Lunes, 07 de junio de 2010
LAS PROFECÍAS Y VISIONES DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - CAPÍTULOS 13 AL 18 LIBRO EL ÁNGEL

Bueno aquí seguimos con las indicaciones que el ángel hace de la Vírgen María. Es muy interesante leelo. EL AUTOR DEL BLOG.

En estas tres lecciones siguientes nuestra el ángel cómo se portaba la Virgen María después de tener los sentidos y el conocimiento de Dios, y trata también de su alma y de la hermosura de su cuerpo, y cómo su voluntad sujetó todos sus sentidos, y de la concepción del Hijo de Dios en el vientre de la Virgen y del glorioso nacimiento de este Señor en el mundo.

 

                   Feria Quinta - Lección Primera (Capítulo 13)

 

Bendición. Interceda por nosotros delante del Señor la Sagrada Virgen de las vírgenes. Amén.

 

El bendito cuerpo de María puede muy bien compararse con un purísimo vaso; su alma con una clarísima lámpara, y su cerebro con un pozo de agua brotando a lo alto y bajando después a un profundo valle. Pues al llegar la Virgen a la edad en que pudo comprender que Dios estaba en los cielos, y que para su perpetuo honor había este Señor creado todas las cosas y particularmente al hombre, y que era justísimo juez de todos; entonces, al modo que las aguas salen en abundancia de un manantial, así desde el cerebro de la Virgen lanzábanse a la cumbre del cielo sus sentidos y entendimiento, y después corrían por el valle, esto es, por todo su humildísimo cuerpo.

 

Pues así como dice la Iglesia que el Hijo de Dios salió del Padre y que su vuelta fué al Padre, aunque ninguno de ellos se apartó jamás del otro; igualmente los sentidos y entendimiento de la Virgen, elevándose con frecuencía a lo más alto de los cielos, veían constantemente a Dios por medio de la fe, con cuyo dulcísimo amor suavemente abrazada volvía a sí misma.

 

Mantuvo con la mayor firmeza este amor con esperanza racional y temor divino, inflamando por medio del mismo amor su propia alma, de suerte, que comenzó a arder en amor de Dios como vehementísimo fuego. Los sentidos y entendimiento de la Virgen sometieron también de tal manera el cuerpo al alma para obedecer a Dios, que desde entonces le estuvo el cuerpo obediente con la mayor humildad.

 

¡Con cuánta rapidez los sentidos y entendimiento de la Virgen comprendieron el amor de Dios! ¡Con cuánta prudencia se enriqueció a sí misma la Señora! Por consiguiente, como si hubiera sido trasplantado algún lirio, sujeto en la tierra por tres raices, con que estuviese más firme, y abriese arriba tres preciosas flores para deleitar la vista, del mismo modo el amor divino traspasado a esta gloriosa tierra, a nuestra santísima Virgen por virtud divina, se unió a su cuerpo con tres virtudes muy sólidas, como con tres raices por las cuales fortaleció también el mismo cuerpo de la Virgen, y con tres joyas, como con tres preciosísimas flores adornó honoríficamente a la Virgen respecto al alma, para alegría de Dios, de los ángeles y de cuantos la mirasen.

 

La primera fortaleza de la discreta abstinencia del cuerpo de la Virgen moderaba en la Señora la comida y bebida, de suerte, que por ninguna superfluidad la apartó nunca del servicio de Dios la menor pereza, ni por la inmoderada parsimonia resultaba jamás sin fuerzas para obrar.

La segunda fortaleza de la templanza de las vigilias gobernaba su cuerpo de tal manera, que por lo escaso del sueño en ningún tiempo en que debía estar en vela, se hallaba entorpecida con ninguna pesadez, ni por el mucho adormecimiento acortaba en lo más leve los períodos marcados de la vigilia.

