa. El duque de Masovia en 1226 regaló al gran maestre Hermano de Salza el territorio de Kulm. Los caballeros teutónicos se fundieron con los caballeros de Cristo, o hermanos de la Espada, fundados en 1202 por el obispo de Riga, y con el tiempo conquistaron y cristianizaron todo el país. El primer maestre de Prusia, Hermann Balk († 1239), fundó Thorn, Kulm, Marienwerder, Rheden, Elbing. Más tarde (1255) a estas fundaciones se añadió la de Koenigsberg y en 1276 la de Marienburg. La residencia del gran maestre era, al principio, Acre, luego Venecia y desde 1309 Marienburg. Los castillos e iglesias construidos por los caballeros teutónicos en el elegante estilo gótico, llamado más tarde gótico de ladrillo, dan aún hoy a aquellas tierras su sello característico. Por la derrota de Tannenberg en 1410, los caballeros teutónicos quedaron sometidos a la soberanía polaca.


Órdenes militares análogas surgieron en España con ocasión de la guerra contra los moros; así en 1180 la orden de Calatrava. Varias de estas órdenes militares, después de muchas vicisitudes, han sobrevivido hasta hoy en una u otra forma. Los caballeros de Malta constituyen una congregación nobiliaria que persigue fines sociales y benéficos, así como su rama protestante, los Johanniter en el norte de Alemania. De la orden teutónica subsiste aún un resto como simple orden clerical. Otras se han convertido en simples órdenes honoríficas, en las que el recuerdo del estado antiguo se perpetúa sólo en los títulos, gran cruz, encomienda, venera. Pocos de los que hoy ostentan estas insignias, a modo de condecoraciones, tienen conciencia de los vínculos que los unen con las Cruzadas.


Las órdenes militares tenían el inconveniente de ser demasiado un producto de las circunstancias del tiempo y del feudalismo medieval, para poder prestar servicios duraderos a la Iglesia. Pero en su época hicieron mucho bien. Despertaron en el pueblo cristiano el interés por la difusión de la fe y la práctica organizada de la caridad. En cuanto al monacato en general, su trascendencia radica en haber sido las primeras órdenes religiosas que, junto a los fines de perfección personal, se propusieron como misión específica una actividad práctica exterior. Con ello desbrozaron el terreno para las futuras órdenes activas.


Este fue, de un modo especial, el caso de los trinitarios, que adoptaron como misión la de prestar auxilio a los esclavos cristianos. Aunque semejantes a una orden militar, fueron fundados como canónigos regulares. Sus fundadores fueron el provenzal Juan de Mata († 1213) y el príncipe francés Félix de Valois († 1212). Inocencio III confirmó la orden en 1198. La primera expedición que hicieron al África, dirigida por dos trinitarios ingleses, regresó a Europa con ciento ochenta y seis esclavos cristianos liberados. Pronto siguieron más, y con los éxitos afluyeron abundantemente los recursos. La orden se extendió sobre todo por Inglaterra e Irlanda, donde en total se establecieron casi un centenar de casas.

 

Tanto o más populares fueron aún los mercedarios, orden nacida de una agrupación de caballeros catalanes que habían tomado a su cargo la defensa de la costa contra los piratas. Su transformación en una orden militar fue obra de san Pedro Nolasco y del gran dominico san Raimundo de Peñafort (1223). En su primera expedición al sur de la España musulmana, Pedro Nolasco repatrió cuatrocientos esclavos. En total, el número de esclavos liberados por la orden de Nuestra Señora de la Merced se calcula en setenta mil. En el año 1318 Juan XXII decidió que el prior general debía ser elegido entre la clase de los sacerdotes. Entonces los caballeros salieron de la orden y fundaron la de Montesa. Desde entonces los mercedarios fueron contados entre las órdenes mendicantes. Más tarde hallaron un amplio campo para sus actividades en las colonias españolas de América.

(Continuará...)

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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