PENSAMIENTOS ESPIRITUALES DE JUAN PABLO II - PENSAMIENTOS CRISTIANOS
Aquí os traemos una serie de pensamientos espirituales de este gran pontifice que lo fue, y en este caso sobre la evangelización de la que tal vez fue uno de los mejores en su tiempo. EL AUTOR DEL BLOG.
Es preciso saber que en todo hombre hay siempre una ventana orientada al cielo azul de los supremos valores del espíritu, aunque muchos la tengan cerrada. Es necesario invitar a los hombres de nuestro tiempo a abrir esa ventana, a abrirla de par en par, para que entre con abundancia en ellos el viento fresco y purificador, que dé nuevo aliento y mayor vigor al desarrollo de sus actividades.
Sed valientes. El mundo tiene necesidad de testigos,
convencidos e intrépidos. No basta discutir, es necesario actuar. Que
vuestra coherencia se transforme en testimonio, y la primera forma de
este compromiso sea la «disponibilidad». Como el buen samaritano,
sentios siempre disponibles a amar, a socorrer, a ayudar, en la familia,
en el trabajo, en las diversiones, con los cercanos y con los alejados.
En una palabra, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas:
millones de vuestros hermanos incluyendo innumerables no cristianos, os
hablan a vosotros con las palabras dirigidas un día al apóstol Felipe en
Jerusalén: «Queremos ver a Jesús.» Sí, hermanos y hermanas míos, tenéis
que mostrar a Jesús a vuestro pueblo; tenéis que compartir a Jesús con
vuestro pueblo; el Jesús que oraba, el Jesús de las bienaventuranzas, el
Jesús que, en vosotros, desea ser obediente y pobre, manso, humilde y
misericordioso, puro, pacífico, paciente y justo.
Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los
Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se
extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente
por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del
mundo. Lo recuerda san Gregorio
Magno quien, predicando al pueblo, comenta de este modo la parábola
de los obreros de la viña: «Fijaos en vuestro modo de vivir,
queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros del Señor. Examine
cada uno lo que hace y considere si trabaja en la viña del Señor.»
Transformar el mundo quiere decir para el cristiano, abierto hacia el Padre, formado en el Espíritu, comprometerse responsablemente a elevar y enriquecer con su mismo don todas las realidades y comunidades con que entra en contacto: la familia, ante todo; luego, el ambiente de los amigos, el ambiente de la escuela, el lugar de trabajo, el mundo de la cultura, la vida social, la vida nacional.
Unidos a Jesús, en la oración, descubriréis más plenamente las necesidades de vuestros hermanos y hermanas. Apreciaréis más vivamente el dolor y el sufrimiento que agobian el corazón de innumerables personas. Por medio de la oración, especialmente a Jesús durante la comunión, entenderéis muchas cosas sobre el mundo y su relación a él, y estaréis en condiciones de leer cuidadosamente lo que se refiere a los «signos de los tiempos». Sobre todo, tendréis algo que ofrecer a los necesitados que vienen a vosotros. Por medio de la oración poseeréis a Cristo y podréis comunicarlo a los demás. Y ésta es la mayor contribución que podéis hacer en vuestra vida: comunicar a Cristo al mundo.
Se nos encoge el corazón pensando en tantas muertes repentinas que se dan cada día sobre la faz de la tierra. ¿Cuántas de esas personas se hallan preparadas para afrontar el juicio de Dios? Este pensamiento nos obliga a aumentar nuestro celo apostólico por las almas.
Mientras celebramos la Eucaristía, resulta claro también para
nosotros que estamos llamados a vivir esa misma vida y con ese mismo
Espíritu. Se trata de una de las grandes tareas de nuestra generación,
de todos los cristianos de este tiempo: ¡levar la luz de Cristo a la
vida diaria. Llevarla a los «areópagos modernos», a los amplios espacios
de
la civilización y la cultura contemporáneas, de la política y de la
economía. La fe no se puede vivir sólo en lo íntimo del espíritu humano.
Debe manifestarse exteriormente en la vida social. «Quien no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.» Y hemos
recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su
hermano. Ésta es la gran tarea que nos corresponde a los creyentes.
Ellos quieren ver a Cristo en vosotros. Quieren escuchar su mensaje
de vuestros labios, aun cuando este mensaje habla de la cruz y de la
muerte de nuestra vieja vida y de nuestro modo humano de pensar, para
nacer a una nueva vida de Dios. Quieren ser estimulados por vuestras
palabras y vuestros ejemplos, de modo que puedan cumplir con las
obligaciones de su estado de vida conforme a la voluntad de Dios. Y
aunque ellos no puedan admitir esto, muchos de quienes pretenden ser no
creyentes tienen el secreto deseo de que Dios los encuentre.
¿Hay que quedarse de brazos caídos porque la tarea sea dura? Bien
sabéis que esto no es posible, que no es digno del hombre. Os he dicho
que teníais que asumir vuestras responsabilidades en la comunidad
cristiana; también os digo que asumáis vuestras responsabilidades en la
sociedad de vuestro país, como cristianos que no pueden perder su
esperanza en el hombre.
La presencia de Cristo nos fortifica y nos sostiene. Jesús está
con nosotros, como lo estuvo con los apóstoles, en todos los malos
momentos con que se encontraron al dar testimonio de su nombre. Y, del
mismo modo que los apóstoles experimentaron numerosas dificultades por
hablar en nombre de Jesús, también nosotros llegaremos a entender cada
vez más que una vida auténticamente cristiana exige constantes
esfuerzos. Hay mil clases de obstáculos, pero Dios está en nosotros con
su gracia, urgiéndonos continuamente a la fidelidad, invitándonos
continuamente a vivir en conformidad con el mensaje que hemos recibido.
Jamás os acobardéis ante la tarea de predicar el Evangelio y
profesar vuestra fe ante aquellos que son indiferentes o no creen. Jamás
perdáis la confianza en la bondad fundamental del hombre, creado a
imagen de Dios y redimido en Cristo. Mediante la gracia de Dios, incluso
el más indiferente e incrédulo de los corazones puede abrirse a la
verdad, la belleza y la bondad para las que fuimos creados. Sobre todo,
jamás perdáis la confianza en el poder de Dios que acompaña nuestra
proclamación de la Palabra, poder que es capaz de «realizar todas las
cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar».
Son muchos vuestros coetáneos que no conocen a Cristo, o no lo conocen lo suficiente. Por consiguiente, no podéis permanecer callados e indiferentes. Debéis tener el valor de hablar de Cristo, de dar testimonio de vuestra fe a través de vuestro estilo de vida inspirado en el Evangelio. San Pablo escribe: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» Ciertamente, la mies es mucha, y se necesitan obreros en abundancia. Cristo confía en vosotros y cuenta con vuestra colaboración.
Fdo. Cristobal Aguilar.
