LA VIDA DE LA IGLESIA EN LA EDAD MEDIA - SEGUNDA PARTE
El sínodo de Letrán de 1059 vino a dar un nuevo impulso en este mismo
sentido, del que surgió un auténtico movimiento en pro de la vida en
comunidad. En muchas catedrales e iglesias se fundaron en lo sucesivo
verdaderos monasterios de clérigos, en los que se practicaba la vida en
comunidad a la manera monacal, con exclusión de la propiedad privada.
Así vino a nacer, sin que tal fuera el propósito inicial de los
legisladores eclesiásticos, una nueva orden, la de los canónigos
regulares, o como se les llamó más tarde, los «canónigos regulares de
san Agustín».
Originariamente se daba el nombre de canónigos a todos los
clérigos que estaban inscritos en la matrícula (en griego canon) de una
iglesia. Más tarde la designación fue generalmente entendida en el
sentido de los clérigos que están obligados a la observancia de los
cánones. En ambos casos el título podía darse a todos los religiosos.
Jurídicamente, un clérigo no canónico no podía existir. Por
consiguiente, la reforma del siglo XI se dirigió a la totalidad del
clero. Todos debían vivir canónicamente, sólo que al decir
«canónicamente» se entendía ahora: a la manera de los monjes. Las
antiguas reglas canonicales exigían la vida en común, pero aún permitían
la propiedad privada.
El sínodo de Letrán celebrado por Nicolás II, cuyos decretos fueron repetidos en 1063 por Alejandro II, recomendaba que todos los clérigos observaran la pobreza evangélica. Ello estaba de acuerdo con las tendencias monásticas de los tiempos. Por algo afirmaba san Pedro Damián con la mayor seriedad que los apóstoles y sus primeros sucesores habían sido en realidad monjes (Opusc. 28, c. 24). Es uno de los rasgos más característicos de la reforma cluniacense-gregoriana, proponer ideales casi irrealizables, con la esperanza de verlos realizados por lo menos en parte.
Así se hizo también en este punto. No todos los clérigos
seculares se hicieron monjes, pero una gran parte de ellos se decidió a
llevar una vida verdaderamente claustral. Como la regla de san Benito no
se adaptaba a las necesidades de un sacerdote ocupado en tareas
pastorales, eligieron la regla de san Agustín, concebida en términos
mucho más generales y que en su origen había sido escrita para
comunidades de vírgenes consagradas a Dios. A principios del siglo XII
fue introducida en la mayor parte de los nuevos canonicatos, y a no
tardar éstos se agruparon en congregaciones, de la misma manera que los
benedictinos tenían las congregaciones de Cluny, Cava, Hirsau,
Camáldula.
Entre las congregaciones de canónigos de san Agustín alcanzaron una especial importancia, en el siglo XII, la de san Víctor en París, en el XV la de Windesheim en Holanda y Norte de Alemania, y la más famosa de todas, la de los premonstratenses, fundada por san Norberto. La bula de confirmación de 1126 enumera nueve abadías premonstratenses, entre ellas la de Kappenberg en Westfalia. Vinieron a añadírseles luego la de Wilten cerca de Innsbruck, existente aún hoy, y la de Tongerloo en Bélgica; en 1140 la de Strahov-Praga; en 1160 eran cosa de un centenar, y en 1230 pasaban de mil. Norberto murió en 1134 siendo arzobispo de Magdeburgo.
En muchas diócesis eran premonstratenses el obispo y el capítulo catedralicio, sobre todo en el nordeste de Alemania, en Brandenburgo, Havelberg, Ratzeburgo, Riga. Ello estaba perfectamente de acuerdo con la idea de los canónigos regulares, que no querían ser otra cosa que clero diocesano reformado. De ahí que no estuvieran exentos de la jurisdicción episcopal, como los benedictinos.
Hoy quedan muy pocos institutos de canónigos regulares. Pero
en su época desempeñaron una importante misión. Desde fines del siglo XI
volvió a haber una clase de sacerdotes con cura de almas prestigiosa y a
la altura de su cometido.
