Lunes, 31 de mayo de 2010
LAS PERSECUCIONES DE LA IGLESIA - HISTORIA DE LA IGLESIA

Aunque las persecuciones no cesan ni cesarán nunca si que a lo largo del tiempo han sido mas fuertes que otras, como ya dijo nuestro maestro: "si a mí me han perseguido os perseguirán a vosotros", por tanto hagamos un resumen:

Los tres primeros siglos de la historia de la Iglesia reciben a menudo el nombre de época de las persecuciones, o también el de época de los mártires. Con razón, pues las sangrientas persecuciones llevadas a cabo por el estado romano confieren a este período su sello especial.
Como ocurre casi siempre en los grandes períodos heroicos de la historia, acerca de los mártires de los primeros siglos se ha desarrollado una verdadera selva de leyendas, que hacen muy difícil al historiador dar un cuadro fidedigno de los acontecimientos reales. No se trata aquí de escasez de fuentes. Justamente de la época de las persecuciones poseemos gran abundancia de noticias fidedignas, relatos, cartas de testigos oculares, incluso actas judiciales que nos informan hasta de los pormenores más impresionantes. No radica ahí la dificultad, sino en la romántica transfiguración que las posteriores generaciones han hecho sufrir a esta heroica edad. El historiador que investiga las fuentes con espíritu crítico y con el propósito de relatar los hechos tal como ocurrieron en verdad, está siempre en peligro de lastimar piadosos sentimientos. Lo hace ya con sólo establecer la conclusión de que los mártires no fueron millones, y que por otra parte hubo una cantidad muy considerable de cristianos que dieron muestras de flaqueza. No hay que creer en modo alguno, que los cristianos de entonces corrieran siempre al martirio con sentimientos de júbilo y entusiasmo. Las persecuciones, entonces como más tarde, fueron siempre un trance muy amargo y totalmente exento de romanticismo. La Iglesia no deseó jamás ser perseguida, y después de cada tormenta se alegró de que hubiera pasado.

Entre los mártires aislados o los grupos de mártires del siglo II hay que citar ante todo a san Ignacio, discípulo de los apóstoles y obispo de Antioquía. No se conoce el año de su ejecución; se sabe sólo que ocurrió bajo Trajano, o sea antes del 117, y precisamente en Roma. Mientras era transportado a la capital escribió Ignacio sus famosas cartas, entre las cuales hay una dirigida a los cristianos romanos, a los que pide que no den ningún paso para impedir que se cumpla su condena. Cae también a principios del siglo II el martirio del anciano Simeón, segundo obispo de Jerusalén, y el del papa Telésforo, que está atestiguado por Ireneo.

 

La ejecución del obispo Policarpo de Esmirna y seis compañeros debió de ocurrir en el año 156. Sobre el suceso poseemos una carta circular de la comunidad de Esmirna. El suplicio de Tolomeo, Lucio y un tercer cristiano en Roma, en el año 160, es relatado por Justino en su segunda Apología.

 

No es posible calcular el número total de los mártires que perecieron en las persecuciones hasta principios del siglo IV. A lo sumo pueden fijarse los límites extremos de este número. De seguro que no fueron millones. Lo excluye ya el número de cristianos entonces existentes, que era relativamente pequeño. Además, de haber sido tan numerosas las víctimas, nos encontraríamos con que en determinadas regiones el cristianismo hubiera quedado completamente extirpado, siendo así que aun después de las más severas represiones las distintas comunidades reaparecen tan vivas como antes o poco menos. Por otra parte, ningún escritor antiguo da testimonio de que los martirios alcanzaran cifras tan gigantescas.


Pero tampoco hay que exagerar en sentido contrario, o sea hacia abajo. Todos los escritores antiguos que vivieron la época de las persecuciones, dan a entender que se trataba de acontecimientos realmente sangrientos. Si los mártires hubieran sido sólo unos pocos millares, repartidos durante dos siglos y medio por todas las regiones del Imperio, esta impresión difícilmente quedaría justificada. Lo más prudente es quizás aceptar un número de seis cifras.


