Martes, 01 de junio de 2010
LAS PROFECÍAS Y VISIONES DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - LIBRO 11: EL SERMÓN DEL ÁNGEL

Bueno aquí comenzamos el libro numero 11 titulado -- El Sermón del ángel -- en el que al comienzo se habla de los ángeles y del nacimiento posterior de la Vírgen María. Muy interesante. EL AUTOR DEL BLOG.


                   Prologo Libro 11

 

Como la bienaventurada santa Brígida, princesa de Nericia en el reino de Suecia, ocupase en Roma la casa de los Cardenales, contigua a la iglesia de san Lorenzo in Damaso, e ignorase las lecciones que debieran leer las monjas del monasterio mandado erigir en Suecia por nuestro Señor Jesucristo en honor de su santísima Madre, y cuya regla había dictado el mismo Señor; puesta en oración santa Brígida sin haber qué hacer, apareciósele nuestro Señor Jesucristo y le dijo: Te enviaré mi ángel, el cual te revelará y te dictará la lectura que por la mañana hayan de hacer las monjas en tu monasterio en honor de la Virgen mi Madre; y tú escríbela según el ángel te vaya diciendo.

 

Tenía la Santa en su aposento una ventana que daba al altan mayor, por donde podía diariamente ver el cuerpo de Jesucristo, y en ese aposento de disponía todos los días para escribir, colocado el papel en el pupitre y con la pluma en la mano, después de leidas las horas y oraciones; y dispuesta de esta manera esperaba al ángel del Señor, el cual al llegar, se ponía junto a ella de pie y con mucho decoro, con el rostro vuelto siempre muy respetuosamente hacia el altar, donde estaba oculto el cuerpo de Jesucristo. Puesto así el ángel, dictaba clara y ordenadamente a santa Brígida en su idioma patrio la mencionada lectura, esto es, las siguientes lecciones que por la mañana habían de tener las religiosas de dicho monasterio, lecciones que tratan de la eminentísima excelencia concedida desde toda la eternidad a la santísima Virgen María.

 

Diariamente escribía la Santa con suma devoción lo que oía de los labios del ángel, y con mucha humildad lo enseñaba aquel mismo día a su confesor. Solía, sin embargo, no venir el ángel algunas veces para dictar; y preguntada entonces la Santa por su confesor sobre la escritura de aquel día, le contestaba: Padre, hoy no he escrito nada, porque he estado esperando mucho tiempo al ángel del Señor, para que dictase y yo escribir, pero no ha venido. Y de esta suerte fué compuesto y dictado por boca del ángel el siguiente sermón angélico en honor de la santísima Virgen María. Dividiólo también el ángel en lecciones que debían tener por la mañana durante la semana las mismas religiosas, por todo el discurso del año, según más adelante se verá.

 

Mas así hubo concluido el ángel de dictar este sermón, dijo a la Santa que lo escribía: Ya he hilvanado la túnica de la Reina del cielo, la Madre de Dios; vosotras, pues, cosedla como podáis.

 

Por tanto, oh dichosísimas monjas de la religión de la santísima regla del Salvador, que el mismo Salvador y creador de todos dió con sus propios labios por medio de su esposa, tan benigna y humildemente a vosotras y al mundo, preparaos a obrar santamente para recibir con suma reverencia y devoción este sermón sagrado, de orden de Dios dictado por el ángel del Señor a vuestra madre santa Brígida.

 

Aplicad vuestros oídos para oir tan sublime e inaudita alabanza nueva de la santísima Virgen María, y meditad con humilde corazón su excelencia desde la eternidad en él manifestada, a fin de que considerándola detenidamente, vayais percibiendo su dulzura con el placer de la contemplación. Alzad después a Dios, con todo vuestro afecto, vuestras manos y vuestros corazones, para darle humildísimas y devotas acciones de gracias por el extraordinario favor que os ha dispensado: lo cual dígnese concedéroslo su santísimo Hijo el Rey de los ángeles, quien con la misma Señora vive y reina siempre por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Sobre la excelencia de la santísima Virgen María, de orden de Dios dictado por el ángel del Señor a santa Brígida, y por igual mandato escrito devotamente por la santa; el cual sermón debe leerse por la mañana en las ferias de lós días de la semana por el discurso de todo el año, según después se dice.

