Domingo, 06 de junio de 2010
LAS VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - CAPÍTULOS  9 al 12   DEL LIBRO DEL ÁNGEL

Bueno aquí os traemos otro apartado más de las visiones y profecías de Santa Brígida de Suecia, sobre la Vírgen y sus cualidades. EL AUTOR DEL BLOG.

                   Feria Tercera - Lección Tercera (Capítulo 9)

 

Bendición. Rompa los vínculos de nuestra maldad la Madre del verdadero amor. Amén.

 

Dios es amante de la verdadera caridad, y Dios es la misma caridad; la cual manifestó también a los suyos, cuando con su poder sacó de la servidumbre de Egipto a los israelitas, dándoles un país feracísimo, donde felizmente vivieron con toda libertad. Pero muy envidioso de la dicha de éstos el astuto enemigo, con sus cavilaciones les indujo a pecar muchísimas veces. No tratando los israelitas de oponerse a las maquinaciones del demonio, miserablemente fueron llevados a adorar los ídolos, no estimando en nada la ley de Moisés, olvidándose de ella y despreciando neciamente la alianza que hizo Dios con Abraham.

 

Pero viendo después Dios misericordioso a sus amigos que devotamente le servían con santa fe, verdadero amor y observancia de la ley, los visitó con clemencia; y a fin de que estuviesen más fervorosos en su divino servicio, envió en medio de ellos profetas, para que si quisiesen, aun los enemigos de Dios volvieran a su amor y recta fe. Por lo cual, así como el torrente cayendo de la cima del monte a un profundo valle, arrastra consigo hacía éste modo lo que encuentra a su paso, lo cual aparecería cubierto después de sosegadas las aguas, igualmente el Espíritu Santo dignábase entrar en los corazones de los profetas, saliendo de sus labios aquellos discursos, que deseaba divulgar para corregir a este extraviado mundo.

 

Mas entre todas las cosas que les fueron comunicadas por ese melífluo torrente, inspiró el Espíritu Santo con la mayor dulzura en sus corazones y salió con más gusto de sus labios el anunciar que Dios, el creador de todas las cosas, se dignaría nacer de una inmaculada Virgen, y que con la suavidad y santificación de ésta, redimiría para la gloria eterna las almas que por el pecado de Adán precipitó Satanás en la miseria. Conocieron también los profetas, que por influencia de ese torrente estaba Dios Padre tan benévolo para libertar al hombre, que no perdonaría a su unigénito Hijo, y el Hijo además era tan obediente al Padre, que no se negaría a tomar carne mortal, y el Espíritu Santo, tan deseoso de ser enviado como estaba de serlo el Hijo, el cual, no obstante, jamás se apartó del Padre.

 

Pero comprendían muy bien los Profetas que no vendría al mundo ese sol de justicia, el Hijo de Dios, antes de salir de Israel la estrella, que con su ardor pudiera acercarse al calor del sol. Entiéndese por esta estrella la Virgen que debía dar a luz a Dios: por el calor se entiende su ardentísimo amor, con el cual debía acercarse tanto a Dios y el Señor a ella, que hiciese Dios con la misma Virgen toda su voluntad. Y en efecto, así como los Profetas en sus palabras y obras recibieron consuelo de ese sol, increado y creador de todas las cosas, igualmente Dios, por esa presciencia con que sabían que debía ser creada esa estrella representada por María, concedióles bastante consuelo en sus tribulaciones.

 

Afligíanse, pues, mucho los Profetas viendo a los hijos de Israel abandonar la ley de Moisés por soberbia y lascivia de la carne, y apartados del amor divino, caer sobre ellos la ira de Dios. Pero alegrábanse conociendo que por vuestra humildad y por la pureza de vuestra vida, oh María, refulgentísima estrella, se aplacaría el mismo legislador y Señor, y que recibiría en su gracia a los que le habían provocado a ira, y miserablemente incurrieran en su indignación. Afligíanse además los Profetas por haber sido destruído el templo donde debían ofrecerse las oblaciones de Dios: pero alegrábanse previendo debía ser creado el templo de vuestro divino cuerpo, que con sumo consuelo había de contener en sí al mismo Dios.

 

Afligíanse también, porque destruidas las murallas y puertas de Jerusalén, habían entrado los enemigos de Dios, atacándola corporalmente y Satanás espiritualmente; pero alegrábanse por Vos, oh María, puerta dignísima, porque sabían que en Vos el mismo Dios, poderosísimo gigante, tomaría las armas con que debía vencer al demonio y a todos los enemigos: y de este modo: tanto los Profetas como los Patriarcas, fueron muy bien consolados con Vos, oh dignísima Madre.

