A la época de los grandes padres de la Iglesia suceden largos siglos
de obscuridad. Después de haber viajado por los más esplendorosos
paisajes, la Iglesia, y con ella la historia de Europa, se introduce en
un tenebroso túnel, que no parecía haber de acabar nunca. O quizá sería
más justo decir: tras el tiempo de la cosecha y de la recolección de los
frutos maduros, viene ahora un invierno multisecular. Y del mismo modo
que en la naturaleza el invierno no es en verdad un tiempo de muerte,
sino que en él se preparan y disponen las fuerzas y la savia, en
expectación de la próxima primavera, así ocurrió también con la Iglesia.
A juzgar por las apariencias externas, salió completamente transformada
de este sueño invernal, pero rebosante de energías y de una nueva
vitalidad.
Muchas fueron las causas que concurrieron a sumergir al mundo
antiguo en aquel estado de desmayo o petrificación, que a las veces no
parece otra cosa que una auténtica muerte. Una de tales causas fue el
proceso que nuestra historia conoce con el nombre de «invasión de los
bárbaros».
Aunque su punto de partida fuera la negación de la divinidad de Cristo, en el fondo el arrianismo era menos una herejía cristológica que una herejía antitrinitaria. Después de su derrota, el dogma de la Trinidad, de un solo Dios en tres Personas, quedó firmemente asentado en todas partes. La especulación teológica pudo entonces atender a la cuestión de cómo y hasta qué punto podía la segunda Persona divina ser al propio tiempo un hombre verdadero.Las Invasiones
Despoblación del Imperio
Expansión de la Iglesia
Comienzos de la apostasía en oriente. Las herejías del siglo V
Las leyes dictadas contra el culto pagano, como las promulgadas por Constancio a partir del 341, no significaban sin más ni más un estímulo para las conversiones. Todavía en el siglo IV muchos de los más altos cargos estaban desempeñados por no cristianos. No es probable que en dicho siglo el ritmo de crecimiento de la Iglesia fuera más rápido que en el anterior. Sin embargo, si aceptamos para alrededor de 313 un número de cristianos de seis a diez millones, para el año 400 tendremos, por lo menos, que doblar esta cifra.
Geográficamente, hacía tiempo que el entero territorio del
Imperio estaba espolvoreado de comunidades cristianas. Un avance más
allá de las fronteras hacia el nordeste, en la línea Rin-Danubio, no era
de momento posible, pues la presión de la población actuaba allí en
dirección contraria. En cambio, estaban abiertas algunas líneas de
penetración hacia el sureste, y más concretamente, desde Siria hacia
Mesopotamia y Persia, y desde Egipto a lo largo del Mar Rojo. En esta
parte, el cristianismo rebasó las fronteras imperiales ya en el siglo
IV. Desde el siglo III habían llegado cristianos a Persia, y en el IV se
encontraban allí numerosas comunidades, que tuvieron que sufrir
sangrientas persecuciones.
En Arabia meridional, el pueblo de los homeritas o sabeos estaba del todo cristianizado. Abisinia adoptó también el cristianismo en el siglo IV, y san Atanasio consagró a un obispo para Axum. En el siglo VI, Cosme, al relatar sus viajes por la India, menciona una comunidad cristiana de lengua griega en la isla de Socotora, y tiene también noticias, aunque sólo de oídas, acerca de la existencia de cristianos en el sur de la India. Cuándo y cómo se formaron estos grupos, que debieron de ser muy antiguos, es discutido. El cristianismo llegó, también en el siglo IV, a los países del Cáucaso, a los georgianos y albaneses, que nunca habían pertenecido propiamente al Imperio romano.
Es de suponer que estos remotos puestos avanzados serían numéricamente muy pequeños; no pasaban de ser puntas de penetración, avanzadillas, gérmenes henchidos de promesas, Pero estas promesas quedaron frustradas por culpa de las grandes herejías del siglo V, mucho antes de que el Islam obstruyera definitivamente el camino hacia el sureste.