 

En estas tres lecciones siguientes manifiesta el ángel cómo desde la eternidad, antes de ser nada creado, amó Dios sobre todas las criaturas a la gloriosísima Virgen María, su Madre.

 

                   Para La Dominica - Lección Primera (Capítulo 1)

 

Bendición. Defiéndanos con sus dignísimas súplicas la Virgen gratísima a la santísima trinidad. Amén.

 

El Verbo de que hace mención san Juan en su Evangelio, era desde la eternidad un solo Dios con el Padre y con el Espíritu Santo; pues hay tres personas y en ellas una sola divinidad perfecta. Estas tres personas eran coiguales en todas las cosas. Tenían, por tanto, todas ellas una sola voluntad, una sola sabiduría, un solo poder, una sola hermosura, una sola virtud, una sola caridad y un mismo gozo. Resultaría, pues, que este Verbo fuere Dios, si fuese separable del Padre y del Espíritu Santo, como puede tomarse el ejemplo de la palabra así, la cual indica la verdad y consta de tres letras.

 

Así como si se quitara de junto a las otras alguna de esas tres letras, no darían entonces el mismo resultado que antes daban, porque no formarían la misma dicción; de la misma manera ha de entenderse respecto a las tres personas en una sola divinidad, porque si alguna de ellas fuese separable de otra, como desigual a otra, o careciendo de algo que otra tuviese, entonces parecería existir en ellas la divinidad, pues ésta es en sí indivisible.

 

Tampoco ha de creerse que por haberse revestido de la humanidad el Verbo o Hijo de Dios, se apartó del Padre ni del Espíritu Santo. Pues al modo que la palabra que hemos mencionado, aunque se conserve en el pensamiento y se profiera con la boca, no puede tocarse ni verse, a no ser que se atribuya o se fije en alguna cosa material, igualmente este Verbo, a saber, el Hijo de Dios y Salvador del linaje humano, serían imposible se tocarse ni se viese a no haber estado unido con la carne humana. Al modo también de cuando se ve escrita en un Código cualquiera palabra, se puede además pensar en ella y pronunciarla con los labios, igualmente de ninguna manera ha de dudarse que en la carne tomada existiese visible el Hijo de Dios con el Padre y con el Espíritu Santo.

 

Son, pues, verdaderamente tres personas inseparables, inconmutable, eternamente coiguales en todas las cosas y un solo Dios. En este Dios eran conocidas desde la eternidad todas las cosas, presentándose todas ellas reverentemente a su vista con hermosura para su alegría y honor, las cuales, según le plugo después, las pasó sapientísimamente al ser por medio de la creación; pues por ninguna necesidad, ni por ninguna carencia de goce ni de comodidad suya fué obligado Dios a crear ninguna cosa, porque era imposible que este Señor tuviese falta de nada. Luego solamente su ardentísimo amor le movió a crear, para que de su inefable gozo eternamente disfrutaran con él muchos. Por lo cual todas esas cosas que debían ser creadas, las creó después tan bellas, como desde la eternidad se presentaban increadas a su vista. Mas entre todas las cosas entonces increadas había en la presencia de Dios una que excedía en gran manera a las demás y con la cual alegrábase principalmente el Señor.

 

En esta cosa increada los cuatro elementos, a saber: el fuego, el aire, el agua y la tierra, aunque entonces también increados, aparecían eternamente a la vista de Dios, de modo que el aire debía ser en ella tan suave, que jamás soplara contra el Espíritu; la tierra también en esa cosa increada debía crearse tan buena y tan fructífera, que nada pudiese crecer en ella que no fuera provechoso para todo lo necesario; el agua igualmente tan tranquila, que por ninguna parte soplaran los torbellinos de los vientos, ni jamás se moviese en ella una ola; y el fuego, en fin, tan alto, que su llama y calor se acercasen a las moradas donde el mismo Dios estaba.

