LAS PERSECUCIONES DE LA IGLESIA - HISTORIA DE LA IGLESIA
Aunque las persecuciones no cesan ni cesarán nunca si que a lo largo del tiempo han sido mas fuertes que otras, como ya dijo nuestro maestro: "si a mí me han perseguido os perseguirán a vosotros", por tanto hagamos un resumen:
Los tres primeros siglos de la historia de la Iglesia reciben a menudo
el nombre de época de las persecuciones, o también el de época de los
mártires. Con razón, pues las sangrientas persecuciones llevadas a cabo
por el estado romano confieren a este período su sello especial.
Como ocurre casi siempre en los grandes períodos heroicos de la
historia, acerca de los mártires de los primeros siglos se ha
desarrollado una verdadera selva de leyendas, que hacen muy difícil al
historiador dar un cuadro fidedigno de los acontecimientos reales. No se
trata aquí de escasez de fuentes. Justamente de la época de las
persecuciones poseemos gran abundancia de noticias fidedignas, relatos,
cartas de testigos oculares, incluso actas judiciales que nos informan
hasta de los pormenores más impresionantes. No radica ahí la dificultad,
sino en la romántica transfiguración que las posteriores generaciones
han hecho sufrir a esta heroica edad. El historiador que investiga las
fuentes con espíritu crítico y con el propósito de relatar los hechos
tal como ocurrieron en verdad, está siempre en peligro de lastimar
piadosos sentimientos. Lo hace ya con sólo establecer la conclusión de
que los mártires no fueron millones, y que por otra parte hubo una
cantidad muy considerable de cristianos que dieron muestras de flaqueza.
No hay que creer en modo alguno, que los cristianos de entonces
corrieran siempre al martirio con sentimientos de júbilo y entusiasmo.
Las persecuciones, entonces como más tarde, fueron siempre un trance muy
amargo y totalmente exento de romanticismo. La Iglesia no deseó jamás
ser perseguida, y después de cada tormenta se alegró de que hubiera
pasado.
Entre los mártires aislados o los grupos de mártires del siglo II hay
que citar ante todo a san Ignacio, discípulo de los apóstoles y obispo
de Antioquía. No se conoce el año de su ejecución; se sabe sólo que
ocurrió bajo Trajano, o sea antes del 117, y precisamente en Roma.
Mientras era transportado a la capital escribió Ignacio sus famosas
cartas, entre las cuales hay una dirigida a los cristianos romanos, a
los que pide que no den ningún paso para impedir que se cumpla su
condena. Cae también a principios del siglo II el martirio del anciano
Simeón, segundo obispo de Jerusalén, y el del papa Telésforo, que está
atestiguado por Ireneo.
La ejecución del obispo Policarpo de Esmirna y seis
compañeros debió de ocurrir en el año 156. Sobre el suceso poseemos una
carta circular de la comunidad de Esmirna. El suplicio de Tolomeo, Lucio
y un tercer cristiano en Roma, en el año 160, es relatado por Justino
en su segunda Apología.
No es posible calcular el número total de los mártires que perecieron
en las persecuciones hasta principios del siglo IV. A lo sumo pueden
fijarse los límites extremos de este número. De seguro que no fueron
millones. Lo excluye ya el número de cristianos entonces existentes, que
era relativamente pequeño. Además, de haber sido tan numerosas las
víctimas, nos encontraríamos con que en determinadas regiones el
cristianismo hubiera quedado completamente extirpado, siendo así que aun
después de las más severas represiones las distintas comunidades
reaparecen tan vivas como antes o poco menos. Por otra parte, ningún
escritor antiguo da testimonio de que los martirios alcanzaran cifras
tan gigantescas.
Pero tampoco hay que exagerar en sentido contrario, o sea hacia
abajo. Todos los escritores antiguos que vivieron la época de las
persecuciones, dan a entender que se trataba de acontecimientos
realmente sangrientos. Si los mártires hubieran sido sólo unos pocos
millares, repartidos durante dos siglos y medio por todas las regiones
del Imperio, esta impresión difícilmente quedaría justificada. Lo más
prudente es quizás aceptar un número de seis cifras.