Con todo eso hay que tener en cuenta que el número de mártires sólo era una parte de los que habían tenido que sufrir por su fe católica. El número de los que a causa de su fe habían tenido que pasar por encarcelamientos y torturas, destierro, huida, confiscación de bienes, destrucción de su familia, perjuicios sociales y vejaciones policíacas de toda índole, supera con mucho el número de los que murieron en el suplicio. El hecho de que hubiera también muchos que no resistieran la prueba y mancillaran su conciencia, sólo demuestra cuán dura era aquélla.


Bajo Marco Aurelio (161-180) se incrementaron los procesos contra los cristianos. Aparte de Justino, cuya muerte debió de ocurrir en el año 163, hay que nombrar un grupo de más de cuarenta cristianos en Lyon, encabezados por el nonagenario obispo Fotino, sobre cuyo proceso poseemos un relato de los supervivientes, lleno de impresionantes pormenores; Carpo, Papilas y Agatónica en Pérgamo, de los que conservamos el protocolo judicial; los doce mártires de Escilos, en África, también con protocolo. Estos protocolos se caracterizan por su objetividad y lapidaria concisión, distinguiéndose ventajosamente de las ampulosas declamaciones de las posteriores leyendas martirológicas. Poseemos también actas fidedignas sobre el martirio del noble Apolonio, en Roma, que pertenece al reinado de Cómodo, alrededor del año 185.


De lo que dicen los escritores contemporáneos se desprende que los mártires del siglo II que conocemos nominalmente, no fueron los únicos ni mucho menos. De todos modos, dada la escasa importancia numérica de las comunidades cristianas de entonces, no cabe pensar en que su número fuera muy crecido.


La influencia de las persecuciones sobre la vida de la antigua Iglesia fue extraordinaria. En parte, en sentido negativo. Le impidieron tener una difusión más rápida y fueron un obstáculo para que la vida cristiana de comunidad conociera un desarrollo más rico en muchas direcciones. La continua desaparición de personalidades eminentes significaba pérdidas constantes e irreparables, aunque en vano buscaríamos en las obras de los escritores antiguos una palabra de lamentación tras la muerte de hombres tan importantes como Justino, Cipriano o Cornelio, arrebatados por el martirio en pleno ejercicio de sus funciones.


Fue en cambio una ventaja para la Iglesia aprender prácticamente a hacerse independiente del poder del estado. No es que los cristianos se sintieran impelidos a adoptar una actitud de hostilidad hacia el gobierno; ni en las peores persecuciones se encuentra el menor vestigio de tal actitud. Por el contrario, sentían en su propia carne cuán deseable hubiera sido vivir en un estado justo, que protegiera los derechos de sus ciudadanos. Pero en lo sucesivo, cuando los emperadores se hicieron cristianos, la Iglesia hubiera sido oprimida por el cesaropapismo, de no haber aprendido, en las persecuciones, la manera de conservar su independencia y las ventajas de bastarse a sí misma.


Pero más que nada, el ejemplo del heroísmo ha influido sobre la vida religiosa de los cristianos de las épocas posteriores, y podemos decir que hasta hoy. En las persecuciones nació el tipo del santo cristiano. Y esto no sólo desde el punto de vista cultual, pues, de hecho, la veneración litúrgica de los santos procede del culto a los mártires, sino también como ideal. El heroísmo del mártir nada tiene de fanatismo; no es tampoco un matón ni un provocador. Por otra parte, está también muy alejado de una resignación fatalista. Consiste más bien en una perfecta consecuencia, que nada consigue descarriar, en el servicio de Dios.

Ahora podría decirse que vivimos otra mas o menos vedada (primero la retirada de los crucifijos de los centros escolares y públicos) mandado por la Unión Europea (¿será esta la gran ramera de que tanto se habla en el Apócalipsis y no Roma?), aumento y permisividad de los abortos y coarta de libertades sobre todo religiosas (el velo islamico no toca nuestra religión pero indica una adversión contra lo religioso) y para que más sin duda solo falta pensar para ver.

¡El que tenga oidos para oir que oiga!

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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