 

¡Oh María, Virgen purísima y fecundísima Madre! Tú eres esta criatura, porque desde la eternidad estuviste así increada ante los ojos de Dios, y después, de esos tan puros y claros elementos recibiste la materia de tu bendito cuerpo. Antes de tu creación estabas increada ante la presencia de Dios, como después mereciste ser hecha, y por tanto, desde el principio aventajabas muchísimo en presencia de Dios, para su mayor gozo, a todo lo que había de ser creado.

 

Alegrábase, pues, Dios Padre por las provechosas obras que con su auxilio habías de hacer; alegrábase el Hijo por tu virtuosa constancia, y el Espíritu Santo por tu humilde obediencia. Participaba el Padre del gozo del Hijo y del Espíritu Santo; el Hijo igualmente del gozo del Padre y del Espíritu Santo, y el Espíritu Santo del gozo del Padre y del Hijo: por lo cual, así como todos ellos tenían por tu causa un mismo gozo, igualmente tenían contigo el mismo amor.

 

 

                   Para La Dominica - Lección Segunda (Capítulo 2)

 

Bendición. Socórrenos, Madre de Jesucristo, que diste la alegría al mundo entristecido. Amén.

 

Tú también, oh María, la más digna de todas las criaturas, estabas desde el principio delante de Dios antes de que te hubiese creado, como el arca de Noé delante del mismo Noé después que tuvo noticia sobre su fabricación, y antes de haberla concluído según se le había mandado. Conoció Noé en el tiempo en que a Dios plugo, cómo había de ser hecha su arca: conoció Dios antes de todos los tiempos cómo sería hecha su arca, esto es, tu gloriosísimo cuerpo. Alegrábase Noé con su arca antes de ser fabricada: alegrábase grandemente contigo, oh santísima Virgen, el mismo Dios antes de que te creara.

 

Alegrábase Noé porque su arca había de ser tan sólida, que no se quebrantase con el furor de las olas: alegrábase Dios, porque tu cuerpo debía ser tan fuerte y tan virtuoso, que por toda la maldad del infierno entero no se inclinara a cometer ningún pecado. Alegrábase Noé porque su arca había de ser embreada interior y exteriormente, de manera que no pudiese entrarle ni un gota de agua: alegrábase Dios, porque preveía que por su bondad tu voluntad debía ser tan buena, que mereciese ser llena de la unción del Espíritu Santo interior y exteriormente, de modo que jamás tuviese cabida en tu pecho la ambición de las cosas temporales que habían de crearse en el mundo; pues tan odiosa para Dios es en el hombre la ambición mundana, como para Noé el agua en la quilla de su arca.

 

Regocijábase Noé con la espaciosa anchura de su arca: regocijábase Dios con tu amplísima y misericordiosísima piedad, con que habías de amar perfectísimamente a todos y no odiarías de un modo irracional ninguna cosa creada, principalmente porque esa tu benignísima piedad debía dilatarse tanto, que en tu bendito vientre se dignase descansar y residir ese inmenso Dios cuya grandeza es incomprensible. Regocijábase también Noé porque su arca había de hacerse con bastante luz y sabiduría: regocijábase Dios, porque tu virginidad había de conservarse tan clara hasta tu muerte, que no podría mancharla el contagio de ningún pecado. Regocijábase Noé, porque en su arca había de tener todo lo necesario a su cuerpo: regocijábase Dios, porque todo su cuerpo lo había de tomar de tu solo cuerpo sin defecto alguno.

 

En más alto grado se congratulaba por ti Dios, oh la más casta de la vírgenes, que Noé por su arca, pues previó Noé que saldría de su arca con el mismo cuerpo con que en ella entrase: prevía también Dios que entraría sin cuerpo en el arca de tu honestísimo cuerpo, y saldría de ella con cuerpo tomado de tu inmaculada carne y de tu purísima sangre. Supo Noé que dejaría vacía su arca, cuando saliese de ella, adonde jamás volvería: supo también Dios antes de todos los siglos, que cuando de ti naciese con la humanidad, tú, Virgen y gloriosísima Madre, no quedarías vacía como el arca de Noé, sino refulgentísima con todos los dones del Espíritu Santo; y aunque al nacer se apartase su cuerpo del tuyo, previó sin embargo que permanecerías con él eternamente inseparable.