 

La tercera fortaleza de la robusta complexión del cuerpo de la Virgen hizo tan constante la misma virginidad, que con igual ánimo sobrellevaba el trabajo, la adversidad corporal y la felicidad pasajera del cuerpo, sin quejarse por la adversidad de éste y sin alegrarse por su dicha. Esta era también la primera joya con que el amor divino ataviaba a la Virgen respecto al alma, a saber, que prefería en su alma los premios que Dios había de conceder a sus amigos, a la hermosura de todas las cosas, y por consiguiente parecíanle vilísmo lodo todas las riquezas del mundo. Adornaba su alma como segunda joya el discernir perfectamente en su entendimiento cuán incomparable con la gloria del cielo es el honor del mundo, por lo que apartábase de oir la gloria mundana, como de aire corrompido, que con su hedor destruye en breve la vida de muchos.

 

Como tercera joya, en fin, glorificaba el alma de la Virgen el considerar dulcísimas en su corazón todas las cosas gratas a Dios, y más amargas que la hiel las cosas odiosas y contrarias al Señor, y por tanto, la misma voluntad de la Virgen impelía su alma para desear la verdadera dulzura tan eficazmente, que después no debió sentir en esta vida amargura espiritual. Con estas joyas sobre todas las cosas creadas apareció la Virgen tan hermosamente adornada en su alma, que plugo al Creador cumplir todas sus promesas por mediación de la misma Señora.

 

Hallábase esta tan fortalecida por la virtud del amor, que no se resfriaba en ninguna obra buena ni en el menor ápice prevalecía jamás sobre ella el enemigo. Debe, en efecto, creerse que, así como su alma era hermosísima delante de Dios y de los ángeles, igualmente su cuerpo fué gratísimo a los ojos de cuantos la miraban; y así como Dios y los ángeles se congratulaban en los cielos por la hermosura de su alma, igualmente la gratísima hermosura de su cuerpo fué provechosa y consoladora en la tierra a cuantos deseaban verla.

 

Viendo, pues, las personas piadosas el gran fervor con que la Virgen servía a Dios, se hacían más celosas por la honra de Dios, y las personas propensas a pecar, cuando consideraban a la Virgen, resfriábanse al punto en el ardor del pecado con la honestidad de sus palabras y comportamiento.

 

 

                   Feria Quinta - Lección Segunda (Capítulo 14)

 

Bendición. Dignese borrar nuestros pecados la Virgen saludada por el Ángel. Amén.

 

Ninguna lengua puede referir con cuánta sabiduría comprendieron a Dios los sentidos y entendimiento de la gloriosísima Virgen, en el mismo instante en que por primera vez tuvo conocimiento del Señor, principalmente porque toda inteligencia humana es débil para pensar las muchas formas con que se sometió al servicio de Dios la bendita voluntad de la Virgen, pues se complacía sobremanera en hacer todo cuanto conocía ser agradable a Dios.

 

Conoció la Virgen que no por méritos suyos había el Señor creado su cuerpo y su alma y dádole a su voluntad la libertad de guardar humildemente los preceptos divinos, o de oponerse a ellos si quisiera; y así, determinó la humildísima voluntad de la Virgen, servir a Dios con el mayor amor durante toda su vida por los beneficios ya recibidos, aunque ya no le concediera más el Señor. Mas cuando el entendimiento de la Virgen pudo comprender que el mismo Creador de todas las almas se dignaría hacerse también Redentor de ellas, y que por recompensa de tan penoso trabajo, no desearía nada sino recobrar para sí las mismas almas, y que todo hombre en su mano tiene la libertad de aplacar a Dios con buenas obras, o de provocarlo a ira con malas acciones, comenzó la voluntad de la Virgen a dirigir atentamente su cuerpo en las borrascas del mundo, como el prudente piloto dirige su nave.