 

 

En estas tres lecciones siguientes habla el ángel sobre la concepción de la Virgen y su nacimiento, y de cómo la amó Dios aun mientras estaba en el vientre de su madre.

 

                   Feria Cuarta - Lección Primera (Capítulo 10)

 

Bendición. Alumbre las tinieblas de nuestra ignorancia la Virgen Madre de la sabiduría. Amén.

 

Antes de la ley dada a Moisés hallábanse los hombres ignorando largo tiempo cómo en esta vida se habían de regir a sí mismos y a sus acciones. Por lo cual, los que estaban inflamados con el amor divino disponían cuidadosamente sus obras y manera de vivir, según le agradaba a Dios. Mas otros que no tenían amor de Dios, despreciando el temor del Señor, obraban según su capricho.

 

Contemporizando, pues, misericordiosamente con la ignorancia de estos la bondad divina, dió por medio de su siervo Moisés una ley, por lo cual se gobernasen enteramente con arreglo a la voluntad de Dios. Enseñaba esta ley el amor de Dios y del prójimo, y cómo se había de establecer según derecho divino el consorcio entre el hombre y la mujer, para que de semejante consorcio nacieran los que Dios quería llamar su pueblo. Y efectivamente, amaba Dios tanto ese consorcio, que de él determinó tomar la honestísima Madre de su humildad.

 

Por consiguiente, así como el águila que elevada a lo mas alto del aire, después de recorrer muchos bosques, viese a lo lejos un árbol tan sólidamente arraigado, que no pudiera ser abatido a impulso del viento, con tronco tan alto, que por él no pudiese subir nadie, y situado en paraje que pareciese imposible le cayese nada desde arriba, y viendo el águila con mayor atención este árbol, formasé en él su nido para descansar, igualmente Dios, que se compara con esa águila, ante cuya vista todo el futuro es tan claro y manifiesto como el presente, al ver todos los consorcios justos y honestos habidos desde la creación del primer hombre hasta el último día, no vió consorcio alguno semejante al de Joaquín y Ana en honestidad y en amor divino.

 

Agradóle, por consiguiente, al Señor que de ese santo consorcio proviniera el cuerpo de su castísima Madre, el cual se entiende por el nido donde con sumo placer se dignara descansar el mismo Señor. Compáranse muy bien los matrimonios honestos con los hermosos árboles, cuya raiz es la unión de dos corazones, de manera que solamente se junten, porque de ahí dimane honor y gloria al mismo Dios. Muy opurtunamente se compara también con las ramas fructíferas la voluntad de ambos cónyuges, cuando guardan el temor de Dios, de suerte que solo a causa de la prole engendrada para alabar a Dios, se amen con honestidad mutuamente, según el precepto del mismo Señor.

 

A la sublimidad de tales matrimonios no puede tocar el enemigo común con su poder y asechanzas, cuando la satisfacción de los cónyuges solamente consiste en tributar a Dios honor y gloria, y cuando no les molesta la tribulación sino las ofensas y falta de respeto al Señor. Hállanse, pues, en paraje seguro, cuando la abundancia de los bienes temporales o riquezas no puede atraer sus corazones al amor propio ni a la soberbia. Por lo cual, por haber previsto Dios que de esa suerte debía ser el consorcio de Joaquín y Ana, determinó formar de él su domicilio, a saber, el cuerpo de su santísima Madre. ¡Oh reverenda Madre Ana! ¡qué precioso tesoro llevásteis en vuestro vientre, cuando en él descansó María, que debía ser Madre de Dios! Sin ningún linaje de duda debe creerse que al punto de ser puesta y reunida en el vientre de Ana la materia de que debía ser formada María, la amaba el mismo Dios más que a todos los cuerpos humanos engendrados por varón y mujer, y que hubieran de ser engendrados en todo el mundo.

 

Así pues, muy bien puede apellidarse la venerable Ana gazofilacio de Dios ominpotente, porque ocultaba en su vientre el tesoro predilecto del Señor. ¡Cuán inmediato a este tesoro se hallaba el corazón de Dios! ¡Cuán piadosa y alegremente fijó en ese tesoro los ojos de su majestad quien después dijo en su evangelio: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón!