 

 

                   Para La Dominica - Lección Tercera (Capítulo 3)

 

Bendición. Háganos a Dios propicio la que hospedó al mismo Señor. Amén.

 

Amaba el Patriarca Abraham a su hijo Isaac desde el punto en que Dios le prometió que le nacería un hijo, muchos años antes que fuese concebido. Con mayor amor, oh dulcísima Virgen María, te amaba el mismo Dios omnipotente antes de ser creado nada, porque desde la eternidad prevía que habías de nacer para su grandísimo gozo. No prevío el Patriarca que por medio del hijo prometido había de manifestarse el sumo amor que a Dios tenía: pero desde la eternidad sabía muy bien Dios que por tu medio debería manifestarse evidentemente a todos el sumo amor que tenía al linaje humano.

 

Previó Abraham que su hijo debía ser concebido con pudor y nacer de una mujer carnalmente con él unida: pero previó Dios que en ti, castísima Virgen, debía ser concebido honrosamente sin obra de varón, y que conservada íntegra tu virginidad, debía nacer de ti honestísimamente. Comprendió Abraham, que la carne de su hijo después de engendrado, debía separarse esencialmente de su carne: mas prevía Dios Padre que jamás debía separarse de su majestad esa bendita carne, que su dulcísimo Hijo había determinado tomar de ti, oh purísima Madre; pues el Hijo en el Padre, y el Padre en el Hijo existen esencialmente inseparables siendo un solo Dios.

 

Comprendió Abraham que la carne engendrada de su carne debía corromperse y reducirse a polvo como su propia carne: pero sabía Dios que tu purísima carne no debía destruirse ni corromperse, igualmente que su santísima carne, la cual debería ser generada por tu carne virginal. Edificó Abraham a su hijo una morada antes de ser concebido con el intento de que, antes que naciese, habitara en ella: mas a ti, oh incomparable Virgen, eternamente había sido dispuesta la morada en que habitases, a saber, el mismo Dios omnipotente. ¡Oh inefable morada, la cual no solamente te cercó por defuera defendiéndote de todos los peligros, sino también permaneció dentro de ti, inflamándote para perfeccionar todas las virtudes.

 

Tres cosas proveía Abraham para su hijo aún no concebido, para que se refrigerase con ellas después de nacido, a saber, trigo, vino y aceite; las cuales eran diferentes entre sí en aspecto, en esencia y en sabor: mas para ti, oh amabilísima Virgen, desde la eternidad para tu perpetuo consuelo te estaba preparado el mismo Dios en tres personas nada diferentes de sí según la esencia divina. Y este mismo Dios por ti, oh María sustentadora de los pobres, estaba dispuesto a proveer del manjar eterno al pobre género humano. Pues por esas tres cosas que preparó el Patriarca para su hijo, pueden entenderse las tres sagradas personas, esto es, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

Pues así como la grasa o el aceite no pueden arder antes de acercársele la llama, igualmente el ardentísimo amor del Padre no se ostentaba manifiestamenta en el mundo antes de que su Hijo, oh querida esposa de Dios, tomase de ti para sí mismo el cuerpo humano, el cual se entiende por la llama. De la misma manera también que el trigo no puede convertirse en pan, antes de haber sido preparado con muchos instrumentos, igualmente el Hijo de Dios, que es manjar de ángeles, no apareció bajo la forma de pan, para alimento del hombre, hasta que su cuerpo fué formado en tu bendito vientre, de muchos miembros y lineamentos.

 

Al modo, pues, que el vino no puede ser transportado, si antes no se han preparado los vasos que le han de llevar; del mismo modo la gracia del Espíritu Santo, que está representada por el vino, no debía administrarse al hombre, para la vida eterna, hasta que el cuerpo de tu amantísimo Hijo, que representa el vaso, no fuese preparado por su pasión y muerte. Pues en este saludable vaso se da copiosísimamente a los ángeles y a los hombres la dulcedumbre de todas las gracias.

