Jueves, 10 de junio de 2010
EL SIGLO OSCURO DE LA IGLESIA Y DEL PAPADO - HISTORIA DE LA IGLESIA

Para desdicha de los papas de este tiempo, les falló incluso el Imperio, que de acuerdo con la idea que lo informaba era el encargado de aportar al papado la protección y seguridad en caso necesario. El imperio de Carlomagno fue dividido entre sus numerosos sucesores, perdiendo así todo su poder. La corona imperial pasaba de un príncipe a otro. Con Carlos III el Gordo, que en 887 fue destronado por los príncipes, se extinguió la descendencia masculina de Carlomagno. El papa Formoso (891-896) coronó emperador a Guido, duque de Espoleto, que por línea materna era bisnieto de Ludovico Pío. Contra él y su hijo, Lamberto de Espoleto, se levantó Arnulfo, duque de Carintia, descendiente también de Ludovico Pío, aunque por línea bastarda, y reclamó para sí la corona. Formoso se vio obligado a coronar también emperador a Arnulfo (893).


A partir de entonces hizo estragos en Roma una interminable guerra civil entre espoletanos y antiespoletanos, entre partidarios del papa Formoso y sus adversarios, aun mucho después de fallecido este papa. Con todo esto se perdió por completo de vista la cuestión del Imperio. Toda la atención estaba puesta en las contiendas y rivalidades de las familias romanas, que nombraban papas a sus propios miembros e intentaban destronar a los papas erigidos por las familias adversarias. La confusión llegó a tales extremos, que de algunos de tales pontífices, que a veces sólo lo fueron durante unas semanas o aun días, no conocemos sino los nombres, y ni siquiera estamos siempre seguros de que fueran papas legítimos.


Esta incerteza viene también de la ausencia de fuentes documentales. No había ni que pensar en llevar las actas al día, y nadie se ocupaba de escribir historias. Hay motivos para dudar de que todos estos papas supieran leer y escribir. La única fuente escrita conservada es la obra de Luitprando de Cremona, que vivía muy alejado de Roma, un charlatán insípido que sólo se interesa por las chismorrerías, sin nada positivo.


Una anécdota relativamente bien documentada, que pinta gráficamente la barbarie de la época, es la del papa Esteban VI, que hizo desenterrar el cadáver de Formoso, lo juzgó ante un tribunal y lo arrojó luego al Tíber. Poco después el propio Esteban fue estrangulado en la cárcel.

En la época inmediatamente posterior a Carlomagno, este descenso del prestigio papal no era aún visible, en parte gracias a las poderosas personalidades que en el siglo IX ocuparon la sede de san Pedro: León IV, Nicolás I, Adriano II y Juan VIII.
León IV (847-855) tuvo que defenderse sobre todo de los sarracenos. En 849 obtuvo una brillante victoria naval sobre los árabes
delante de Ostia. Ello le permitió construir en la antigua Civitavecchia un nuevo puerto fortificado, que llamó Leópolis. Todavía en 846 los sarracenos habían llegado en sus correrías hasta las puertas de Roma, llegando a saquear las basílicas de los apóstoles. León IV amuralló la región del Vaticano, que fue incorporada al distrito de Roma como «ciudad de León».


Nicolás I (858-867), celebrado por sus contemporáneos como «un segundo Elias», sometió a la obediencia a muchos obispos levantiscos, como el de Ravena y al orgulloso, aunque muy capaz, Hincmaro de Reims. Excomulgó al rey de Francia Lotario, por negarse a dejar su concubina Waldrada. Intervino en las turbulencias de la Iglesia bizantina, al tomar partido en pro de Ignacio contra Focio. A los búlgaros, que se habían establecido al sur del curso bajo del Danubio y habían abrazado el cristianismo, les envió misioneros con instrucciones dogmáticas que son también interesantes para la historia de la Teología.


Adriano II (867-872) intervino con sus delegados en el octavo concilio ecuménico de Constantinopla del año 869, en el que Ignacio fue repuesto en su sede episcopal, pero no pudo evitar que el mismo Ignacio apartara a los búlgaros de Roma y los atrajera hacia Constantinopla. Para ello Ignacio eligió en calidad de legado a san Metodio, que anteriormente había actuado como misionero entre los eslavos por encargo del emperador, y le nombró arzobispo de Sirmio (Mitrovitza, en el Save). Metodio y su hermano Cirilo eran oriundos de Salónica. Después de una pasajera actividad entre los kázares turcos de Crimea, en 863 se trasladaron a Moravia. Celebraban la liturgia en lengua eslava, a la cual dotaron de una escritura propia, el alfabeto glagolítico. Nicolás I los llamó a Roma para que rindieran cuentas de su misión, y allí murió Cirilo.

 

Adriano II volvió a enviar a Metodio a Moravia, aceptó el eslavo como lengua eclesiástica y protegió al misionero contra las asechanzas de los obispos bávaros de Ratisbona y Passau, los cuales habían hecho ya algunos intentos de evangelización en Bohemia y Moravia e invocaban por tanto derechos más antiguos sobre aquellas regiones. El eslavo eclesiástico desapareció luego en Bohemia y Moravia, mientras se introducía entre los búlgaros, servios y finalmente entre los rusos.


Juan VIII (872-882) después de la muerte de Ignacio reconoció a Focio como patriarca, pero rechazó el concilio de 879 con sus decretos antirromanos inspirados por aquél. Volvió a llamar a san Metodio a Roma, y le protegió contra las acusaciones de los bávaros. Juan VIII fue el último gran papa de este tiempo. Después de él empieza para el papado aquella tenebrosa época, el saeculum obscurum, llamado también el siglo de hierro por los historiadores italianos, aunque «hierro» no indica aquí que se tratara de un tiempo belicoso y heroico: las circunstancias eran muy precarias, y las turbulencias no eran obra de héroes sino de enanos.

