Jueves, 10 de junio de 2010
LAS PROFECÍAS Y VISIONES DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - LIBRO 11 SOBRE LA VÍRGEN MARÍA

Bueno aquí terminamos el libro 11 de las revelaciones de esta Santa que a nadie deja indiferente y en las que el ángel hace una serie de revelaciones sobre la Vírgen María. EL AUTOR DEL BLOG.

En estas tres lecciones siguientes manifiesta el ángel cuán constante en la recta fe fué la santísima Virgen, mientras los demás dudaban tocante a la resurreción de Jesucristo; y cuán provechosa fué a muchos la vida y doctrina de la misma Señora, y cómo en cuerpo y alma fué exaltada a los cielos.

 

                   Sábado - Lección Primera (Capítulo 19)

 

Bendición. Confírmenos en la fe Santísima la gloriosa y piadosísima Madre de Dios. Amén.

 

Escrito está que de remotas regiones vino la reina del Austro a visitar al rey Salomón, y que al ver la sabiduría de éste, quedóse admirada llena de inmenso estupor; pero que recobrando su serenidad, estuvo encomiando al rey y le hizo magníficos presentes. A esta reina aseméjase en cierto modo la excelentísima reina Virgen María, cuya alma, examinando detenidamente desde el principio hasta su conclusión el orden y marcha de todo el mundo, y viendo perfectamente todas las cosas que en él hay, nada encontró que deseara poseer u oir, sino solamente esa sabiduría de Dios, de que había oído hablar. Buscóla, por consiguiente, con la mayor avidez, y estuvo indagándola con solicitud, hasta que prudentemente encontró la misma sabiduría, a saber, Jesucristo Hijo de Dios, incomparablemente más sabio que Salomón.

 

Pero viendo la misma Virgen cuán prudentemente por la pasión de su cuerpo rescató el Señor en la cruz, abriéndoles las puertas del cielo a esas almas que el engañador enemigo había ganado para la muerte infernal, hallábase entonces la santísima Virgen más cercana a la muerte que la reina del Austro, cuando parecía estar sin sentido. Consumada después la Pasión de su Hijo y restablecidas sus fuerzas, glorificaba la Virgen a Jesús con dones muy gratos a Dios; porque con su saludable doctrina presentaba al mismo Dios más almas que ninguna otra persona con todas sus obras después de la muerte de Jesús.

 

Pruébase también en esto que con sus palabras ensalzó honoríficamente al Señor; porque como después de la muerte de su humanidad dudasen mucho acerca del mismo Señor, que fuese verdadero Hijo de Dios eternamente inmortal en la divinidad, la Virgen sola lo afirmó así constantemente.

 

Mas como al tercer día dudasen los discípulos de la resurreción de Jesús, las mujeres buscasen cuidadosamente su cuerpo en el sepulcro, y los mismos apóstoles estuviesen ocultos con suma ansiedad y pavor; entonces, a pesar de que sobre esto nada dice la Sagrada Escritura, debe, sin embargo creerse indudablemente que la Virgen Madre se certificó de que el Hijo de Dios había resucitado en carne para la gloria eterna, y de que jamás podría vencerle la muerte. Y aun cuando dice la Sagrada Escritura que primeramente vieron la resurrección de Jesús, Magdalena y los apóstoles, debe de positivo creerse que su dignísima Madre vió a Jesús vivo resucitado de entre los muertos, antes que lo supiesen y lo vieran ellos, por lo cual inundado en gozo su corazón estuvo alabando humildemente a su Hijo.

 

Habiendo éste subido a su reino de la gloria, fué conveniente quedara en este mundo la Virgen María para confortar a los buenos y corregir a los extraviados. Era, pues, maestra de los apóstoles, consoladora de los mártires, doctora de los confesores, clarísimo espejo de las vírgenes, amparadora de las viudas, saludable consejera de los cónyuges, y perfectísima confortadora de todos en la fe católica.