 

 

En estas tres lecciones siguientes muestra el ángel cómo después de la caída de Lucifer supieron los ángeles que debía ser creada la santísima Virgen, y cuánto se alegraban por su futura creación; y cómo después de la creación del mundo se veía a la misma Virgen asistir delante de Dios y de los ángeles.

 

                   Feria Segunda - Lección Primera (Capítulo 4)

 

Bendición. Llévenos la Reina de los ángeles a la sociedad de los cuidadanos del cielo. Amén.

 

Sabiendo, pues, Dios, que para su completo gozo eternamente le bastaban en sí mismo todas las cosas, fué movido a crear algo por su vehemente amor, a fin de que pudiesen otros ser partícipes de su inefable alegría. Creó, por tanto, innumerable muchedumbre de ángeles, dándoles el libre arbitrio de hacer según su capacidad lo que les agradase, para que así como el mismo Señor, solamente por su inflamado amor, los había creado para eternos goces; igualmente ellos, no obligados, sino movidos por su libre voluntad, dieran constantemente a su Creador amor por amor y reverencia por los goces perpetuos.

 

Mas, a poco de haber sido creados, algunos de ellos, abusando pésimamente del munificentísimo don del libre arbitrio, comenzaron maliciosamente a tener envidia a su Creador, a quien por su extremado amor hubieran debido amar en gran manera; por lo que al punto cayeron justamente con su malicia desde la felicidad eterna a la perpetua miseria. Pero en la gloria que les estaba preparada permanecieron con su amor otros ángeles, los cuales amaban ardientemente a Dios por su amor, contemplando en el Señor toda hermosura, todo poder y toda virtud.

 

Por la contemplación también de Dios supieron los ángeles que solamente este Señor existía sin principio ni fin, que los había creado a ellos y que lo bueno que poseían, lo tenían por poder y bondad del mismo Señor. Con su visión beatífica conocián además, que por la sabiduría de Dios eran ellos tan sabios, que, según la norma del permiso divino, veían claramente todo lo futuro, con lo cual se congratulaban extremadamente, porque conocían que Dios, por su humildad y caridad, quería llenar otra vez para su gloria y consuelo de su ejército aquellas moradas celestiales, de que por soberbia y envidia habían caído miserablemente los inobedientes ángeles.

 

En aquel bendito espejo, a saber, en Dios su Creador, veían un respetable asiento, tan inmediato al mismo Dios, que parecía imposible que otro alguno estuviese más próximo a Él, y sabían que estaba por crear el ser a quien desde la eternidad se hallaba preparado aquel asiento. A causa de la vista de la claridad de Dios, inflamábalos al punto a todos ellos el amor divino, de suerte que cada uno amaba al otro como a sí mismo. Amaban, sin embargo, principalmente y sobre todas las cosas a Dios, y más que a ellos mismos a ese ser increado que había de colocarse en el asiento más inmediato a Dios, pues veían que el Señor amaba en gran manera a ese ser increado y se alegraba muy principalmente por su causa.

 

¡Oh Virgen María, consoladora de todos! Vos sois ese ser a quien desde el principio de su creación amaron los ángeles con tan gran amor, que aun cuando se alegraban inefablemente por la dulzura y claridad que tenían en la vista y cercanía de Dios, alegráronse, además, muchísimo de que Vos debíais estar más inmediata a Dios que ellos, y porque conocieron que os estaba reservado mayor amor y mayor dulzura de la que ellos tenían. Sobre aquel asiento veían también una corona de tan gran hermosura y dignidad, que ninguna majestad debía excederla, a no ser la del mismo Dios.

 

Por tanto, a pesar de conocer que tenía Dios gran honor y gozo por haberlos creado, veían no obstante que recibía Dios mayor honor y gozo, porque debíais Vos ser creada para ceñir tan sublime corona. Así, pues, alegrábanse más los mismos ángeles, porque Dios quería crearos, que porque a ellos los había creado. Y de este modo, oh santísima Virgen, servisteis de gozo a los ángeles desde el momento de haber sido creados, y fuisteis también, sin principio, el supremo deleite del mismo Dios. Y así, antes de ser creada, oh Virgen la más digna de todas las criaturas, alegrábanse entrañablemente por Vos Dios con los ángeles, y estos con Dios.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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