Otón I y su hijo Otón II, prematuramente fallecido, habían intervenido en los asuntos romanos animados de las mejores intenciones, pero sin obtener resultados apreciables. Es curioso que lo consiguiera, en cambio, el tercer Otón, que personalmente no se distinguía por su energía, a lo cual contribuía su excesiva juventud, pero que pudo aprovecharse del enorme prestigio que su padre y su abuelo habían sabido ganar para la corona imperial.

La composición del colegio de los cardenales era entonces muy distinta de la actual. Originariamente se llamaban cardenales los presbíteros de las iglesias titulares romanas, los que más tarde fueron párrocos, así como los siete diáconos. Firmaban las actas sinodales después del papa y de los seis obispos suburbicarios. Por consiguiente, en los primeros tiempos de la Edad Media, el cardenalato no era todavía un título honorífico, y la expresión se encuentra también fuera de Roma.

 

En el siglo XI empezaron los papas a llamar a Roma a clérigos extranjeros eminentes, sobre todo monjes de la reforma cluniacense, y a darles el título de cardenal, confiriéndoles al efecto o una iglesia romana o un obispado suburbicario. La costumbre de hacer cardenales a prelados extranjeros que no residieran en Roma, no aparece hasta el siglo XII. El primer ejemplo conocido es el de un arzobispo de Maguncia en el año 1163. La dignidad cardenalicia adquirió la importancia que le es propia al recibir el derecho exclusivo de elegir al papa. Los sucesos ocurridos después de la muerte de Esteban X dieron pie a la concesión de esta prerrogativa.


Por última vez intentaron los tusculanos, esta vez aliados con los Crescencios, apoderarse de la silla de san Pedro. Los cardenales no estaban dispuestos a reconocer al pontífice nombrado por ellos, Benedicto X, y abandonaron Roma. En Siena, bajo la protección de la marquesa de Toscana, fue elegido el papa legítimo: Gerardo, obispo de Florencia, que tomó el nombre de Nicolás II (1059-1061). La marquesa de Toscana, Beatriz, había casado en segundas nupcias con el duque de Lorena Godofredo el Barbudo, hermano de Esteban X. Ella, y aún más su hija Matilde, fueron uno de los principales apoyos de la Santa Sede en su lucha por la independencia. Hildebrando instauró al nuevo papa en Roma por la fuerza de las armas y expulsó a Benedicto X.

Nicolás II reunió entonces en Letrán un sínodo, cuyas decisiones, de un alcance desusado, dio luego a conocer a toda la cristiandad con la encíclica Vigilantiae universali. En ellas se hacía hincapié sobre las exigencias ya conocidas: ningún clérigo debe aceptar la investidura, o sea la concesión de un cargo eclesiástico, de manos de un seglar. Se prohibe toda maquinación simoníaca en la concesión de una consagración o de un beneficio. Si un clérigo no observa el celibato, los fieles deben abstenerse de oir sus misas.

 

Esta rigurosa decisión, que equivalía a la excomunión, era nueva. Otra novedad era el deseo expresado por el papa de que todos los sacerdotes llevaran una vida en común, a la manera de los monjes. Era sólo un deseo, no una orden, pero como las consecuencias demostraron, provocó una completa transformación de la vida clerical, y desde luego, en el sentido de mejorarla. Pero la resolución de mayor trascendencia era la que se refería a la elección papal.

 

Como había demostrado la experiencia, una gran parte de los males de la Iglesia venían de la inseguridad jurídica sobre quién había de decidir la elección del pontífice, o mejor dicho, de que todos podían alegar algún derecho en este respecto, de acuerdo con el viejo principio de la communio, según el cual era válida toda elección en la que se manifestara la voluntad conjunta de la Iglesia. Así podía ocurrir, según las circunstancias, que la voluntad del pueblo romano, o la de los nobles romanos o también la del emperador como defensor de la Iglesia, pudiera ser considerada como expresión de la voluntad de la Iglesia. Por esto habían sido válidas las anteriores elecciones papales, a pesar de haberse efectuado de tantos y tan distintos modos. Pero este procedimiento electivo, basado en la simple costumbre, no era garantía suficiente para excluir las elecciones dudosas, ni bastaba para impedir la intromisión de influencias indebidas.


El sínodo de Letrán de 1059 decidió, pues, que en el futuro sólo los cardenales poseerían un derecho activo de voto. El resto del clero y el pueblo romano, sólo debían manifestar su aprobación una vez efectuada la elección. Al derecho del emperador se aludía con la vaga fórmula salvo debito honore et reverentia, que según el contexto sólo podía significar que, después de efectuada la elección se debía dar cuenta al emperador, como una deferencia honorífica.

 

Al propio tiempo se subrayaba que la dignidad imperial era un privilegio que el papa concedía personalmente cada vez. Era de prever que el nuevo procedimiento electoral y los decretos sobre las investiduras tarde o temprano crearían dificultades con la corte alemana; convenía, pues, que el papa se preocupara de buscarse nuevos aliados políticos. El incansable Hildebrando se dirigió al sur de Italia y concertó una alianza con Roberto Guiscardo: el tratado de Melfi. El dominio normando, que hasta entonces había descansado sólo sobre el derecho de conquista, recibió del papa su legitimación. Roberto Guiscardo recibió en feudo del papa la Apulia y la Calabria, con el título de duque, además de Sicilia, si conseguía conquistarla, y prestó en consecuencia al papa el juramento de vasallaje.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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