 

Pues así como teme el piloto que con las oleadas pueda peligrar el buque, ni tampoco se apartan de su imaginación los escollos en que muchas veces se estrellan las naves, acomoda con firmeza las jarcias y pertrechos del buque, ésta contínuamente contemplando el puerto donde después del trabajo desea descansar, y cuida mucho lleguen debidamente a su verdadero dueño las riquezas contenidas en su nave, del mismo modo esa prudentísima Virgen, después de tener conocimiento de los mandatos de Dios, al punto según el espíritu de ellos comenzó su voluntad a dirigir con la mayor solicitud su cuerpo.

 

Temía con frecuencia la Virgen el trato con los parientes, a fin de que no la entibiasen para servir a Dios con palabras o con obras la prosperidad o desgracia de ellos, las cuales se asemejan a los vaivenes del mundo. Tenía además presente de contínuo en la memoria todo lo prohibido por la ley divina, evitándolo con suma atención, a fin de que no perdiesen espiritualmente su alma, como tremendo escollo.

 

Esta laudable voluntad dominó refrenando a la misma Virgen y sus sentidos de suerte que nunca se movía su lengua para palabras inútiles, y jamás se alzaron sus recatadísimos ojos para ver nada innecesario, sus oídos atendían sólo a lo perteneciente a la gloria de Dios, sus manos y dedos no se extendían sino para su utilidad propia o la del prójimo, y no permitía diesen sus pies un solo paso sin haber examinado antes el provecho que de ahí resultaría. Deseaba también la voluntad de la Virgen sufrir con placer todas las tribulaciones del mundo, para llegar al puerto de salvación, es decir, al seno de Dios Padre, anhelando constantemente que su alma restablecida diese grato honor al Señor, a quien sobremanera amaba.

 

Y como la voluntad de la Virgen no careció jamás de bondad alguna, Dios, de quien dimanan todos los bienes, la exaltó muy sublimente en la cumbre de todas las virtudes y la hizo brillar con el mayor esplendor. ¿Quién no ha de admirarse de que haya Dios amado sobre todas las cosas a esta Virgen, cuando excepto ella sola, no conoció a nadie engendrado de varón y mujer, cuya alma no fuera a veces inclinada al pecado mortal o al venial?

 

¡Ah! ¡cuánto se acercó esta nave, es decir, el cuerpo de la Virgen, al deseadísimo puerto, esto es, a la morada de Dios Padre, cuando al llegar Gabriel, le dijo: Ave, llena de gracia! ¡Cuán honestamente sin obra de varón encomendó el Padre su Hijo a la Virgen, cuando ésta respondió al ángel: Hágase en mí según tu palabra! Y al punto unióse en el vientre de la Virgen la divinidad con la humanidad, y se hizo hombre el Hijo de la Virgen, el verdadero Dios, el Hijo de Dios Padre.

 

 

                   Feria Quinta - Lección Tercera (Capítulo 15)

 

Bendición. Bendíganos con la piadosa descendencia la santísima Virgen María

 

Oh, hermosísimo consorcio, muy digno de toda aceptación! El Hijo de Dios tenía por morada en el mundo el cuerpo de la Virgen, y en el cielo tenía la morada de la Santísima Trinidad, aunque potencialmente reside en todas partes. Estaba la Santísima Virgen en cuerpo y en alma llena del Espíritu Santo, y el Espíritu Santo estaba en el Padre, y estaba también en el Hijo humanado, el cual Hijo de Dios, no solamente residía en el mundo en las entrañas de la Virgen, sino que también tenía su morada en los cielos en el Padre y en el Espíritu Santo.

 

También el Padre, juntamente con el Espíritu Santo, tenían en el Hijo humanado su morada en el mundo, aunque sólo el Hijo, verdadero Dios, tomó para sí carne, el cual, a pesar de ocultarse a la vista humana, según la esencia de la divinidad, sin embargo, siempre aparecía el mismo y manifiesto delante de los ángeles en su eterna morada.