 

Pues cuando acudían a la Señora los apóstoles les revelaba perfectamente y les manifestaba con razones lo que acerca de su Hijo no sabían; animaba también a los mártires a padecer con alegría las tribulaciones por el nombre de Jesucristo, que por la salvación de todos y por la de ellos mismos había padecido voluntariamente muchas más tribulaciones; y afirmaba que ella misma, antes de morir su Hijo, estuvo durante treinta y tres años sufriendo con la mayor paciencia una continua angustia de corazón; enseñaba, además, los dogmas de la salvación a los confesores, quienes con su doctrina y ejemplo aprendieron a arreglar prudentemente, para alabanza y gloria de Dios, las horas del día y de la noche, y a moderar espiritual y razonablemente el sueño, la comida y los trabajos corporales; con sus honestísimas costumbres aprendían las vírgenes a conducirse honestamente, a conservar firmemente hasta la muerte su decoro virginal, a huir de palabrerías y vanidades, a examinar todas sus obras con diligente premeditación, y a considerarlas imparcialmente con examen espiritual; igualmente a las viudas decíales para su consuelo la gloriosa Virgen, que a pesar de que por su maternal amor le hubiese agradado que su amadísimo Hijo no hubiera tenido deseo de morir, no obstante habia conformado totalmente su voluntad maternal con la divina, escogiendo para el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios padecer humildemente todas las tribulaciones antes que para cualquier gusto suyo apartarse algo de la voluntad divina: con estas palabras hacía a las viudas sufridas en las tribulaciones y firmes en las tentaciones del cuerpo.

 

Aconsejaba, por último, a las personas casadas que respecto al cuerpo y al alma se amasen mutuamente con verdadero amor y tuviesen una sola voluntad en todo lo concerniente a la honra de Dios, refiriéndoles de sí misma la Señora cuán sinceramente había entregado su fe a Dios, y cómo por amor de este Señor jamás se había opuesto en nada a la voluntad divina.

 

 

                   Sábado - Lección Segunda (Capítulo 20)

 

Bendición. Límpienos de la mancha del crimen el hijo de la Virgen María. Amén.

 

Como según el tenor del santo Evangelio hemos aprendido que a cada cual se le medirá con la misma medida cn que a los demás midiere, parece imposible que con la razón humana pueda nadie comprender con cuántos honores ha debido ser venerada por todos en los palacios celestiales la que mientras vivió en este mundo misericordiosamente, hizo a muchísimos innumerables y fecundos bienes. Créese, por consiguiente, que fué justo, que cuando su santísimo Hijo quiso sacar de esta vida a la Virgen, estuviesen dispuestos para acrecentar el hono de la Señora todos aquellos que por medio de la misma habían adquirido la perfección de su voluntad.

 

Por lo cual, como el Creador de todas las cosas, siendo medianera la misma Señora, hizo su total beneplácito en el mundo; así también complacióse en ensalzarla en sumo honor con los ángeles en el cielo. Y por consiguiente, al punto de ser separada del cuerpo el alma de la Virgen, la sublimó el mismo Dios maravillosamente sobre todos los cielos, dióle el dominio sobre todo el mundo y la hizo para siempre Señora de los ángeles; los que hiciéronse al momento tan obedientes a la Virgen, que preferirían padecer todas las penas del infierno, antes que oponerse en lo más leve a los mandatos de la Señora.

 

También sobre los espíritus malignos hizo Dios a la Virgen tan poderosa, que siempre que acometieren a algún hombre y éste implorare por amor el auxilio de la Virgen, al instante huyesen despavoridos a una mera indicación de la Señora, queriendo se le multipliquen sus penas y miserias, más bien que ver dominar sobre ellos de ese modo el poder de la misma Virgen.

 

Y como esta Señora fué la criatura más humilde entre todos los ángeles y hombres, por esto mismo fué la más sublimada y más hermosa de todas, y la más semejante a Dios sobre todas ellas. Por lo que ha de advertirse, que al modo que el oro se considera más digno que los otros metales, así los ángeles y las almas son más dignas que las demás criaturas. Luego así como el oro no puede adquirir forma alguna sin la acción del fuego, y aplicado éste, adquirere diversas formas según el intento del artífice; igualmente el alma de la santísima Virgen no hubiera podido llegar a ser más hermosa que las otras almas y que los ángeles, si su excelentísima voluntad, que se compara con el ingenioso artífice, no la hubiese preparado tan eficazmente en el ardentísimo fuego del Espíritu Santo, para que sus obras apareciesen ante el Creador lás mas gratas de todas.