Con todo eso hay que tener en cuenta que el número de mártires
sólo era una parte de los que habían tenido que sufrir por su fe
católica. El número de los que a causa de su fe habían tenido que pasar
por encarcelamientos y torturas, destierro, huida, confiscación de
bienes, destrucción de su familia, perjuicios sociales y vejaciones
policíacas de toda índole, supera con mucho el número de los que
murieron en el suplicio. El hecho de que hubiera también muchos que no
resistieran la prueba y mancillaran su conciencia, sólo demuestra cuán
dura era aquélla.
Bajo Marco Aurelio (161-180) se incrementaron los procesos
contra los cristianos. Aparte de Justino, cuya muerte debió de ocurrir
en el año 163, hay que nombrar un grupo de más de cuarenta cristianos en
Lyon, encabezados por el nonagenario obispo Fotino, sobre cuyo proceso
poseemos un relato de los supervivientes, lleno de impresionantes
pormenores; Carpo, Papilas y Agatónica en Pérgamo, de los que
conservamos el protocolo judicial; los doce mártires de Escilos, en
África, también con protocolo. Estos protocolos se caracterizan por su
objetividad y lapidaria concisión, distinguiéndose ventajosamente de las
ampulosas declamaciones de las posteriores leyendas martirológicas.
Poseemos también actas fidedignas sobre el martirio del noble Apolonio,
en Roma, que pertenece al reinado de Cómodo, alrededor del año 185.
De lo que dicen los escritores contemporáneos se desprende que
los mártires del siglo II que conocemos nominalmente, no fueron los
únicos ni mucho menos. De todos modos, dada la escasa importancia
numérica de las comunidades cristianas de entonces, no cabe pensar en
que su número fuera muy crecido.
La influencia de las persecuciones sobre la vida de la antigua
Iglesia fue extraordinaria. En parte, en sentido negativo. Le impidieron
tener una difusión más rápida y fueron un obstáculo para que la vida
cristiana de comunidad conociera un desarrollo más rico en muchas
direcciones. La continua desaparición de personalidades eminentes
significaba pérdidas constantes e irreparables, aunque en vano
buscaríamos en las obras de los escritores antiguos una palabra de
lamentación tras la muerte de hombres tan importantes como Justino,
Cipriano o Cornelio, arrebatados por el martirio en pleno ejercicio de
sus funciones.
Fue en cambio una ventaja para la Iglesia aprender prácticamente
a hacerse independiente del poder del estado. No es que los cristianos
se sintieran impelidos a adoptar una actitud de hostilidad hacia el
gobierno; ni en las peores persecuciones se encuentra el menor vestigio
de tal actitud. Por el contrario, sentían en su propia carne cuán
deseable hubiera sido vivir en un estado justo, que protegiera los
derechos de sus ciudadanos. Pero en lo sucesivo, cuando los emperadores
se hicieron cristianos, la Iglesia hubiera sido oprimida por el
cesaropapismo, de no haber aprendido, en las persecuciones, la manera de
conservar su independencia y las ventajas de bastarse a sí misma.
Pero más que nada, el ejemplo del heroísmo ha influido sobre
la vida religiosa de los cristianos de las épocas posteriores, y podemos
decir que hasta hoy. En las persecuciones nació el tipo del santo
cristiano. Y esto no sólo desde el punto de vista cultual, pues, de
hecho, la veneración litúrgica de los santos procede del culto a los
mártires, sino también como ideal. El heroísmo del mártir nada tiene de
fanatismo; no es tampoco un matón ni un provocador. Por otra parte, está
también muy alejado de una resignación fatalista. Consiste más bien en
una perfecta consecuencia, que nada consigue descarriar, en el servicio
de Dios.
Ahora podría decirse que vivimos otra mas o menos vedada (primero la retirada de los crucifijos de los centros escolares y públicos) mandado por la Unión Europea (¿será esta la gran ramera de que tanto se habla en el Apócalipsis y no Roma?), aumento y permisividad de los abortos y coarta de libertades sobre todo religiosas (el velo islamico no toca nuestra religión pero indica una adversión contra lo religioso) y para que más sin duda solo falta pensar para ver.
¡El que tenga oidos para oir que oiga!
Fdo. Cristobal Aguilar.