 

Así, pues, todos los que tienen fe, alegrábanse por esa inefable unión verificada en la Virgen, según la cual, el Hijo de Dios, de la carne y sangre de la Virgen tomó para sí cuerpo humano, unióse la humanidad a la divinidad, y a la divinidad la verdadera humanidad. En esta gratísima unión, ni se disminuyó la divinidad en el Hijo ni el la Madre la integridad de la virginidad. Ruborícense y llénense de espanto los que no creen que la omnipotencia del Criador pueda hacer esas maravillas, o piensen que aun cuando pudiese, no querría su bondad hacerlas por salvar a su criatura; mas si se cree que efectivamente las hizo por su poder y bondad, ¿por qué los que no dudan que el Señor hizo por ellos esas maravillas, no le aman de un modo perfecto?

 

Adviertan vuestros corazones y entiendan, que así como sería digno del mayor amor un señor de la tierra que disfrutando distinguidísimos honores y colmadas riquezas, oyese que su amigo estaba lleno de afrentas y oprobios, y por su bondad tomara sobre sí todo aquel escándolo para mirar por el honor de aquel amigo; o viendo aquel señor en extrema pobreza al amigo, se sometiese a la miseria, para que el amigo estuviese abundante; o si viese al mismo amigo conducido infelizmente a la muerte, que no pudiese evitar, a no ser que alguien muriese voluntariamente por él, entonces él se entregara a sí mismo a la muerte, para que pudiera vivir felizmente aquel condenado.

 

Y como en estos tres casos se demuestra sumo amor, igualmente para que nadie pudiera decir que hombre alguno de la tierra había mostrado a su amigo mayor amor que el mismo Creador que ésta en los cielos, por esa misma razón el mismo Dios inclinó su majestad bajando del cielo al vientre de la Virgen, entrando, no en una sole parte de su cuerpo, sino infundiéndose por todo su cuerpo en las entrañas de esta Virgen, formando para sí honestísimamente un cuerpo humano de la sola carne y sangre de esta Señora.

 

Por lo cual aseméjase mucho esa escogidísima Madre a la zarza ardiente y sin quemarse que vió Moisés; pues el mismo que se mantuvo en la zarza hasta hacer a Moisés crédulo y obediente en las cosas que le refirió, y que al preguntarle aquel su nombre, dijo: Yo soy el que soy, esto es, llevo este nombre desde la eternidad; este mismo habitaba en la Virgen tanto tiempo como los demás niños necesitan estar antes de nacer en las entrañas de su madre. Y así como cuando era concebido el Hijo de Dios, entró con su divinidad por todo el cuerpo de la Virgen, igualmente cuando nacía con humanidad y divinidad, como la suavidad de olor de una rosa intacta, de la misma manera difundióse por todo el cuerpo de la Virgen, permaneciendo íntegra en la Madre la gloria virginal.

 

Por consiguiente, así como Dios y los ángeles, y además el primer hombre y después de él los Patriarcas y los Profetas, alegrábanse juntamente con otros innumerables amigos de Dios, de que aquella zarza representase el cuerpo de María, así el amor ardiente había de hacer que se dignara el Hijo de Dios entrar en él con tanta humildad, habitar en él tanto tiempo, y nacer de él con tanta honestidad.

 

Es, por tanto, muy justo que se alegren también de todo corazón los hombres de los tiempos presentes, porque así como el Hijo de Dios, Dios verdadero e inmortal, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, entró en esa zarza, tomando en ella por los hombres carne mortal, igualmente deberían estos apresurarse a acudir a la Virgen, para que diciéndoles esta Señora para que fin son mortales, se les devuelva la vida eterna a los que por sus culpas merecieron muerte sempiterna.

 

Y al modo que habitó Dios en la Virgen, para que su cuerpo, ni en edad ni en los miembros tuviese defecto alguno y fuese como el de los otros niños, a fin de vencer poderosamente al demonio, quien con engaños había sometido a todos al demonio de su crueldad; igualmente rueguen con humildad a la Señora los hombres, para que los haga estar bajo su amparo, a fin de que no caigan en las redes del demonio. Y como Dios salió a luz al mundo de la misma Virgen para abrir a los hombres la puerta de la patria celestial, así también le supliquen estos encarecidamente que al salir de este siglo prevaricador, se digne la Señor estar presente con su auxilio, proporcionándoles la entrada en el eterno reino de su bendito Hijo.