 

Es muy de creer, por lo tanto, que con ese tesoro se alegraran mucho los ángeles al ver que ese mismo tesoro era amado por su Criador, a que ellos amaban más que a sí propios. Por lo cual sería digno y decoroso que todos tuviesen suma reverencia a aquel día en que fué puesta y reunida en el vientre de Ana la materia de que debía formarse el bendito cuerpo de la Madre de Dios, a quien el mismo Dios y todos sus ángeles amaban con tan extremado.

 

 

                   Feria Cuarta - Lección Segunda (Capítulo 11)

 

Bendición. Acuda piadosísima a nosotros María, estrella del mar. Amén.

 

Por último, después que aquella bendita materia tuvo formado el cuerpo en el vientre de la madre a su debido tiempo, y según convenía, entonces acrecentó su tesoro el Rey de toda gloria, infundiéndole el alma viviente.

 

Y al modo de la abeja que, dando vueltas por los floridos prados, busca con la mayor solicitud todas las plantas melíferas, por instinto natural conoce donde nace la más rica flor, la que si casualmente no la ha visto salir todavía del folículo, espera, no obstante, con placer a que nazca, a fin de disfrutar a su satisfacción de aquella dulzura; igualmente Dios de los cielos, que con los ojos de su majestad ve clarísimamente todas las cosas, cuando veía ocultarse en lo recóndito del vientre materno a María, a quien en su eterna sabiduría conocía el Señor que no debería existir criatura alguna del mundo semejante a ella en virtudes, esperaba su nacimiento con sumo placer y consuelo, a fin de que por medio de la dulzura del amor de la misma Virgen se desplegase su superabundante bondad divina.

 

¡Ah! ¡con cuánta claridad resplandeció en el vientre de Ana el crepúsculo de la aurora, cuando por la venida del alma existió en él vivificado el cuerpocito de María, cuyo nacimiento tanto deseaban ver los ángeles y los hombres!

 

Ha de observarse, sin embargo, que así como los moradores de esas tierras, donde el sol los alumbra con sus rayos, tanto en el período nocturno como en el diurno, no desean la salida de la aurora por causa de la luz, siendo mucho más esplendente la luz del sol que la de la aurora, sino porque al aparecer la aurora comprenden que el sol debe subir más alto, y que a beneficio de su calor deben madurar mejor y más pronto los frutos que esperan encerrar en los graneros; y los habitadores de esos países que se obscurecen con las tinieblas de la noche, no solamente se congratulan porque después de nacer la aurora conocen que debe salir el sol, sino también se alegran mucho porque conocen que venida la aurora, pueden ver bien lo que hacen; igualmente los santos ángeles, moradores del reino de los cielos, no deseaban la venida de la aurora, esto es, el nacimiento de María, por causa de la luz, porque jamás se apartaba de la presencia de ellos el verdadero sol, que es el mismo Dios, sino porque deseaban naciese en este mundo la Virgen, porque conocían que Dios, el cual se asemeja al sol, quería manifestar más ostensiblemente por medio de esa aurora su inmenso amor, que se entiende por el calor, y que los hombres amantes de Dios debían dar más copiosos frutos por medio de las buenas obras, y por la constante perseverancia en el bien disponerse para que los pudiesen reunir los ángeles en aquellos eternos graneros que se comparan con el gozo celestial.

 

Mas al saber el nacimiento de la Madre de Dios los hombres de este tenebroso mundo, no solamente se alegraron por comprender que de esa Señora debía nacer el libertador de ellos, sino alegrábanse también por ver las honestísimas costumbres de esa gloriosa Virgen, y por aprender mejor de ella lo que debe hacerse o evitarse. Fué también la Santísima Virgen aquella vara que dijo Isaías había de salir de la raíz de Jesé, y profetizó que de ella debía salir la flor sobre la cual descansara el espíritu del Señor. ¡Oh vara inefable, que al crecer en el vientre de Ana, permanecía su médula más gloriosamente en el cielo!

 

Era tan delicada esa vara, que fácilmente estaba en el vientre de la madre, pero su médula era tan inmensa y espaciosa, que ningún entendimiento podía imaginar su magnitud. No pudo esa vara dar flor, antes de que entrado la médula le comunicase la virtud de germinar, y tampoco claramente la virtud de la médula, antes de haberle la vara añadido su jugo a la médula. Esta médula era la persona del Hijo de Dios, que a pesar de haber sido engendrado por el Padre antes que existiera el lucero de la mañana, no se presentó en flor, esto es, en cuerpo humano, hasta que por consentimiento de la Virgen, la cual se designa por la vara, recibió de su purísima sangre la materia de esa flor en su virginal vientre.