 

Y así como el oro, a pesar de formar obras bellas, no se ve claramente el mérito del artífice, cuando estas obras se hallan en una habitación obscura, sino al ponerlas en la claridad del sol es cuando se nota bien la belleza de esos artefactos, así también las dignísimas obras de esta gloriosa Virgen, que hermosamente adornaban su preciosísima alma, no pudieron verse bien mientras esta alma se hallaba escondida en el retiro de su perecedero cuerpo, sino que hasta que llegó la misma alma al resplandor del verdadero sol, que es la misma divinidad. Ensalzaba finalmente con magníficas alabanzas a la santísima Virgen toda la corte celestial, porque su voluntad había adornado su alma de manera, que su hermosura excedía a la de todas las criaturas, por lo cual aparecía muy semejante al mismo Creador.

 

A esta gloriosa alma había sido, pues, destinado desde la eternidad un asiento de gloria muy próximo a la Santísima Trinidad. Porque así como Dios Padre estaba en el Hijo, y el Hijo en el Padre, y el Espíritu Santo en ambos, cuando el Hijo después de tomar carne humana en el vientre de su Madre, descansaba con la divinidad y humanidad, quedando totalmente indivisa la unión de la Santísima Trinidad, y conservada inviolablemente la virginidad de la Madre; así también dispuso el mismo Dios para el alma de la Santísima Virgen una mansión próxima al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, a fin de que fuese participante de todos los bienes que pudiera conceder Dios.

 

Tampoco puede comprender ningún corazón humano cuánta alegría comunció Dios a su compañía en el cielo, cuando salió de este miserable mundo su amadísima Madre, según verdaderamente conocerán todos los que deseen con amor la patria celestial, cuando contemplaren cara a cara al mismo Dios. También los ángeles glorificaban a Dios, felicitando al alma de la Virgen, pues por la muerte del cuerpo de Jesús se completó su compañía, y por la venida de la Santísima Virgen al cielo se acrecentó su alegría y gozo.

 

Por último, alegrábanse por la llegada de la Virgen al cielo Adán y Eva, juntamente con los Patriarcas y Profetas, y toda la cohorte sacada de las cárceles de los infiernos, y los demás venidos a la gloria después de la muerte de Jesucristo, dando alabanzas y honor a Dios, que en tanta sublimidad ensalzaba a la Señora, por haber parido santa y gloriosamente al Redentor y Señor de todos.

 

Veneraban también a la Virgen con su humilde obsequio, enalteciendo su venerable cuerpo con toda la alabanza y gloria que podían los Apóstoles y todos los amigos que se hallaron presentes a los dignísimos funerales de la Virgen, cuando su amadísimo Hijo llevaba consigo al cielo la gloriosa alma de esta Señora. Y en efecto: debe indudablemente creerse, que así como los amigos de Dios dieron sepultura al cadáver de la santísima Virgen, así también el mismo Dios, su amadísimo Hijo, llevó venerablemente a la vida eterna el cuerpo vivo de María y su bendita alma.

 

 

                   Sábado - Lección Tercera (Capítulo 21)

 

Bendición. Llévenos la Reina de los ángeles a la gloria del Reino de los cielos. Amén.

 

Como la misma verdad, que es el Hijo de Dios y de la Virgen, aconsejó a todos devolver el bien por el mal, ¿con cuántos bienes ha de creerse que Dios remunere por sí mismo a los que hagan obras? Y como en su Evangelio por cada obra buena prometió pagar el céntuplo, ¿quién podrá imaginarse con cuántos dones de sublimes premios no habrá enriquecido a su santísima Madre, quien jamás cometió el más leve pecado y cuyas obras gratísimas a Dios no tienen número? Pues así como la voluntad del alma de la Virgen fué cooperadora de todas las obras buenas, así también su honestísimo cuerpo fué instrumento aptísimo y contínuamente aplicable para la perfección de las obras.

 

Por lo cual, al modo que verdaderamente creemos que según justicia de Dios todos los cuerpos humanos deben resucitar en el último día para recibir juntamente con las almas la retribución proporcionada al mérito de sus obras; porque así como el alma de cada cual fué cooperadora de todas sus obras por la connivencia de la voluntad, así el cuerpo unido a ella, hizo por sí corporalmente todas las cosas; igualmente debe creerse que a la manera que resucitó de entre los muertos y fué juntamente glorificado con la divinidad, el cuerpo del Hijo de Dios que jamás había pecado, así también el cuerpo de su dignísima Madre, que jamás había cometido pecado alguno, a los pocos días de sepultado fué llevado al cielo por virtud y poder de Dios, con el alma de la misma Virgen y glorificado a la par de esta con sumo honor.