 

 

En estas tres lecciones siguientes trata el ángel de las amarguísimas tribulaciones de la santísima Virgen en la dolorosa muerte de su bendito Hijo, y de la firmeza de alma que en todos sus dolores tuvo la misma Señora.

 

                   Feria Sexta - Lección Primera (Capítulo 16)

 

Bendición. Reconcílienos con Jesucristo nuestro Redentor la Virgen que lo engendró. Amén.

 

Dice la Escritura que al oir las palabras del ángel se turbó la Santísima Virgen María, quien aun cuando no tuvo entonces miedo alguno por peligro de su cuerpo, temió fuese engaño del enemigo del linaje humano para perjuicio de su alma. Por donde ha de entenderse que cuando la Virgen llegó a edad en que sus sentidos y entendimiento pudieron alcanzar el conocimiento de Dios y de su voluntad, así como al punto comenzó a amar a Dios racionalmente, de la misma manera comenzó a temerle racionalmente.

 

Con justicia puede llamarse rosa florida esta Virgen, porque así como la rosa suele crecer entre espinas, igualmente la santísima Virgen creció en este mundo entre tribulaciones; y a la manera que cuanto más se extiende en crecer la rosa, tanto más fuerte y aguda se pone la espina, igualmente, cuanto más crecía en edad esta escogidísima rosa María, tanto más agudamente era punzada con espinas de más fuertes tribulaciones.

 

Transcurridos los años juveniles, el temor de Dios fué su primera tribulación, porque no sólo le afligía un sumo temor al disponserse para huir del pecado, sino además extremecíase al considerar cómo ejecutaría racionalmente las buenas obras; y aunque con suma vigilancia disponía para honra de Dios sus pensamientos, palabras y obras, temía, no obstante, hubiese en ellas algún defecto. Consideren, pues, los infelices pecadores, que con osadía y voluntariamente están siempre cometiendo diversas maldades, cuántos tormentos y cuántas miserias acumulan para sus almas, al ver que esta gloriosa Virgen, pura de todo pecado, ejecutó con temor sus obras gratas a Dios sobre todas las cosas.

 

Conociendo, además, la Virgen por los escritos de los profetas que Dios quería encarnar, y que en la carne que tomase debía ser atormentado con muy diversas penas, sufrió al punto en su corazón una tribulación cruel a causa del ardiente amor que a Dios tenía, aun cuando todavía no supiera que debía ser ella la Madre. Mas luego que llegó a la edad en que el Hijo de Dios se hizo Hijo suyo y sintió haber él tomado aquel cuerpo en su vientre, lo cual debía poner cumplimiento a las Escrituras de los profetas, parecía entonces extenderse más en su hermosura y crecer aquellas suavísima rosa, y hacíanse cada día más fuertes y agudas las espinas de las tribulaciones que amargamente le punzaban.

 

Pues así como recibía sumo e inefable gozo en la concepción del Hijo de Dios, igualmente, al recordar su cruelísima pasión futura, de muchos modos afligía a su alma la tribulación. Alegrábase, por tanto, la Virgen de que su Hijo con verdadera humildad había de encaminar a la gloria del reino de los cielos a sus amigos, a quienes por su soberbia había merecido el primer hombre las penas del infierno; pero afligíase, porque así como con todos sus miembros había pecado el hombre en el paraíso por la mala concupiscencia, igualmente conocía que su Hijo satisfaría en el mundo la culpa del primer hombre con la amarguísima muerte de su propio cuerpo. Alegrábase la Virgen por haber concebido sin pecado y sin deleite carnal a su Hijo, a quien también había dado a luz sin dolor; pero entristecíase porque sabía que tan amado Hijo nacería para sufrir afrentosísima muerte, y que con la mayor ansiedad de su alma había ella de presenciar los padecimientos del Salvador.