 

Y aun cuando esa bendita vara, esto es, la gloriosa Virgen María, separábase del cuerpo materno en su nacimiento, no obstante, el Hijo de Dios no se apartó del Padre, cuando la Santísima Virgen lo dió a luz en el tiempo corporalmente, más que cuando el Padre lo engendró sin cuerpo desde la eternidad. También el Espíritu Santo estaba inseparablemente desde la eternidad en el Padre y en el Hijo, porque son tres personas y una divinidad.

 

 

                   Feria Cuarta - Lección Tercera (Capítulo 12)

 

Bendición. Sea nuestra perpetua alegría el glorioso nacimiento de la Madre de Jesucristo. Amén.

 

Luego así como eternamente tenían una sola divinidad el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, del mismo modo nunca tuvieron voluntad diversa. Por tanto, al modo que de una hoguera encendida subiesen tres llamas, así de la bondad de la voluntad divina, salieron igualmente tres llamas de amor para perfeccionar una sola obra. La llama de amor, derivada del Padre, lucía refulgentemente delante de los ángeles, cuando supieron era voluntad del mismo Padre entregar benignamente su amado Hijo para libertar al siervo cautivo; la llama de amor derivada del Hijo, se manifestó cuando, según la voluntad del Padre, se abatió a sí mismo hasta tomar la forma de siervo; y la llama de amor dimanada del Espíritu Santo, no era menos vehemente, cuando apareció dispuesto a mostrar por obras manifiestas la voluntad del Padre, la del Hijo y la suya propia.

 

Y aunque por todos los cielos extendíase el ardentísimo amor de esa voluntad divina, dando con su claridad consuelo inefable a los ángeles, sin embargo, según eterna disposición de Dios, no podía proceder de ahí la redención del linaje humano, antes de ser engenrada María, en quien debía arder tan vehemente fuego de amor, que, subiendo más alto su perfumado humo, se infundiese en él el fuego que en Dios había, se comunicase por él a este languidecido mundo.

 

Después de su nacimiento asemejábase la santísima Virgen a una nueva lámpara todavía no encendida, la que convino se encendiese para que, así como resplandecía en los cielos el amor de Dios, el cual se asemeja a tres llamas, igualmente resplandeciese en este tenebroso mundo con otras tres llamas de amor esa escogida lámpara, María. La primera llama de María resplandeció con muchísima brillantez delante de Dios, cuando para honrar al Señor prometió la santísima Virgen guardar firmemente hasta la muerte su inmaculada virginidad, cuya honestísima virginidad la apreció tanto Dios Padre, que se dignó enviarle su amado Hijo con su divinidad, la de su Hijo y la del Espíritu Santo.

 

La segunda llama de amor de María, consistió en abatirse siempre en todo con inefable humildad, lo cual agradó tanto al bendito Hijo de Dios, que del humildísimo cuerpo de la Virgen se dignó tomar ese venerable cuerpo que eternamente debía estar ensalzado sobre todas las cosas en el cielo y en la tierra. La tercera llama, fué su eminente obediencia en todo, la cual le atrajo al Espíritu Santo, de suerte, que la llenó con los dones de todas las gracias.

 

Y aunque enseguida de haber nacido no estuvo ardiendo esta bendita nueva lámpara con esas llamas de amor, porque igualmente que los demás parvulitos, tenía un cuerpo pequeño y una inteligencia tierna, alegrábase, sin embargo, con ella Dios, aunque todavía no hubiese merecido nada, mas que por los favores de todos los hombres anteriormente engendrados en todo el mundo; pues a manera que el buen citarista amaría la cítara no concluída, que, no obstante, conociese había de resonar con mucha dulzura, del mismo modo el Creador de todas las cosas amaba mucho el cuerpo y alma de María en su infancia, porque sabía de antemano que las palabras y obras de la santísima Virgen le causarían placer sobre toda melodía.

 

También es de creer que, así como el Hijo de María tuvo los sentidos perfectos desde el instante de existir humanado en su vientre, igualmente, después de nacer María alcanzó el desarrollo de los sentidos y del entendimiento en edad más tierna que los otros niños. Habiéndose, pues, alegrado en el cielo por su nacimiento Dios y los ángeles, también en el mundo recuerden los hombres con gozo su nacimiento, dando por él, de lo íntimo del corazón, gloria y alabanzas al Creador de todas las cosas, que la prefirió entre todo lo creado, y dispuso naciera entre los mismos pecadores, la que santísimamente engendró al libertador de los pecadores.

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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