La historia de la vida monástica no fluye uniformemente, como un río tranquilo, sino que más bien procede a empellones, como en las periódicas inundaciones del Nilo en Egipto, patria del monacato. Se explica este fenómeno porque la personalidad desempeña aquí un importantísimo papel, como en ninguna otra esfera de la vida eclesiástica. La historia de las órdenes religiosas es la historia de los grandes fundadores y de los grandes reformadores. No es que cada nueva oleada desaloje a la anterior, al contrario: casi todas las grandes órdenes han conservado perpetuamente su especial cometido dentro de la Iglesia, aun después de haber pasado su época de esplendor.
Oleadas de éstas o, como antes decíamos, nuevas voces en el
coro, fueron Cluny, la Camáldula y los canónigos regulares. A partir de
ellas, en los siglos XII y XIII, se sucedieron los movimientos, oleada
tras oleada, muchos de ellos casi simultáneamente. Los primeros fueron
los cistercienses.
A fines del siglo XI estaba Cluny en el apogeo de su poder. No
poder en el sentido de dominio o imperialismo, sino que Cluny venía a
ejercer una especie de monopolio religioso dentro de la Iglesia. Cinco
cluniacenses ocuparon sucesivamente la silla de san Pedro. Apenas había
monasterios que observaran prácticas distintas de las cluniacenses. La
reacción no podía hacerse esperar. No es que Cluny hubiera degenerado,
pero era demasiado unilateral. Era una de las formas ideales de la vida
monástica, pero no la forma ideal. Así, a fin de siglo, aparecieron casi
simultáneamente monasterios que seguían otros caminos que los marcados
por Cluny: en Francia Fontévrault, cerca de Poitiers; Savigny en
Normandía, en Italia Montevergine y Pulsano.
Uno de estos cenobios era el de Cistercium o Cîteaux, fundado en 1098 cerca de Dijon. Sus comienzos fueron modestos. En el año 1111 una parte de los monjes cayó víctima de una epidemia, y el abad, un inglés llamado Esteban Harding, pensó en la conveniencia de abandonar el monasterio. Pero al año siguiente ingresó como novicio el joven noble borgoñés Bernardo, con treinta compañeros. Desde entonces la corriente de nuevos adeptos ya no cesó. Ya en 1113 se fundó la primera filial, la Ferté; en 1114 Pontigny; en 1115 Clairvaux (Claraval), que fue confiada al joven Bernardo (no tenía más que veinticinco años) en calidad de abad. En el capítulo general de 1119, Bernardo y Esteban Harding elaboraron los estatutos de la nueva orden, que llamaron la carta caritatis, «la constitución del amor». Fueron inmediatamente confirmados oralmente por Calixto II y más tarde en forma definitiva y solemne por Eugenio III, cisterciense.
Las características de la orden cisterciense eran: rigurosa
conducta de la vida y pobreza del monje singular; sencillez también en
las iglesias. A las antiguas iglesias cistercienses se las conoce aún
hoy por el coro cuadrangular en lugar del rosario de capillas, y en la
falta de campanario. Ni siquiera debían tener ventanas adornadas. Pero
el monasterio poseía fincas agrícolas, que los propios monjes
trabajaban. Los cistercienses desempeñaron un gran papel en la
agricultura medieval. A ellos se debe la puesta en valor de muchos
distritos de la Europa central y oriental. Nombres como Zistersdorf
(«aldea del Cister») lo recuerdan aún hoy. La organización de la orden
estaba basada, al estilo benedictino, sobre la abadía autónoma y
vinculada al suelo. Una novedad consistía en que los abades debían
reunirse anualmente en un capítulo general, y también el abad de Cîteaux
enviaba todos los años visitadores que luego presentaban sus informes
al capítulo. Esta medida se reveló tan saludable, que el concilio de
Letrán de 1215 la prescribió a todas las demás órdenes. La piedad de los
cistercienses se distinguía sobre todo por su devoción a María. Todas
sus iglesias estaban dedicadas a la Virgen.