 

Alegrábase también la Virgen por saber que su Hijo resucitaría de la muerte, y que por su Pasión había de ser eternamente sublimado al más alto honor; pero afligíase por saber que había de ser inhumanamente atormentado con afrentosos oprobios y crueles tormentos anteriores a aquel honor. Debe, en efecto, creerse que, así como la rosa constantemente se ve que está en su sitio, aun cuando las espinas de su alrededor se hayan puesto más fuertes y más agudas, igualmente, la bendita rosa María conservaba un ánimo tan constante que, a pesar de lastimar su corazón las espinas de las tribulaciones, de ninguna manera variaban su voluntad, sino mostrábase muy dispuesta para sufrir y para hacer lo que agradase a Dios.

 

Compárase, pues, con una hermosísima rosa florida, y rosa de Jericó; porque así como dicen que esta rosa aventaja en hermosura a las demás flores, igualmente María aventajaba en la hermosura de honestidad y de costumbres a todos los vivientes del mundo, excepto sólo su bendito Hijo. Por lo cual, al modo que por su virtuosa constancia alegrábanse en los cielos Dios y los ángeles, de la misma manera alegrábanse por ella muchísimo en el mundo los hombres al considerar con cuánta paciencia se conducía en las tribulaciones, y con cuánta prudencia en los consuelos.

 

 

                   Feria Sexta - Lección Segunda (Capítulo 17)

 

Bendición. Defiéndenos con las súplicas de su Madre la Virgen el que nos salvó al precio de su sangre. Amén.

 

Entre otras cosas que sobre el Hijo de Dios dijeron los profetas, anunciaban la muy cruel muerte que en este mundo quería sufrir en su inocentísimo cuerpo, a fin de que los hombres disfrutaran juntamente con él en los cielos la vida eterna. Anunciaban los profetas y escribían cómo el Hijo de Dios había de ser atado y azotado por libertar al linaje humano; cómo había de ser conducido a la cruz, y con cuánto vituperio tratado y crucificado.

 

Por consiguiente, como creemos que esos profetas sabían bien por qué causa el Dios inmortal quiso tomar para sí carne mortal, y en esta carne ser afligido de tan diferente modo; la fe cristiana no debe dudar que la Virgen nuestra Señora, a quien antes de todos los siglos predispuso Dios para Madre suya, sabía aquello con mayor claridad, y es justo creer que a la santísima Virgen no se ocultó la razón por la que el mismo Dios se dignaba tomar carne humana en su vientre. Y debe creerse que por inspiración del Espíritu Santo entendió la Virgen más perfectamente que los mismos profetas, todo lo que figuraban las palabras de éstos, quienes las profirieron por boca del mismo Espíritu.

 

Débese, pues, creer, que cuando la Virgen, después de haber dado a luz al Hijo de Dios, comenzó a tenerlo en sus manos, ocurriósele al punto la idea de que debía cumplir las escrituras de los profetas. Cuando lo envolvía en los pañales, consideraba entonces en su corazón con qué agudos látigos había de ser atormentado aquel cuerpo, de suerte que debía aparecer como leproso; fajando suavemente la Virgen las manos y pies de su parvulito Hijo, recordaba cúan crulmente debían ser traspasados en la cruz con clavos de hierro; al mirar la Virgen el rostro de su Hijo, más hermoso que todos los hijos de los hombres, pensaba con cuánta irreverancia habían de escupirle los labios de los impíos; meditaba muchas veces la Virgen con cuántas bofetadas serían lastimadas las mejillas de su Hijo, y con cuántos oprobios y afrentas serían afligidos sus benditos oídos.