 

Y como en este mundo no puede el entendimiento humano comprender la hermosura y gloria de esa corona con que por su Pasión debe estar ensalzado y venerado Jesús, Hijo de Dios; así tampoco nadie puede imaginar el esplendor de esa corona con que por su obediencia divina es venerada en cuerpo y alma la Virgen María. Y como todas las virtudes del alma de la Virgen ensalzaban a Dios su Hacedor, cuyo sacratísimo cuerpo hallábase después adornado con las prerrogativas de todas las virtudes; así también las obras de su cuerpo enaltecían a la dignísima Virgen, Madre de Dios, porque no omitió practicar en este mundo una sola virtud, por la que supiese que recibiría premio del cielo en el cuerpo y en el alma.

 

Por lo que ha de advertirse que así como solamente la sacratísima alma de Jesús y la de su Madre, han sido dignísimas de los más altos premios por sus virtudes y méritos, por no haber tenido defecto alguno en sus buenas obras, así igualmente, exceptuando sólo el cuerpo de Jesús, fué durante más tiempo el cuerpo de su Madre más digno que los de los demás para recibir con su alma los premios de los méritos, porque siempre hizo con ella todas sus mejores obras, y jamás consintió en pecado alguno.

 

¡Oh cuán poderosamente manifestó Dios su justicia, cuando echó del paraíso a Adán, por haber comido contra la obediencia en el mismo paraiso el fruto prohibido del árbol de la ciencia! ¡Oh cuán humildemente mostró Dios su misericordia en este mundo, por la santísima Virgen María, que oportunamente puede llamarse árbol de la vida! Pensad, pues, que pronto la justicia redujo a la miseria a los que desobedeciendo habían comido el fruto del árbol de la ciencia. Considerad también con cuánta dulzura llama la misericordia y atrae a la gloria a los que desean restablecerse con el fruto del árbol de la vida.

 

Mirad también, que cuando crecía en este mundo el cuerpo de esa honestísima Virgen, el cual se compara con el árbol de la vida, no menos deseaban ese fruto todos los coros de los ángeles y alegrábanse por lo que había de nacer de él, no menos que por la gracia a ellos concedida, conviene a saber, por haber conocido que ellos mismos, siendo inmorales, tendrían alegría celestial, y principalmente para que reluciera el mucho amor de Dios al linaje humano y se aumentara así la compañía de ellos.

 

Por esta razón se encaminó de prisa y con alegría el arcángel san Gabriel a la santísima Virgen y la saludó caritativamente con muy dignas palabras. Por lo cual, como esta Virgen, maestra de la verdadera humildad y de todas las virtudes, respondía muy humildemente al ángel anunciador; alegróse éste, conociendo que de ese modo debía satisfacerse el deseo de su voluntad y de los demás ángeles. Mas como verdaderamente sabemos que ese bendito cuerpo de la Virgen fué llevado al cielo con el alma, se ha dispuesto convenientemente para los hombres mortales, ofensores de Dios, que por el verdadero arrepentimiento de sus culpas, suban enseguida al cielo los que constantemente afligidos con diversas tribulaciones en esta valle de miseria, no dudan que esta penosa vida debe terminar por la muerte de sus culpas.

 

Y si con el fruto de ese árbol, que es Jesucristo, desean los hombres restablecerse, procuren antes con todas sus fuerzas inclinar las ramitas de ese mismo árbol, conviene a saber, saludar a su misma Madre, como el ángel anunciador, para evitar todo pecado, confirmando sus voluntades y disponiendo razonablemente para honor de Dios todas sus palabras y acciones.

Pues entonces fácilmente se inclinará a ello la misma Virgen, manifestándoles el deseo de su auditorio para recibir el fruto del árbol de la vida, que es el dignísimo cuerpo de Jesús, el cual por manos de los hombres se consagra para vosotros los pecadores y en este mundo, así como para los ángeles en el cielo, es vuestra vida y alimento.

 

Y como Jesús, para complemento de su amabilísima compañia, desea con ardiente amor las almas redimidas con su sangre; procurad, pues, amadísimos hermanos, satisfacer también vosotros su deseo con todo fervor y amor, recibiendo ese mismo cuerpo que por las dignísimas súplicas de la Virgen María se digna concederos su Hijo Jesucristo, quien con el Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por infinitos siglos de los siglos. Amén.

 

Autora: Santa Brígida de Suecia.

Transcrito por: Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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