Si es cierto que a partir del siglo V Italia había dejado de formar parte de los pueblos hegemónicos, no puede decirse lo mismo de Roma. A pesar de contar con tan pocos habitantes y de estar en una región casi desierta, Roma seguía siendo en cierto sentido el centro del mundo. Constantinopla era diez veces mayor, podía enviar ejércitos y flotas, tenía la corte imperial y los altos magistrados del Imperio, podía gloriarse de su comercio, de su ciencia, de su arte. Roma no tenía ninguna de estas cosas. Roma vivía del papa. Roma era del papa. La Silla Apostólica se había hecho muy rica, gracias a las continuas donaciones. Poseía dominios, no sólo en las cercanías de Roma, sino en la Italia meridional, en Sicilia, y hasta fuera de Italia.
Los antiguos emperadores habían abastecido a Roma de trigo, haciéndolo distribuir entre la población, y esto es lo que ahora hacía el papa. La corte pontificia se semejaba a la imperial en más de un aspecto; no es que hubiera en ella los escándalos, intrigas, disputas sucesorias y asesinatos que empañaban el esplendor de la corte bizantina, pero el ceremonial cortesano era análogo en muchos puntos. El papa tenía su cancillería y su archivo, dirigidos por funcionarios especializados, a imitación de los antiguos emperadores romanos.
Mantenía encargados de negocios, los apocrisiarios, en Bizancio junto al emperador, y en Rávena, al lado del exarca. En diversos países había metropolitanos investidos de poderes especiales como vicarios papales: así el obispo de Arles para la Galia meridional, el de Tesalónica para la Iliria oriental y el de Salona para la occidental.
La pérdida de Bizancio fue para la Iglesia católica un acontecimiento preñado de las más funestas consecuencias, casi tan trascendental como la aparición del Islam. En tiempo de Focio, y sobre todo en el siglo XI, cuando el cisma se consumó ya formalmente, esta pérdida podía parecer aún relativamente pequeña. El Imperio bizantino estaba quedando reducido a su mínima expresión. Especialmente cuando en el siglo XI hubo dejado en manos de los seljúcidas el Asia Menor, que había sido siempre el centro de su poderío, aparte de la metrópoli de Constantinopla, el emperador no gobernaba más que la despoblada península de los Balcanes.
El número de fieles que con el patriarca griego se separaron de Roma, era insignificante en comparación con los dilatados países europeos que quedaban fieles al pontífice y cuya demografía reemprendía justamente entonces su marcha ascendente. Pero las consecuencias para el futuro fueron de gran trascendencia. Desde ahora la Iglesia tenía, además de la frontera meridional impuesta por el Islam, una frontera oriental que se iba prolongando hacia el norte hasta alcanzar finalmente el Báltico y cortar en dos todo el continente eurásico.
La ocupación por los pueblos rusos del territorio situado allende esta frontera no se efectuó hasta una época muy posterior, y el hecho de que la Iglesia esté aún hoy excluida de este espacio no es debido sólo al cisma bizantino, sino que tiene además otras causas. Pero la verdad es que todo lo que después vino arranca de aquellos comienzos. La barrera meridional del Islam tiempo ha que la Iglesia la ha roto a trechos, y en otros la ha rebasado, asentando firmemente los pies en toda el África y en el Asia meridional. Pero el nordeste de Europa y toda el Asia septentrional, le han quedado hasta hoy cerradas.
El Islam y el cisma bizantino redujeron a la Iglesia, para
toda la Edad Media, al centro y al oeste de Europa. Desde el punto de
vista de su universalidad, era éste un grave inconveniente. Por otro
lado esta concentración secular sobre sí misma ha contribuido no poco a
reforzar interiormente a la Iglesia. Desde el apartamiento de Bizancio,
el papa se halló, por decirlo así, único señor de su casa. Aunque no
faltaran dentro de ésta los conflictos y las disensiones, no existía ya
aquel foco interior de perturbaciones que había sido Bizancio desde los
días del arrianismo.
No cabe duda que las pérdidas sufridas por Bizancio a
consecuencia de su separación de la Iglesia universal, fueron mucho más
graves que las de ésta. Los imperecederos valores que la cristiandad
helena había creado desde los días de los apóstoles y que están
perpetuados en los escritos de los grandes padres de la Iglesia, los ha
guardado fielmente la Iglesia católica como un propio y precioso tesoro,
del que aún hoy saca provecho. Aun sin Bizancio, la Iglesia católica se
ha ido convirtiendo cada día más en Iglesia universal, desarrollándose
hasta su florecimiento presente.
Fdo. Cristobal AGuilar.