La expansión de la orden del Cister procedió con
extraordinaria rapidez. Hasta 1350 surgieron más de seiscientas abadías,
además de las que ya existían antes y adoptaron la nueva regla. Además
de Francia y Alemania, uno de los países en que más se difundió fue
Irlanda, donde fue introducida por san Malaquías, arzobispo de Armagh y
amigo de san Bernardo († 1148 en Clairvaux). En Alemania los
cistercienses se jactaban de poder viajar por todo el reino sin tener
que alojarse en un albergue extraño. Una de las principales razones del
prestigio y rápida difusión de la orden fue, además de la excelencia de
sus estatutos, la poderosa personalidad de san Bernardo.
San Bernardo personifica la Edad Media y el espíritu nacional
francés en lo que ambos tienen de mejor. En sus escritos había una
profunda piedad, una heroica entrega a los más altos ideales,
agudeza de pensamiento y amplitud de horizontes. El latín de san
Bernardo lo es todo menos una lengua muerta. No es el lenguaje de
Cicerón, pero sí un medio de expresión extraordinariamente vivo,
chispeante de espíritu e ingenio, y siempre armonioso y musical.
Al mismo tiempo que los cistercienses y en parte bajo su impulso, entre las filas de los cruzados en Palestina surgió una nueva oleada de vida religiosa, que se concretó en las órdenes militares, las cuales, replantadas en Europa, gozaron durante un tiempo de gran popularidad.
En el año 1119 el cruzado francés Hugo de Payns con otros
siete caballeros prestó juramento de obediencia al patriarca de
Jerusalén, junto con el voto de asumir la defensa y protección de los
peregrinos contra los infieles. Los juramentados llevaban vida en común,
según el modelo de los canónigos regulares. El rey Balduino II les
cedió una parte de su palacio, no lejos del templo, por lo cual
recibieron el nombre de templarios. Hugo de Payns partió para Europa y
en 1128 obtuvo en el sínodo de Troyes la aprobación de su fundación por
los legados papales. San Bernardo compuso para él la regla de la orden y
escribió un libro, «En elogio de la nueva caballería», que hizo la
orden conocida en toda Europa. Los templarios adoptaron de los
cistercienses sus hábitos blancos. Eugenio III les permitió ostentar una
cruz roja sobre el blanco manto. La organización definitiva fue
aprobada por Inocencio II en 1139. La orden comprendía tres categorías:
los caballeros, célibes pero no sacerdotes, entre los que era elegido
el maestre general, los capellanes y los hermanos que hacían servicio de
armas y atendían a los enfermos. La gran popularidad adquirida por los
templarios, en Francia sobre todo, les aportó grandes riquezas, las
cuales fueron causa en 1312 de su trágico fin.
Aún más famosa que la de los templarios fue otra orden, nacida
también en Jerusalén, en el hospital de peregrinos, del que tomó su
nombre primitivo de orden del hospital o de san Juan Bautista, aunque es
más conocida por su designación posterior de caballeros de Rodas o de
Malta, por los lugares que más tarde ocuparon.
Su primera regla fue redactada por Raimundo de Puy en 1125. Su
constitución era análoga a la de los templarios. Esta orden en el siglo
XVI atrajo sobre sí la atención de la cristiandad entera por su heroica
defensa de la isla de Malta.
Algo más tarde, los cruzados de Brema y Lübeck constituyeron,
en el hospital de Acre, la orden teutónica. Su verdadero fundador fue el
duque Federico de Suabia, quien adoptó la regla de los templarios.