 

Ya consideraba cómo los ojos de su Hijo se obscurecerían con la fuerza del tormento, y cómo su boca gustaría hiel y vinagre; y pensaba cómo habían de ser atados con cordeles los brazos de su Hijo, y con cuánta inhumanidad habían de extenderse en la cruz los nervios, las venas y todas las coyunturas, contraerse su pecho al morir, y tanto interior como exteriormente, padecer toda clase de amargura y angustia hasta la muerte; sabía la Virgen que después de muerto su Hijo, una aguda lanza heriría su costado y pasaría por enmedio de su corazón. Por tanto, así como fué la más dichosa de las madres cuando veía ya nacido de sí misma al Hijo de Dios, que conocía era verdadero Dios y hombre mortal en la humanidad, pero eternamente inmortal en la divinidad; igualmente era la más triste de todas las madres por tener noticia de la amarguísima Pasión de su Hijo.

 

De esta suerte, a su inmensa alegría acompañaba una gravísima tristeza, como si a una recien parida se le dijese: Has parido un hijo vivo y sano en todos sus miembros, mas esa molestia que en el parto tuviste te durará hasta tu muerte. La tristeza de tal madre dimanada del recuerdo de aquella molestia y de la muerte de su propio cuerpo, no sería nunca mayor que el dolor de la Virgen María cuando recordaba la futura muerte de su amadísimo Hijo. Sabía la Virgen que los vaticinios de los Profetas habían anunciado que convenía padeciese su amadísimo Hijo muchos y graves tormentos, y hasta el justo Simeón, no lejanamente como los Profetas, sino delante de la misma Señora, predijo que una espada atravesaría su alma.

 

Por consiguiente, ha de advertirse que así como las fuerzas del alma, para sentir el bien o el mal, son más fuertes y más sensibles que las del cuerpo, igualmente la bendita alma de la Virgen que debia ser traspasada con una espada, antes de padecer su Hijo, era afligida con mayores tormentos de los que pudiera sufrir el cuerpo de ninguna otra madre, antes de dar a luz un hijo; porque esa espada de dolor acercábase tanto más a todas horas al corazón de la Virgen, cuanto más se acercaba su amado Hijo al tiempo de su Pasión.

 

Por lo cual indudablemente debe creerse que compadeciéndose filialmente de su Madre ese piadosísimo e inocentísimo Hijo de Dios, moderaba con frecuentes consuelos los dolores de la Señora, porque de otra manera no hubiese podido sufrirlos su vida hasta la muerte del Hijo.

 

 

                   Feria Sexta - Lección Tercera (Capítulo 18)

 

Bendición. La Pasión del Hijo de la Virgen nos encomiende en manos del altísimo Padre. Amén.

 

Por último, en aquel mismo tiempo en que había predicho el Hijo de la Virgen: Me buscaréis y no me encontraréis, la punta de una penetrante espada hirió cruelmente el corazón de la Virgen. Entregado, según fué su santa voluntad, el Hijo por un traidor discípulo, y por los enemigos de la verdad y de la justicia, una espada de dolor penetraba el corazón y entrañas de la Virgen, y traspasando cruelmente su alma, introducíase con gravísimo dolor por todos los miembros de su cuerpo.

 

Pues en el alma de la Virgen entraba con la mayor amargura esa espada, siempre que a su amadísimo Hijo se le presentaban padecimientos y oprobios. Veía, pues, a su Hijo abofeteado por mano de los impíos, azotado cruel e impíamente, condenado a muerte con la mayor infamia por los príncipes de los judíos, y conducido con las manos atadas al lugar de su Pasión, en medio del clamoreo del pueblo, que gritaba: Crucifica al traidor, llevando con mucha debilidad la cruz sobre sus hombros, precediéndole otros que le traían atado en pos de ellos, acompañándole algunos que le empujaban a puñadas, y trataban como cruelísima fiera a aquel mansísimo cordero, el cual, según profetizó Isaías, en todos sus padecimientos era tan sufrido, que a manera de cordero fué llevado a la muerte, sin dar un quejido, y callado al modo de la oveja ante el esquilador, no abrió sus labios; el cual, así como por sí mismo mostró la mayor paciencia, igualmente su santísima Madre sufrió con suma paciencia todas sus tribulaciones.