Clemente III aprobó la orden en 1191, y el emperador Enrique VI le dio
en 1197 el primer monasterio que tuvo en suelo europeo, en Palermo. Los
caballeros buscaron en seguida un nuevo campo de acción en el nordeste
de Europa. El duque de Masovia en 1226 regaló al gran maestre Hermano de
Salza el territorio de Kulm. Los caballeros teutónicos se fundieron con
los caballeros de Cristo, o hermanos de la Espada, fundados en 1202 por
el obispo de Riga, y con el tiempo conquistaron y cristianizaron todo
el país. El primer maestre de Prusia, Hermann Balk († 1239), fundó
Thorn, Kulm, Marienwerder, Rheden, Elbing. Más tarde (1255) a estas
fundaciones se añadió la de Koenigsberg y en 1276 la de Marienburg. La
residencia del gran maestre era, al principio, Acre, luego Venecia y
desde 1309 Marienburg. Los castillos e iglesias construidos por los
caballeros teutónicos en el elegante estilo gótico, llamado más tarde
gótico de ladrillo, dan aún hoy a aquellas tierras su sello
característico. Por la derrota de Tannenberg en 1410, los caballeros
teutónicos quedaron sometidos a la soberanía polaca.
Órdenes militares análogas surgieron en España con ocasión de
la guerra contra los moros; así en 1180 la orden de Calatrava.
Varias de estas órdenes militares, después de muchas
vicisitudes, han sobrevivido hasta hoy en una u otra forma. Los
caballeros de Malta constituyen una congregación nobiliaria que persigue
fines sociales y benéficos, así como su rama protestante, los
Johanniter en el norte de Alemania. De la orden teutónica subsiste aún
un resto como simple orden clerical. Otras se han convertido en simples
órdenes honoríficas, en las que el recuerdo del estado antiguo se
perpetúa sólo en los títulos, gran cruz, encomienda, venera. Pocos de
los que hoy ostentan estas insignias, a modo de condecoraciones, tienen
conciencia de los vínculos que los unen con las Cruzadas.
Las órdenes militares tenían el inconveniente de ser demasiado
un producto de las circunstancias del tiempo y del feudalismo medieval,
para poder prestar servicios duraderos a la Iglesia. Pero en su época
hicieron mucho bien. Despertaron en el pueblo cristiano el interés por
la difusión de la fe y la práctica organizada de la caridad. En cuanto
al monacato en general, su trascendencia radica en haber sido las
primeras órdenes religiosas que, junto a los fines de perfección
personal, se propusieron como misión específica una actividad práctica
exterior. Con ello desbrozaron el terreno para las futuras órdenes
activas.
Este fue, de un modo especial, el caso de los trinitarios, que
adoptaron como misión la de prestar auxilio a los esclavos cristianos.
Aunque semejantes a una orden militar, fueron fundados como canónigos
regulares. Sus fundadores fueron el provenzal Juan de Mata († 1213) y el
príncipe francés Félix de Valois († 1212). Inocencio III confirmó la
orden en 1198. La primera expedición que hicieron al África, dirigida
por dos trinitarios ingleses, regresó a Europa con ciento ochenta y seis
esclavos cristianos liberados. Pronto siguieron más, y con los éxitos
afluyeron abundantemente los recursos. La orden se extendió sobre todo
por Inglaterra e Irlanda, donde en total se establecieron casi un
centenar de casas.
Tanto o más populares fueron aún los mercedarios, orden nacida de una agrupación de caballeros catalanes que habían tomado a su cargo la defensa de la costa contra los piratas. Su transformación en una orden militar fue obra de san Pedro Nolasco y del gran dominico san Raimundo de Peñafort (1223). En su primera expedición al sur de la España musulmana, Pedro Nolasco repatrió cuatrocientos esclavos. En total, el número de esclavos liberados por la orden de Nuestra Señora de la Merced se calcula en setenta mil. En el año 1318 Juan XXII decidió que el prior general debía ser elegido entre la clase de los sacerdotes. Entonces los caballeros salieron de la orden y fundaron la de Montesa. Desde entonces los mercedarios fueron contados entre las órdenes mendicantes. Más tarde hallaron un amplio campo para sus actividades en las colonias españolas de América.
(Continuará...)
Fdo. Cristobal Aguilar.