 

Y al modo que el cordero acompaña a su madre adonde quiera que fuere llevada, así la Virgen Madre seguía a su Hijo conducido a los lugares de los tormentos.

Pero viendo la Madre al Hijo con una corona de espinas puesta por burla, el rostro cubierto de sangre, y las mejillas rojas con las fuertes bofetadas, llenóse de gravísima angustia, y con la fuerza de los dolores comenzaron a palidecer sus mejillas; al correr por todo su cuerpo la sangre del Hijo en su flagelación, un raudal de lágrimas corría de los ojos de la Virgen; al ver después al Hijo cruelmente extendido en la cruz, empezaron a consumirse todas las fuerzas de su cuerpo; mas al oir las martilladas, cuando con clavos de hierro eran traspasados pies y manos del Hijo, faltándole entonces a la Virgen todos los sentidos, postróla como muerta lo fuerte del dolor; al ver que los judíos daban de beber a Jesús hiel y vinagre, la ansiedad del corazón secó la lengua y el paladar de la Virgen, de modo, que entonces no podía mover para hablar sus benditos labios; al oir después aquella débil voz de su Hijo, diciendo en la agonía de la muerte:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? , y viendo, finalmente, ponerse yertos todos los miembros del Hijo, y que inclinado la cabeza expiraba, entonces lo cruel del dolor comprimió el corazón de la Virgen, que no podía mover ni una sola de sus articulaciones.

 

En lo cual se ve que no hizo entonces Dios corto milagro, cuando la Virgen Madre, inundada interiormente con tantas y tan grandes dolores, no expiró al ver a su amadísimo Hijo, desnudo y atormentado, vivo y muerto, traspasado con una lanzada, siendo la mofa de todos, crucificado entre ladrones, huyendo de él casi todos cuantos le conocían, y aun muchos de éstos apartándose bastante de la rectitud de la fe.

 

Luego, así como su Hijo padeció una muerte amarguísima sobre todos los vivientes en este mundo, de la misma manera la Madre sufrió en su bendita alma amarguísimos dolores. Refiere la Sagrada Escritura que al ver la mujer de Finées el arca de Dios en poder de sus enemigos, expiró de repente con la vehemencia del pesar; pero el dolor de esta mujer no podía compararse con los dolores virginales de María al ver el cuerpo de su bendito Hijo, del cual era figura la referida arca, puesto y clavado en una cruz: pues amaba la Virgen a su Hijo, verdadero Dios y hombre, con mayor amor de que cualquiera nacido de mujer, por obra de varón, pudiera amarse a sí mismo o a otro.

 

Por lo cual, como se considera admirable el que muriese de pesar, padeciendo más leves dolores esa mujer de Finées, y que sobrevivió María, sin embargo de padecer mucho más graves angustias. ¿Quién al pensar en esto no podrá juzgar sino que la Santísima Virgen conservó su vida contra todas las fuerzas corporales por especial don de Dios? Por último: al morir el Hijo de Dios abrió el cielo, y rescató con su poderío a sus amigos, detenidos en los infiernos. Mas recobrándose de su amargura la Virgen, conservaba sola en su integridad la recta fe hasta la resurreción del Hijo, y reduciéndolos a la fe, corregía a muchos que miserablemente se apartaban de ella.

 

Muerto, pues, su Hijo, fué bajado de la cruz y envuelto en un lienzo, para ser sepultado como cualquiera otro cadáver, y entonces apartáronse de él todos, creyendo pocos que resucitaría; mas entonces también huyeron del corazón de la Madre los estímulos de los dolores, y comenzó a renovarse suavemente en ella el placer de los consuelos, porque se sabía que estaban completamente terminadas las tribulaciones de su Hijo, y que este Señor, con su divinidad y humanidad, debía resucitar al tercer día para la gloria eterna, y que en adelante no debía ni podía padecer molestia alguna.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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